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lunes, 16 de enero de 2012

San Francisco and even more!


Japantown. Sí, hombre, yo me había propuesto pasar por los centros comerciales japoneses y comer allí si era posible y visitar sus tiendas y demás. Japantown es pequeñito, apenas dos manzanas alrededor de dos centros comerciales conocidos como Japancenter, junto a la catedral de St. Mary y arriba de una colina bastante jodida ella. A pesar de lo enano, está ciertamente lleno de orientales de ojos rasgados hacia arriba. Una colección de restaurantes desmenuzan los tipos de comida japonesa que prepara cada uno. En ninguno de ellos se observa una tranquilizadora presencia mayoritaria de occidentales. La comida en sí resulta harto dificultosa, sobre todo porque mis compañeros de viaje nunca habían usado ni intentado usar chopsticks, y, claro, no iban a pedir tenedores siendo de Bilbao... Como era de esperar, nos gustó la tempura pero no el sushi (recordemos que la tempura es fácilmente atrapable con las manos). El sashimi sin embargo estaba estupendo. Y en cuanto a la breve visita por Japancenter, lo que más me impresionó -junto a la tentación de comprarme un kimono- es una gigantesca librería llena en un 90% de libros en japonés. Vamos, que me pareció enorme para una ciudad occidental con todito en raro... Y no eran pocos los occidentales que estaban en ello, no crean. Al salir de allí nos dedicamos a pasear hacia Pacific Heights (recuerden, recuerden a Michael Keaton haciendo la vida imposible a su vecino Matthew Modine), viendo mansiones victorianas y no tan victorianas varias, antes de decidir divertirnos un rato con el tranvía de California Street, sube que te baja cuesta que te cuesta. Bueno, lo de siempre, que los tranvías de SF no son tranvías sino cable cars que funcionan por una tracción a través de un cable que va por el medio de las vías. Los tranvías sólo cubren tres líneas, son antiguos y para turismo (muy caros, 3 dólares), y han sido sustituidos en el resto de la ciudad por nada menos que trolebuses. Me dio nostalgia mucha recordar los trolebuses que había en Bilbao cuando era enano, con los fogonazos eléctricos y el conductor saliendo fuera del vehículo a colocar el trole cuando este se salía. Ahora son zero emision vehicles, no te jode. Eso sí, llenan la ciudad de cables voladizos.


SFMOMA. Oséase, San Francisco Museum Of Modern Art. Bueno, sí, un museo de arte moderno normalito, pero la diferencia está en que las colecciones que normalmente se ven en estos museos americanos son muy diferentes de las que estamos acostumbrados en Europa. Cualquier museo americano de arte moderno que se precie tiene sus ejemplares de Picasso, Miró, Juan Gris, Matisse, etc... Para nosotros es más raro ver cuadros de Georgia O'Keefe, Jackson Pollock, Andy Warhol o Robert Rauschenberg. Bueno, ahora ya no tanto, al menos quien le dé por acudir al Guggenheim a reírse un rato. Vamos, que lo de Pollock sigue siendo un espanto, ejem, dios y su pincel me perdonen. Lo mejor del SFMOMA fueron las dos retrospectivas dedicadas a Roy Lichtenstein y Robert Bechtle. Al primero le conocemos todos, y ahí estaban todos sus cuadros de comics con todos sus puntos gordos hechos a mano que incluso decoran el pasillo de amigos y varios. Todo tan colorista, todo con ese aire tan pop. Por lo visto Lichtenstein siempre fue tratado como una mierda por parte de la crítica, y, claro, estas retrospectivas han tardado su tiempo en realizarse. Robert Bechtle por su parte pinta cuadros con coches enormes en medio de calles desiertas, en plan iconos culturales y en plan bestias que se comen el mundo. Tiende a fotografiar lo que quiere pintar, lo proyecta sobre el lienzo, dibuja las líneas principales, y luego pinta. Toda la provocación hiperrealista debida al pintor, supongo. Pero sus cuadros tienen la extrañeza de composición y simbología de Edward Hopper y por otro lado el aire luminoso de las ambientaciones de David Hockney. Y es pintor de los barrios de San Francisco, con sus coches inclinados en las colinas de Potrero Hill.


Soma. Y ya que estamos en el SFMOMA hablaremos del Soma. Uno de estos barrios yanquis cuyo nombre viene dado por una calle del lugar, South of Market en este caso. Market Street, calle para desfiles varios, viene a recordar un tanto a la Diagonal. Es una calle que cruza por completo y redefine a la vez la cuadrícula imposible de San Francisco (imposible por obligar a construir en línea recta en pendientes impresionantes) y que por lo visto siempre dividió diferentes ambientes y barrios. El Soma en sentido amplio coge desde el sur del embarcadero, hasta el ya bastante interior Castro, incluyendo Mission, y es a muchas de sus calles a las que se debe mucha de la animación variada de la ciudad y gran parte de su historia canalla. Esta animación incluye todo tipo de bares y discotecas. Aunque, je, también fue casualidad que a pesar del ambiente mixto de locales como Lit o Endup, allá en la Calle Sexta, acabara en los mismos en su straight night, je. Por cierto, que cobran una buena entrada (15 ó 20 dólares), sin derecho a consumición... Los restaurantes de la zona son de alto standing. Y es que San Francisco, además de su lado Ashbury y North Beach y Chinatown, tiene una zona de alto standing de no menearse. La he podido catar gracias a que el congreso suponía comidas y cenas con clientes en lugares de eso, standing. Creo que es la primera vez que debo reconocer que una ciudad americana reúne una buena cantidad de locales de gusto decorativo impresionante. La comida es otra cosa, claro. Pero no entremos en temas fussion, ejem.


The Citylights Bookshop. Bueeeeeeno, pues al menos pude escaparme a pasar un par de horas a la librería de los beatnicks en cuestión, donde llegué aterido y medio empapado porque al paraguas (de aluminio) no le daba para parar el chaparrón inmenso que estaba cayendo sobre Sodoma Reloaded. Un encanto de librería, oigan. Tiene tres plantas, todas ellas empapeladas de fotografías históricas del lugar (fotos cuyas copias están a la venta, framed or unframed), incluyendo visitas y charlas de gente como Allen Ginsberg o Bob Dylan, de invitaciones (escritas) a coger libros y sentarse a leer... La librería tiene 52 años, debemos recordar que San Francisco sólo tiene 150 años. Está situada en el inicio de North Beach, único lugar de San Francisco donde vi stripbars y peepshows, en general de mujeres y mixtos, pero también dos de sólo hombres. Ya saben: paneles blancos, fotos hórridas en el exterior, bombillas rojas, mucha luz. Al parecer, es negocio también en recesión en San Francisco, donde a pesar de todo no lo asocian con la inseguridad frente a los 7000 homeless que dice la prensa que tiene actualmente la ciudad. En fin, a lo que iba. En la librería, la tercera planta es una especie de cuarto apartado dedicado exclusivamente a la poesía, con especial referencia a los poetas del movimiento, claro está, pero con una sección importante de poesía general y muchas ediciones bilingües de autores españoles, y no sólo los esperables Lorca o Machado (que también). El lugar es silencioso, invita a la lectura cual finis africae, y eso que la madera del suelo cruje que se mata. La planta media tiene la parte de ficción y narración, aunque también las publicaciones propias de la librería. Nada reseñable acá, salvo una colección de revistas para mí todas desconocidas, incluyendo Bitch (pop culture for feminists, decía el subtítulo de la misma). No muy lejos había otra que era Witch, pero creo que esta era de decoración alternativa. La planta sótano incluye las mejores sorpresas, porque juro no haber visto tamaño colección de libros revolucionarios nunca en los EE.UU. ¡Pero bueno! ¡Si había hasta hagiografías de Fidel y de su revolución! Donde vamos a parar. Toda una sección dedicada al anarquismo. ¡Libros de Bakunin! Por supuesto, la consabida parte de gay and lesbian studies, donde me fijé sólo en un libro titulado Why I hate Abercrombie & Fitch?, para encontrarme con un artículo de un homo negro que despotrica contra dicha marca no por indecency sino por whiteness. Huys, qué complicado es lo de la militancia en este país, me da por pensar. Me imagino que a los chinos americanos gays les fastidiará Abercrombie por su unchinaness o similar. La parte de estudios sexuales también está interesante. Aparte del muchacho que había leyendo en esa sección y que al entrar yo se tapó la cabeza con la capucha de la sudadera (seguro que eso significa que le gusta el fist fucking o el dirty sánchez en el bar de la esquina de tres a tres y media de la tarde, claro que yo no lo entendí), encontré cosas como una historia del onanismo (masculino y femenino), de 800 páginas de grosor, que afirmaba que la historia de la masturbación as we know it empieza en mil setecientos algo debido a la primera publicación médica al respecto, cuando antes todo era gozo y despreocupación, fíjense. Y todo tipo de tratados varios junto a la sección de esotería (¿cuál mejor?) En fin, un lugar para disfrutarlo de veras. Cuando lo abandoné, llevando bajo el brazo una unofficial story de la muy sórdida ciudad, seguía cayendo toda la furia del Pacífico sobre la misma. Aproveché para despedirme del downtown, que ya sería lo último que viera de la tierra de promisión.


Pennsylvania. Dios mío, qué triste es Pennsylvania. A mí no me extraña que allí los muertos vaguen por las ciudades en busca de niños videntes, que haya superhéroes o que los hippies se encierren en comunas fuera del mundanal ruido. No es más que una sucesión de bosques cerradísimos, con colinas olvidadas, autopistas sin fin, y que no cambia de aspecto así sea febrero o septiembre.

Tristate. En los EE.UU. imagino que debe haber más de una zona a la que llamen Tristate, lugares fronterizos entre varios estados. Estuve (tuve que estar) esta vez en la que une Kentucky, Indiana, e Illinois. Pero Kentucky era el principal lugar de referencia. ¿Y qué conocemos reseñable de Kentucky, queridos? El Kentucky Fried Chicken, ¿no? En efecto, todo se fríe en Kentucky. TODO. Hasta hay lugares donde rebozan pasteles en una inmensa capa de huevo y pan rallado y en un aceite animal hórrido. Bueno, eso me cuentan, porque un día me llevan a cenar a un abrevadero de rednecks, y al día siguiente al World Famous' Ralph's Hickory Pit, que, en fin, no le iba a la zaga... Con aspecto de cabaña desvencijada (todo pintado sobre la madera, pero dando el pego desde lejos), en este lugar sufrimos un buen repaso de miradas al entrar, de arriba abajo. La clientela era gorda, gorda de la que no conoce la palabra ‘cuello', vestida con camisas a cuadros, los carrillos bien rojos, la gorra de beisbol calada, del tipo de locales en que uno se pregunta cuántos llevarán armas. Allí el idioma se mastica, e imagino que a los maricones ni te cuento... El agente se descojona de mí. Dice que debo pedir un auténtico desayuno de Kentucky o las camareras me recriminarán cuando no se convertirán en vampiras cual empleadas del Titty Twister. No vean ustedes los platos que ofrecía la carta, que con una envidiable ironía hablaba del hearty breakfast como algo compuesto de royal pancakes, two eggs any style, your choice of sausage or bacon, hashbrowns, butter, syrup and wahtever else. Mi querido agente (un hombre de sorna sin fin) se da de bruces y le pide perdón a la camarera porque pido ¡french toasts! Empiezo a tener miedo. Las paredes están llenas de carteles machistas de esos para reírse de la propia esposa, alguno de los cuales podrían incitar a la violencia. Pero... no, no pasa nada. Las french toasts están estupendas. Los mugs del café son cojonudos, y me sirven dos veces, ganándose así el consabido dólar de propina. Salgo de allí con la colita entre las piernas, para llegar a casa, empezando por el caminito del aeropuerto de Evansville, Indiana, único del mundo que tiene sillas mecedoras junto a los ventanales para que los jubilados del lugar pasen relajadamente la tarde mientras ven aterrizar y despegar aviones. Lo que da una idea de cómo anda la animación por acá...

Fin de trayecto.

Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa iii de iii)
Distancia San Francisco – Evansville: 3.274 km.

sábado, 7 de enero de 2012

Frisco, tierra y mar


The Niebaum-Coppola Cafe. En Columbus Avenue, el pequeño edificio verde en chaflán que se recorta contra la pirámide de la Transamerica (cuyo observatory deck está cerrado desde el 11S) es la sede de la Zoetrope. En el wine taste bar de la planta baja pueden degustarse a unos 8$ la copa los vinos de la reserva personal de Francis Ford entre fotos de rodaje de películas varias y grandes posters antiguos de películas varias, incluyendo por supuesto muchas de la casa. El dueño del bar amablemente te enseñará sus fotos con Philip Kaufman o Andy García y te explicará las experiencias de su mujer con los bailaores flamencos de Sevilla (a su entender, todos los gipsy dancers del sur de España son marricones)



Golden Gate Park. Desgraciadamente en obras, impidiendo la buena movilidad interior y el que haya la vida debida habitual al parque en un sábado de glorioso tiempo primaveral. El invernadero sigue siendo una estampa estupenda (esa combinación de verde y blanco brillantes con un azul cortesía de la meteorología sólo la recuerdo en el Sacre Coeur parisino de un octubre ya lejano). El jardín japonés está visitable, tan tranquilo y estupendo, a pesar de la aglomeración de personal en la cafetería que impide que te hagan el ritual del té como es debido.



Fisherman's Wharf & Pier 39. El mercado del pescado de SF no es gran cosa si se compara con otros, creo yo. Como el de Seattle, por ejemplo, o el de Bergen. O eso o los inconvenientes del fin de semana, que todo puede ser. SF no tiene un parque de atracciones junto a su zona portuaria, aunque sustituye eso por un centro comercial de diseño altamente atractivo como el Pier 39, de inspiración marinera. Pero ni Pier 39 ni el mismo Fisherman's Wharf ni Ghirardelli Square, aquí cerca, merecerían en realidad más atención sino por algunos detalles verdaderamente inhabituales. En el Pier 39, las diez plataformas donde los leones marinos y las focas se dedican a pasar el día dormitando y mugiendo a volumen desaforado, retorciendo sus cuellos, peleándose amorosamente, o tirándose al agua, disfrutando de una vida que huye del mundanal ruido. Es un espectáculo fascinante observarlos, puede uno quedarse pegado durante quince minutos sin saber muy bien a cuál de ellas atender. La cercanía, la espectacularidad de los animales, la sensación de libertad que da que estén a mar abierto y sin embargo prefieran vegetar ahí mismo... En Fisherman's Wharf entramos en una de las cosas más curiosas que haya visto en los USA: un museo mecánico. Está lleno de máquinas y atracciones de feria de las tres primeras décadas del siglo veinte. La entrada es gratuita, pero para hacer funcionar las máquinas necesitas echar uno o dos quarters. Todos hemos visto el tipo de máquinas que son: adivinadores o cumplidores de deseos como el que salía en Big. Rollos de películas antiguas a pasar con una manivela. Pequeños juegos de feria. Pianolas que funcionan solas con el mecanismo al aire. Mecanos de granjas, parques de atracciones, trenecitos o serrerías que se iluminan y funcionan musicalmente durante unos minutos, moviendo sus pequeñas piezas con un encanto nostálgico ya perdido. Fabuloso lugar que ahora me entra la duda de saber si es permanente ahí o si sería algo temporal.



Alcatraz. Visita ineludible, interesante por aquello de que siempre hay que conocer todas las partes del comportamiento humano... Sin embargo, me resulta desagradable, porque me suena a que me venden una gran mentira. Tal vez pueda discutirse que Alcatraz deba haber sido convertida en una Disneylandia, porque se trata de una Disneylandia del horror, del carácter vengativo que incluso por ley tiene la política judicial y penitenciaria norteamericana. Entiéndase, son los mismos creadores del sistema los que montan un museo (con una entrada al módico precio de 16$ incluyendo barco y audioguía) en que explican la vida de quienes se salían del sistema con especial dedicación. Encuentro una cierta perversión en esto, en que los niños americanos se formen (bajo la idea que tenemos todos de que en los museos se cuenta la verdad) en estos valores, en que sepan qué le ocurre a quien se sale del redil... Son los valores de una guía que dedica quince minutos a explicar cómo marines y ejército sofocaron con gloria el motín del 46, pero que explica en tres minutos cómo se escapó Clint Eastwood de allí, casi parece que eso fuera una vergüenza para el sistema. Eso sí, las vistas desde la isla son acojonantes. Y los recuerdos de la peli de Don Siegel verdaderamente vívidos.


Chinatown. Coño, pues no hay nada de celebración por el año nuevo... El Chinatown de SF tiene más encanto que el de otros lugares. Pienso mainly en NYC, tan enorme, tan acelerado como toda la ciudad... Chinatown, SF, arrasado por el incendio de 1906 y reconstruido después, es más pequeño, pero a la vez es más recogido y más intensamente chino, con algunas callejuelas oscuras, con sus restaurantes de las diferentes escuelas de cocina de la comida china, y sus bazares comerciales, muchos de ellos muy turísticos, por lo que hay que buscar locales (que los hay, y en abundancia) donde la iluminación sea más baja, donde no existan cachivaches de souvenirs, y donde perderse entre scarves y wooden boxes y rollos de papel caligrafiado como si estuviera uno en Hong Kong. En un área hay cuatro almacenes de música y DVDs, todos ellos en glorioso chino, rodeados de posters de pelis ignotas del mejor estilo jonkonés. Intento comprar un póster de 2046 con los créditos en chino, pero fracaso en mi entendimiento con el dependiente, que no me entiende que no quiero la película (duda tremenda que me entra de pensar en qué coño de zona la tendrán). Sólo algunos edificios de Chinatown mantienen el encanto de las viejas construcciones del lejano oriente. Hay templos varios, alrededor curiosamente de una iglesia cristiana.

(vía) 

Los taxistas de SF. Son una especie de historia reciente de la ciudad. Todos amabilísimos y todos llegados acá de otras partes. Ha habido varios, y todos ellos han preguntado de dónde somos con amabilidad suprema. A destacar.

Un ucraniano que lleva 4 años en SF:
'You like America?'
'Well, you know, everything is so different here... but San Francisco, you know, it's always spring in San Francisco...'
Claro que viniendo de Ucrania no me extraña....

Un argentino que vino llamado por el movimiento hippy hace treinta años
 'sshevo acá todo este tiempo, pero ssho no soy gay'
(no me atrevo a decirle si al afirmar eso la gente no piensa precisamente lo contrario, ejem; el tío nos detalló cada tienda de Haight Ashbury que le dio tiempo). Y al cual se le notaba el acento argentino al hablar en español, pero no en inglés.

Un neoyorquino que llegó en el 74, cuyo hijo vivió en Argentina (claro, como nosotros venimos de España, lo lógico es que eso nos resulte de interés, ¿verdad?) y del cual nos enseña una foto... ¡porque se parece a Pierce Brosnan! Y en efecto, así era, como una versión del irlandés en plan jovencito de buen apetecer.

Otro que nos lleva de paseo por Pacific Heights aunque no pillaba exactamente de camino mientras nos enseña casas como la original de Levy Strauss y nos explica sus experiencias en Barcelona durante 1956...

Y otro que se nos pone a explicar que nuestro español no suena como el de los mexicanos (so loudy), sino como si fuera 'francés'. Porque hablamos bajito, dice. Lo consideramos una afrenta a nuestro honor y decidimos hacer que lo pase mal:
'Well, in America you know, not only Spanish is spoken very loud', y
'Our Spanish sounds like French to you? Excuse me, but, what do you exactly mean?'
Uno nunca le diría esto a un taxista de NYC o de Madrid, por supuesto. No vemos si enrojece, porque es indio, pero balbucea la respuesta. Pobre. Porque es innegable que la ciudad sigue siendo un lujo de amabilidad y que este conjunto de taxi drivers da una idea de su cosmopolitismo. No es que como en todas partes vengan todos de muy lejos (que también), es que parece que les gusta aprender, escuchar a la gente que viene a visitar el lugar, y acoger a cualquier nueva persona que se acerque a la ciudad, como si nunca se supiera quién se va a quedar a formar parte del vecindario.

Camiseta del día:



Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa ii de iii)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Un día en San Francisco

(vía Wikipedia)


St. Mary's Cathedral es una de las iglesias que conozco más espectaculares del mundo. De los años setenta, de planta cuadrada, un gran cono de cemento partido por estrechas vidrieras verticales se soporta en cuatro columnas inmensas que dan paso a cristaleras desde las que se ven diferentes partes de la ciudad, que así se puede observar mientras atiendes el servicio de misa. O sea, luz interior y luz exterior. Está en una colina y no es destino turístico habitual. Fantástica, aunque llegar andando a ella es un suplicio. El que tiene SF si uno quiere verla andando: las cuestas indómitas. Y así tengo los pies, que parecen maple syrup.


Mission Dolores. El edifico más antiguo de SF es la iglesia fundada por los franciscanos en honor de su santo y patrón que también da nombre a la ciudad. Tiene una basílica horrenda junto a la vieja iglesia de adobe. Un precioso cementerio con lápidas del siglo XIX (recuerden Vertigo) escritas en castellano -en honor de españoles y mexicanos pioneros de la ciudad- e inglés -por los hijos de Irlanda que la poblaron- se supone que alberga en el subsuelo los cadáveres de 5000 indios que murieron durante la construcción de la misión.


Castro. No es especialmente grande el barrio gay más famoso del mundo. Se organiza en torno una calle (Castro Street), y en ese sentido queda escasa si se compara con la de Sydney (Oxford Street), por poner un ejemplo parecido. Magníficas tiendas de camisetas (caigo en dos ocasiones, pero es que el rosa nos sienta tan bien a los rubios...) y de ropa alternativa -por ejemplo, sábanas de Tom de Finlandia-. Librerías. Tiendas de películas, con una con enormes galerías especializadas en subgéneros que jamás describiríais a vuestras madres. Artículos de cuero. Dildos obtenidos de moldes de las pollas de tus actores porno preferidos (las cajas son de diferentes tamaños, claro; no la hay de John Holmes, pero sí de Jeff Stryker). No hay peepshows, ni saunas, ni similares, cosa que me parece curiosa. Mucha pareja de la mano, casi siempre muy maduras. En las tiendas atienden casi siempre rubios estilizados, no necesariamente jóvenes. Premio para el nombre de una: 'Does your father know?'. Almuerzo en un restaurante italiano, me encuentro mesa con mesa con una pareja de catalanes de luna de miel. Se van mañana a Chicago. Van a pasar de 20 grados a 5 bajo cero. Al final de Castro empiezan a subir casas victorianas hacia las colinas. En el teatro del barrio, Castro Theater, proyectan Last Tango in Paris.

(vía Royalmaze)

Haight Ashbury. Estupendas casas victorianas circundan este barrio alto, junto al parque Golden Gate y el (frondosísimo) parque Buena Vista. Hay que subir cuestas como si fuera un viacrucis para llegar. Acá se asentaron muchas de las comunidades hippies de los setenta, y aunque ya sólo queden tiendas, se respira un aire algo fumeta: los homelesses son más adictos que veteranos de Vietnam. Amoeba: gigantesca tienda de cedés y vinilos, de actividad impresionante. Puedes escoger un cedé y poner su código de barras bajo un lector acoplado a unos cascos, y te lo reproduce al momento sin sacarlo de la caja precintada. Veo una tienda enorme de guitarras. Una pequeña tienda de discos de géneros varios especializada en vender ¡a disc jockeys! Estupendas tiendas de zapatos (vuelvo a caer, no sé con qué coño me voy a poner estas zapatillas verdinegras a manchas). En el teatro del barrio, 'Red Vic', proyectan The Raspberry Reich.

(vía Soyturista)

Las calles de San Francisco. Y su subir y bajar de continuo. Encuentro en Columbus Avenue la librería de Jack Kerouac, está cerrada. Divisadero, la calle que se lleva el primer plano de Entrevista con el vampiro. Alamo Square y su vista de casas victorianas. Union Square, centro de la ciudad, con sus grandes almacenes varios. En Borders me agencio tres tochos. En EE.UU. los libros son más bien baratos, pero con el cambio del dólar el querido Easy Riders Raging Bulls se queda en nada. Me agencio uno de Colm Toibin (que hasta ahora nunca lo he probado) y el último de Michael Cunningham (A Home at the End of the World). Compro los tres tipos de colonia de Abercrombie & Fitch (que es la mejor colonia para hombre del mundo, ¿qué pasa? Además se venden en tamaño para viaje…). Las tiendas de Abercrombie son altamente estimulantes, pero sólo hay en EE.UU. Compro filtros de fotografía de no sé qué ostias para un amigo que me los ha pedido, pero no tienen en la tienda, y tengo que ir a otra cruzando Tenderloin por Turk Street hasta el cruce con Van Ness Street. Soy objeto de las miradas del mayor conjunto de espectros con que me he cruzado. Homeless sin piernas (¿arrasadas de napalm?) y sin nariz (¿arrasada de nieve?). Esta ciudad está llena de monstruos (para relajarme entro en una poor lit second hand bookshop (sic) decorada con portadas de una publicación tipo Noticias del Mundo que son un despiporre, como una que afirma que hay pruebas de que Bin Laden ha conseguido clonar ¡a Hitler!). A los monstruos de la ciudad no se les puede ni mirar, o te seguirá uno de ellos por toda la manzana pidiéndote un quarter y te acabará llamando somabiche por no darle un mísero níquel.


La gente de San Francisco. Muy maja, oyes. No sólo en las tiendas te acogen con la tradicional amabilidad californiana, en la que eso de que el cliente es el rey se llega a sentir. En la tienda de fotos incluso llaman a la competencia para ver si tienen el artículo, y me lo reservan. En Castro los dependientes se deshacen en sonrisas y hasta sospechosos guiños de complicidad cuando compras. En Haight Street son todo buenas maneras aunque mi madre criticaría profundamente que se les ven los calzoncillos fosforescentes al atenderte. Los activistas ecologistas se enrollan preguntando de dónde eres (y así conozco a una alemana que vivió un año en Madrid y que por supuesto habla mejor castellano que yo). Hasta dos personas (cincuentonas de buen aspecto que pasean a sus perros) se ofrecen amablemente a ayudarme cuando estoy con el mapa en ristre decidiendo donde molturarme los tobillos a continuación. Y, coño, todo el mundo ha estado en España, hay que joderse. Aunque sea en el setenta y tres, señor.

But, as they say... am sure that San Francisco has not changed in the ten years since your last visit as dramatically as Spain in the last thirty years... claro que SF no necesitaba cambiar, supongo.





Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa i de iii)
Distancia Estocolmo - San Francisco: 8615 Kms



jueves, 3 de marzo de 2011

NYC!


Un fin de semana completo en Nueva York. Aterrizando un viernes a las seis de la tarde, entre los restos del huracán Isabel y a una temperatura cercana a los 30ºC (Nota: por deferencia a los lectores, usaré la escala Celsius para la temperatura, pero ser consciente de empezar a defenderse con la Fahrenheit, en el fondo, es terrible, pues se va introduciendo en el inconsciente como una marea negra: onzas, millas, libras, pies, pulgadas. 'The guy was five feet high', y ya sé si el problema es si era bajo o todo lo contrario, esto sí que es asimilación a una cultura). Saliendo del mismo a las cinco de la mañana del lunes en dirección a Pittsburgh, donde cayó agua a mares. En medio, dos magníficos días soleados, calurosos sin agobios, y con unos impresionantes cielos azules que hacen de cualquier ciudad un espectáculo más disfrutable, imaginen ustedes en esta.
Considerando que la última vez que subí al Empire State Building e hice la vuelta de rigor por el exterior, cuando intenté hacerla por segunda vez habían cerrado el lugar por los vientos y la temperatura de diez bajo cero...

Y es que, poniéndome esnob, pedante y cualquier otra cosa peor, uno ya está harto de subir al Empire State Building. Ya, ya sé que no es cosa que haga todos los fines de semana, pero es que... He estado tres veces en NYC, la primera vine solo, la segunda vez con una persona que venía por primera vez, la tercera con otra persona que venía también por primera vez. Y en esta ocasión, además, sin poder elegir entre subir a las Twin Towers o al Empire. Así que otra vez a sufrir el suplicio de los dos ascensores, la publicidad de los tipos que te venden la peli de realidad virtual para que vueles en helicóptero por los edificios de NYC como si fuese real por un módico extra de 15$, todos ellos hablando alrededor de la cola enorme a voz en grito, las promociones de fotos a 10$ con un póster detrás del edificio, en esta ocasión sin King Kong (¿lo habrán borrado por el mal rollo de ver aviones cerca de un rascacielos?). Y luego, como el día es bueno, aunque hay algo de bruma, todo el mundo se apelotona y es imposible ver algo, claro. Bajar es otro suplicio de ascensores y colas. En fin... Claro que enfrente del Empire, en la salida que da a la calle 32, hay una magnífica tienda de comics, donde te venden hasta la obra completa de Michael Chabon. Allí mismo no pude encontrar mi objetivo de cómic de este viaje: el segundo tomo de La liga de los caballeros extraordinarios, con la que habría fardado mogollón ante algún que otro comicófilo de saldo. Qué se le va a hacer. Al menos puede uno decir que no todo se encuentra en NYC (intenté en dos tiendas más: no hubo éxito). Completely sold out. Aunque evidentemente sorpresas siempre hay. La librería española de NYC es más grande y parece dotada de mejores fondos -en castellano- que gran parte de las librerías de Bilbao. Y lo que nunca me había pasado: poder comprar el periódico del día en EE.UU. Me refiero a El país, que me dio gran emoción al verlo en un revistero gigagrande, después de una semana sin ver un periódico en cristiano (un periódico que no hablara de Isabel en primera plana, vaya. Bueno, hablaba de Julio Medem...). Evidentemente, esto fue a horas intempestivas del día, que ya se sabe que NYC no cierra nunca. A esas últimas horas del día y primeras de la madrugada, el irse de compras por Times Square tiene su punto, aunque estés rodeado de turistas y desgraciados en busca de tu cartera. Claro que si uno habla de tiendas, en NYC no tiene descanso. Ya se saben ustedes dónde están las de auténtico lujo, en la Quinta y Madison entre las calles 45 y 60. Acompañadas de Tiffanys (nueva visita al templo capotiano por excelencia), de FAO Schwarz, las mejores jugueterías que he visto yo nunca -y es que acá compran juguetes para los niños más ricos del mundo, amiguetes; ello me recuerda que hice el vuelo de vuelta con un chaval de unos veinte años que el muy pervertido se llevaba para Frankfurt un monstruo de las galletas de los teleñecos... ¡DE TAMAÑO NATURAL! con fines claramente deshonestos, pues sonreía con delectación cada vez que un pasajero se extrañaba ante semejante muñecote asul ocupando un asiento de avión-, o la tienda oficial de la NBA. Uno puede luego bajar al Soho y compararlas con las tiendas de moda de las mismas marcas con la ropa al mismo precio, pero que acá se muestran en tiendas megacool y supraartísticas: esto es, dos vestidos colgados a la izquierda, un pantalón puesto en medio de la tienda, y otros dos vestidos a la derecha, todo ello en una pared pintada con un color pastel, bajo música electrónica o hiphop o dancetrash o lo que sea, y algo así como cincuenta metros cuadrados de espacio en blanco no sé yo para qué con lo que tiene que costar el suelo en esa zona. Pero la verdad es que esto del minimalismo tiene su encanto. En fin, suelen decir que Londres es el paraíso de las compras, pero por lo que conozco, discrepo, NYC es muchísimo mejor. Hasta entramos en una frutería, en Chelsea. Cada pieza de fruta brillaba directamente, y estaba individualmente separada, sobre una servilleta amorosamente doblada para ella. La iluminación estaba buscada, alumbrando con focos cada cesto de fruta. Y el muestrario de frutas exóticas era directamente bestial. En fin, dos dólares por dos manzanas golden, brillantes como nunca he visto y sabrosísimas, oigan. Todo muy adecuado para el postre de una comida que hay que hacer impepinablemente en NYC: devorar hot dogs de un street vendor car. Esto lo recomienda cualquier newyorker y cualquier turista guay que se acerca a la ciudad y lo ha hecho (yo mismo, vaya).

Y es que esta vez, antes de ir a NYC, he recibido más sugerencias coñazo que nunca. De los yanquis amables con quienes hemos estado viajando. Resulta que dos de ellos eran newyorkers, y otro había trabajado en Wall Street, con lo que... Dado el nombre graciosillo cuando menos de uno de ellos (Frank Amaturo) uno ya puede imaginarse que recomendara una visita a Little Italy, pero es que ese fin de semana era la ineludible, inapelable, imposible de dejar pasar, cita anual del Festival de San Genarro (sí, con dos erres). Bueno, el festival mierda este consiste más o menos en llenar los lados de Mulberry Street, calle principal del barrio, con todo tipo de puestos y barracas de supuesta inspiración italiana en la que venden de continuo comida -bueno, había también tiro al monigote- y más comida con un aspecto cuando menos poco digestivo -alucinantes spretzels gigantes rellenos de mostaza- a todo tipo de gente, notándose una absoluta falta de feeling italiano en todo ello. Salvo en los restaurantes del barrio, que son todos magníficos, siempre con un camarero tras la barra que en realidad es el dueño y que tiene un aire al Vittorio Gassman de Sleepers, y con la mamma mandando a los camareros a sentar al personal a la silla con un movimiento de labios que casi hace caer su cigarro precariamente atrapado... 'eh... carlo... tavola per due', saliéndole un vozarrón de estos tipo borrachera de cazalla -o su equivalente en Chiantilandia- seguida de cañas de Cruzcampo. No es el único festival del fin de semana en NYC. Como hace cuatro años en estas fechas, me vi atrapado en St. Patrick’s con la fiesta de las organizaciones alemanas de los EE.UU., vestidos con sus trajes regionales de falditas, y con sus bandas de música plasta atronando la Quinta Avenida, y todo el mundo recordando (me lo contaron tres veces) que los yanquis hablan inglés por una votación tras la declaración de la independencia en que se decidió cuál iba a ser el idioma del país en el que ganaron los anglófonos por un voto a los germanófonos. THANKS GOD!, daban ganas de decir aprovechando que estábamos en St. Patrick’s. Vamos, tenemos que aprender alemán para movernos por el mundo y nos da un passsssssmo. Pero en fin, que frente a un cierto tópico esperable, hay que decir que en NYC se compra mucho de puestos en la calle. No sólo comida. Los fines de semana la ciudad se llena de rastros de todos los pelos, más elegantes, menos elegantes, con arte incluso caro, con ropa vendida por inmigrantes al estilo de lo que pueda uno ver frente a los escaparates de El Corte Inglés. El más grande que vimos es el de la Columbus Avenue, cerca de Central Park, con varias decenas de calles implicadas. Y una superavenida para ir por el centro. Daba gusto pasearse por ahí mientras de nuevo vuelve uno a Central Park a visitar el Dakota, que es un edificio muy bonito pero que en general decepciona expectativas. Polansky es que lo retrató admirablemente. Así de paso vimos los recuerdos para George en el monumento a John y aprovechamos para pasar unas buenas horas en Central Park en domingo a la mañana, como buenos newyorkers, evitando el tráfico de rollercoasters, bikers y joggers, visitando el monumento a Alicia, acercándonos al museo de historia natural del Manhattan de Woody Allen, o dando pasos de baile cual Edward Norton en The Pond. Y el cielo azul sobre nuestras cabezas. Ooooooooh qué bonito....

NYC sigue estando tomada de banderas americanas, y en concreto la que sigue puesta en el edificio de la bolsa es taaaaaan impresionante (de grande y de limpia, júrosle que la bribona brillaba) que me hice una foto con ella detrás, aplastando mis principios. Bueno, yo y los cuatro japoneses que no había manera de que se fueran y dejaran de hacer fotos. Todos los turistas en la zona (era sábado) eran orientales, sabe dios por qué. En el Rockefeller Center, que a fin de cuentas son cuatro manzanas, contamos más de veinte banderas. El gran negocio en los EE.UU. está claro cuál es. Desde luego, cuando pienso la que se monta por acá por ese par de trapitos que ondean en edificios oficiales... Por las noches, la ciudad sigue haciendo ruido. Un zumbido extraño mezcla de los sistemas de motores del hotel junto con los coches y las sirenas treinta pisos más abajo. A los que somos de Bilbao nos siguen dejando entrar gratis en el Guggenheim. Además, con estilo. Te miran la tarjeta de socio del museo de Bilbao, en esta ocasión sin comprobar la identidad, y te preguntan directamente cuántas entradas quieres. ¿Y si le digo diez y me voy a la reventa? Nada, nada, dos entraditas gratuitas para marearse en ese edificio increíble, con su espiral sin columnas exteriores. Volví a pasar por el precioso Hotel Chelsea, con su ladrillo rojo profundo y sus barandillas negras, donde recordar a Patti Smith, Jim Carroll, Sam Shepard y Mapplethorpe. De nuevo me quedé sin entrar en el Radio City Music Hall, y es que sigue pareciéndome un robo lo de los 14$ por una hora mirando el hall de entrada al teatro. En fin... todos esos lugares que cuando uno llega allá simplemente reconoce en vez de conocer por primera vez.

Sólo hay una novedad en NYC. Que ya no hay torres gemelas, claro. No crean, salir de Wall Street, encarar la Trinity Church con el pequeño cementerio lleno de prohombres de la ciudad que encabeza Wall Street, cruzar Broadway y perderse el efecto alucinante, epatante, de ver los dos monstruos emerger de la nada detrás del cementerio de la iglesia, resulta de gran extrañeza. Como no verlos desafiantes desde Battery Park. La ciudad no parece revivir demasiado el asunto, es como si todos estuvieran demasiado de vuelta de todo. No hay demasiadas referencias en la ciudad a los héroes y estas cosas salvo si uno se acerca hasta el agujero en sí o si pasa por una sede de bomberos, o, como mucho, los libros en las librerías con la historia del World Trade Center. Y en la misma ground zero se ven más puestos de gente vendiendo camisetas irónicas del último apagón que cualquier otra cosa del 11S. En el mismo agujero hay unas vallas de tres metros de altura, con paneles explicativos de la historia del sitio, de los atentados, con los nombres de los muertos, y todo tipo de temas paralelos. Y hay cierto silencio, sí, no tiene uno la bulla del tráfico habitual, tal vez como si los coches evitaran la zona. No me gustó demasiado el espectáculo, la verdad, la gente agolpada alrededor de las vallas, aunque hubiera más educación que en el Empire State Building y no abundaran las fotografías (apenas se ve nada, claro). La mayor cantidad de las fotos se la lleva la cruz tomada de dos vigas de acero del edificio. Y a pesar de ello, no, no parecen tan traumatizados como cabría esperar o como a veces pueden vendernos. La ciudad sigue teniendo su increíble nightlife. Bueno, increíble lo digo yo por lo que uno ve por la calle, que es a la vez lo más puesto y lo más putero que puede uno imaginar -sólo hay que esperar unos meses, y ya llegará por acá, claro-, y no porque pueda uno disfrutar de los night clubs o de los sitios cool de veras (bueno, lo que sí es cierto es que en esta ciudad se come bajo un aire acondicionado salvaje y a oscuras, debe ser megafashion no saber qué te metes a la boca, con perdón). Pero, inasequibles al desaliento, intentamos ir a un club, al que llegamos a las doce y media, con una cola de unas veinte personas delante de nosotros. Todos ellos gente muy joven. Mi voyeurismo se animaba, dado que dentro del local se prometían escenas de alto interés antropológico una vez que mis ojitos ya maduros habían hecho el esfuerzo de catalogar la melange que esperaba en la calle. Tras veinte minutos de espera en que no entró nadie, decidimos dejarlo como buenos émulos de aquel gran sabio que decía lo de 'la ciudad no es para mí'. En mi declaración alegué que llevaba doce horas de pie recorriendo la ciudad. Jo, pero es que el sitio se llamaba Float...

Volví a Bilbao con un espantoso dolor de muelas, por primera vez en mi vida, y con una bonita asimetría en la cara consecuencia de una infección. Hoy se le ha puesto fin tras una semana comiendo tortilla de antibióticos. Para una muela del juicio que me había salido, van y me la quitan.

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa iii de iii)



sábado, 19 de febrero de 2011

Death of a salesman

Ay, señor, señor, ya sé yo de qué se moría el viajante. De puritito agotamiento, oigan. Al cambiar de agente en Norteamérica, toca conocer clientes y… Jornadas agotadoras. Kilómetros y kilómetros, pasando por multitud de estados, en avión, en coche, en todoterreno. Restaurantes de carretera, de las cadenas medias de comida. Paisajes, huracanes, alguna ciudad de vez en cuando. La nada circundante....



Batí el récord de estados en un día, nada menos que 6. A saber, despertarse en Nueva York para coger un avión desde La Guardia a Pittsburgh (Pennsilvania). Allí alquilar un coche para estar dos horas en la carretera hasta una empresa en el vecino Ohio, en un pueblo cuyo nombre adoraréis: ¡Hannibal! Evidentemente, nadie se queda a comer en un pueblo llamado así (recordemos que sin embargo sí se duerme en Ripley), dado el nombre de gourmet del lugar, con lo que todo el mundo coge el coche y se va a comer al restaurante de la cadena Bob Evans más cercano, que está ya en West Virginia. Después hubo que volver hasta Pittsburgh y coger un avión (de hélice, pero avión) hasta Evansville, en Indiana, en el sur. Exciting, fantastic Evansville y su aeropuerto, nos regaló la mejor imagen de todo el viaje: unas ancianitas sentadas en sus mecedoras mirando los aviones llegar a través de las cristaleras -look at the ladies...-. Aunque era lunes, no pretendíamos que la noche pareciera tan excitante. Allá, en Evansville, Indiana, de nuevo en la carretera, en todoterreno con plaza para 8 personas y maletero enorme, llegamos hasta Henderson, Kentucky, tras una horita de conducción previa cena en el restaurante Cork and Cleaver, que ya no sé si es cadena o no, no tuve fuerzas para preguntar. Santo Dios, qué agotamiento.


La carta del Cork'n Cleaver, una declaración de principios
Los Bob Evans son, como digo, una cadena de restaurantes media. Se supone que tienen el estilo de las granjas de Ohio -tierra de amish-, con sus cortinitas de cuadros, y sus paredes de imitación a madera. Las raciones son desmesuradas. El cheesecake es directamente agotador. Otra nueva cadena que descubrimos es el Crocker and Barrell. Esta es una cadena de restaurantes de comida a la antigua usanza. Van acompañados de un store donde uno puede comprar todo tipo de objetitos antiguos de decoración y productos caseros. Me quedaron ganas de comprar mermelada: era excelente, pardiez. Pero uno no se arriesga a llevar nada en la maleta que pueda excitar a los perros de los aeropuertos, claro. En este restaurante me recomendaron zamparme un roastbeef con mashed potatoes and cheese & macaroni, que, debo confesar, estaba muy bien dado el habitual nivel de estas cosas. Pero me asombraron, puesto que se trata del primer restaurante en el que veo que no sirven alcohol. Cuando pedí mi cervecita (lo mejor para digerir estas cosas), se me apologizaron enormemente y... Se ve que uno se acercaba al sur. Y nos acercamos más, sí. Desde Kentucky cruzamos a Tennessee, donde resulta que descubrimos que la 'Jack Daniels Distillery' es nada menos que un historical landmark. No dudaba yo de que se visitara y se pagara por entrar y demás, pero de ahí a verlo directamente en la carretera anunciado como algo de interés turístico cuando en un restaurante a tiro de piedra no te sirven ni una triste Samuel Adams... Pero en Tennessee sí que tuvimos tiempo de estar un par de horitas en Nashville, una vez que habíamos hecho las visititas del día, a primera hora de la tarde y antes de volver en avión para Pittsburgh. Nashville es bastante poca cosa, la verdad, pero tiene una única manzana de interés. Allá en el downtown, junto a un edificio que conocen como ‘el Batman’ (un rascacielos con orejas, así son los arquitectos por allá), está el famoso Auditorio Ryman, donde por el módico precio de 10$ pueden ustedes subirse al escenario donde han cantado estrellas como Harry Conick Jr., Dolly Parton, el múltiplemente homenajeado Johnny Cash, Kenny Rogers, John Denver, Garth Brooks... Más interesante es la calle Broadway, donde a plenas cuatro horas de la tarde y bajo el sol del sur, estuvimos en una estupenda tienda con fábrica de guitarras (yo como no entiendo sólo disfruté con el lado estético de las mismas, aunque me mosqueé porque no había para zurdos. Ni siquiera bajos. ¿Y si entra McCartney?), y en los bares donde los perdidos del país se acercan a cantar, buscando el éxito, sin cobrar un duro. El más famoso de estos locales es el Tootsie's, no porque Dustin Hoffman pasara por allí a pintarse el ojo, sino porque es el nombre de la dueña de hace unos años, mujer que debía ser de gran carácter, que dio fama al lugar, en el que se han rodado unos cuantos ignotos éxitos cinematográficos del mundo country americano. En Tootsie's había un ambiente... digamos que estupendo... Pensionistas americanos haciendo fotos al local. Un grupo de tres pimpollos tocando, tocados con camiseta blanca bajo camisa de cuadros de manga corta, con cinturón ancho y pantalones vaqueros ajustados y márcalotodoquesoymuymacho, de pieles blancas y pelos rojizos que sobresalían de los sombreros tejanos (y del borde de la camiseta, claro). La concurrencia de la barra también estupenda: seis tíos, todos ellos sin compañía, bebiendo sus cervecitas a morro prácticamente tragándose el cuello de la botella, vestidos de pantalón corto, y no sé si tenían el cuello rojo como auténticos rednecks porque cualquiera se atrevía a mirarles. Ellos sin embargo no tenían este problema: no sólo íbamos demasiado elegantes para semejante local a tales horas, sino que en nuestra party venía una muchachita veinteañera de buen ver a la que, tal vez dado el carácter inserso del personal femenino de Tootsie's, uno de los contertulios se comía con los ojos mientras le daban tics faciales, como si tuviera un Tourette al estilo Jordi Pujol. Bueno, antes de que hicieran con nosotros algo como lo que hizo la feria de la carne con los mecas de Inteligencia Artificial, salimos de allá por patas. Tuvimos un momento de relax en un impresionante store de discos de vinilo, un local en pleno centro de la ciudad, totalmente vacío de compradores, donde se vendían prácticamente sólo elepés (ay, qué maja pinta tenían algunos de Emmylou Harris) y singles del adorado plástico negro.


Lo más al sur que cruzamos fue Alabama... El señor conductor me había prometido que en nuestro único día allí iba a escuchar por la radio el Sweet Home Alabama, pues allí lo emiten con frecuencia en las radios. Los Lynyrd Skynyrd, por supuesto, son los héroes del estado. Y ciertamente, en Alabama los cielos nos fueron siempre azules. Y los campos estaban preciosos: del blanco color del cotton (pronúnciese 'cáron'), con sus pequeñas plantas ya en flor cubriendo hectáreas y hectáreas. No hubo suerte: por mucho que el driver cambiaba y cambiaba de emisora, no encontró a los Lynyrd Skynyrd. Y eso que pilló emisoras nostálgicas. Posiblemente sea de lo más bizarro acabar escuchando el Sweet Dreams de Eurythmics en Alabama. Bueno, supongo que eso es mejor que mis amenazas de cantar. Yo es que si me meten de paquete en un coche muchas horas no puedo evitar que las ganas de cantar me traicionen. A no ser que me pongan la radio. Cosa que hicieron tras agotar la 'apropiada' colección de cedés de George Gershwin y Dwight Yoakam.

Y este año, una vez más, tuve huracán, aunque esto me tocó en el este y de refilón. En los EE.UU., en septiembre, las posibilidades de tener un huracán son del 50%. Yo estuve cuatro años atrás encerrado en un hotel de Atlantic City viéndole (con perdón) el ojo a Floyd. Cuatro años después, con frecuencia olímpica, apareció Isabel. Bueno, lo mejor de los huracanes por allá es el despliegue mediático. Las cadenas enloquecidas ante la espera. Los presentadores mecidos por el viento desmesurado retransmitiendo en directo desde la playas de North Carolina mientras las señales de tráfico salen volando detrás de ellos. La gente tomando provisiones en los supermercados (según el telediario). Y luego todo el mundo tan normal. El huracán pasó en unas horas, lo cual resulta hasta decepcionante, dada la expectación creada. Aunque no tanto como fracasar intentando hacerle ver a un yanqui la gracieta de los spaniards del grupo con eso de 'hoy comemos con Isabel'. Vamos, que eso de 'Isabel is a trademark for canned tuna in Spain' debió parecerle una gilipollez suma. A nosotros Isabel nos pilló en el norte del estado de Nueva York, cerca de las Niagara Falls, en una zona llena de poblados y nombres de accidentes naturales que remiten a las culturas clásicas: Syracuse, Athens, Ithaca, Albany, Seneca (aunque esto también es nombre de indios; por acá también pululaban los iroquois de Jamiroquai). Apenas algo de viento fuerte y lluvia, ni siquiera demasiado cálida. Floyd en ese sentido descargaba agua de temperatura en la que uno se podía duchar perfectamente, aquello fue revelador. Una decepción en toda regla esta Isabel, desde luego. Y en Syracuse nos esperaba Jetblue…





Jetblue es algo impresionante. Cuando nuestros amigos americanos nos reservaron los billetes de avión con los que llegaríamos a NYC a pasar el fin de semana, lo hicieron en esta compañía, a un preció verdaderamente tirado: 46$ cada billete. El vuelo es corto, ya que Syracuse está a unos 400kms (calculo) de NYC, pero aterrizar en esta ciudad siempre es complicado, con el tráfico aéreo y esas cosas. Total, que tardaba una hora. Yo ya me temía lo peor. Una Great Lakes Airlines rediviva en el este. Me extrañaba, porque venía mucho personal a la puerta del avión en Syracuse mientras Isabel moría sin pausa a través de las cristaleras, y eso significaba un avión mayor. Y sí, era un avión de turbina, menos mal. Y directamente impresionante. Para empezar, tiene televisión en directo en cada asiento, en unas pantallas de cristal líquido digamos que la mitad de tamaño de la pantalla de un portátil usual pero con una calidad de imagen increíble. La tele en directo es la publicidad de promoción de la casa, nada menos que treinta canales de TV, entre ellos los más típicos de las televisiones americanas. Esto no lo había visto yo nunca ni sabía que se pudiera hacer. Ya saben, aquello de que hay que apagar aparatos electrónicos al despegar y aterrizar y esas cosas. El programa empezó después de despegar, pero el personal aterrizó viendo Los Simpson (menos mal, así se olvidaban de los bandazos que daba el viento, que arreciaba en NYC, más influenciada por Isabel y a una temperatura de 27 graditos). Bueno, Jetblue además tiene una distancia entre asientos estupenda. Esto ya lo había apreciado en los vuelos internos en los EE.UU., que se ocupan algo más de que la gente quepa. Las razones son directamente geométricas: con la distancia entre asientos en los aviones europeos, la mitad de los yanquis obesos, gigantescos y grasos no entran en un asiento. Incluso ni en dos. Bueno, Jetblue las superaba a todas. Podía uno extenderse pero bien. Además, el avión era nuevecito y reluciente. Nunca había ido yo, creo en avión tan impecable. Finalmente, la última sorpresa: todo el personal de cabina era negro. Esto no es un comentario racista, sino un hecho objetivo y rarísimo. Hay que considerar que es poco habitual ver negros viajando en avión en los EE.UU., calculo yo que el 85% de los viajeros es wasp, y el resto incluye orientales, hispanos, negros. Y aunque pueda parecer extraño, esto mismo suele suceder en el servicio de a bordo, ahí ya me imagino que entrarán discriminaciones contractuales basadas en 'lo que le gusta ver al pasajero que vuela con nuestra compañía'. Por supuesto, simpatiquísimos los de Jetblue. Y el avión ya iba llenito de newyorkers megafashion de los que te miran con cara de morderte si les mantienes la mirada o que te observan desde lo alto de sus hombros. Claro que mucha mirada cool y mucha gafa de diseño y luego abarrotan aviones a 6.000 pesetitas el billete, ayyyyy.... Pero dejemos NYC, que eso es otro capítulo que se hizo a pie...

En este, que se hizo sobre todo en carretera y en avión, hubo la posibilidad de disfrutar del countryside de Pennsilvania en su verdor máximo, tras un verano lluviosísimo y mientras los árboles ya van cambiando algo de color. Resulta que en los folletos turísticos hay una 'fall season' para venir a observar por estos lares esto del cambio de la hoja. Imaginad lo que debe ser en Maine o Massachussets. En cualquier caso, algo mucho más saludable que lo que se veía no hace demasiados meses. Las casas siguen teniendo casi todas banderas americanas. También muchos comercios siguen con las pegatinas de 'United We Stand'. Pero no hay comparación con el país de febrero, ese país que llegaba a sentirse acosado por alemanes y franceses porque no querían compartir con ellos el desmantelamiento de las armas de destrucción masiva de Irak. Ningún cartel que indicara 'God bless our President Bush', ni siquiera de 'God bless America', bendiciendo las autopistas, las calles... ¿qué ha pasado? En este periodo al Bush de turno le han salido unas encuestas que indican que no lo tiene tan fácil como todos asumimos en intención de voto para el año que viene. Incluso le pronostican derrota frente a ese general Clark que hace un mes no sabía él mismo si era demócrata o republicano. Pregunto a nuestro querido agente, que tiene una pinta de republicano que no puede con ella. Y lacónico me responde que 'well, you know, he has to find some weapons in Irak'. '¿Y el patriotismo? ¿¿¿Y la libertad???' le respondo yo poniéndome en pie, saludando a los cielos que guiaron a Colón a este continente sin par. Huy, no, esto último creo que lo soñé, no lo hice, no. Caí en silencio, demudado, faltaría más. Que en la empresa de mi querido agente vi yo veinte cuadros de aviones y barcos militares, y no está el oven para cheesecakes.

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa ii de iii)
Distancia Santa Fe – Nueva York: 3223 Km.






martes, 8 de febrero de 2011

The eternal Santa Fe


Esta América (del norte) que me ha tocado ver es la del post a todo. Es la America del post guerra-con-Irak, del post anti-gabachismo, hasta del post-ground zero. Ya verán, ya.

La odisea de vuelos inicial era Bilbao-Frankfurt-Denver-Santa Fe. De Bilbao a Denver, el personal in charge era evidentemente de Lufthansa, lo que asegura un cumplimiento exquisito de las regulaciones. Entre ellas, en el aeropuerto de Frankfurt, el repaso corporal antes de embarcar al avión, realizado en esta ocasión de manera bastante impúdica por un joven germano de aspecto pizpireto que no dejó resquicio de mi cuerpo sin manosear, y estoy siendo veraz y literal, no había visto yo tamaño atrevimiento. Se sonreía el cabroncete mientras despertaba mis cosquillas... En fin, allí había llegado yo medio zombi, después de haberme acostado a las tres de la mañana y levantado a las cinco, el avión salía a las siete. Uno aún hace alguna locurita de vez en cuando, no puede evitarse la tentación de recuperar cierto feeling juvenil. La llegada a Denver fue puntualísima, claro. El viaje, monótono en grado sumo, lo compartí con una pareja de daneses jovencísimos y enamoradísimos que tuvieron el buen gusto de separarme a su vez de un yanqui plasta que no era capaz de callarse miles de consejos para la (imagino) luna de miel de los tortolitos de Copenhague, viajes en helicóptero por el Grand Canyon y en coche por el Death Valley incluidos. Evidentemente, estos sobrinos de Hamlet tenían bastante más idea y mejor organizada de lo que iban a ver por la tierra prometida y entre beso y beso rebuznaban -educadamente eso sí- ante el acoso del americano. Pero lo bonito fue llegar a Santa Fe... La línea aérea que vuela a Santa Fe se llama, de manera totalmente inexplicable, Great Lakes Airlines. Se trata de una compañía pequeñita, con vuelos a destinos pequeñitos (aunque ninguno en un estado de los Grandes Lagos), y con medios pequeñitos. Sin ir más lejos, las tarjetas de embarque y los comprobantes de equipaje los hacen a mano. Y debe ser siempre así, porque no había ordenadores en sus mesas... Esto, me reconocerán, es algo muy fuerte, ¿no? Bueno, pues el avión se correspondía con lo que pudiera esperarse de tal despliegue de medios. Puedo decir que ya sé lo que es volar en una avioneta de las de verdad, esto no alcanzaba la categoría de avión de hélice. Capacidad para sólo catorce pasajeros separados en siete filas de dos columnas y un pasillo mínimo en medio. La puerta de la cabina de pilotos siempre abierta. Hélices pequeñitas, tipo Indiana Jones, de las ruidosas. Se oían a las maletas tambalearse en la bodega... De Denver a Santa Fe se pasa por encima de una sierra colateral de las Rocky Mountains. Allí siempre hay nubes y turbulencias, y bastante viento. No vomité porque soy de Bilbao y hay que dar una imagen, claro. Pero creo que debí llegar color verde caqui con irisaciones violetas a Santa Fe. Cuyo aeropuerto, construido en imitación a adobe, tiene un tamaño así como de piso de protección oficial. Las maletas, no podía ser de otro modo, las recogen en una camioneta y las entregan en la puta calle. No hay taxis –esto es la primera vez que lo veo en un aeropuerto los EE.UU.-, sino shuttles para llevar a todos al centro a la vez. Como tampoco podía ser de otro modo, somos diez pasajeros y han perdido 3 equipajes. Es el porcentaje habitual de Barajas, así que no pueden decir que no estén a la altura de grandes aeropuertos. Y, claro, hay que esperar bajo el fresquito viento de Nuevo México (Santa Fe está a dos mil metros de altura y a la noche hace rasca pues) a que todo el mundo haga su reclamación... lo cual tampoco le viene mal a la agitación estomacal tras el vuelo 'bumpy-jumpy' (palabras textuales del capitán) que tuvimos. Todo esto me resulta incomprensible, yo había estado ya en Santa Fe, cuando era pobre, joven y enamoradizo, y sabía que era una ciudad turística, y eso no encaja con semejante caja de zapatos de aeropuerto. La explicación es que el personal llega vía Albuquerque, que está 'sólo' a 60 millas y es aeropuerto de verdad, con ordenadores y personal de tierra y todo. Por supuesto, el calvario de vuelta fue similar, en el mismo avión y esta vez sólo con tres pasajeros. Por estadística de equipaje, en esta ocasión me tocó a mí perder la maleta, claro, que no recuperé hasta un día más tarde en la Pennsilvania prehuracánida. Great Lakes Airlines... me río yo de Freddy Krueger...

Pero mientras tanto nos quedaba Santa Fe, qué demonios. El congreso al que asistía se celebraba en el Hotel La Fonda (así, como suena, en español que es el lenguaje que se habla en Nuevo México y en su capital), edificio histórico y megachulo, con más de 400 años de historia, y reconstruido miles de veces en... imitación a adobe. Está en el mismo centro de la ciudad, junto a una plaza con un monumento conmemorando las victorias sobre los salvajes indios (hay un cartelito políticamente correcto anunciando que en otras épocas el lenguaje de la historia no era el adecuado), la iglesia católica de San Francisco (por fin, algo de piedra de verdad y nada de adobe), otras iglesias, y el Palacio de los Gobernadores... Santa Fe es una pena, señores. Una de las ciudades más antiguas de los EE.UU., fundada en 1598. Con una historia apasionante, que ha pasado por un periodo español, otro mexicano, otro de 'ocupación' -así lo llaman en los museos- americana y que finalmente es un estado federal propio, que ahora ya es sólo un paraíso para el comprador de arte. Es la segunda ciudad con más galerías de arte de los EE.UU. después de NYC... Y no queda prácticamente nada original, pero eso sí, como hay que mantener el feeling, hacen edificios bajitos y porches imitación, y todo lo decoran como si estuviera hecho de adobe. Pero queda tan artificial, queda tan claro que les ha podido su necesidad de reconstruir todo, de no admitir lo que una cultura anterior pudo haber dejado... En fin, la ciudad se ve en una mañana. Una visita al Museo Georgia O'Keefe inapelable para los amantes del surrealismo, el arte abstracto y las imágenes impactantes de esta mujer. También una visita al Museo de Nuevo México. La mitad de él está dedicado a los judíos alemanes que emigraron a New Mexico en el siglo XIX. La otra mitad es bastante más modesto y repasa toda la historia del estado... Las pequeñas iglesias del diecinueve... Ya sólo queda ir de galerías, incluyendo los artistas que pintan en la calle. Ahí siento la tentación de comprarme una lámina que una pintora wasp expone. Se trata de una imagen de la Virgen María, con su manto y un aura a imitación de -pensé yo- la Virgen de Guadalupe u otras similares. Lo guapo era que las manos y la cabeza correspondían a un esqueleto. Ahí me entusiasmé yo y los muchos años de educación católica en reverenciales miedos a Dios y a la muerte. La pena es que era demasiado grande, acuarela, bastante carita, un viaje taaaan largo por delante... La mujer me aclaró que siendo yo español y católico debía estar al tanto de las tradiciones de las vírgenes y los bultos. 'Excuse me?', dije abriendo atónito los ojos, pues ambos conceptos en conjunción me resultaban algo incompatibles. Y ahí me entero, en perfecto inglés, que un bulto es una figura de un santo rodeada de un aura como el que ella había empleado en esta virgen. Lo que se aprende cuando se viaja, señores.


Por lo demás, el congreso fue adecuadamente aburridito. Yo me temía lo peor, salvo por el hecho de que viendo los participantes me encontré con que uno de los speakers era nada menos que un tipo que trabajaba en Azkoitia, que acabó siendo un ingeniero residente en Barakaldo. Hay que joderse, pues. Y trabajando no en lo mismo pero sí en algo similar a lo mío, oigan. ¡¡¡Y tener que encontrarse en Santa Fe!!! Por lo menos tuve conversación continuada en el idioma natal en descansos y comiditas. Además de que después se nos sumaron un peruano y un argentino. Como suele suceder, formábamos la mesa más bulliciosa. Pero, vamos, las conferencias fueron el rollete esperable. No tanto los actos sociales. Que incluyeron una visita al Folk Museum de New Mexico, uno de los museos más bizarros que he visto en mi vida. porque es un museo de todas las tradiciones folk del mundo, lo que en el extraño entender de los responsables del mismo incluye desde banderas americanas de nueve estrellas (¿y cómo es posible, si se independizaron siendo trece estados?), figuritas que reproducían un rito azteca, marionetas de samurais, y hasta soldaditos de plomo, castillos de princesas europeas hechos con papel de aluminio reciclado de los paquetes de cigarrillos, e incluso un Mazinger Z colgado del techo. En fin... allí mismo nos dieron unas danzas indias, la del águila y la del búfalo, la primera bastante coñazo, la segunda soportable interpretadas por muchachos de aspecto esperable (la familia García, la presentó en español después de hacerlo en inglés). No se pierdan la vestimenta: tela de color blanco, cascabeles en las rodillas, las chicas incluso llevaban un gerriko rojo... Quienes hayan visto un aurresku me entenderán los paralelismos. Uno se dice aquello de 'joder con las tradiciones de la edad de piedra'. El baile, claro está, no tiene nada que ver. El aurresku no deja de ser algo altivo, acá en Santa Fe los bailarines se humillan ante la naturaleza, su mirada se dirige al suelo, los pasos no son una demostración de físico y juventud precisamente.

Y no podemos dejar de dedicar unas líneas a la deliciosa gastronomía del país, este texmex regado de margaritas gigantescas, donde se rellenan los tacos cada uno con salsas guacamole y mayonesa, y donde la guarnición que nunca falta son un conjunto de frijoles (a escoger entre tintas -o tal vez eran pintas- y negras, según el room service de La Fonda) de explosivas características. Uno no puede quejarse de falta de actividad intestinal en Santa Fe, no, eso es seguro.

Mejor, dado el ajetreo que se me venía encima...

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa i de iii)
Distancia Moscú-Santa Fe: 9.279 Km


lunes, 11 de octubre de 2010

Largo es el camino a casa

Una pena tener que volver de San Diego hacia el Este, más que nada por el tercer descoloque horario en apenas ocho días, y porque en destino, Charleston (West Virginia), de nuevo nos esperaban el frío y la nieve. Hacíamos escala en Chicago, donde dos días antes había caído una de las mayores nevadas del país. El downtown de la mejor colección de rascacielos del mundo (emho), también bautizada como la ciudad del dolor de nuca, lucía espléndido mientras en el suelo las quitanieves habían dibujado unos surcos precisos para que coches y aviones hicieran sus cositas, y las orillas del lago Michigan se adivinaban heladitas. Recordaréis que en una crónica anterior comenté que veía yo más tranquilidad respecto a la seguridad en aeropuertos americanos. Error craso, queridos. Fue, efectivamente, suerte o casualidad. Las experiencias con United Airlines entre San Diego y Chicago y la espectacular salida con Delta Airlines desde Charleston hacia Bilbao lo confirman. En San Diego, mientras a nuestros colegas británicos les dejaban pasar sin ningún problema, el 'random security check' había dibujado cuatro hermosas eses en nuestro boarding pass que hizo que todos nuestros orificios corporales fueran investigados en la puerta de embarque ante la atenta mirada del resto de pasajeros. Hasta las grapas de los billetes de avión sonaban para escepticismo del agente de la TSA (Transportation Security Administration). Uno no sabe para qué sirven los esfuerzos de nuestro querido presidente, ya que todo el mundo repetía antes de llegar acá que alguna ventaja tendría que tener ser más bushistas que Bush. Pues no, oigan. Y es que eso de Spain yo creo que les sigue sonando a La Habana, y, claro, eso es algo muy difícil de superar en el imaginario colectivo norteamericano. En fin, no es que fuera novedad. Incluso diría que estaban más amables que el año pasado. La novedad este año era en realidad que revisan también el equipaje de facturación en el momento de conseguir las tarjetas de embarque. Uno ya sabía que lo metían por las maquinitas esas de rayos X que fastidian la película de fotografía y cosas así. Pero es que al parecer esto depende de la compañía aérea en cuestión, con lo cual no sé yo la utilidad real del asunto una vez investigado cómo actúa cada una. Por ejemplo, US Airways dispone de un agente que abre la maleta delante de ti, comprueba que no llevas ántrax o plutonio, la vuelve a cerrar y le pone el candado o la bloquea moviendo el código de numeritos de seguridad o lo que sea. United la pasa por la máquina dichosa, y si ve algo raro (en la mía lo vio, por supuesto), un pollo abre la maleta delante de ti buscando de nuevo el virus del sida en pequeños frasquitos o propaganda talibán. Pero Delta es la más graciosa: Delta no abre la maleta delante de ti, sino que te obliga a dejarla abierta para inspección del gobierno de los EE.UU., que la investigará y cerrará. En Charleston tuvimos pues que dejar la maleta en facturación sin el bloqueo o candado correspondiente para que pasara la inspección. Comimos en el aeropuerto con gran preocupación sopesando que:

a) mal menor: podían hacer que desaparecieran nuestros calzoncillos sucios, y uno no se compra unos calzoncillos cualesquiera para que se los quede cualquier redneck reaccionario de semejante estado entre norte y sur.
b) mal no tan menor: podían dejar la maleta sin cerrar y lista para posible inspección en las escalas de Cincinnati y París, con los consiguientes quebraderos psicológicos sobre los sucedidos posibles para nuestros enseres
c) mal mayor: cualquier desaprensivo podría introducir cualquier cosa en la maleta que supusiera un problema para nuestra querida escala en Cincinnati, París o nuestra llegada a Bilbao si resulta que eres el único pasajero del día al que la Guardia Civil decide abrirle la maleta en las aduanas (una frecuencia mayor nunca ha sido observada por mí en el aeropuerto de Loiu, al menos). Las posibilidades eran: un kilito de polvo blanco, una pistolita, o un portafolio con fotos porno de Michael Jackson.

Les dan clases de seguridad...
Estoy convencido de que tales paranoias fueron también agrandadas por el hecho de tener que comerse la espantosa chicken breast burger con aliño bluecheese del aeropuerto de Charleston. Así que ni cortos ni perezosos y dispuestos a saber con ciencia definitiva si nuestras maletas habían sido realmente bloqueadas acudimos de nuevo a los mostradores de Delta. Los empleados de la compañía nos escucharon y llamaron al responsable de la seguridad, que impasible, aunque con cara de muy pocos amigos, nos tranquilizó en grado sumo diciendo que teníamos la palabra del gobierno de los EE.UU. asegurándonos que las maletas habían sido abiertas, inspeccionadas y cerradas. El hombre no era un armario -hasta yo le habría podido en una lucha sobre el barro- pero tenía una cara de muy mala hostia, ciertamente. Uno tiene que reprimir una sonrisita al oir eso de la palabra del gobierno americano (y morderse la lengua para no soltar un 'remember the Maine'), e incluso decir que las maletas han de pasar por París, donde la palabra del gobierno americano puede no ser válida. Huy, qué rictus más feo... Las maletas, por supuesto, no podían verse de nuevo... En fin, paramos la ofensiva antes de que el siguiente punto fuera pedirle el nombre al susodicho funcionario de la TSA. Las maletas no llegaron con nosotros a bilbao debido a que la conexión de París era megacorta. Al recibirla en casita unas horas más tarde, comprobé que no faltaba nada, que París había puesto nada menos que tres nuevos ribetes de seguridad, que no había nada extra, que todo el material había sido cuidadosamente mirado (todo estaba al revés, el material dentro de carpetas movido, las cosas sacadas de las bolsas que suelo llevar, etc...) y que la TSA había dejado un papel que ahora, colgado de un alfiler, decora la pared de mi escritorio, donde la Transportation Security Administration informa en una ‘notification of baggage inspection’ que me han mirado hasta el último calcetín con el objetivo de protegerme a mí y al resto de pasajeros, sin olvidarse de su publicidad: ‘smart security saves time’... En fin, si a esta desprotección y a esta introducción impune en la intimidad la llaman protección... ay, país de salvajes...


La visita a Charleston y alrededores fue un contacto más real con la verdadera América, la que vi en mi primer y hasta ahora único viaje turístico por el país (hace ya casi ocho años) y no con la de los grandes hoteles y convenciones que he visto después. Cerca de Charleston, en un pueblo llamado Ravenswood, en el medio de la absoluta nada, hay una factoría que una empresa francesa compró a una americana hace ahora cuatro añitos y que son clientes. Los franceses tiene desplazados ahí a un equipo de unas quince personas que imagino que para gran cabreo del personal americano realizan las principales labores de gestión y control de producción. Visto el lugar, no sé si en la empresa francesa se verá el ser trasladado a Ravenswood como un premio o un castigo. El lugar es terrible. Se alojan en un Holiday Inn de carretera en un pueblo llamado Ripley (sí, Ripley, ni idea de implicaciones literariocinematográficas con el mismo) con la única atracción a pie de un restaurante americano (Shoney's) y una cafetería con el irónico nombre de la cadena Subway, y con la desolación de las colinas, las carreteras y los locales alrededor de la misma como única atracción. Al parecer, los fines de semana los gabachos huyen como cosacos en avión hacia New York City, Chicago o Miami, cosa que no es de extrañar. Tuvimos que cenar en el Subway dichoso, con la retahila monótona de trailers pasando por la autopista, porque el otro ya había cerrado para cuando llegamos; un local desangelado con olor a lejía y limpiacristales, al ladito de una gasolinera, y con una colección de seis preadolescentas que yo no sé qué leches hacían a las diez y cuarto de la noche pidiendo la cena en un garito así. Labor, por cierto, en la que tardaron casi media hora de imprecaciones al paciente y maduro señor camarero, a grito en cielo y poniéndose verdes de continuo, ocasionando el consecuente dolor de cabeza a los atónitos espectadores (y de vez en cuando nos dirigía la mirada una nilña de apenas doce años con los ojos pintados en plan vampiresa destrozahombres, me dio una pena inmensa) y generando un comentario espeluznante: uno casi puede entender que en semejante ambiente crezca un sniper (aka francotirador) que atente contra tal vida, tal ambientación, tal paisaje.

Ocurrió donde nunca ocurre nada
Y la verdad, poco se me ocurre qué contar de esta nueva visita al país de las libertades, jojojo. Me miraron como modernito porque quise beber una margarita y convencer a mis acompañantes para comer unos estupendos rollitos de sushi… Tampoco se atrevían a ir a un mexicano estando en San Diego, ay señor señor... Pero, en fin, que he vuelto aliviado del lugar, dado cómo está la situación, el país, y esto del volar. Como siempre me suele pasar tras un viaje de este pelo, encuentro cierto gusto inexplicable en pasear por las calles de una ciudad con aceras, con gente que pasea hasta la noche por las aceras, donde los coches hacen ruido y nos indican que en efecto no son humanos, donde los edificios pueden ser abarcados por la mirada humana, donde no hay que llegar a los cines en coche, donde, incluso, la vida no se entiende como algo bueno sólo si se vive en una cárcel de lujo y seguridad.

Distancia San Diego – Ripley: 3250 Kms
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa iii/iii)