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lunes, 25 de julio de 2011

La terminal


 
El último día transcurre con conocimiento de causa. Un pequeño pasar por la fábrica y corregir últimos parámetros de la máquina. Una reunión de logística y compras. Todo va normal. Al mediodía volvemos hacia Hong Kong, tras despedirnos de nuestro traductor, tras despedirnos de nuestro chófer (tan mono…), pasar de nuevo la pesadilla fronteriza de tres autobuses y dos controles policiales más el absurdo de la papeleta en que juras por tu madre que no has fornicado con animales griposos, dejamos las maletas en las oficinas del agente, que las tiene en Wanchai, el megaespectacular distrito financiero repleto de rascacielos, y comemos en un excelente restaurante de comida jonkonesa. La zona invitaría al paseo si no fuera porque Hong Kong no resulta una ciudad agradable para ello:

-       hace un calor del copón, 26 grados en febrero
-       hay un mogollón de gente que lo flipas
-       la ciudad está surcada de autopistas y continuos pasos a nivel que hacen del concepto paseo algo desagradable
-       esto tiene más medios de transporte que Amsterdam, de modo que te puede atropellar un taxi (que para más inri conducen por la izquierda), un tranvía, un autobús, una bici, un funicular y hasta un barco.

Así que nos llevan de compras. Primero un mercado tradicional en la otra esquina de la isla (los taxis son tirados, por cierto) para hacernos con múltiples enseres para regalos. Caemos todos, porque el material tiene muy buena pinta y los precios son asequibles, y encima no hay gente. Después un centro comercial enorme, de lujos medios, donde comprar tecnología en forma de último grito de cámara de fotos (Hong Kong sigue siendo un mercado de prueba, aquí venden las primeras unidades de los productos japoneses y luego deciden si son modelos a vender worldwide), y donde arraso en una librería dado que el precio medio de todos los libros es nueve euros. Acá se descubre bien que los chinos son más guapos en Hong Kong que en Shenzhen, de modo que se puede concluir ineludiblemente que la pobreza no da morbo ni levanta la libido. Nos dejan en la terminal del tren que lleva al aeropuerto. Nos despedimos. Fotos. Besos. Bye bye, Love. Noto que la agente no gusta de la costumbre oscular de los latinos



Por supuesto, Cathay Pacific es incapaz de darnos las tarjetas de embarque de los vuelos en Europa, de modo que habrá que pasar por Iberia en Amsterdam. Claro que Cathay e Iberia pertenecen a Oneworld, vamos todos con tarjetas de puntos iberiaplusquetecagasdeloimportantecomoviajeroqueeres, y el vuelo a Amsterdam incluso tiene código compartido con Iberia. Montamos un pollo, ya teníamos ganas. Claro que no sirve para nada, salvo para enterarnos que el sistema informático de una de las compañías se llama Cupido. La muchacha del mostrador, otra china de aspecto refrágil, no entiende que me ría cuando le digo que ya que no conecta bien le podían cambiar el código a Cupido, ejem. Afortunadamente, decido no facturar. Otros lo hacen, basándose en eso de que se trata del viaje de vuelta y que ya no necesitan nada, y que para qué arrastrar peso…

El viaje es tranquilo, de madrugada, si bien somos evidentemente los cuatro pasajeros más ruidosos de toda la clase. A nosotros nos van a callar, ja. Dormimos bien. Aterrizamos en Amsterdam con adelanto. Una recia nórdica atiende la ventanilla de Iberia con un perfecto castellano. Usa subjuntivos, que ya casi no recuerdo lo que son. El avión a Madrid sale en hora, tenemos tarjetas de embarque. Nos da un plano, aterrizaremos en la nueva terminal. La T4.


Tenemos cincuenta y cinco minutos de tránsito.

En el avión: por megafonía nos dicen que el avión a Bilbao saldrá de la puerta K91, en la T4

En el avión: son incapaces de decirnos si llegaremos a la T4 ó a la T4S. Le informo a la azafata que he leído que si hay que cambiar de edificio aconsejan más de dos horas de tránsito. ‘Ah, ¿sí?’, responde. ‘Pues depende de lo que nos den cuando tomemos tierra, caballero’

En la terminal: llegamos a la puerta K88. Oh, albricias. Aena ha cambiado la gestión de Barajas. ¡¡¡Hacen las cosas con lógica!!! Sólo son tres puertas hasta la nuestra. Y casi habrá que empezar a embarcar ya.

En la puerta: voy a preguntar a las muchachas, que es raro que no esté el vuelo ya en la pantalla. ‘¿Qué vuelo dice, señor?’ ‘El de Bilbao’. ‘Ah. Nosotras no sabemos qué vuelo sale de cada puerta, señor’. ‘Ah, comprendo. Y qué hacéis exactamente?’ ‘Preparativos. Pero nos da igual el vuelo’. ‘¿Y el avión? No está en el finger’. ‘No sé, señor’. ‘¿Y las pantallas de televisión?’ ‘Por allí, señor’. Un gesto indefinido señala a una masa de gente a más de cien metros. Educada la niña, sí. Dejo las maletas junto a mis acompañantes queridos, y allá que me voy.

En la tele: compruebo que el vuelo ha sido cambiado de puerta a falta de treinta minutos no para el embarque, sino para el despegue, que se mantiene en su horario. H35, nueva puerta.

En el otro extremo de la terminal, por supuesto

La T4 no está pensada con lógica si lo que pretende Aena es seguir con su política de cambio de puerta en Barajas. Los aeropuertos actuales construyen sus terminales en forma de estrella, para acercar los medios a los aviones, pero también para facilitar el transporte interno en el edificio. En Barajas no. Se han hecho dos edificios de más de dos kilómetros de longitud. Dos kilómetros a recorrer exhaustos y tras toneladas de viaje encima hasta la nueva puerta… Atropellando viajeros, sacando la lengua, despotricando a grito en cielo del nuevo edificio, del sol que entra por las ventanas recociendo el lugar, de que seguramente no podían haber encontrado una puerta más lejana. Detrás de nosotros, más o menos la mitad de los jubildados del país, también en tránsito desde algún aeropuerto de la costa mediterránea española, perdiendo fuelle de continuo.

En la puerta: el vuelo está anunciado. Pero eso sí, a pesar de ser la terminal con más fingers del país, nos meten en un autobús enjaulados. Fuera hace frío pero sol. En el autobús da la luz y hay calefacción; vamos enlatados y sudando. Tengo la sensación de que mi ropa interior es de esparto.

En el avión: bronca de todos los jubiletas a azafatas y azafatos. No puede reproducirse, su lenguaje supera todas las expectativas de una sociedad moderna y avanzada como la nuestra. Los demás no decimos ni mú. Para qué, nunca seríamos tan contundentes.

En la terminal: me pillo un taxi al momento. Uno de los que ha facturado se pone directamente a la cola de las reclamaciones de Iberia. Efectivamente, el lunes me entero de que el equipaje no llegó.

Y es que se puede ir uno muy muy lejos, pero la vida, ay, la vida sigue igual.

Viaje realizado en febrero de 2006 (etapa iv de iv)

lunes, 27 de junio de 2011

Días de jetlag sin rosas


Alguna inteligencia preclara ha debido decidir que es lógico que los vuelos de Europa a la costa este de China salgan del mediodía de las diferentes ciudades europeas para después de once a trece horas de viaje aterrizar a primera hora de la mañana en su destino. Alguna mente insomne debe pensar que el horario es adecuadísimo para empezar a trabajar después de que llegues allí siendo para ti las dos de la mañana y en general sin haber podido dormir una mierda en el vuelo, por mucho que te imiten una noche a la hora de la siesta, bajando ventanillas, apagando luces, con las frágiles azafatas de Cathay Pacific hablándote bajito como si estuviera todo el mundo durmiendo en vez de ver la peli de turno… Y digo yo… puestos a imitar la noche, ¿¿no sería mejor volar precisamente de noche?? ¿Saliendo a medianoche para que después de una de esas cenas en que deben echar somníferos hasta en los tomates cherry presentes en todo catering que se precie sea verdaderamente efectiva? Pues no. Que hay que llenar doce horas de vuelo. Cuando a uno se le acaban los libros, los periódicos, la conversación con el compañero de viaje (a la sazón, un hombre que sólo habla castellano pero que conseguía comunicarse con todo el mundo mediante el universal lenguaje conocido como ‘onomatopeyas ilimitadas’ acompañado de un sistema para mí indescifrable de signos absolutamente personal e intransferible… de hecho, una parte importante de mi labor en este viaje era servirle de cobertura, no vaya a ser que acabara detenido en alguna aduana por cualquier malentendido inocente, o que su maleta terminara en Timbuktú en lugar de en Hong Kong), cuando uno se cansa de escuchar a Madonna, Franz Ferdinand, Coldplay (joder, cómo es posible que cuanto más los oiga más vulgares me parezcan? Empiezo a odiarles), Bee Gees, Abba, Bach, Mozart y hasta baladas del suicida Leslie Cheung, incluso cuando uno decide en contra de sus criterios ver películas adaptadas a la pantalla del avión interrumpidas cada dos por tres por los avisos de turbulencias sobre los cielos de Irkutsk, entonces se desespera, sabiendo que nada le proporcionará el sueño artificial que necesita para aterrizar, llegar al hotel, comer, y salir pitando a una primera reunión de trabajo… No, no tomo pastillas para dormir, sorry, me niego. Si sacaran unos porritos... Pero claro, according to international regulations smoking is not permitted in this flight…


Superada la madre de todos los coñazos que supuso el vuelo, aterrizados en Hong Kong, pasado el control de inmigración del peculiar pero entrañable enclave del pacífico, tenemos nuestra primera hora gloriosa en el viaje. No está la china que ha venido a buscarnos, que trabaja con nuestros agentes en Hong Kong. Fantástico. Llamo a la oficina: no hay nadie porque son las siete y media, no han empezado. En Mungia son las doce y media de la noche de un domingo, no parece que sea posible que puedan ayudarnos. Llamo al móvil del jefe de dicha compañía. No responde. Todo parece estupendo, le indico a mi colega. Tú no te aterres, aunque no superemos este obstáculo y tengamos que coger esta noche un vuelo de vuelta, yo no dejo que acabes durmiendo en el aeropuerto como si esto fuera una película tonta de Spielberg’. Me pone cara de ajo sin saber que a esas horas mi locuacidad indómita se desborda. Hasta que cuarenta minutos después se me acerca una china y me pregunta si somos españoles. Pues sí, es ella, oyes, mírala que maja. Lleva cuarenta minutos viendo salir gente y resulta que a mí no me ha reconocido de una foto que tenían. Claro, debe ser que todos los occidentales somos iguales, o que he decidido venir hasta acá con cara y cabeza casi totalmente rapados. En vez de traer un papel con el nombre de la compañía o de los viajeros… la semana prometía, sin duda…

22ºC en Hong Kong. Habíamos salido de Amsterdam a 2ºC. Y empezábamos con el arrastre de maletas.

La frontera entre Shenzhen y Hong Kong es curiosa de veras. El gobierno chino y las autoridades de Hong Kong han decidido hacer el trasiego de personas más fácil entre ambas fronteras, pero en lugar de suceder lo habitual, que al llegar a la frontera de un país, un agente de ese país controle tu entrada, primero hay que salir de Hong Kong. Esto se puede hacer mediante control de pasaportes por tren (según me han dicho, que es una práctica que nunca he sufrido pero que me recuerda tanto al cine clásico que deseo sufrirlo), o bien entregando los pasaportes y que te controlen el careto sin salir de tu coche o minicaravan, o bien en autobús. Existe entre las dos fronteras un espacio neutro de unos tres kilómetros, impracticable si no es en algún vehículo o medio de transporte, me imagino que para controlar a las masas pobres chinas que pudieran intentar llegar a Hong Kong ilegalmente, y después hay que pasar la frontera china, un país donde ya no es posible comunicarse con el agente aduanero, y donde hay que rellenar el típico formulario estúpido sobre la gripe aviar que viene a preguntar desde si has comido excrementos de gallinas enfermas a si entras en el país tosiendo. Esto lo recogen unos señores muy graciosos con mascarilla y bata que deben ser unos médicos profesionales de probada experiencia, capaces de diseñar un modo de control tan efectivo como éste para evitar que enfermos de gripe aviar viajen sin control por el mundo. Curiosamente, he visto menos paranoia por la gripe aviar ahora que por el SARS hace dos años, última vez que estuve en el país. En aquel entonces los aeropuertos tenían unas pantallas de infrarrojos muy graciosas en las puertas de salida de los aeropuertos, dispuestas a detectar aumentos corporales de temperatura mediante tonos rojos que se distinguían del verde del mortal sano. Todo esto mientras el personal salía a tropel de la terminal.


 
Recuperado el pasaporte con los sopotocientos sellos y visas entre chinas y jonkonesas, superadas las extrañas pasarelas de la estación terminal de Shenzhen, conseguido contactar el personal que nos esperaba en la frontera china, sudadas ya las camisetas, los jerseys, y los calzoncillos para superar el frío de la mañana holandesa, dormido el ánimo de puritito jetlag, conocemos al muy simpático, guapo y moderno chino que nos va a hacer de chófer estos días. Y lo de moderno –en el vestir- es destacable, puesto que tengo mi teoría sobre la apariencia y atractivo de los chinos, tan diferentes a cada lado de la frontera. En su caravanita nos perderemos en varias ocasiones y viviremos momentos de horror, pérdida y espanto. De momento, con buen tino, nos deposita en el hotel, donde pedimos que nos dejen descansar tres horitas antes de comer –occidental- e ir a trabajar. Mi habitación es enorme, con salón aparte con ordenador conectado a internet a cargo del hotel, y un baño mortecino pero amplio (a mi colega de viaje le pusieron en una en la que la taza del váter estaba dentro de la cortina de la ducha y no había bañera ni ducha como tal; en general estos baños se corresponden con habitaciones para minusválidos, pero no era el caso). El Baolilai Hotel huele como todo hotel chino a paso reciente de la bayeta de amoníaco u otro desinfectante por el suelo. Dispone de personal con escaso inglés pero evidentemente amabilísimo, si bien casi todo son chicas finísimas a punto de romperse por varias partes de su cuerpo si se te ocurre estornudar virilmente a menos de un metro. Ellos, poquitos, apenas llevan maletas a las habitaciones y poco más. Son delgadísimos y altos para ser chinos, pero llevan los gorros sacados del botones sacarino que tanta gracia me siguen haciendo. Los tiempos o la ciudad son distintos: aceptan propinas. Le doy diez yuanes (para conseguirlos me sablearon vilmente dos comisiones en el aeropuerto de Hong Kong, porque pasaron los dólares USA a dólares HK y después a yuanes RMB), que equivale a un euro, y de la sonrisa beatífica que me pone y las tres genuflexiones que me hace casi me da un ataque.

Me conecto a la web. Funciona. Qué bonito hotmail en caracteres chinos. Qué bonito el correo de la empresa en caracteres chinos. En mi estado de vigilia atontada me parece haber algo de justicia poética en que todas las ventanas del correo vengan en chino y tenga que adivinar lo que es ‘enviar’, ‘recibir’, o la ‘libreta de direcciones’.

Me doy una ducha. Me pongo mi pijama de satén, claro está. Me meto a la cama. Estoy agotado. Cojo La felicidad de los ogros, el libro se me cae, me despierto a la hora como si hubiera estado en los pozos del infierno. Son las dos de la tarde, dice el despertador. Tengo que bajar a comer.

También conocemos a nuestro traductor, el señor Yip (escrito así), al que llamamos Alex, que es lo que dice en su tarjeta –siguiendo la tradición de los chinos que trabajan para occidente, que se cambian dos de los nombres por uno occidental-, y que vivió cinco años en Perú. Pero es chino. Eso les ofrece confianza a los chinos, porque habla su idioma, mandarín en este caso. Y es curioso ver a un chino hablar castellano con acento peruano, pero al pobre le debía resultar peor intentar entender a mi querido compañero de viaje cuando le decía para su correspondiente traducción cosas como ‘anchar las espiras del final del sinfín para que el material…’ y acto seguido soltar una onomatopeya de material fluyendo acompasado de movimiento cadencioso del brazo, tipo surfer de Mundaka en pleno éxtasis correolas. El tío, claro está, combinando que se le suponía profesional y que un oriental jamás dice que no, ponía cara de ajo, y traduciría vete a saber lo qué durante el triple de tiempo que duraba la frase en castellano, para al final tener que repreguntar y recurrir a los dibujos, que es lenguaje internacional este de la ingeniería y las matemáticas. Y así sería gran parte de los días, cuando no el señor Alex Yip se dedicaba a sus propios negocios, usando la habitación del hotel o la recepción de la empresa que visitábamos (y que le había contratado como traductor) para recibir y enviar sospechosos paquetes por mensajería, o cuando no se dedicaba a dar indicaciones automovilísticas o temporales de acierto escaso para nuestros estándares.

El caso es que no consigo recordar mucho de la reunión de esa tarde. Sé que nos llevaron a ver la planta (toda una modernidad para lo que es China, en un parque tecnológico moderno dedicado a la ciencia, y con construcción en materiales ligeros y buen aislamiento; fábricas de finalidad similar había visto yo hace años construidas en madera, o en terraplenes para aprovechar la gravedad), y que durante la reunión en la mesa me caía de sueño de manera brutal, con violentos cabezazos sobre mí mismo que debieron dar una fantástica imagen de mi querida empresa. Afortunadamente, la presencia del traductor y el carácter de la reunión no hacían indispensable mi aportación, dotada de un movimiento cerebral de tipo indudablemente diferente al habitual. Creo que me desperté para esbozar una sonrisa porque el ingeniero mecánico se llamaba Ye (míster Ye) y el jefe de producción míster Yu. Y entre Yip, Ye y Yu todo era como de chiste. ¿Lo estaría soñando? Recuerdo que se nos hizo de noche, y que en el área subtropical donde estábamos, al salir, los mosquitos nos rodearon en alegre reunión depredadora y selectiva. El hecho contrastado de que sobre la cabeza de mi compañero y la mía propia se formaran nubes de tan simpáticos y zumbones insectos que sin embargo pasaban soberanamente de los chinos de nuestro alrededor nos hizo pensar. ¿Serían nuestras atractivas colonias occidentales las que atraían a esos sucios mosquitos comunistas y melenudos? ¿Estarían ya los chinos contaminados y al caer el sol se convertirían en inmundos vampiros amarillos dispuestos a quedarse con nuestros apolíneos cuerpos? ¿¿¿O acaso detectaban los muy cabrones las dotadas alopecias con que obsequiamos mi compañero de viaje y yo mismo a la humanidad???


La cena no fue mal, a pesar de un cangrejo picante que parecía haber vivido en un océano de jalapeño. Nos desenvolvemos bien con los chopsticks, los chinos no pueden reírse de nosotros. La comida es suave y recuerda vagamente a la comida cantonesa que normalmente sirven los restaurantes chinos en occidente. Aunque es infinitamente mejor. Pero sin entusiasmos. No hay actividades extraordinarias esta noche, estamos demasiado cansados. Apago la luz a las nueve y media, poniendo el despertador a las siete. A las dos de la mañana me despierto absolutamente despejado. En la HBO, única cadena decente en inglés entre las cincuenta cadenas de televisión que pueden verse, están dando una peli de Van Damme. Cojo mi libro de Pennac. Lo acabo sobre las seis y media de la mañana. Viva la vida, viva el amor.
 
Viaje realizado en febrero de 2006, etapa i de iv
Distancia Bahrein – Shenzhen: 6332 Kms.