miércoles, 19 de enero de 2011

Moscú en invierno


Aunque el viajero sabe que dos noches nunca es suficiente, que no es posible ni con mucho más tiempo aprehender lo que es un universo completo, la crónica de dos noches en el invierno moscovita siempre puede merecer la pena.

Arrivals
Se produce el aterrizaje en el aeropuerto de Domodedovo. El espantoso vuelo (francamente mal organizado) de British Airways aterriza a cinco grados bajo cero entre capas de nieve de unos 20 cm y montañas varias del mismo material, sobre una pista despejada. Es de noche, y la nieve brilla, reflejando esforzada la escasa luz del lugar. Domodedovo es un aeropuerto bastante nuevecito, pero su terreno parece un cementerio de aviones. Aparatos de compañías desconocidas (Transaero, Domodedovo, ni siquiera hay un Aeroflot, no vemos ninguna aerolínea occidental, aunque sí el día de la salida, Lufthansa y Brussels Airlines) tapados por capas de nieve, con los motores protegidos por tapas rojas para evitar la congelación (supongo), se esparcen por los kilómetros de pista que recorremos hasta llegar a la terminal. El control de pasaportes es fácil, más de lo esperado. No hace dos años parece que exigían incluso enseñar el dinero que se introducía en el país, y hacer lo mismo a la salida. Ahora esa norma se ha americanizado y sólo es si llevas más de 10.000 'unidades de moneda' en el bolsillo.

En la terminal abarrotada el vuelo es esperado por cientos de personas con sus carteles buscando a gente de empresa. Somos casi asaltados por los conductores que ofrecen taxis hasta la ciudad (se supone que conductores privados con los que hay que pactar un precio previo), pero a nosotros nos espera un vehículo del hotel, que hace el servicio por unas módicas 120 'unidades de moneda'. El vehículo es un pedazo Mercedes de cagarse, al que tenemos que esperar fuera de la terminal, bajo una suave aunque heladora ventisca nocturna. El contraste del coche con los vehículos habituales es grande. Automóviles de los setenta, con la chapa desvencijada en ocasiones y casi siempre descolorida, sucia de barro y nieve, y con acumulaciones continuadas de hielo en los bajos. Todo parece muy gris.

No hay nieve sobre la carretera, pero sí mucha sal. La autopista hasta Moscú está despejada. Hay vehículos parados (muchos) en los arcenes. La ciudad es ancha, está dormida, no hay nadie, ni iluminación, parece todo tan tranquilo, la tercera Roma duerme. Yo siempre -desde los juegos de 1980- me pregunté cuál fue la segunda Roma, pero ese es otro asunto. La cuestión es que el suministrador que hoy debía invitarnos a cenar (rico, millionario, con aire de mafioso acosador) se disculpa telefónicamente: está enfermo (personalmente creemos que la cena no le apetecía nada). A consecuencia de lo cual asaltamos las reservas de caviar de un restaurante del hotel. Y txá, qué quieren que les diga... pocas veces había probado yo el caviar y sigo sin verle la gracia por muy beluga azul que fuese y aunque estuviera 'barato' (a 120 'unidades de moneda' la ración de 4 onzas). Ahora bien, es de destacar cómo despierta entusiasmos, oigan.

Era la noche del ocho de marzo. En Rusia acababa un largo fin de semana, ya que el 8 de marzo es el día de la mujer (sin más añadidos) y es día de fiesta. Han hecho puente. El 23 de febrero (si mal no recuerdo) es el día del hombre (también sin más añadidos, supongo que esto es hijo del comunismo igualitario). Uno de nuestros queridos proveedores nos regala un calendario, se comentan estas fechas, le parece curioso que celebremos el primero de mayo (ellos tienen un mayo repleto: celebran el día uno, el día dos como el de la victoria sobre Hitler y el once como el del fin de la IIGM), y se muestra extrañado de que el cumpleaños del rey Juan Carlos no sea fiesta en España (¡!).

Metales y pobreza
A Moscú hemos ido a reunirnos con unos cuantos suministradores de dos metales cuyos mayores productores mundiales son Rusia y Ucrania y que se usan fundamentalmente en las aleaciones de aluminio de las que se fabrican los aviones, cuyo fuselaje está hecho fundamentalmente del metal de la bauxita, y que es una industria en franca expansión tras los problemas del 11S. Son metales locos como el titanio, cuyo precio ha pasado de 4 dólares el kilo a 30 dólares en cuestión de semanas. Influye en ello también el final, dicen, de los almacenes de chatarra de la Unión Soviética, donde mucha industria aeroespacial hoy inasumible por costo se fabricaba con titanio. Los productores de titanio están asustados. Saben que su metal no es abundante y que esto puede llevar a las grandes compañías (entendámonos, Airbus y Boeing) a investigar aleaciones con otros metales económicamente no tan inseguros y con las mismas propiedades. La otra gran aplicación de interés del titanio, la fabricación de prótesis, no lleva grandes consumos. Es una de las ventajas del titanio: es biológicamente compatible.

En fin, que me disgrego.

Teníamos las reuniones en el hotel, en presencia de una traductora contactada por la embajada española en Moscú. Yo tenía mi interés por saber si era familiar de algún refugiado de la Guerra Civil, pero no. Conoce a muchos, en gran parte de su época de estudiante de español, se llama Tatiana (que con Olga, Ekaterina y Anna debe cubrir el 80% de los nombres femeninos rusos). Es mayor, desaliñada, le faltan los dientes -se adivinan algunas prótesis doradas y oscurecidas-, lleva un buen abrigo pero el resto de ropa está raído, tiene buen sentido del humor, traduce a toda hostia.

Uno diría que los rusos están introducidos en el mundo capitalista de los negocios sin ningún tipo de problema ni control, al contrario de los chinos, sobre los que las consideraciones políticogubernamentales aún tienen mucho peso. Todos han viajado hasta Moscú para estar con nosotros, pues las empresas a que representan están todas en el puto outback helado, beyond Europe, más allá del mundo conocido (esto es, en ese límite inespecífico entre los Urales y Siberia). Pero algunos han venido en avión, con un aspecto impecable, imposible no destacar a la pareja de padre (Vassily, que junto con Alexei, Andrei y Sergei, de nuevo debe cubrir el 80% de los nombres de varón ruso) e hijo (Sergei) -el mismísimo retrato de un Putin con veinte años menos-, que venían de Zurich hacia no sé dónde. Más triste es la visita de unos chicos de Berezniki, a los que la empresa obliga a venir pero sin pagar el billete de avión, con lo que se han hecho 21 horas de tren para vernos, estación a la que salen después de la reunión. ¡Y eso que viene el jefe de ventas! Llegan bien vestidos, pero algo desaliñados, sin afeitar (son jóvenes y lampiños, y ello no destaca mucho) y con las melenas desdibujadas. Aprovechan mínimas interrupciones para salir a fumar un cigarro. Aceptan comer con nosotros, pero dado que son los suministradores y les tocaría pagar, dicen que deben hacerlo fuera del hotel porque no tienen dietas para pagar tanto. La nevada incipiente nos hace invitarles a comer. Tanto ellos como la traductora se ponen literalmente las botas. Acaban con todo el pan de la mesa, comen dos platos y postre abundantes, y cuando volvemos a la sala de reuniones atacan el café y los pastelitos que el hotel nos había dejado con una intensidad destacable. Y sin embargo, sabemos que esta empresa tiene buenas economías, que vende bien en EE.UU., hasta nos dan regalos de empresa (llaveros, relojes, esas cosas)... Deducimos que no debemos ser precisamente el mayor de los negocios para ellos. Pero de ahí a que parezca que envían a hablar con los clientes a trabajadores que pasan hambre...

La plaza roja.
Apenas un kilómetro separa nuestro hotel de la Plaza Roja, y cuando a las cuatro y media de la tarde decidimos hacer al menos ese poco turismo que el tiempo nos permitía, la nieve ya había empezado a caer. A caer sobre calles ya nevadas, donde no hay placas sino directamente bloques de hielo. En Moscú se anda a un ritmo pausado. Es lógico dada la cantidad de hielo. Se nota tráfico a la tarde, y un importante atasco no sabemos ya si debido a que es el centro o a la nieve. Tardamos media hora más o menos en llegar a la plaza, después de pasar por el Bolshoi (cerrado por obras, con portadón neoclásico un tanto bruto). La Plaza Roja en sí es espectacular. De dimensiones enormes, transitada por unos cuantos turistas haciendo fotos bajo la nieve, cuyo escaso número le da todavía mayor aspecto desolado. Llegamos a la hora en que todo cierra: el mausoleo de Lenin, la catedral de San Basilio, el Kremlin ni siquiera parece haber estado abierto. La plaza tiene una ligera inclinación, y alcanza su máxima altura en el centro, cayendo luego hacia el río. El pavimento está adoquinado (lo que hace todavía más divertido lo de caminar sobre el hielo). En la pared del Kremlin destacan varias de las torres de la fortaleza, y el mausoleo que está encabezado por las cinco letras del fundador del país de los soviets. Junto a él, las escalinatas donde los mandamases ven desfilar los misiles nucleares (una imagen icónica del siglo pasado que yo siempre asocio a Brezhnev). Presiden los lados estrechos de la plaza el Museo de Historia Natural (cuyo color rojo destaca especialmente sobre la nieve) y la catedral de San Basilio, cuya imagen parece siempre resumir la de la ciudad. Las cúpulas de colores están tapadas por la nieve, pero en las bases se observa su colorido. La iglesia se me antoja verdaderamente extraña, con una asimetría imposible de diseñar, y su orgía de torreones desafiando cualquier plan arquitectónico. Algunos rusos están en el exterior santiguándose y rezando. Congelados por el paseo por tanto icono a ocho grados bajo cero, nos metemos en las galerías Gum. Estas debieron ser un mercado de abastos durante la época comunista, pero hoy en día son el colmo de la ironía. No es que Lenin quisiera estar enterrado en la Plaza Roja (ya sabemos todos que quería haber ido con su madre a San Petersburgo), pero tener enfrente toda la demostración de un capitalismo de lujo, imposible de abarcar por el común de los mortales (no digamos ya el común de los rusos), resulta casi cruel si pensamos en los avatares del materialismo histórico. Las galerías tienen tres pisos y un techo de cristal y todas las boutiques de lujo occidental que podamos pensar. Pocos puestos de artículos tradicionales rusos. Apenas unas tiendas de pieles (a precios desorbitados) y unos cuantos puestos que venden las horrendas muñecas rusas. Tienen cafés italianos y franceses. Hay poca gente, pero creo que los suficientes (es miércoles a la tarde) para que el negocio sobreviva.

Al salir, la nevada arrecia, y son cuarenta minutos hasta alcanzar el hotel entre atascos, coches que resbalan, mendigos que piden dinero bajo la nevada, y la noche que parece que va a sepultar a todos los habitantes de la ciudad.

Afortunadamente, y sin que nada indique el porqué, deja de nevar a las dos horas.

El hotel de lujo
Según la info, se distinguen dos tipos de hoteles principales en Moscú. Los hoteles occidentales de lujo, de precios desatados, y los llamados hoteles soviéticos, bastante asequibles, en los cuales el servicio debe ser bastante más modesto cuando no 'férreo'. No debe existir un servicio de hotel medio entre ambos. Estuvimos en hotel occidental.

En este Marriott aprendimos lo que son las 'unidades de moneda'. Simplemente dólares americanos. Que por alguna extraña razón no debe poder llamárseles por su nombre en la carta de los restaurantes o en las tarifas de hotel. El asunto es confuso, porque sólo hay una indicación de que no se trata de rublos al final de las cartas, cuando te aclaran que la legislación rusa obliga a cobrar en rublos, y que las 'unidades de moneda' (currency units) se indicarán con el cambio en los rublos en la factura. Esto debe ser porque la inflacción puede hacer cambiar el precio del rublo a diario (parece que hace dos años estaban en paridad, y ahora un dólar anda por los 30 rublos), pero no deja de ser un lío hasta que lo sabes. Y sale a cuenta comprar en rublos, dado que el cambio aplicado al pasar la tarjeta parece siempre bastante desfavorable.

El hotel está bastante vacío, lo cual parece lógico. Gente de negocios, sobre todo rusos, pero también occidentales y árabes. Algunos de los rusos vienen acompañados de jovencísimas y estiradas lolitas maquilladas y vestidas como señoritas de hotel. El servicio del hotel, totalmente anglófilo, también es jovencísimo. Sólo chicas en recepción, sólo chicos en los restaurantes, todos de ojos azules (al final busqué por honor alguno que fuera de ojos oscuros: fracasé incluso con los de pelo moreno), amables aunque estirados, con la mejor de sus sonrisas al recibir las propinas, sobre todo si son en dólares.

Mi habitación da a una hermosa calle peatonal, y enfrente tengo oficinas alojadas en una especie de palacete. Bajo la nieve, las dos tardes, un cantante ambulante y su compañero recogemonedas llenan la estancia de musicalidad tranquila.

Distancia Changsha – Moscú: 6.557 kms
Viaje realizado en marzo de 2005

sábado, 1 de enero de 2011

El retorno del viajero



Zhangjiajie, en la zona de Wuling al noroeste de la provincia de Hunan, es una ciudad de aspecto mucho más moderno que todas las vistas hasta ahora. Según Geoff, que estuvo aquí hace dos años, el cambio es sencillamente espectacular. Han construido avenidas, gran parte de las calles están asfaltadas, han puesto iluminación artificial en muchas calles, las aceras son anchas, hay alamedas, bonitas marquesinas y estaciones de autobús, etc. Todo ello se debe a que Zhangjiajie quiere convertirse en un centro turístico de relevancia. Hace unos años construyeron el aeropuerto, también moderno, aunque no tan nuevo como otros que hemos visto. El motivo de todo ello son las llamadas montañas de Zhangjiajie, que actualmente son un parque nacional. Estas montañas son bastante peculiares, y dicen que sólo hay unas parecidas en Yugoslavia. Se trata de bloques de piedra que como pináculos surgen del suelo y se levantan cientos de metros en paredes verticales. Algunas de ellas son realmente estrechas, y otras dan lugar a paredones que imagino harían las delicias de escaladores. La zona es abrupta y muy verde, de cualquier rendija nace un arbolito o hierba o arbustos, a pesar de la piedra reinante. Al parecer, todo esto se formó debido especialmente a la acción de los rayos, que al dar sobre la piedra hacían que grandes bloques cayeran al suelo y otros quedaran de pie de esta forma. Nosotros tuvimos un día de sol espléndido.

A pesar de la expresión ‘parque nacional’, esto es algo diferente a lo que nosotros entendemos por esto. Recorrer toda la zona por los caminos que están abiertos al público costaría unos cuatro días. Estos caminos están perfectamente señalizados, empedrados con piedras y baldosines de color rosado, mucha barandilla y demás. Prohibido acampar, prohibido (peligroso también) salirse de las rutas. Hay un teleférico modernito que permite llegar a la cima de unas cuantas montañas de estas y mirar las demás desde arriba, con algunos puntos de visión acojonantemente acojonadora. Preparado para el turismo, tenían un grupito de mujeres de la etnia miao, que son pequeñísimas de veras, que por un módico precio te cantaban canciones de amor. Y se sacaban una foto contigo. No en nuestro caso, porque ellas mismas quisieron sacarse una foto con los tres tíos esos tan raros de ojos gordos y pelos claros. Otras zonas del parque incluyen paseos junto a cascadas naturales y otras que no lo parecían tanto, o un lago impresionante, de muy difícil acceso entre escaleras que salvan precipicios, donde una barquita te lleva por diversos templos que han plantado ahí para solaz del turista. La zona es bella, ciertamente. Yo quería descansar, ¿recordáis? Después de dieciocho horas baqueteados en el minibus. Anduvimos durante ocho horas. Los pies doloridos, las rodillas jodidas. La madre que los parió con sus ganas de agasajar, joder.


El público es casi en exclusiva chino, se trata de un centro de turismo nacional, aunque en el hotel vimos japoneses (¿que cómo se distinguen? pues chicos, no sé qué decir, es un algo, un feeling, caminan más tiesos, la piel es más blanca, los ojos se inclinan más hacia la frente que hacia la boca; ¿acaso no conseguís distinguir muchas veces a los españoles cuando viajais por europa antes de oirles hablar? pues...) y también koreanos (mogollón de ellos en el aeropuerto; esto se nota porque en todas las maletas ponía Mr. Kim, con lo cual no sé la utilidad de poner el nombre en la maleta). A la entrada del parque te recibe un cartelón enorme de Jiang Zemin, con una sonrisa ridícula, con las montañas detrás en un bucólico día de niebla. Yo me preguntaba qué tal quedaría un cartelón de Aznar sonriendo a la entrada de Ordesa, o de la Alhambra, pongo por caso.

El turista chino, nunca lo adivinaríais, es ruidoso. Una pena, porque en un ambiente así el cuerpo pide tranquilidad y ruido del campo. Pues no. Gritos a mogollón, no digo ya nada los que iban en grupo. Y podéis imaginar la escena en la típica pared con eco... Esos concursos japoneses de gritos se quedaban cortos. Muy divertido cruzarse con las mareas de chinos en los caminos, porque les chocábamos mucho. Sin ningún rubor se quedaban mirándonos (sobre todo a Deborah, que fue inspeccionada miles de veces, e incluso más de una vez pararon a Grace para que le dijera a Deborah que era muy guapa), sonreían de oreja a oreja y los más aguerridos soltaban lo que parecía todo su inglés: 'hello' y hasta 'where are you from?'. Ni qué decir tiene que 'England' les sonaba, pero 'Spain'... Menos mal que había empezado ya la World Cup y a poco que decías Spain Football, sonreían y decían ‘yes yes’ (¿no es adorable el deporte? claro que Grace me enseñó un periódico en chino con la foto de Morientes y un titular que según ella decía noséqué de los Spanish bullfighters...). En una ocasión un niño se encaprichó de nosotros y pidió rogó y consiguió que nos sacáramos los tres una foto con él. Y nosotros civilizadísimos dijimos cheeeeeeeese y sonreimos al pajarito.

Fue un día agotador, pero estupendo. Verdaderamente no entiendo que este lugar no sea más conocido fuera de China, como lo puedan ser otras cosas como el ejército de terracota o la Ciudad Prohibida, no digamos ya la Gran Muralla (aunque supongo que esto entra dentro de la categoría de lugares estratosféricos). Pero en fin, igual es una cuestión de tiempo. A fin de cuentas, la ciudad se está preparando. Nos alojamos en un hotel llamado el Hotel Internacional de Zhangjiajie. Era estupendo, pero lo de internacional es un decir, porque me lo pasé cañón intentando llamar a la patria chica (el móvil se negaba a recoger señal alguna); el teléfono del hotel no daba línea directa y ahí tuve que decirle a la operadora el numerito al que quería llamar, y nunca lo he pasado tan mal dictando un número de teléfono durante cinco minutos. ¡Pero conseguí conectar! Vamos, que con paciencia todo acaba saliendo.


En un avión que partía de Zhangjiajie hacia Changsha a las once de la noche comenzó el viaje de vuelta. Cinco aeropuertos, Zhangjiajie, Changsha, Hong Kong, París Charles de Gaulle, Bilbao. En total, quince horas de vuelo, veintitres horas de vuelos y aeropuertos, e incluso una noche escala en un hotel de Changsha. Descubrí que en China puedes comprar yuanes con dólares -en los hoteles, sin ir más lejos-, pero que no puedes comprar ninguna moneda con yuanes salvo en el Banco de China (aseguran que hay una oficina en cada aeropuerto: ¡JA!), con lo cual puedes acabar llevándote todos tus yuanes a Europa, donde nadie te los cambiará. Afortunadamente, pasa uno por Hong Kong, donde no creo que haya nada que no se pueda comprar, vender, o cambiar. Volé de Changsha a Hong Kong con un profesor de lingüística de la Universidad de Swansea, de los que viene a enseñar métodos para aprendizaje de lenguas extranjeras y especialmente de inglés. Un tipo curioso, con un master en politología y otro en lingüística, que escribe libros y todo, con el que tuve una conversación de lo más interesante sobre cómo acabarán el galés y el euskara, jejeje. Terminamos poniendo verdes a los vinos franceses, faltaría más.

China me ha gustado mucho, sí. Yo quiero volver, aunque no sé si me dejarán. Uno llega con ciertos temores ante las dificultades lingüísticas, el lío/coñazo de las vacunas, las precauciones con el agua y las comidas desagradables. Pero si esta impresión saca uno de un viaje por la China desconocida, ¿qué será si le atacan con los templos, los palacios, las murallas? Cierto que viajar en estas condiciones es casi lo mejor: prácticamente en plan VIP, pero no en viaje organizado. Rodeado de chinos normales que te explican el país, las cosas buenas y las malas. Y con todo el mundo intentando que estés lo mejor posible. Pero... Es el país más pobre que he visitado, y sin embargo el más hospitalario y amable. ¿Será eso una consecuencia?

En el aeropuerto de Hong Kong, en la lounge de Air France, recojo el Liberation del día anterior. Una breve reseña de noticia de un gran escándalo en España por un escrito de los obispos vascos. Wilkommen... Bienvenue... Welcome...

Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa v de v)


martes, 14 de diciembre de 2010

El campo y el bache

Tres chinos y tres europeos comenzamos nuestro viaje por la China real en el aeropuerto de Tongren (que a pesar del nombre es China y no Noruega), otro edificio nuevecito, en lo que será nuestra residencia móvil durante dos días: un 'mpv'. O al menos creo recordar que lo llamaban mpv en inglés, algo así como las siglas de ‘many people vehicle’, o algo que me sonó tan raro como eso y que veo ahora que olvidé enseguida. Esto viene a ser un minibus, con plaza para trece personas, además de banquitos en la zona del conductor por si hay viajeros extra, pero... sin sitio para el equipaje. Entiéndase que viajábamos gente que estábamos de viaje de diez a quince días, según los casos, con lo que ello significa: maletones de proporciones homéricas, que debieron
almacenarse en la fila final de asientos, ocupando cinco de ellos, y descubriendo, los pobres, el sentido real de la palabra 'bache' y la acción 'saltar'. Conviviremos así con nuestros enseres, alguno de ellos incluso nos amenazó con pegarnos una toñeja. El minibus tiene un aire así como de cosa bastante baqueteada, y con unos diez años desde que su diseño dejara de ser moderno. Eso sí, fundamental: con aire acondicionado, que casi permite pasar por los sitios como si uno visitase las atracciones, tristes en este caso, de un parque temático en el que algunos de los tópicos esperados sí que se cumplen. Fueron 18 horas en dos días, con una noche de hotel en Jishou, un hotel chino de veras, donde no hablan nada de inglés ni aceptan tarjetas, ni ofrecen desayuno occidental.

Las carreteras en la zona que visitamos son un espanto. Son el reino del bache. Es el mundo de la resignación ante el deslome lumbar. De la espera ante las horas interminables para completar unas decenas de kilómetros. El peor de los casos fue entre Huayuan y Zhangjiajie. Ciudades separadas unos 230 kilómetros, cuando ya habíamos recorrido unos 180 de ellos en tres horas
con todos sus baches y alegrías varias, y nos anunciaron que sólo quedaban 48 kilómetros, nos las prometimos muy felices. Pero nadie nos dijo que todo ese tramo estaba en obras y que utilizaban la carretera antigua para el transporte de materiales y todo lo demás que lleva construir carreteras a pico y pala. Fueron 3 horas más. También fueron unos cuantos puntos de dar marcha atrás, mientras algunos precipicios se abrían a los pies (único momento en que Deborah se puso nerviosa, soltando un 'oh, my God!' académico y como muy british; posteriormente Geoff le diría que con el precipicio que era no había motivo a la preocupación, porque habría sido definitivo), y la noche caía sobre el valle. Nuestro conductor era un profesional de tomo y lomo e impertérrito seguía adelante, sólo parando cada hora y media para abrir la puerta y echar un señor japo que yo adivinaba elefantiásico al suelo, o bien cuando los de la construcción de la carretera le decían que parara y le pedían (¿rogaban?, ¿mandaban?) que llevásemos a un chino unos kilómetros más adelante. Y adelantamos autobuses de línea: repletos, con asientos abatibles hasta formar literas, y gente con pinta de haber viajado ya muchos kilómetros. Cuando las cosas se ponían difíciles en algún paso, todos los del autobús sacaban la cabecita por la ventana. Y miraban a los trabajadores en las zanjas de la carretera, que a su vez nos miraban a nosotros y se reían, como diciendo adónde irán estos chorras. Pero no fue apenas nada (¡y el año que viene estará terminada!): el resto de las carreteras tendrán baches, pero son anchas y en general no tienen casi nada de tráfico (lo que siempre hay es gente andando por las carreteras, no sé adónde irán, pero siempre hay alguien andando), excepto el que hay en los pueblos y ciudades, que cuesta mucho cruzar, y no dan sensación de inseguridad, una vez que uno se acostumbra al sistema chino de no señalizar nada salvo con el bocinamen. Y el paisaje... ¡el paisaje es fabuloso! La zona es montañosa, con lo cual los arrozales se organizan en bancales que van subiendo en la montaña, cada uno de ellos más o menos reducido, pero numerosísimos. Toman el agua de los ríos de la zona, que van subiendo a los bancales con molinos de agua de apenas un metro de altura. El arroz estaba de un verde asturiano en día de verano soleado, como el resto del paisaje. Subimos montañas enormes, como las que hay entre Jishou y Huayuan, en cuya inaccesible cima un pequeño templo de un metro cuadrado y una escultura de un hombre recuerdan a los cientos de trabajadores muertos en la construcción de la misma (resulta un tanto terrible la frialdad con la que te lo sueltan...)

El paisanaje, sin embargo, es bastante más triste. Las zonas son bastante pobres y eso se nota, aunque también es cierto que nosotros al menos no vimos hambre ni condiciones penosas o terriblemente insalubres (aunque vete a saber si de noche no saldrán los anofeles locos de los arrozales y se dedicarán a pinchar a todo el mundo). En los arrozales no se ve tanta gente trabajando, pero también es cierto que no es cereal que necesite excesivos cuidados. Para sembrar, usan búfalos, domesticados y algo más pequeños que los que conocemos, que empujan ellos mismos. Por los arcenes andan personas con el típico gorro chino (que no habíamos visto en las ciudades), cestas a la espalda para llevar a los niños, y gente con el palo a la espalda y las cestas colgando, transportando de todo, desde verduras o frutas hasta... piedras. Porque otra cosa que vi en cierta abundancia eran pequeñas canteras. Imagino que como las condiciones de transporte son penosas pero en cada sitio de China se construye mucho, harán todo el esfuerzo por conseguir piedra lo más cerca posible de las construcciones. El hecho de que picar piedra se haga de acuerdo a lo que yo llamaría métodos absolutamente tradicionales puede ser bastante para explicar lo duro del asunto. Había niños trabajando en algunas de ellas, o transportando verduras entre pueblos, por lo que pregunté a la dama de Shanghai cómo eso era posible en China. Y me explicó que en efecto la educación es obligatoria y que el gobierno paga la enseñanza, esto es, el edificio de la escuela y el maestro. Los alumnos -sus familias- tienen que costearse el transporte (que generalmente implica andar mucho), y el material escolar. Simplemente hay gente tan pobre que ni esto se puede pagar y por eso hay muchos niños que no van a la escuela. Dicen que en las ciudades ricas del este, Shanghai, Beijing, Guangzhou (el antiguo Cantón), etc... existen programas en que la gente aporta dinero para pagar lo que llamaron en inglés 'hope schools', que son miles de escuelas en China donde los niños pueden acceder a la educación gracias a ello. Pasamos por una escuela dos veces, la primera vez estaban los niños en el patio, formados en columnas de a dos, cada columna presidida por una bandera roja con las estrellas amarillas. Cantaban. Al volver por la carretera, estaban en el recreo: jugaban al fútbol y correteaban unos detrás de otros. Y también asistimos a la hora de la salida de una escuela en otro pueblo: corrían que se mataban los críos. Y en cuanto a los pueblos... visitamos uno bastante curioso, llamado Phoenix (no hubo manera de que me dijeran un nombre chino de esto), que conservaba muchos edificios tradicionales, y templos y todo, con esos techos con las puntas levantadas (también pregunté por esto: parece que se pretende con ello dar la sensación de que la casa puede volar y así huir del ataque de un dragón). En el río, una barca tradicional china de las que se ve en las pelis. Respuesta a la pregunta: 'turists! probably japanese!'. Otro fue Sangtao, posiblemente el sitio más pobre que vimos, donde vi a mucha gente preparar los noodles y secarlos en barras, dejandolos colgando en la carretera, a las madres jovencísimas ir a por agua a las fuentes públicas, etc... Jishou y Huayuan son sitios más grandes, absolutamente caóticos eso sí, y repletos de gente, con muchas aceras sin asfaltar (bueno, los pueblos están totalmente sin asfaltar). Eso sí, que no se diga que no hay cosas de lo más moderno, como una zapatería descojono que en su cartel de la tienda decía que vendía zapatos ¡con la ISO9002! Comer en Jishou o Huayuan fue algo más valiente que en Changsha o Guiyang, pero aceptable. Curiosamente, casi siempre se come en comedores privados (uno no sabría decir si para agasajarlo más o para ocultarlo del resto de chinos, o para ocultar al resto de chinos de la vista de uno: esto no lo pregunté) que tienen una tele encendida que siempre se deja puesta. Hombre, no es que esté mal de vez en cuando darse la vuelta para echarse unas risas con la típica pelea chorra de peli jonkonesa, pero, vamos, que no sé yo...

Comprenderéis que tantas horas encerrado en vehículos dan para mucho. Ahí descubrí yo la afición de Geoff por El libro de la selva. O tuve que sufrir los embates de Grace empeñada en enseñarme nociones de chino a toda costa y amenazándome con examinarme al día siguiente: xixie (gracias), guo, ni, ta, guoman, niman, taman (yo, tú, él/ella, etc...), o los números hasta ser
capaz de decir 9002… Un sufrimiento con miles de sonidos alrededor de la 's'. Y mira que en euskara disfrutamos mucho con los diferentes sonidos de la s, la z, tx, tz e incluso tt, pero el chino lo supera, porque también la j, y la zh, y la sh, y demás, tienen sonidos similares. Yo es que en viajes tan largos en carretera, sobre todo si no conduzco, sufro mucho y siento irreprimibles deseos de intentar divertirme de alguna manera que no sea sólo dormitar (esto es difícil cuando estás botando de bache en bache). Pero nadie secundaba mis intentos de seguir cantando canciones. Los ingleses no me daban complicidad. Y los chinos hablaban entre ellos y se reían pizpiretos. Mamones.

Y qué hacía yo en esos parajes, ardiendo de interés os preguntaréis. Visitar plantas de producción de metales, que es una cosa que necesitamos en mi empresa. Hablar de cómo son las empresas puede ser otro mundo, aunque por no ser injustos hay que decir que el proceso de producción de la cosa esta es por definición bastante guarrete. Las empresas no están demasiado modernizadas, y los medios de llevar materiales dentro de la planta son de tracción humana. Bidones de cien kilos de peso entre dos personas, hasta llenar vagones con veinte toneladas de material... Tuve una de las visitas más surrealistas que recuerdo nunca a una planta de producción. De noche, cuando sólo algunos procesos químicos seguían en marcha y con poco personal trabajando, sin iluminación, un grupo de unos ocho o diez chinos iluminaban nuestros pasos, el suelo, los bidones de material, las máquinas. Las luces cambiaban de un lado a otro y era difícil enterarse de nada. Casi daba por pensar en una peli de Ridley Scott con tanto foquito cambia que te cambia. Además, si ya en el campo los servicios solían ser 'otra cosa' (en restaurantes no son sino un agujero en una habitación, donde hay un cubo de agua y otro para dejar el papel que pudieras usar puesto que las tuberías no pueden con el papel higiénico, con una habitación abierta al aire libre para el oreo y quién sabe si la inspección visual), en las plantas pudimos ver de esos baños que describen las guías. Apenas un conjunto de agujeros, a metro y medio uno de otro, con un pequeña pared de separación de medio metro de altura entre uno y otro. 'It is ok for the liquid stuff', decía Geoff...

Así que cuando al final de jornadas tan agotadoras de carretera y manta, llegamos en noche del viernes a la ciudad de Zhangjiajie, donde nos esperaba un hotel internacional (¡ja!) y una jornada sabatina de asueto, visita de parque nacional y comienzo del regreso a casa, creí que podría descansar. Pero esto no fue lo que técnicamente hablando sucedió.

Distancia Guiyang – Zhangjiajie: 653 Km.
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa iv de v)

martes, 30 de noviembre de 2010

El dragón del karaoke contraataca


Cuando alguien visita un posible proveedor es bastante probable que el susodicho le agasaje de alguna manera. Cuando eso se une a la aparentemente impagable hospitalidad china, el asunto puede convertirse en un continuo ofrecimiento de actos lúdicos, recital de brindis consecutivos durante las cenas con el consiguiente efecto etílico, intentos de banquetes desaforados, e, incluso, por qué no decirlo, por qué no admitirlo, carrusel de regalos que empequeñecen la maleta del viajero experimentado y sabedor de lo importante que es ahorrar el espacio en sus bultos de viaje. Durante este viaje, los actos lúdicos de relevancia se redujeron a tres. Uno de ellos constituye el último episodio de esta saga, por lo que aún ha de esperar. Otro fue una visita a una bolera china, que es como una bolera americana pero llena de chinos. El material es el mismo, el ruido es el mismo y se hace el gilipollas de igual manera en ambas, por lo que no ha lugar a comentario. Y el tercero fue la afición nacional china: ¡¡¡el karaoke!!! Aqueste invento japonés, cuyo mejor juego de palabras pergeñó ETB hará ya unos años con su verbena móvil por los pueblos de la tierra vasca y el programa llamado Euskaraoke, es la actividad lúdica de más éxito en China, lo cual es todo un mérito, considerando el tradicional (y parece que justificado) poco aprecio chino por las cosas del Japón. Esto tiene una consecuencia fundamental: ¡los chinos cantan estupendamente! Pero tardan en lanzarse, leches.

Durante la semana, la amenaza del karaoke pendía sobre las cabezas de los avezados viajeros. Fue desde el momento en que Deborah admitió que eso del karaoke no le gustaba nada, confesando con un mohín que cuando abría la boca para lanzar lindos gorgoritos sonoros se producía un cerrarse de cielos que ríete tú del Gólgota, y que en consecuencia ella no pensaba cantar, que empezamos a insistir en la posibilidad de ir a un karaoke, con soterrados comentarios a nuestros anfitriones. Que pensando que, evidentemente, nos entretenían en grado sumo, devotos nos condujeron al karaoke de nuestro hotel en Guiyang. ¿Guiyang? ¿Nombre nuevo? Sí, queridos. Una de las cosas que tiene irse a China es que en sólo una semanita los imposibles nombres chinos no te parecen una cosa tan difícil y se distinguen no diré que estupendamente, pero se distinguen. Guiyang es la capital de la provincia de Guizhou, una zona más pobre que Hunan, con un 70% de analfabetos. Su aeropuerto es, sin embargo, el último grito. Allí llegamos en el primer vuelo realmente nacional que hacemos en China. Sin gente de Hong Kong ni americanos. Los chinos siguen todavía disfrutando de la excitación de volar: no dejan una miga del catering, y cuando el avión despega o aterriza se pegan en filas de tres junto a las ventanas, intentando no perderse detalle de la operación, y apretujando, si necesario, al pasajero correspondiente. Y no son unos pocos, no. Lo hacen todos, mecachis. Ni qué decir tiene que el avión no cambia las costumbres gastronómicas, por supuesto. Y que tienen tendencia a llevar todo su equipaje en cabina, envuelto en numerosas bolsas de plástico, cada una de las cuales cumple los requisitos de espacio, pero yo diría que el conjunto de todas más bien no. No sé si tendrán miedo a facturar, cosa que no se debería, porque los chinos tienen una cosa muy buena en su sistema de recogida de equipajes, puesto que comprueban que la maleta que te llevas está marcada con el número que tienes en tu recibo de equipaje que te dan con la tarjeta de emabrque. Una cosa que no he visto en otro sitio y que evidentemente impide los robos de maletas en la misma cinta de equipaje. Eso sí, no sé qué pasará como te equivoques, puesto que el personaje que comprueba las maletas está vestido con los galones del partido.

Guiyang es una ciudad más fresca y me atrevo a decir que más bonita que Changsha, pero por la simple razón de que se ve algo. Además, está entre montañas, en una zona verde que parece chula. En este sitio nos alojamos en una hotel típico: ¡el Holiday Inn! A pesar de la franquicia yanqui, el inglés es sensiblemente peor al de Changsha. Los gorritos de los sacarinos son tan espantosos que inducen a la risa (hago un esfuerzo y me contengo cual periodista en rueda de prensa del presidente del gobierno). El Holiday Inn, evidentemente, dispone de un karaoke, pero en contra de lo esperado, sus salas son privadas. Allí nos reunimos Deborah, Geoff, Grace, dos chinos más (un chino y una china: ¿les he dicho ya que la discriminación sexual aparentemente no existe en el mundo laboral ni en el social? Aunque un día en una comida dos de los anfitriones, chico y chica, montaron un pollo para ver quién pagaba: ganó él), y un servidor. El primer problema es el menú de canciones. Hay así como veinte páginas de canciones chinas y tres de canciones en inglés, y, al parecer, a los chinos en inglés les gusta cantar cosas lentas, melosas y latosísimas tipo When a Man Loves a Woman, Everytime You Go Away, Your Song, o cualquier pieza trufada de almíbar compuesta por Paul McCartney. Así que Geoff, que se las sabe todas y sabía que los chinos esperaran a que nos lanzáramos y si no lo mismo se sentían ofendidos, se arrancó con la pieza más marchosa del repertorio: Wake Me Up Before You Go Go... Bien, piensen en la revelación: un inglés que sobrepasa sobradamente los cincuenta atacando por sorpresa a cantar una canción de George Michael y su primo de cuando usaban crema base y vestían shorts ceñidos hasta el dolor en los videos.... Yo, por mi parte, muy profesionalmente, me atreví con el New York Mining Disaster de los Bee Gees o el Vincent (qué sorpresa encontrarse esta canción en un karaoke chino) de Don McLean, antes de que Deborah decidiera soltarse en la intimidad de nuestra sala privada y se atreviera a entonar nada menos que How Deep is Your Love y... Careless Whispers en imprevistos duetos con este que les narra mientras enrojecía (ella) significativamente. Ay, la música que todo lo enternece... Ni qué decir tiene que sólo tras dos horas de mis ruegos enfebrecidos, mientras Albión y China alucinaban con el 'apasionado latino' (y claro, me entraba la risa con la definición), tiempo en el que haciendo uso del microphone intentaba anunciar a 'Grace', la famosa cantante llegada desde un cabaret de Shanghai, que esta se decidió a coger el micrófono y dejarnos pasmados con un chorro de voz impensable en tan pequeño cuerpo, oigan. Con una canción en chino, claro está. Ella misma le quitó importancia al asunto, diciendo que simplemente tenía más práctica (¡fíjate!). El caso es que cuando los otros dos chinos cogieron el micrófono, la sensación fue la misma. Claro que a pesar de lo bien que cantan, nada que comparar con mi versión del Material Girl de madonna, cantando en la escala más grave que mis pobres cuerdas vocales permiten. Se reían, los cabrones.

Grace empezó su sutil venganza, comentando entre risas lo que ella ya llama mi nombre chino. Resulta evidente que ni 'Gregorio' ni 'Borge' son palabros pronunciables por una garganta más al norte de los Pirineos. No digamos ya en el lejano oriente, donde les sonaba directamente a marciano. Así que cuando intentaba decirles que me podían llamar 'Goio' (aunque ellos siempre
dirán Mr. Goio, porque no entienden eso del nombre sin el mister), alguien llegó a la conclusión de que eso sonaba muy parecido a 'gao yang', y posteriormente Grace se dedicó a explicárselo a todo el mundo, entre risas despendoladas de todos los chinos que la oían. El caso es que salvo engaño absoluto (como a un chino, que diría el tópico), el dichoso 'gao yang' significa una cosa tal que 'high sun', el sol en lo alto, la luz del mediodía, la estrella que ilumina los días. Con lo bonito que suena, ¿cómo voy a protestar?

Y después del karaoke, cuyo verdadero significado cultural comprendí años más tarde, llegaría la China rural...

Distancia Changsha – Guiyang: 838 km
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa iii de v)

sábado, 13 de noviembre de 2010

El ataque de los estériles

(vía)



Los intrépidos viajeros comenzaron su andadura en la China comunista en la ciudad de Changsha, capital de la provincia de Hunan. Changsha, a una hora y cuarto en avión de Hong Kong, es una de esas pequeñas ciudades de provincias chinas. Sólo tiene cinco millones de habitantes y para el habitante de la pequeña ciudad del norte, es inmensa. Olvidada del tópico bicicletero, todo el mundo se mueve aquí en coche, de modo que la niebla poluta marca la ciudad, conocida además por sus temperaturas como 'el horno de China' (ahí es nada). Ya lo decía la profa: aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor...

Volamos a Changsha de noche, en un avión lleno de parejas americanas. Ruidosas as usual, incluso pelín excitadas, era evidente que no viajaban por negocios. Pero yo me preguntaba curioso cuál era el interés turístico de Changsha. Sólo uno, según las guías: el hecho de que la provincia es lugar de nacimiento del chairman Mao, que nació a unos kilómetros de Changsha y vivió en la ciudad. Debe haber un museo y todo donde la gente aprende que fue un comunista revolucionario venido de las clases altas, que lo suyo no era por pobreza o hambre, sino por teoría (y así propuso cosas como el gran salto adelante, que casi me los mata de hambre a todos). También hay un parque acuático y temático, llamado ‘La ventana del mundo’, donde hay reproducciones de monumentos del mundo. Algunas de tamaño bestial; doy fe, porque esto se encuentra entre el aeropuerto y la ciudad, y desde la ventanita del coche, audaz yo, pregunté extrañado qué coño hacía el campanario de la plaza de San Marcos ahí perdido. Geoff me informó de que incluso tienen una Alhambra en pequeñito. Qué cosas, oigan. ¿Pueden venir estos yanquis amantes de las reproducciones de Las Vegas a seguir viendo cartón piedra hasta acá?. No sé, puede haber americanos bizarros, en todas partes del mundo, pero estos no parecían dotados ni del don de la aventura ni del de los dólares a espuertas, sino más bien de un aura de clase media, perdida ahora en esta esquina del mundo. Sí están dotados, repito, del don del ruido...

En Changsha conocemos a la cuarta persona para este viaje, imprescindible sherpa si uno va a venturarse en la China real. Chino, por supuesto. De los que no sólo habla inglés, sino que además lo entiende -hallelujah!- Y no chino, sino china. De nombre el que sea, pero cambiado a Grace. Muchos chinos se han cambiado dos de sus nombres y adoptado en su lugar un nombre occidental (generalmente anglosajón) para ponerlo en sus tarjetas en sus relaciones con el viento del oeste. Pero no es su nombre real. Esto de los nombres chinos tiene su intríngulis. La mitad de los chinos debe acudir periódicamente a su pitoniso o experto en las artes nigrománticas si las cosas le han ido mal durante el año, y este le puede decir que vaya a la tumba de sus antepasados y oriente la lápida al sur suroeste, o bien que, por ejemplo, se cambie de nombre. De modo que el que el año pasado era Liu Tang Zhang este año puede ser Li Hao Niu. Ahora imaginad el follón en un país de 1300 millones de pollos donde cinco apellidos definen al 30% de la población. Grace supone una revelación, porque es la primera persona que conozco oriunda y residente en Shanghai. Y eso es como que un mito se hace carne, mientras pizcas de celuloide vienen a la memoria. ¿Necesitáis descripción? Bueno, Grace es... china. Es que es otra categoría. Tengo que conocer más para comparar. Eso sí, elegante a su manera. ¿Como salida de un cabaret del opio? Bueno, yo no diría tanto, pero...

Grace no conduce, sino que siempre se busca chóferes. Más tarde entenderé que en China el que conduce ha de ser un profesional. Grace nos aloja en un hotel del centro de la ciudad, un megarrascacielos de cinco estrellas a precio de baratillo gracias a que su empresa tiene enchufe. Es como si aquí empezara el parque temático del occidental protegido en el lejano oriente. 'Chinese, you know, they look after you', me avisa Geoff. A la mañana siguiente, el desayuno se revela, con suspiros de satisfacción, como occidental. Porque los platos chinos que también se sirven en el buffet no invitan a su deglución así en ayunas y sin avisar. Por las ventanas apenas se ven los rascacielos de la zona, envueltos en su niebla sempiterna. Hay tres o cuatro hoteles más para occidentales por acá, todos de lujo. Por las ventanas se ve que en esta ciudad no hay pobreza aparente, al menos en el centro. Aunque se llevan mucho los comercios familiares, abiertos hasta bien entrada la noche, incluso sábados y domingos, la persiana de taller levantada, los artículos a la venta, una cortina en la parte de atrás separando un catre, un baño. Pero no hay gente trasladando enseres o alimentos en cestas, ni cosas así. Veo a algunas de las parejas del avión de anoche desayunando en el hotel y me pregunto por lo raros que siguen siendo los americanos. Al día siguiente, lo entiendo. La mayoría de ellos tienen un niño chino en sus brazos. ¡Han venido a adoptar! ¡¡Y lo hacen en manada!! Qué ricos que son los niños chinos, oigan. Da qué pensar ver a estas parejas yanquis, pesando entre los dos más de doscientos kilos, con sus shorts, algunos con sus madres/suegras, viajando tan lejos a nutrirse del mercado de niños. Aunque al menos uno se siente tentado a perdonar su excitación del avión, sabiendo que el momento de recoger al niño debe ser un esperado punto final a un proceso demasiado largo. Y qué coño, están forrados en comparación, y si pensamos que si son niñas las adoptadas, podrían tener los días contados en este país en que todo el mundo quiere varones.

Changsha es el primer contacto con muchas cosas de la China china. Así, como ciudad origen de Mao, está desprovista de cualquier atisbo de tradición china, incluido que no se ve ni un templo ni un edificio tradicional. Luego se confirma en el resto de la provincia que nadie viste a la manera tradicional, es todo vestimenta occidental, mejor o peor, pero occidental. En los hoteles, los adolescentos y las adolescentas, ellos delgadísimos, ellas pequeñísimas, trabajan embutidos en uniformes de cadenas americanas de hoteles. En la calles, los hombres de negocio visten camisa sin corbata, alguna vez chaqueta, pero siempre tratando de combatir el calor. En los restaurantes el té y la comida son servidos por mujeres jóvenes, vestidas incluso con corbata o con uniformes de cierto aspecto oficial. Y es que en Changsha por fin vamos a comer a lo chino... El principal tópico que he visto cumplido en China es que ciertamente son un poco guarretes comiendo. No es que uno no lo soporte, peor se lleva la tendencia a escupir en mitad de la calle, y, sobre todo, los ruidosos prolegómenos que llevan a la formación del esputo o japo en las vias respiratorias del infractor y que anuncian inexorables la existencia del salivazo contundente y su caída sobre el asfalto, allá donde lo haya. Lo primero es acostumbrarse a los palillos, cosa que no es tan difícil; más difícil es acostumbrarse a tener que ser siempre el primero que los usa, mientras una colección de chinos sentados a tu mesa espera para descojonarse si se te cae todo, o bien se sorprende cuando pasados unos días eres capaz de hacer virguerías cogiendo cacahuetes con los palillos como si hubieras nacido con ellos. Lo guapo es comprobar los diferentes tipos de palillos. Los de restaurantes elegantes son una mierda: pulidos, largos, pesados, todo resbala, y hay que tener unas falanges para aguantarlos que ni el Manostijeras. Pero en otros sitios te los traen naturales, más cortos y ligeros, algunos todavía unidos por la parte superior, de modo que tienes que separar las dos piezas de madera y frotar un palillo contra otro para eliminar las pequeñas astillas. Seguimos con las servilletas, que sólo existen, de nuevo, en la ciudad y en restaurantes elegantes. En el resto, hay que apañárselas con kleenex que ellos mismos dan. Y claro, no son un primor de elegancia al servir el té, sino que en muchas ocasiones la cosa gotea que da gusto, y si te cae algo encima, pues... que debe ser lo normal, oigan. En todos lados, eso sí, tienen toallas húmedas calientes para limpiarse morros, dedos y caras, e hidratarse un poco la piel. Después, se da cuenta uno de que no tiene plato. Todo lo que quiera comerse lo coge uno de la mesa giratoria central donde ponen las fuentes, en las que hay que dejar siempre algo de comida, puesto que lo contrario -que las fuentes se acaben- es inelegante, y como mucho usa un bol con su cuchara o el plato que queda debajo de la tacita de té. La cocina de Hunan es una de las ocho grandes escuelas culinarias de China (la comida china que podamos conocer en occidente es fundamentalmente cantonesa) y es la más picante, con muchos platos preparados con pimientos clasificables por un morrosko como 'de los de verdad, pues, la hostia, joder cómo pica'. Los ingleses, fieras pardas asquerosos currýfilos, disfrutaban más. Lo cual no quiere decir que no haya platos estupendos, que los hay, dulces y de sabores más reconocibles. ¡Incluso tortillas! ¡Y pastelitos!. No hay ensaladas. Toda la verdura está cocida, algunas realmente muy al dente. El arroz casi nunca se sirve al principio, sino al final, a veces preguntan si lo quieres, y si es el de verdad es totalmente blanco. Que sepas que si lo sirven frito o con verduritas es que lo han preparado así en honor al turista. Se sorprenden de que nos guste el arroz. Y no digo nada cuando informo de que en tierras españolas existen múltiples formas de disfrutar del arroz (la palabra paella no les resulta familiar). Pero el caso es que el arroz es simplemente para completar el que te hayas quedado con hambre. Y cuando la comida es completa, siempre sirven un pescado cocinado, muerto y enterito, que es un primor intentar coger pedacitos del mismo con los palillos. Y por lo que cuentan, los chicos se han acostumbrado bastante a cuál puede ser el gusto occidental, preguntan qué quieres tomar y ya no sacan cosas para valientes, al estilo de escorpiones fritos ('like chewing plastic', copyright Geoff), hormigas u otras lindezas. Lo más heavy que vi servido? Apenas unas patas de gallina (ni probar), una sopa de serpiente (rica rica), una tortuga (no me gustó nada por estar llena de huesecillos; los chinos se meten estas cosas a la boca, los trozos de pollo, de serpiente, las gambas enteritas, con sus dientes extraen toda la sustancia, y después escupen los restos en un bol, ahora lo hacen con discreción, en los good old times escupían directamente al suelo...) Aparte del té, que a veces sirven en contacto con las hierbas mismas del que lo extraen, puede uno beber otra cosa. La cerveza es maja. ¿Las marcas más extendidas? Tsing-tao, fabricada siguiendo el método alemán por una brewery instalada en China hace años, Heineken, y... ¡¡¡San Miguel!!! También el vino chino (vino de uvas, entiéndase) es aceptable, aunque caro. El vino de arroz, servido en dedales a beber de un trago, es alcohol a lo burro. Sólo bebimos esto en una ocasión, en la que la pobre Deborah floreció de colores y a poco más se cae de espaldas, entre risas de los comensales. Al final de la comida, casi siempre hay un plato de fruta con sandía fresquita y con más sabor de la que suele haber por nuestros lares. En general lo lleva uno bien, aunque he adelgazado casi tres kilos. También es cierto que esto de picar hace que uno coma menos cuando los sabores no son los suyos, y que el calor ayudaba a la dieta... Por cierto, que China es el país del agua embotellada, que viene muy bien para lavarse los dientes en el hotel, puesto que no se recomienda lavárselos con agua del grifo. Ello me ha llevado a usar Evian para estos menesteres, y, en cierta ocasión, incluso... ¡Perrier! Con sus burbujitas... Oh, mon dieu...

Distancia Hong Kong – Changsha: 831 kms
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa ii de v)

martes, 2 de noviembre de 2010

El puerto de los mil peligros

Llegar a China por Hong Kong es como llegar a China sin llegar a China. Además es como se la define, ‘It is China but it is not China’. Hong Kong mantiene el diseño british: los enchufes son como en Inglaterra, los coches conducen por la izquierda, los cruces recuerdan al Londres de las pintaditas ‘look left’ y ‘look right’, las calles tienen el regusto imperial tan maravilloso (Waterloo Road, Bayswater Road, etc...) y hasta hay autobuses de dos pisos. Y tienen su propia moneda, el dólar de Hong Kong, que vale lo que el yuan, pero es de Hong Kong. Pero que se desengañen los que piensan que crean que pueden desenvolverse sin ningún problema en inglés. No, no. Acá la gente por no hablar no habla chino mandarín, sino cantonés, el idioma en que están rodadas las películas de Hong Kong. Las emiten subtituladas en dos idiomas: mandarín e inglés. Que, al menos para ellos, son un modo efectivo de echar unas risas.

Llegar a Hong Kong ha perdido el encanto de lo narrado por gente aterrizada en este lugar antes de que se abriera el nuevo aeropuerto. Según dicen las lenguas de la experiencia, se aterrizaba entre rascacielos, y mientras tú te agarrabas los machos cuando el jumbo loco se aproximaba a la pista, podías observar cómo los vecinos se preparaban los noodles, el pato lacado o se daban una ducha en uno de esos apartamentos mínimos tipo In the Mood for Love. Ahora no, el aeropuerto de Hong Kong es nuevo y modernísimo, como muchos de China; está en una de las islas de la zona, alejada del centro clásico (downtown de rascacielos apiñados contra los montes) y con un tren express hasta la isla de Hong Kong o la península de Kowloon, enclaves clásicos del lugar. Eso sí, quien reserve hotel, que pida, que ruegue, que exhorte, que le envíen por fax el nombre del mismo hotel escrito en ideogramas chinos. Yo pregunté al taxista por el Hotel Metropole. Y él tan feliz de haberme entendido y yo tan feliz de que esos indeseables que dicen que en Hong Kong no se habla inglés estaban equivocados... hasta que en vez de al Metropole casi me deja en el Marco Polo. Vaaaaaaaale, los nombres se parecen, pero es que el Metropole es
un hotel de tres estrellas muy majete, y el Marco Polo es un cinco estrellas que-te-cagas, el tipo de lugar al que sin duda mi aspecto después de doce horas volando indica que un hombre de mi savoir faire debe alojarse. Afortunadamente, abrí medio ojo antes de bajar, y tuve una discusión de lo más interesante con él en algo definible como chinglés con acento cañí. El pobre hombre leía Metropole como Marco Polo, y no entendía. Finalmente, sagaz él, buscó en su guía, lo encontró en inglés y su traducción a ideogramas, me llevó hasta allí, y me cobró una tercera parte de la carrera. Majo, ¿no? Pues no sé, porque otra característica de los taxis de Hong Kong es que parece que los muchachos tienen un poquito de prisa. Tuvimos que coger varios taxis, y puedo asegurar que los cuerpos de los tres ocupantes del asiento trasero se arrebujaron más de una vez en infinitos arabescos mientras nuestro chino conductor se despendolaba a cienes de kilómetros hora por las curvas de la ciudad encajonada entre agua y montañas, como si de un Han Solo en busca de su princesa senadora se tratara. ¿Cómo? ¿Que qué tres ocupantes? No hay problema, yo se los describo. Mencionemos primero, ladies first, a nuestra querida señorita Deborah, nacida en Manchester, mujer de treinta años y cierta rotundidad, de rasgos bien dibujados, sorprendentemente -considerando su país de origen- guapa, y que, aunque dotada de la especialmente absurda capacidad de las mujeres inglesas por vestirse como si tuvieran veinte años más de su edad, cuando menos no usaba prendas horteras o dignas de un jubileo real. El segundo ocupante, de nombre Geoff, me recuerda siempre a una vieja canción de Bowie, Joe the lion, debido a su apellido, Lyon precisamente. Nada que ver, sin embargo, con el apolíneo rey del glam. Peinado Anasagasti, canas abundantes, sonrisa torcida, piel sonrosaditamente inglesa –es decir, pertinazmente roja-, barriga de cierto volumen, al andar da la sensación de
que en cualquier momento puede derrumbarse y no levantarse. Geoff, a punto de jubilarse, ha viajado durante doce años a China, lo que sin duda ha dejado huella en una especie de pachorra infinita y una admiración confesada y sorprendentemente lúcida por Baloo (recuerden El libro de la selva). El tercer ocupante del taxi: su cronista (-yo mismo-). Con ellos compartiré mis días en tan lejanas tierras. Por supuesto, en los taxis, Deborah siempre se sienta en el medio.

Hong Kong es fea y bizarra. Es como una Chinatown a lo bestia, llena de comercios en las calles y tiendas de lujo en multitud de centros comerciales. Puede recordar algo a algunas de las ciudades británicas coloniales: rascacielos combinados con algún edificio victoriano (aquí muy escasos, apenas el Hotel Península y poco más), como Montreal o Sydney, pero sus rascacielos son más bien feos, no tiene la amplitud de estas ciudades por estar rodeada de montañas, y el tiempo es tropical y bochornoso. Como Hong Kong está históricamente formada por cuatro islas, está toda llenita de transbordadores, lo cual recuerda a Sydney. Pero es realmente complicada para que los peatones la disfruten. Y la atraviesan autopistas. Supongo que habría quedado fatal pedirles a mis acompañantes profesionales que visitáramos una exposición de Giacometti, pero casi habría sido lo mejor. En contrapartida, y en pleno domingo, estuvimos paseando por la ciudad observando cómo las criadas filipinas pasan su día libre sentadas en las aceras, debajo de los pasos a nivel, o protegiéndose del sol con paraguas multiuso, dejando que pasen las horas mientras comen en el suelo, se peinan, o simplemente se miran aburridas unas a otras bajo la calima reinante. Disfrutamos de un paseo en el piso superior de un tranvía, con los productos de los comercios chinos metiéndose casi hasta el hocico. Bueno, la verdad es que en tan sólo tres horas viajamos en metro (modernísimo), transbordador (con pinta de ser de la época de cuando el jubileo, pero el de la reina victoria), tranvía (lentíííííísimo), funicular (acojonantemente empinado), autobús (fresquito fresquito) y taxi (misma tendencia antes explicada). ¡Más medios de transporte que en Amsterdam!. Eso sí, puestos a comer, Hong Kong mantiene restaurantes de las cocinas de todo el mundo. Presumiendo hábilmente que nuestros días venideros iban a ser inundados de los múltiples manjares de las cocinas chinas, decidimos utilizar, todavía, por un día, nuestros amados cuchillo y tenedor. Fue en uno de estos restaurantes cuando mi jet lag se deshizo, mi modorra murió, mi ser vino a la vida, ante un extraño cartel con unas caras conocidas para mí. Y un lenguaje familiar. Sí, un cartel de cine a la salida de un restaurante. En el idioma de Felipe II. Película, con su título: Hong Kong, el puerto de los mil peligros. Starring: Rhonda Fleming. ¿Partenaire?: ese tipo que me sonaba tan familiar, un tal Ronald Reagan. Con semejante panorama, quién no esperaría aventuras exóticas...

Distancia Ripley – Hong Kong: 12.900 kms
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa i de v)

lunes, 11 de octubre de 2010

Largo es el camino a casa

Una pena tener que volver de San Diego hacia el Este, más que nada por el tercer descoloque horario en apenas ocho días, y porque en destino, Charleston (West Virginia), de nuevo nos esperaban el frío y la nieve. Hacíamos escala en Chicago, donde dos días antes había caído una de las mayores nevadas del país. El downtown de la mejor colección de rascacielos del mundo (emho), también bautizada como la ciudad del dolor de nuca, lucía espléndido mientras en el suelo las quitanieves habían dibujado unos surcos precisos para que coches y aviones hicieran sus cositas, y las orillas del lago Michigan se adivinaban heladitas. Recordaréis que en una crónica anterior comenté que veía yo más tranquilidad respecto a la seguridad en aeropuertos americanos. Error craso, queridos. Fue, efectivamente, suerte o casualidad. Las experiencias con United Airlines entre San Diego y Chicago y la espectacular salida con Delta Airlines desde Charleston hacia Bilbao lo confirman. En San Diego, mientras a nuestros colegas británicos les dejaban pasar sin ningún problema, el 'random security check' había dibujado cuatro hermosas eses en nuestro boarding pass que hizo que todos nuestros orificios corporales fueran investigados en la puerta de embarque ante la atenta mirada del resto de pasajeros. Hasta las grapas de los billetes de avión sonaban para escepticismo del agente de la TSA (Transportation Security Administration). Uno no sabe para qué sirven los esfuerzos de nuestro querido presidente, ya que todo el mundo repetía antes de llegar acá que alguna ventaja tendría que tener ser más bushistas que Bush. Pues no, oigan. Y es que eso de Spain yo creo que les sigue sonando a La Habana, y, claro, eso es algo muy difícil de superar en el imaginario colectivo norteamericano. En fin, no es que fuera novedad. Incluso diría que estaban más amables que el año pasado. La novedad este año era en realidad que revisan también el equipaje de facturación en el momento de conseguir las tarjetas de embarque. Uno ya sabía que lo metían por las maquinitas esas de rayos X que fastidian la película de fotografía y cosas así. Pero es que al parecer esto depende de la compañía aérea en cuestión, con lo cual no sé yo la utilidad real del asunto una vez investigado cómo actúa cada una. Por ejemplo, US Airways dispone de un agente que abre la maleta delante de ti, comprueba que no llevas ántrax o plutonio, la vuelve a cerrar y le pone el candado o la bloquea moviendo el código de numeritos de seguridad o lo que sea. United la pasa por la máquina dichosa, y si ve algo raro (en la mía lo vio, por supuesto), un pollo abre la maleta delante de ti buscando de nuevo el virus del sida en pequeños frasquitos o propaganda talibán. Pero Delta es la más graciosa: Delta no abre la maleta delante de ti, sino que te obliga a dejarla abierta para inspección del gobierno de los EE.UU., que la investigará y cerrará. En Charleston tuvimos pues que dejar la maleta en facturación sin el bloqueo o candado correspondiente para que pasara la inspección. Comimos en el aeropuerto con gran preocupación sopesando que:

a) mal menor: podían hacer que desaparecieran nuestros calzoncillos sucios, y uno no se compra unos calzoncillos cualesquiera para que se los quede cualquier redneck reaccionario de semejante estado entre norte y sur.
b) mal no tan menor: podían dejar la maleta sin cerrar y lista para posible inspección en las escalas de Cincinnati y París, con los consiguientes quebraderos psicológicos sobre los sucedidos posibles para nuestros enseres
c) mal mayor: cualquier desaprensivo podría introducir cualquier cosa en la maleta que supusiera un problema para nuestra querida escala en Cincinnati, París o nuestra llegada a Bilbao si resulta que eres el único pasajero del día al que la Guardia Civil decide abrirle la maleta en las aduanas (una frecuencia mayor nunca ha sido observada por mí en el aeropuerto de Loiu, al menos). Las posibilidades eran: un kilito de polvo blanco, una pistolita, o un portafolio con fotos porno de Michael Jackson.

Les dan clases de seguridad...
Estoy convencido de que tales paranoias fueron también agrandadas por el hecho de tener que comerse la espantosa chicken breast burger con aliño bluecheese del aeropuerto de Charleston. Así que ni cortos ni perezosos y dispuestos a saber con ciencia definitiva si nuestras maletas habían sido realmente bloqueadas acudimos de nuevo a los mostradores de Delta. Los empleados de la compañía nos escucharon y llamaron al responsable de la seguridad, que impasible, aunque con cara de muy pocos amigos, nos tranquilizó en grado sumo diciendo que teníamos la palabra del gobierno de los EE.UU. asegurándonos que las maletas habían sido abiertas, inspeccionadas y cerradas. El hombre no era un armario -hasta yo le habría podido en una lucha sobre el barro- pero tenía una cara de muy mala hostia, ciertamente. Uno tiene que reprimir una sonrisita al oir eso de la palabra del gobierno americano (y morderse la lengua para no soltar un 'remember the Maine'), e incluso decir que las maletas han de pasar por París, donde la palabra del gobierno americano puede no ser válida. Huy, qué rictus más feo... Las maletas, por supuesto, no podían verse de nuevo... En fin, paramos la ofensiva antes de que el siguiente punto fuera pedirle el nombre al susodicho funcionario de la TSA. Las maletas no llegaron con nosotros a bilbao debido a que la conexión de París era megacorta. Al recibirla en casita unas horas más tarde, comprobé que no faltaba nada, que París había puesto nada menos que tres nuevos ribetes de seguridad, que no había nada extra, que todo el material había sido cuidadosamente mirado (todo estaba al revés, el material dentro de carpetas movido, las cosas sacadas de las bolsas que suelo llevar, etc...) y que la TSA había dejado un papel que ahora, colgado de un alfiler, decora la pared de mi escritorio, donde la Transportation Security Administration informa en una ‘notification of baggage inspection’ que me han mirado hasta el último calcetín con el objetivo de protegerme a mí y al resto de pasajeros, sin olvidarse de su publicidad: ‘smart security saves time’... En fin, si a esta desprotección y a esta introducción impune en la intimidad la llaman protección... ay, país de salvajes...


La visita a Charleston y alrededores fue un contacto más real con la verdadera América, la que vi en mi primer y hasta ahora único viaje turístico por el país (hace ya casi ocho años) y no con la de los grandes hoteles y convenciones que he visto después. Cerca de Charleston, en un pueblo llamado Ravenswood, en el medio de la absoluta nada, hay una factoría que una empresa francesa compró a una americana hace ahora cuatro añitos y que son clientes. Los franceses tiene desplazados ahí a un equipo de unas quince personas que imagino que para gran cabreo del personal americano realizan las principales labores de gestión y control de producción. Visto el lugar, no sé si en la empresa francesa se verá el ser trasladado a Ravenswood como un premio o un castigo. El lugar es terrible. Se alojan en un Holiday Inn de carretera en un pueblo llamado Ripley (sí, Ripley, ni idea de implicaciones literariocinematográficas con el mismo) con la única atracción a pie de un restaurante americano (Shoney's) y una cafetería con el irónico nombre de la cadena Subway, y con la desolación de las colinas, las carreteras y los locales alrededor de la misma como única atracción. Al parecer, los fines de semana los gabachos huyen como cosacos en avión hacia New York City, Chicago o Miami, cosa que no es de extrañar. Tuvimos que cenar en el Subway dichoso, con la retahila monótona de trailers pasando por la autopista, porque el otro ya había cerrado para cuando llegamos; un local desangelado con olor a lejía y limpiacristales, al ladito de una gasolinera, y con una colección de seis preadolescentas que yo no sé qué leches hacían a las diez y cuarto de la noche pidiendo la cena en un garito así. Labor, por cierto, en la que tardaron casi media hora de imprecaciones al paciente y maduro señor camarero, a grito en cielo y poniéndose verdes de continuo, ocasionando el consecuente dolor de cabeza a los atónitos espectadores (y de vez en cuando nos dirigía la mirada una nilña de apenas doce años con los ojos pintados en plan vampiresa destrozahombres, me dio una pena inmensa) y generando un comentario espeluznante: uno casi puede entender que en semejante ambiente crezca un sniper (aka francotirador) que atente contra tal vida, tal ambientación, tal paisaje.

Ocurrió donde nunca ocurre nada
Y la verdad, poco se me ocurre qué contar de esta nueva visita al país de las libertades, jojojo. Me miraron como modernito porque quise beber una margarita y convencer a mis acompañantes para comer unos estupendos rollitos de sushi… Tampoco se atrevían a ir a un mexicano estando en San Diego, ay señor señor... Pero, en fin, que he vuelto aliviado del lugar, dado cómo está la situación, el país, y esto del volar. Como siempre me suele pasar tras un viaje de este pelo, encuentro cierto gusto inexplicable en pasear por las calles de una ciudad con aceras, con gente que pasea hasta la noche por las aceras, donde los coches hacen ruido y nos indican que en efecto no son humanos, donde los edificios pueden ser abarcados por la mirada humana, donde no hay que llegar a los cines en coche, donde, incluso, la vida no se entiende como algo bueno sólo si se vive en una cárcel de lujo y seguridad.

Distancia San Diego – Ripley: 3250 Kms
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa iii/iii)