lunes, 27 de junio de 2011

Días de jetlag sin rosas


Alguna inteligencia preclara ha debido decidir que es lógico que los vuelos de Europa a la costa este de China salgan del mediodía de las diferentes ciudades europeas para después de once a trece horas de viaje aterrizar a primera hora de la mañana en su destino. Alguna mente insomne debe pensar que el horario es adecuadísimo para empezar a trabajar después de que llegues allí siendo para ti las dos de la mañana y en general sin haber podido dormir una mierda en el vuelo, por mucho que te imiten una noche a la hora de la siesta, bajando ventanillas, apagando luces, con las frágiles azafatas de Cathay Pacific hablándote bajito como si estuviera todo el mundo durmiendo en vez de ver la peli de turno… Y digo yo… puestos a imitar la noche, ¿¿no sería mejor volar precisamente de noche?? ¿Saliendo a medianoche para que después de una de esas cenas en que deben echar somníferos hasta en los tomates cherry presentes en todo catering que se precie sea verdaderamente efectiva? Pues no. Que hay que llenar doce horas de vuelo. Cuando a uno se le acaban los libros, los periódicos, la conversación con el compañero de viaje (a la sazón, un hombre que sólo habla castellano pero que conseguía comunicarse con todo el mundo mediante el universal lenguaje conocido como ‘onomatopeyas ilimitadas’ acompañado de un sistema para mí indescifrable de signos absolutamente personal e intransferible… de hecho, una parte importante de mi labor en este viaje era servirle de cobertura, no vaya a ser que acabara detenido en alguna aduana por cualquier malentendido inocente, o que su maleta terminara en Timbuktú en lugar de en Hong Kong), cuando uno se cansa de escuchar a Madonna, Franz Ferdinand, Coldplay (joder, cómo es posible que cuanto más los oiga más vulgares me parezcan? Empiezo a odiarles), Bee Gees, Abba, Bach, Mozart y hasta baladas del suicida Leslie Cheung, incluso cuando uno decide en contra de sus criterios ver películas adaptadas a la pantalla del avión interrumpidas cada dos por tres por los avisos de turbulencias sobre los cielos de Irkutsk, entonces se desespera, sabiendo que nada le proporcionará el sueño artificial que necesita para aterrizar, llegar al hotel, comer, y salir pitando a una primera reunión de trabajo… No, no tomo pastillas para dormir, sorry, me niego. Si sacaran unos porritos... Pero claro, according to international regulations smoking is not permitted in this flight…


Superada la madre de todos los coñazos que supuso el vuelo, aterrizados en Hong Kong, pasado el control de inmigración del peculiar pero entrañable enclave del pacífico, tenemos nuestra primera hora gloriosa en el viaje. No está la china que ha venido a buscarnos, que trabaja con nuestros agentes en Hong Kong. Fantástico. Llamo a la oficina: no hay nadie porque son las siete y media, no han empezado. En Mungia son las doce y media de la noche de un domingo, no parece que sea posible que puedan ayudarnos. Llamo al móvil del jefe de dicha compañía. No responde. Todo parece estupendo, le indico a mi colega. Tú no te aterres, aunque no superemos este obstáculo y tengamos que coger esta noche un vuelo de vuelta, yo no dejo que acabes durmiendo en el aeropuerto como si esto fuera una película tonta de Spielberg’. Me pone cara de ajo sin saber que a esas horas mi locuacidad indómita se desborda. Hasta que cuarenta minutos después se me acerca una china y me pregunta si somos españoles. Pues sí, es ella, oyes, mírala que maja. Lleva cuarenta minutos viendo salir gente y resulta que a mí no me ha reconocido de una foto que tenían. Claro, debe ser que todos los occidentales somos iguales, o que he decidido venir hasta acá con cara y cabeza casi totalmente rapados. En vez de traer un papel con el nombre de la compañía o de los viajeros… la semana prometía, sin duda…

22ºC en Hong Kong. Habíamos salido de Amsterdam a 2ºC. Y empezábamos con el arrastre de maletas.

La frontera entre Shenzhen y Hong Kong es curiosa de veras. El gobierno chino y las autoridades de Hong Kong han decidido hacer el trasiego de personas más fácil entre ambas fronteras, pero en lugar de suceder lo habitual, que al llegar a la frontera de un país, un agente de ese país controle tu entrada, primero hay que salir de Hong Kong. Esto se puede hacer mediante control de pasaportes por tren (según me han dicho, que es una práctica que nunca he sufrido pero que me recuerda tanto al cine clásico que deseo sufrirlo), o bien entregando los pasaportes y que te controlen el careto sin salir de tu coche o minicaravan, o bien en autobús. Existe entre las dos fronteras un espacio neutro de unos tres kilómetros, impracticable si no es en algún vehículo o medio de transporte, me imagino que para controlar a las masas pobres chinas que pudieran intentar llegar a Hong Kong ilegalmente, y después hay que pasar la frontera china, un país donde ya no es posible comunicarse con el agente aduanero, y donde hay que rellenar el típico formulario estúpido sobre la gripe aviar que viene a preguntar desde si has comido excrementos de gallinas enfermas a si entras en el país tosiendo. Esto lo recogen unos señores muy graciosos con mascarilla y bata que deben ser unos médicos profesionales de probada experiencia, capaces de diseñar un modo de control tan efectivo como éste para evitar que enfermos de gripe aviar viajen sin control por el mundo. Curiosamente, he visto menos paranoia por la gripe aviar ahora que por el SARS hace dos años, última vez que estuve en el país. En aquel entonces los aeropuertos tenían unas pantallas de infrarrojos muy graciosas en las puertas de salida de los aeropuertos, dispuestas a detectar aumentos corporales de temperatura mediante tonos rojos que se distinguían del verde del mortal sano. Todo esto mientras el personal salía a tropel de la terminal.


 
Recuperado el pasaporte con los sopotocientos sellos y visas entre chinas y jonkonesas, superadas las extrañas pasarelas de la estación terminal de Shenzhen, conseguido contactar el personal que nos esperaba en la frontera china, sudadas ya las camisetas, los jerseys, y los calzoncillos para superar el frío de la mañana holandesa, dormido el ánimo de puritito jetlag, conocemos al muy simpático, guapo y moderno chino que nos va a hacer de chófer estos días. Y lo de moderno –en el vestir- es destacable, puesto que tengo mi teoría sobre la apariencia y atractivo de los chinos, tan diferentes a cada lado de la frontera. En su caravanita nos perderemos en varias ocasiones y viviremos momentos de horror, pérdida y espanto. De momento, con buen tino, nos deposita en el hotel, donde pedimos que nos dejen descansar tres horitas antes de comer –occidental- e ir a trabajar. Mi habitación es enorme, con salón aparte con ordenador conectado a internet a cargo del hotel, y un baño mortecino pero amplio (a mi colega de viaje le pusieron en una en la que la taza del váter estaba dentro de la cortina de la ducha y no había bañera ni ducha como tal; en general estos baños se corresponden con habitaciones para minusválidos, pero no era el caso). El Baolilai Hotel huele como todo hotel chino a paso reciente de la bayeta de amoníaco u otro desinfectante por el suelo. Dispone de personal con escaso inglés pero evidentemente amabilísimo, si bien casi todo son chicas finísimas a punto de romperse por varias partes de su cuerpo si se te ocurre estornudar virilmente a menos de un metro. Ellos, poquitos, apenas llevan maletas a las habitaciones y poco más. Son delgadísimos y altos para ser chinos, pero llevan los gorros sacados del botones sacarino que tanta gracia me siguen haciendo. Los tiempos o la ciudad son distintos: aceptan propinas. Le doy diez yuanes (para conseguirlos me sablearon vilmente dos comisiones en el aeropuerto de Hong Kong, porque pasaron los dólares USA a dólares HK y después a yuanes RMB), que equivale a un euro, y de la sonrisa beatífica que me pone y las tres genuflexiones que me hace casi me da un ataque.

Me conecto a la web. Funciona. Qué bonito hotmail en caracteres chinos. Qué bonito el correo de la empresa en caracteres chinos. En mi estado de vigilia atontada me parece haber algo de justicia poética en que todas las ventanas del correo vengan en chino y tenga que adivinar lo que es ‘enviar’, ‘recibir’, o la ‘libreta de direcciones’.

Me doy una ducha. Me pongo mi pijama de satén, claro está. Me meto a la cama. Estoy agotado. Cojo La felicidad de los ogros, el libro se me cae, me despierto a la hora como si hubiera estado en los pozos del infierno. Son las dos de la tarde, dice el despertador. Tengo que bajar a comer.

También conocemos a nuestro traductor, el señor Yip (escrito así), al que llamamos Alex, que es lo que dice en su tarjeta –siguiendo la tradición de los chinos que trabajan para occidente, que se cambian dos de los nombres por uno occidental-, y que vivió cinco años en Perú. Pero es chino. Eso les ofrece confianza a los chinos, porque habla su idioma, mandarín en este caso. Y es curioso ver a un chino hablar castellano con acento peruano, pero al pobre le debía resultar peor intentar entender a mi querido compañero de viaje cuando le decía para su correspondiente traducción cosas como ‘anchar las espiras del final del sinfín para que el material…’ y acto seguido soltar una onomatopeya de material fluyendo acompasado de movimiento cadencioso del brazo, tipo surfer de Mundaka en pleno éxtasis correolas. El tío, claro está, combinando que se le suponía profesional y que un oriental jamás dice que no, ponía cara de ajo, y traduciría vete a saber lo qué durante el triple de tiempo que duraba la frase en castellano, para al final tener que repreguntar y recurrir a los dibujos, que es lenguaje internacional este de la ingeniería y las matemáticas. Y así sería gran parte de los días, cuando no el señor Alex Yip se dedicaba a sus propios negocios, usando la habitación del hotel o la recepción de la empresa que visitábamos (y que le había contratado como traductor) para recibir y enviar sospechosos paquetes por mensajería, o cuando no se dedicaba a dar indicaciones automovilísticas o temporales de acierto escaso para nuestros estándares.

El caso es que no consigo recordar mucho de la reunión de esa tarde. Sé que nos llevaron a ver la planta (toda una modernidad para lo que es China, en un parque tecnológico moderno dedicado a la ciencia, y con construcción en materiales ligeros y buen aislamiento; fábricas de finalidad similar había visto yo hace años construidas en madera, o en terraplenes para aprovechar la gravedad), y que durante la reunión en la mesa me caía de sueño de manera brutal, con violentos cabezazos sobre mí mismo que debieron dar una fantástica imagen de mi querida empresa. Afortunadamente, la presencia del traductor y el carácter de la reunión no hacían indispensable mi aportación, dotada de un movimiento cerebral de tipo indudablemente diferente al habitual. Creo que me desperté para esbozar una sonrisa porque el ingeniero mecánico se llamaba Ye (míster Ye) y el jefe de producción míster Yu. Y entre Yip, Ye y Yu todo era como de chiste. ¿Lo estaría soñando? Recuerdo que se nos hizo de noche, y que en el área subtropical donde estábamos, al salir, los mosquitos nos rodearon en alegre reunión depredadora y selectiva. El hecho contrastado de que sobre la cabeza de mi compañero y la mía propia se formaran nubes de tan simpáticos y zumbones insectos que sin embargo pasaban soberanamente de los chinos de nuestro alrededor nos hizo pensar. ¿Serían nuestras atractivas colonias occidentales las que atraían a esos sucios mosquitos comunistas y melenudos? ¿Estarían ya los chinos contaminados y al caer el sol se convertirían en inmundos vampiros amarillos dispuestos a quedarse con nuestros apolíneos cuerpos? ¿¿¿O acaso detectaban los muy cabrones las dotadas alopecias con que obsequiamos mi compañero de viaje y yo mismo a la humanidad???


La cena no fue mal, a pesar de un cangrejo picante que parecía haber vivido en un océano de jalapeño. Nos desenvolvemos bien con los chopsticks, los chinos no pueden reírse de nosotros. La comida es suave y recuerda vagamente a la comida cantonesa que normalmente sirven los restaurantes chinos en occidente. Aunque es infinitamente mejor. Pero sin entusiasmos. No hay actividades extraordinarias esta noche, estamos demasiado cansados. Apago la luz a las nueve y media, poniendo el despertador a las siete. A las dos de la mañana me despierto absolutamente despejado. En la HBO, única cadena decente en inglés entre las cincuenta cadenas de televisión que pueden verse, están dando una peli de Van Damme. Cojo mi libro de Pennac. Lo acabo sobre las seis y media de la mañana. Viva la vida, viva el amor.
 
Viaje realizado en febrero de 2006, etapa i de iv
Distancia Bahrein – Shenzhen: 6332 Kms.

domingo, 26 de junio de 2011

China 3. Introducción...



En febrero de 2006 viajé por tercera vez a China, lo que en aquel entonces significaba probablemente que había ido tres veces más a ese país que lo que lo haría el común de los mortales, salvo por el hecho claro de que actualmente el común de los mortales es precisamente chino y ya está en ese país sin necesidad de atravesar frontera alguna, y que el comercio con China se ha desatado tanto que ahora es muy frecuente viajar allí por trabajo o turismo. La cuestión no es que China sea extraña, rara, diferente, surreal, el tipo de sitio que a los occidentales nos parece horrendo y fascinante a la vez. La cuestión es que es así también porque ha emprendido un viaje desbocado hacia una occidentalización que de momento se me antoja imposible o inaprensible, aunque bien pudiera llegar a suceder que al final de ese viaje cambiemos nuestro concepto de occidentalización.

Ahora son episodios olvidados, pero hace más de cinco años la preparación y posibles implicaciones de este viaje, desde su diseño inicial hasta que ese paseo por la China en que mi empresa se establecía se completó, alcanzaron lo peculiar, cuando no estresante. Tal vez por cierta falta de entusiasmo inicial viajaba yo con menos ansias, esperanzas, lo que fuera, que en otras ocasiones. Pero eso da lo mismo en China, que acaba imponiéndose a todo. A tu extraña situación laboral, a tus circunstancias personales, a cualquier cosa. En este viaje viví varios momentos absurdos, estuve a punto de sufrir tres accidentes de tráfico, uno de los cuales hubiera sido de consecuencias serias, vi a los trabajadores chinos de una planta jugarse la vida varias veces, y cometer infinitas infracciones al mínimo sentido común que evitaría accidentes laborales. Sin embargo, estas tres cosas me han pasado siempre en China. Aquella planta de electrolisis en que pisábamos charcos de ácido junto a las conexiones eléctricas de las planchas de deposición de metal. Aquella pata de pollo que vi comerse diligentemente a mi gerente utilizando para ello un guante de plástico de los que usamos aquí en las gasolineras. O mi extensa voz apoderándose de un tremendo Careless Whispers en un karaoke. En fin, aquella vez que nuestro microbús quedó con una rueda fuera de la carretera en un precipicio junto a Zhangjiajie, que constituyó un momento de cierta tensión en mi vida... Ay, aquellos ingleses que me introdujeron por primera vez en Catai, dónde estarán…

Pero este país también cambia, esa velocidad de camión de treinta y siete ejes cargado de plomo pesadito cuesta abajo y sin frenos tiene consecuencias. O tal vez sea el efecto de la ciudad visitada en esta ocasión. Se trata de Shenzhen, una ciudad cuyo crecimiento inmobiliario puede medirse por una densidad de grúas superior al del Madrid preolímpico (aunque el problema de Madrid sea ser siempre preolímpico, ejem), que está en el este, situada junto a Hong Kong y en una de las llamadas zonas económicas libres, esto es, los lugares que Deng Xiaoping se inventó para ir ensayando su sistema de liberalización de la economía camino del capitalismo controlado políticamente. La ciudad es supuestamente rica, claro. Pero, esperen… jo, demos orden al relato, empecemos pues por el principio…

lunes, 4 de abril de 2011

Garantía porcina

Bahrein: pagar por irse

He viajado al golfo por miedo. Bueno, creo. No el mío, sino el de mi compañero de viaje. Él tenía que hacer el viaje y convenció, sin demasiada dificultad, a los clientes de la importancia fundamental de la asistencia técnica en las visitas para conseguir epatar al comprador de turno. El negocio del aluminio, curiosamente, es bastante honesto. Quiero decir: se cumplen bien los compromisos, se paga a tiempo, no hay un exceso de tipos desagradables implicados, nunca un cliente pide que le lleven de putas, y no son práctica habitual los cazos. Lo cual no quiere decir que no existan. Los cazos, quiero decir. Dicho lo cual, dejo a la perspicacia del lector atento adivinar en qué parte del mundo sí existen a pesar de lo noble del sector, que no del metal. Así que difícilmente puede justificarse la necesidad de los asaz longos discursos que este que os escribe es capaz de soltar allá donde un intrépido pero sin duda imprudente jefe de planta o director técnico se acerque a la sala donde se mantiene la reunión con aquel remoto cliente occidental...


¿Miedo yo? Nadie envidia un viaje a la zona en el mes en que Irak tiene elecciones. En Bagdad hay guerra, tú. En Riyadh hay atentados, tú. Coño, había guerra en Sarajevo y turistas en Viena, y Dubai está más lejos de Bagdad que Sarajevo de Viena. O Roma, o Florencia, o Atenas. Y, je, a estas alturas del milenio y viniendo de donde uno viene, ya tiene narices tener miedo a un atentado. No faltó quien me recordara que una falla tectónica pasa por el golfo. Aunque la zona afectada de seísmos suele ser el norte, Irán. Bueno, claro, y que, aunque acá no tengamos prejuicios ni seamos racistas, no dejan de ser árabes, ¿no? Claro, claro.

En estas condiciones, el viaje decidido fue relámpago. Aviones el lunes, Dubai el martes, avión, Bahrein miércoles y jueves, avión, y vuelta de madrugada para estar presentes el viernes al mediodía en Bilbao. ¿Anécdotas reseñables en la liturgia de los aires? A ver:

- en la ida, en la conexión de París y por primera vez en años, no tuvimos que correr. Sin embargo, no me fijé, o bien mi subconsciente no se planteó, en que eso significaba tener tiempo para visitar al menos el lobby del Sheraton que con forma de avión se encuentra plantado entre las terminales 2E y 2F del aeropuerto Charles de Gaulle. No sé qué habría pensado mi querido compañero de mi explicación sobre una famosa película de Brian de Palma en que la protagonista cae por el patio interior rompiendo el cenáculo y que por ahí andaba Antonio Banderas y que... bueno, en fin, ya saben, lo ideal sería visitarlo a las 15:35 horas.

- en la vuelta, con apenas una hora para hacer la conexión sí que corrimos, sí... A pesar del avión bien gordo no nos dieron finger. El autobús fue lento (15 minutos). Hubo que enseñar el pasaporte en la salida del autobus (1 minuto). Hubo que enseñar el pasaporte y la tarjeta de embarque de la conexión para salir a la terminal y poder hacer la conexión (12 minutos). Una carrerita hasta la zona de las puertas de la otra terminal (10 minutos). Nuevo paso por seguridad de equipajes, con pasaporte y tarjeta de embarque (5 minutos, casi no había gente). Oooootra carrerita hasta la puerta. Llegamos al empezar el embarque, mira qué bien. La niebla hizo que el vuelo saliera una hora y media tarde, pero nosotros estábamos supercontentos con nuestra sudada de la ligerita ropa que traíamos puesta de Dubai, a pesar del escaso grado de temperatura que reinaba en la capital de todas las Francias, después de haber corrido como pollos sin cabeza e incluso casi haber atropellado a un par de soldados del ejército francés en el intento de alcanzar la conexión. Puto soldaíto descojonándose en gabacho, la putain de madre que lo parió. Odio el Charles de Gaulle, definitivamente. Si le haces semejante conexión a un francés en España, o si semejante entrada de control de pasaportes la tuviéramos en cualquier aeropuerto del tercer mundo en vez de en la Europa tan requetemodernizada, no sé lo que diríamos. Bueno, tendríamos miedo, claro.

- por motivos de seguridad, los vuelos transcontinentales u oceánicos no permiten el uso de los frigoríficos a bordo para que los pasajeros puedan utilizarlos con determinados fines. Por ejemplo, guardar el caviar comprado en la duty free de Dubai, tan cerca de Irán y con el precio por kilo unos 2000 euros más barato. Yo no compré, claro. ¡No me voy a comprar caviar cuando todavía me falta el armario de la despensa!. Pero en la duty free juraron que a bordo no habría problema. Eso sí, en el avión ofrecieron hielo para guardarlo si queríamos. Digo por si en el futuro os toca la situación... al menos en Air France...

- decididamente, la mayoría de los azafatos de vuelo de Air France tienen una pluma que podrían empezar a volar en plan Howard Hughes, sin motor ni alas. Salvo uno que había que parecía el mismísimo Nicolas Cage, el resto deben adscribirse al tópico ese según el cual las profesiones clásicas de mujeres no las estudian nunca hombres que funcionan del derecho (copyright Manuel Fraga, ese hombre)

- sólo un vuelo con Emirates y otro con Gulf Air, entre Dubai y Bahrein ambos, me hacen pensar que verdaderamente en Europa estamos a gran distancia en lo que a calidad de vuelos, servicio, trato y comida se refiere en los aviones. Los aviones de Air France a esa zona son directamente viejos, y la comparación no se resiste. Aunque nadie viaja vestido de árabe en Air France, creo yo, al contrario que si origen y destino son países del golfo. En Air France, eso sí, se sirven unos licores inigualables que debido a su abundancia e inconmensurable graduación hacen del viaje una experiencia harto placentera, ayudando sin duda a un feliz estado de somnolencia agradabilísimo para quien nunca ve la tele en los aviones. Además, Air France nos asegura mediante un papelito que absolutamente todo lo que se come en el vuelo está desprovisto de marrano, gorrino, puerco, cochino y cerdo. Pour votre tranquilité.






- la duty free de Dubai es indescriptible. Vamos, las tiendas brillan. Hay coches en exposición. Joyas, oro por doquier. Delicatessens de caviar y tiendas de alfombras. Es mejor no ir.


Dubai parece una ciudad norteamericana, aunque algo falle en el diseño... Imagino que es tierra víctima de la especulación, porque los bosques de grúas son inmensos, llenan el horizonte, y la publicidad que habla del edificio más alto del mundo, el que ya se está contruyendo en Barj Dubai (consta de unos siete edificios, de los que ya han empezado los exteriores -que están separados una distancia considerable-, y falta la mole interna que los unirá a todos superando varios cientos de metros y al edificio ese de Taipei que es ahora el más alto del estúpidamente babilónico universo humano). Aunque nos habían anunciado medias de veinticinco grados, pasamos el día entre quince y veinte grados, con muchísimo viento. A la tarde llovió. Hay que considerar que en Dubai llueve entre tres y cinco días al año, por lo que fuimos saludados en todas partes con el querido 'everywhere you go, you always take the weather with you', tan graciosa canción que todos recordamos con cariño de nuestras adolescencias. Y cumpliendo con lo que es Dubai, allí nos recibieron dos personas que no son de allí, nuestros queridos agentes en la zona. Un indio de Goa y apellido portugués que vive en Dubai, que preparaba y concertaba todas las visitas, y un australiano que vive en Yakarta, que aunque conoce el negocio todavía no tengo muy claro qué ha venido a hacer, aunque así hablamos y hablamos del tsunami en nuestros momentos de ocio y cada vez que un cliente pasaba de hablar de curro y fascinado preguntaba por las olas, los volcanes, los seísmos y los vídeos que todo lo graban. En Dubai viven un 78% de extranjeros (los árabes les llaman 'expat', que me suena algo despectivo), porque los emiratís pasan por lo visto de trabajar. Como los que vienen a trabajar son en general hombres, la población femenina es sólo de un 30%. Los bahrainis hablan con más orgullo de su 'bahrainización', y lo dicen en comparación con Dubai (y es que parece que hay cierta competencia entre ambos lugares): ellos sólo tienen un 40% de 'expats'...

Aunque tal vez sea mejor aclarar... Bahrain es un reino independiente, mientras que Dubai es uno de los siete emiratos árabes. Dubai no es independiente, ni siquiera es la capital de los emiratos, que lo es Abu Dhabi, pero sí viene a ser el centro económico, y tiene muchas prerrogativas propias. El emir mantiene un poder importante, aunque haya cosas cedidas al gobierno del país. Todos los países de la zona (Kuwait, Aabia Saudí, Omán, Qatar, Bahrein, Emiratos) forman el GCC, una especie de confederación de gobiernos del golfo y dicen comportarse como una comunidad única. En diálogos así, los occidentales no decimos ni mú. Dejamos que hablen ellos y que nos digan lo que quieran de su Irak y su Irán y sus Estados Unidos, no vaya a ser. Como mucho, hablamos de Andalucía, Córdoba y Granada (mainly). En fin. Emiratos y Bahrein ganaron su independencia en los 70, cuando los ingleses decidieron de una puta vez que ya estaba bien de extorsionar con tanta claridad, y que era mejor hacer negocios 'de igual a igual', ja. Ambos países han vivido del petróleo, pero las reservas de Bahrein son escasas y tienen un mercado más diversificado. Además, en Bahrein lo descubrieron en los 30 (allí está la refinería más antigua de la zona) y en Dubai en los setenta. La consecuencia es que Dubai ha vivido un crecimiento económico impensable. Son países además muy amantes del comercio y muy poco de pedir impuestos a las empresas que inviertan o pasen por allí. Eso sí, son monarquías absolutas dirigidas por familias reales. En Bahrein, todas las empresas tienen cuatro fotos de los dirigentes, siempre en el mismo orden, a saber:

- el príncipe hijo del rey
- el primer ministro, tío del rey y hermano del anterior rey
- el rey
- el padre del rey, muerto hace pocos años.

Claro, ante tanta foto igual en todas partes, tienes que preguntar y así te enteras. Lo gracioso es que si cae en tus manos alguna revista que hable de ellos, las fotos les muestran también en el mismo orden. O eso es esquizofrénico o ya empiezo a confundir las caras.

Pero claro, no es posible, supongo, mantener este absolutismo y los negocios con los occidentales sin unas costumbres algo más relajadas que las que lleva el gran hermano saudí.

Ese mi compañero de viaje sacrifica lo debido por los negocios, claro. En una demostración de incoherencia, y contando con el beneplácito de los clientes, pidió y obtuvo de uno de ellos una cierta cantidad de muestras de la competencia para que pudiéramos analizarlas. ¿Incoherencia? ¿Y eso por qué? Fundamentalmente porque dichas muestras consistían en varios bloques de metal cada uno de más de un kilo de peso, de forma cilíndrica, de aspecto decididamente sospechoso. Así que ante mi negativa a llevarlos yo mismo (‘pasemos por una empresa de mensajería’) él opuso un mohín de desaprobación de jefe desengañado con las virtudes sumisas de su empleado. Hasta que llegamos al control de seguridad del aeropuerto, esos rayos X que todo lo dicen de nosotros porque nosotros somos nuestra maleta y nuestra maleta es nosotros, y un señor policía árabe de dos metros de envergadura y un bigote con el que se podía barrer el desierto desde Wadi Rum hasta Damasco, le pidió amablemente, no diría yo que exento de una mirada de delectación ante la posibilidad de haber detectado al occidental delincuente de turno, que le acompañara a solas hasta una puerta solitaria decididamente aterradora. Veinte minutos más tarde, sin rasgaduras en la camisa ni estar despeinado, mi querido compañero y sin embargo jefe se reincorporó al embarque. La explicación final habló de un amigable diálogo sobre nuestros productos, sobre los catálogos que llevábamos, la tarjeta de empresa, lo bonito que es el desierto, lo árabe que es España, jají jajá. Pero, ya saben que no hay nada más peligroso que entender las miradas. Y la del policía, al volver, revelaba una tranquila calma que desde aquel día me acompaña en mis noches más tenebrosas.

Viaje realizado en enero de 2005
Distancia Nueva York - Dubai - Bahrein: 11.481 kms

jueves, 3 de marzo de 2011

NYC!


Un fin de semana completo en Nueva York. Aterrizando un viernes a las seis de la tarde, entre los restos del huracán Isabel y a una temperatura cercana a los 30ºC (Nota: por deferencia a los lectores, usaré la escala Celsius para la temperatura, pero ser consciente de empezar a defenderse con la Fahrenheit, en el fondo, es terrible, pues se va introduciendo en el inconsciente como una marea negra: onzas, millas, libras, pies, pulgadas. 'The guy was five feet high', y ya sé si el problema es si era bajo o todo lo contrario, esto sí que es asimilación a una cultura). Saliendo del mismo a las cinco de la mañana del lunes en dirección a Pittsburgh, donde cayó agua a mares. En medio, dos magníficos días soleados, calurosos sin agobios, y con unos impresionantes cielos azules que hacen de cualquier ciudad un espectáculo más disfrutable, imaginen ustedes en esta.
Considerando que la última vez que subí al Empire State Building e hice la vuelta de rigor por el exterior, cuando intenté hacerla por segunda vez habían cerrado el lugar por los vientos y la temperatura de diez bajo cero...

Y es que, poniéndome esnob, pedante y cualquier otra cosa peor, uno ya está harto de subir al Empire State Building. Ya, ya sé que no es cosa que haga todos los fines de semana, pero es que... He estado tres veces en NYC, la primera vine solo, la segunda vez con una persona que venía por primera vez, la tercera con otra persona que venía también por primera vez. Y en esta ocasión, además, sin poder elegir entre subir a las Twin Towers o al Empire. Así que otra vez a sufrir el suplicio de los dos ascensores, la publicidad de los tipos que te venden la peli de realidad virtual para que vueles en helicóptero por los edificios de NYC como si fuese real por un módico extra de 15$, todos ellos hablando alrededor de la cola enorme a voz en grito, las promociones de fotos a 10$ con un póster detrás del edificio, en esta ocasión sin King Kong (¿lo habrán borrado por el mal rollo de ver aviones cerca de un rascacielos?). Y luego, como el día es bueno, aunque hay algo de bruma, todo el mundo se apelotona y es imposible ver algo, claro. Bajar es otro suplicio de ascensores y colas. En fin... Claro que enfrente del Empire, en la salida que da a la calle 32, hay una magnífica tienda de comics, donde te venden hasta la obra completa de Michael Chabon. Allí mismo no pude encontrar mi objetivo de cómic de este viaje: el segundo tomo de La liga de los caballeros extraordinarios, con la que habría fardado mogollón ante algún que otro comicófilo de saldo. Qué se le va a hacer. Al menos puede uno decir que no todo se encuentra en NYC (intenté en dos tiendas más: no hubo éxito). Completely sold out. Aunque evidentemente sorpresas siempre hay. La librería española de NYC es más grande y parece dotada de mejores fondos -en castellano- que gran parte de las librerías de Bilbao. Y lo que nunca me había pasado: poder comprar el periódico del día en EE.UU. Me refiero a El país, que me dio gran emoción al verlo en un revistero gigagrande, después de una semana sin ver un periódico en cristiano (un periódico que no hablara de Isabel en primera plana, vaya. Bueno, hablaba de Julio Medem...). Evidentemente, esto fue a horas intempestivas del día, que ya se sabe que NYC no cierra nunca. A esas últimas horas del día y primeras de la madrugada, el irse de compras por Times Square tiene su punto, aunque estés rodeado de turistas y desgraciados en busca de tu cartera. Claro que si uno habla de tiendas, en NYC no tiene descanso. Ya se saben ustedes dónde están las de auténtico lujo, en la Quinta y Madison entre las calles 45 y 60. Acompañadas de Tiffanys (nueva visita al templo capotiano por excelencia), de FAO Schwarz, las mejores jugueterías que he visto yo nunca -y es que acá compran juguetes para los niños más ricos del mundo, amiguetes; ello me recuerda que hice el vuelo de vuelta con un chaval de unos veinte años que el muy pervertido se llevaba para Frankfurt un monstruo de las galletas de los teleñecos... ¡DE TAMAÑO NATURAL! con fines claramente deshonestos, pues sonreía con delectación cada vez que un pasajero se extrañaba ante semejante muñecote asul ocupando un asiento de avión-, o la tienda oficial de la NBA. Uno puede luego bajar al Soho y compararlas con las tiendas de moda de las mismas marcas con la ropa al mismo precio, pero que acá se muestran en tiendas megacool y supraartísticas: esto es, dos vestidos colgados a la izquierda, un pantalón puesto en medio de la tienda, y otros dos vestidos a la derecha, todo ello en una pared pintada con un color pastel, bajo música electrónica o hiphop o dancetrash o lo que sea, y algo así como cincuenta metros cuadrados de espacio en blanco no sé yo para qué con lo que tiene que costar el suelo en esa zona. Pero la verdad es que esto del minimalismo tiene su encanto. En fin, suelen decir que Londres es el paraíso de las compras, pero por lo que conozco, discrepo, NYC es muchísimo mejor. Hasta entramos en una frutería, en Chelsea. Cada pieza de fruta brillaba directamente, y estaba individualmente separada, sobre una servilleta amorosamente doblada para ella. La iluminación estaba buscada, alumbrando con focos cada cesto de fruta. Y el muestrario de frutas exóticas era directamente bestial. En fin, dos dólares por dos manzanas golden, brillantes como nunca he visto y sabrosísimas, oigan. Todo muy adecuado para el postre de una comida que hay que hacer impepinablemente en NYC: devorar hot dogs de un street vendor car. Esto lo recomienda cualquier newyorker y cualquier turista guay que se acerca a la ciudad y lo ha hecho (yo mismo, vaya).

Y es que esta vez, antes de ir a NYC, he recibido más sugerencias coñazo que nunca. De los yanquis amables con quienes hemos estado viajando. Resulta que dos de ellos eran newyorkers, y otro había trabajado en Wall Street, con lo que... Dado el nombre graciosillo cuando menos de uno de ellos (Frank Amaturo) uno ya puede imaginarse que recomendara una visita a Little Italy, pero es que ese fin de semana era la ineludible, inapelable, imposible de dejar pasar, cita anual del Festival de San Genarro (sí, con dos erres). Bueno, el festival mierda este consiste más o menos en llenar los lados de Mulberry Street, calle principal del barrio, con todo tipo de puestos y barracas de supuesta inspiración italiana en la que venden de continuo comida -bueno, había también tiro al monigote- y más comida con un aspecto cuando menos poco digestivo -alucinantes spretzels gigantes rellenos de mostaza- a todo tipo de gente, notándose una absoluta falta de feeling italiano en todo ello. Salvo en los restaurantes del barrio, que son todos magníficos, siempre con un camarero tras la barra que en realidad es el dueño y que tiene un aire al Vittorio Gassman de Sleepers, y con la mamma mandando a los camareros a sentar al personal a la silla con un movimiento de labios que casi hace caer su cigarro precariamente atrapado... 'eh... carlo... tavola per due', saliéndole un vozarrón de estos tipo borrachera de cazalla -o su equivalente en Chiantilandia- seguida de cañas de Cruzcampo. No es el único festival del fin de semana en NYC. Como hace cuatro años en estas fechas, me vi atrapado en St. Patrick’s con la fiesta de las organizaciones alemanas de los EE.UU., vestidos con sus trajes regionales de falditas, y con sus bandas de música plasta atronando la Quinta Avenida, y todo el mundo recordando (me lo contaron tres veces) que los yanquis hablan inglés por una votación tras la declaración de la independencia en que se decidió cuál iba a ser el idioma del país en el que ganaron los anglófonos por un voto a los germanófonos. THANKS GOD!, daban ganas de decir aprovechando que estábamos en St. Patrick’s. Vamos, tenemos que aprender alemán para movernos por el mundo y nos da un passsssssmo. Pero en fin, que frente a un cierto tópico esperable, hay que decir que en NYC se compra mucho de puestos en la calle. No sólo comida. Los fines de semana la ciudad se llena de rastros de todos los pelos, más elegantes, menos elegantes, con arte incluso caro, con ropa vendida por inmigrantes al estilo de lo que pueda uno ver frente a los escaparates de El Corte Inglés. El más grande que vimos es el de la Columbus Avenue, cerca de Central Park, con varias decenas de calles implicadas. Y una superavenida para ir por el centro. Daba gusto pasearse por ahí mientras de nuevo vuelve uno a Central Park a visitar el Dakota, que es un edificio muy bonito pero que en general decepciona expectativas. Polansky es que lo retrató admirablemente. Así de paso vimos los recuerdos para George en el monumento a John y aprovechamos para pasar unas buenas horas en Central Park en domingo a la mañana, como buenos newyorkers, evitando el tráfico de rollercoasters, bikers y joggers, visitando el monumento a Alicia, acercándonos al museo de historia natural del Manhattan de Woody Allen, o dando pasos de baile cual Edward Norton en The Pond. Y el cielo azul sobre nuestras cabezas. Ooooooooh qué bonito....

NYC sigue estando tomada de banderas americanas, y en concreto la que sigue puesta en el edificio de la bolsa es taaaaaan impresionante (de grande y de limpia, júrosle que la bribona brillaba) que me hice una foto con ella detrás, aplastando mis principios. Bueno, yo y los cuatro japoneses que no había manera de que se fueran y dejaran de hacer fotos. Todos los turistas en la zona (era sábado) eran orientales, sabe dios por qué. En el Rockefeller Center, que a fin de cuentas son cuatro manzanas, contamos más de veinte banderas. El gran negocio en los EE.UU. está claro cuál es. Desde luego, cuando pienso la que se monta por acá por ese par de trapitos que ondean en edificios oficiales... Por las noches, la ciudad sigue haciendo ruido. Un zumbido extraño mezcla de los sistemas de motores del hotel junto con los coches y las sirenas treinta pisos más abajo. A los que somos de Bilbao nos siguen dejando entrar gratis en el Guggenheim. Además, con estilo. Te miran la tarjeta de socio del museo de Bilbao, en esta ocasión sin comprobar la identidad, y te preguntan directamente cuántas entradas quieres. ¿Y si le digo diez y me voy a la reventa? Nada, nada, dos entraditas gratuitas para marearse en ese edificio increíble, con su espiral sin columnas exteriores. Volví a pasar por el precioso Hotel Chelsea, con su ladrillo rojo profundo y sus barandillas negras, donde recordar a Patti Smith, Jim Carroll, Sam Shepard y Mapplethorpe. De nuevo me quedé sin entrar en el Radio City Music Hall, y es que sigue pareciéndome un robo lo de los 14$ por una hora mirando el hall de entrada al teatro. En fin... todos esos lugares que cuando uno llega allá simplemente reconoce en vez de conocer por primera vez.

Sólo hay una novedad en NYC. Que ya no hay torres gemelas, claro. No crean, salir de Wall Street, encarar la Trinity Church con el pequeño cementerio lleno de prohombres de la ciudad que encabeza Wall Street, cruzar Broadway y perderse el efecto alucinante, epatante, de ver los dos monstruos emerger de la nada detrás del cementerio de la iglesia, resulta de gran extrañeza. Como no verlos desafiantes desde Battery Park. La ciudad no parece revivir demasiado el asunto, es como si todos estuvieran demasiado de vuelta de todo. No hay demasiadas referencias en la ciudad a los héroes y estas cosas salvo si uno se acerca hasta el agujero en sí o si pasa por una sede de bomberos, o, como mucho, los libros en las librerías con la historia del World Trade Center. Y en la misma ground zero se ven más puestos de gente vendiendo camisetas irónicas del último apagón que cualquier otra cosa del 11S. En el mismo agujero hay unas vallas de tres metros de altura, con paneles explicativos de la historia del sitio, de los atentados, con los nombres de los muertos, y todo tipo de temas paralelos. Y hay cierto silencio, sí, no tiene uno la bulla del tráfico habitual, tal vez como si los coches evitaran la zona. No me gustó demasiado el espectáculo, la verdad, la gente agolpada alrededor de las vallas, aunque hubiera más educación que en el Empire State Building y no abundaran las fotografías (apenas se ve nada, claro). La mayor cantidad de las fotos se la lleva la cruz tomada de dos vigas de acero del edificio. Y a pesar de ello, no, no parecen tan traumatizados como cabría esperar o como a veces pueden vendernos. La ciudad sigue teniendo su increíble nightlife. Bueno, increíble lo digo yo por lo que uno ve por la calle, que es a la vez lo más puesto y lo más putero que puede uno imaginar -sólo hay que esperar unos meses, y ya llegará por acá, claro-, y no porque pueda uno disfrutar de los night clubs o de los sitios cool de veras (bueno, lo que sí es cierto es que en esta ciudad se come bajo un aire acondicionado salvaje y a oscuras, debe ser megafashion no saber qué te metes a la boca, con perdón). Pero, inasequibles al desaliento, intentamos ir a un club, al que llegamos a las doce y media, con una cola de unas veinte personas delante de nosotros. Todos ellos gente muy joven. Mi voyeurismo se animaba, dado que dentro del local se prometían escenas de alto interés antropológico una vez que mis ojitos ya maduros habían hecho el esfuerzo de catalogar la melange que esperaba en la calle. Tras veinte minutos de espera en que no entró nadie, decidimos dejarlo como buenos émulos de aquel gran sabio que decía lo de 'la ciudad no es para mí'. En mi declaración alegué que llevaba doce horas de pie recorriendo la ciudad. Jo, pero es que el sitio se llamaba Float...

Volví a Bilbao con un espantoso dolor de muelas, por primera vez en mi vida, y con una bonita asimetría en la cara consecuencia de una infección. Hoy se le ha puesto fin tras una semana comiendo tortilla de antibióticos. Para una muela del juicio que me había salido, van y me la quitan.

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa iii de iii)



sábado, 19 de febrero de 2011

Death of a salesman

Ay, señor, señor, ya sé yo de qué se moría el viajante. De puritito agotamiento, oigan. Al cambiar de agente en Norteamérica, toca conocer clientes y… Jornadas agotadoras. Kilómetros y kilómetros, pasando por multitud de estados, en avión, en coche, en todoterreno. Restaurantes de carretera, de las cadenas medias de comida. Paisajes, huracanes, alguna ciudad de vez en cuando. La nada circundante....



Batí el récord de estados en un día, nada menos que 6. A saber, despertarse en Nueva York para coger un avión desde La Guardia a Pittsburgh (Pennsilvania). Allí alquilar un coche para estar dos horas en la carretera hasta una empresa en el vecino Ohio, en un pueblo cuyo nombre adoraréis: ¡Hannibal! Evidentemente, nadie se queda a comer en un pueblo llamado así (recordemos que sin embargo sí se duerme en Ripley), dado el nombre de gourmet del lugar, con lo que todo el mundo coge el coche y se va a comer al restaurante de la cadena Bob Evans más cercano, que está ya en West Virginia. Después hubo que volver hasta Pittsburgh y coger un avión (de hélice, pero avión) hasta Evansville, en Indiana, en el sur. Exciting, fantastic Evansville y su aeropuerto, nos regaló la mejor imagen de todo el viaje: unas ancianitas sentadas en sus mecedoras mirando los aviones llegar a través de las cristaleras -look at the ladies...-. Aunque era lunes, no pretendíamos que la noche pareciera tan excitante. Allá, en Evansville, Indiana, de nuevo en la carretera, en todoterreno con plaza para 8 personas y maletero enorme, llegamos hasta Henderson, Kentucky, tras una horita de conducción previa cena en el restaurante Cork and Cleaver, que ya no sé si es cadena o no, no tuve fuerzas para preguntar. Santo Dios, qué agotamiento.


La carta del Cork'n Cleaver, una declaración de principios
Los Bob Evans son, como digo, una cadena de restaurantes media. Se supone que tienen el estilo de las granjas de Ohio -tierra de amish-, con sus cortinitas de cuadros, y sus paredes de imitación a madera. Las raciones son desmesuradas. El cheesecake es directamente agotador. Otra nueva cadena que descubrimos es el Crocker and Barrell. Esta es una cadena de restaurantes de comida a la antigua usanza. Van acompañados de un store donde uno puede comprar todo tipo de objetitos antiguos de decoración y productos caseros. Me quedaron ganas de comprar mermelada: era excelente, pardiez. Pero uno no se arriesga a llevar nada en la maleta que pueda excitar a los perros de los aeropuertos, claro. En este restaurante me recomendaron zamparme un roastbeef con mashed potatoes and cheese & macaroni, que, debo confesar, estaba muy bien dado el habitual nivel de estas cosas. Pero me asombraron, puesto que se trata del primer restaurante en el que veo que no sirven alcohol. Cuando pedí mi cervecita (lo mejor para digerir estas cosas), se me apologizaron enormemente y... Se ve que uno se acercaba al sur. Y nos acercamos más, sí. Desde Kentucky cruzamos a Tennessee, donde resulta que descubrimos que la 'Jack Daniels Distillery' es nada menos que un historical landmark. No dudaba yo de que se visitara y se pagara por entrar y demás, pero de ahí a verlo directamente en la carretera anunciado como algo de interés turístico cuando en un restaurante a tiro de piedra no te sirven ni una triste Samuel Adams... Pero en Tennessee sí que tuvimos tiempo de estar un par de horitas en Nashville, una vez que habíamos hecho las visititas del día, a primera hora de la tarde y antes de volver en avión para Pittsburgh. Nashville es bastante poca cosa, la verdad, pero tiene una única manzana de interés. Allá en el downtown, junto a un edificio que conocen como ‘el Batman’ (un rascacielos con orejas, así son los arquitectos por allá), está el famoso Auditorio Ryman, donde por el módico precio de 10$ pueden ustedes subirse al escenario donde han cantado estrellas como Harry Conick Jr., Dolly Parton, el múltiplemente homenajeado Johnny Cash, Kenny Rogers, John Denver, Garth Brooks... Más interesante es la calle Broadway, donde a plenas cuatro horas de la tarde y bajo el sol del sur, estuvimos en una estupenda tienda con fábrica de guitarras (yo como no entiendo sólo disfruté con el lado estético de las mismas, aunque me mosqueé porque no había para zurdos. Ni siquiera bajos. ¿Y si entra McCartney?), y en los bares donde los perdidos del país se acercan a cantar, buscando el éxito, sin cobrar un duro. El más famoso de estos locales es el Tootsie's, no porque Dustin Hoffman pasara por allí a pintarse el ojo, sino porque es el nombre de la dueña de hace unos años, mujer que debía ser de gran carácter, que dio fama al lugar, en el que se han rodado unos cuantos ignotos éxitos cinematográficos del mundo country americano. En Tootsie's había un ambiente... digamos que estupendo... Pensionistas americanos haciendo fotos al local. Un grupo de tres pimpollos tocando, tocados con camiseta blanca bajo camisa de cuadros de manga corta, con cinturón ancho y pantalones vaqueros ajustados y márcalotodoquesoymuymacho, de pieles blancas y pelos rojizos que sobresalían de los sombreros tejanos (y del borde de la camiseta, claro). La concurrencia de la barra también estupenda: seis tíos, todos ellos sin compañía, bebiendo sus cervecitas a morro prácticamente tragándose el cuello de la botella, vestidos de pantalón corto, y no sé si tenían el cuello rojo como auténticos rednecks porque cualquiera se atrevía a mirarles. Ellos sin embargo no tenían este problema: no sólo íbamos demasiado elegantes para semejante local a tales horas, sino que en nuestra party venía una muchachita veinteañera de buen ver a la que, tal vez dado el carácter inserso del personal femenino de Tootsie's, uno de los contertulios se comía con los ojos mientras le daban tics faciales, como si tuviera un Tourette al estilo Jordi Pujol. Bueno, antes de que hicieran con nosotros algo como lo que hizo la feria de la carne con los mecas de Inteligencia Artificial, salimos de allá por patas. Tuvimos un momento de relax en un impresionante store de discos de vinilo, un local en pleno centro de la ciudad, totalmente vacío de compradores, donde se vendían prácticamente sólo elepés (ay, qué maja pinta tenían algunos de Emmylou Harris) y singles del adorado plástico negro.


Lo más al sur que cruzamos fue Alabama... El señor conductor me había prometido que en nuestro único día allí iba a escuchar por la radio el Sweet Home Alabama, pues allí lo emiten con frecuencia en las radios. Los Lynyrd Skynyrd, por supuesto, son los héroes del estado. Y ciertamente, en Alabama los cielos nos fueron siempre azules. Y los campos estaban preciosos: del blanco color del cotton (pronúnciese 'cáron'), con sus pequeñas plantas ya en flor cubriendo hectáreas y hectáreas. No hubo suerte: por mucho que el driver cambiaba y cambiaba de emisora, no encontró a los Lynyrd Skynyrd. Y eso que pilló emisoras nostálgicas. Posiblemente sea de lo más bizarro acabar escuchando el Sweet Dreams de Eurythmics en Alabama. Bueno, supongo que eso es mejor que mis amenazas de cantar. Yo es que si me meten de paquete en un coche muchas horas no puedo evitar que las ganas de cantar me traicionen. A no ser que me pongan la radio. Cosa que hicieron tras agotar la 'apropiada' colección de cedés de George Gershwin y Dwight Yoakam.

Y este año, una vez más, tuve huracán, aunque esto me tocó en el este y de refilón. En los EE.UU., en septiembre, las posibilidades de tener un huracán son del 50%. Yo estuve cuatro años atrás encerrado en un hotel de Atlantic City viéndole (con perdón) el ojo a Floyd. Cuatro años después, con frecuencia olímpica, apareció Isabel. Bueno, lo mejor de los huracanes por allá es el despliegue mediático. Las cadenas enloquecidas ante la espera. Los presentadores mecidos por el viento desmesurado retransmitiendo en directo desde la playas de North Carolina mientras las señales de tráfico salen volando detrás de ellos. La gente tomando provisiones en los supermercados (según el telediario). Y luego todo el mundo tan normal. El huracán pasó en unas horas, lo cual resulta hasta decepcionante, dada la expectación creada. Aunque no tanto como fracasar intentando hacerle ver a un yanqui la gracieta de los spaniards del grupo con eso de 'hoy comemos con Isabel'. Vamos, que eso de 'Isabel is a trademark for canned tuna in Spain' debió parecerle una gilipollez suma. A nosotros Isabel nos pilló en el norte del estado de Nueva York, cerca de las Niagara Falls, en una zona llena de poblados y nombres de accidentes naturales que remiten a las culturas clásicas: Syracuse, Athens, Ithaca, Albany, Seneca (aunque esto también es nombre de indios; por acá también pululaban los iroquois de Jamiroquai). Apenas algo de viento fuerte y lluvia, ni siquiera demasiado cálida. Floyd en ese sentido descargaba agua de temperatura en la que uno se podía duchar perfectamente, aquello fue revelador. Una decepción en toda regla esta Isabel, desde luego. Y en Syracuse nos esperaba Jetblue…





Jetblue es algo impresionante. Cuando nuestros amigos americanos nos reservaron los billetes de avión con los que llegaríamos a NYC a pasar el fin de semana, lo hicieron en esta compañía, a un preció verdaderamente tirado: 46$ cada billete. El vuelo es corto, ya que Syracuse está a unos 400kms (calculo) de NYC, pero aterrizar en esta ciudad siempre es complicado, con el tráfico aéreo y esas cosas. Total, que tardaba una hora. Yo ya me temía lo peor. Una Great Lakes Airlines rediviva en el este. Me extrañaba, porque venía mucho personal a la puerta del avión en Syracuse mientras Isabel moría sin pausa a través de las cristaleras, y eso significaba un avión mayor. Y sí, era un avión de turbina, menos mal. Y directamente impresionante. Para empezar, tiene televisión en directo en cada asiento, en unas pantallas de cristal líquido digamos que la mitad de tamaño de la pantalla de un portátil usual pero con una calidad de imagen increíble. La tele en directo es la publicidad de promoción de la casa, nada menos que treinta canales de TV, entre ellos los más típicos de las televisiones americanas. Esto no lo había visto yo nunca ni sabía que se pudiera hacer. Ya saben, aquello de que hay que apagar aparatos electrónicos al despegar y aterrizar y esas cosas. El programa empezó después de despegar, pero el personal aterrizó viendo Los Simpson (menos mal, así se olvidaban de los bandazos que daba el viento, que arreciaba en NYC, más influenciada por Isabel y a una temperatura de 27 graditos). Bueno, Jetblue además tiene una distancia entre asientos estupenda. Esto ya lo había apreciado en los vuelos internos en los EE.UU., que se ocupan algo más de que la gente quepa. Las razones son directamente geométricas: con la distancia entre asientos en los aviones europeos, la mitad de los yanquis obesos, gigantescos y grasos no entran en un asiento. Incluso ni en dos. Bueno, Jetblue las superaba a todas. Podía uno extenderse pero bien. Además, el avión era nuevecito y reluciente. Nunca había ido yo, creo en avión tan impecable. Finalmente, la última sorpresa: todo el personal de cabina era negro. Esto no es un comentario racista, sino un hecho objetivo y rarísimo. Hay que considerar que es poco habitual ver negros viajando en avión en los EE.UU., calculo yo que el 85% de los viajeros es wasp, y el resto incluye orientales, hispanos, negros. Y aunque pueda parecer extraño, esto mismo suele suceder en el servicio de a bordo, ahí ya me imagino que entrarán discriminaciones contractuales basadas en 'lo que le gusta ver al pasajero que vuela con nuestra compañía'. Por supuesto, simpatiquísimos los de Jetblue. Y el avión ya iba llenito de newyorkers megafashion de los que te miran con cara de morderte si les mantienes la mirada o que te observan desde lo alto de sus hombros. Claro que mucha mirada cool y mucha gafa de diseño y luego abarrotan aviones a 6.000 pesetitas el billete, ayyyyy.... Pero dejemos NYC, que eso es otro capítulo que se hizo a pie...

En este, que se hizo sobre todo en carretera y en avión, hubo la posibilidad de disfrutar del countryside de Pennsilvania en su verdor máximo, tras un verano lluviosísimo y mientras los árboles ya van cambiando algo de color. Resulta que en los folletos turísticos hay una 'fall season' para venir a observar por estos lares esto del cambio de la hoja. Imaginad lo que debe ser en Maine o Massachussets. En cualquier caso, algo mucho más saludable que lo que se veía no hace demasiados meses. Las casas siguen teniendo casi todas banderas americanas. También muchos comercios siguen con las pegatinas de 'United We Stand'. Pero no hay comparación con el país de febrero, ese país que llegaba a sentirse acosado por alemanes y franceses porque no querían compartir con ellos el desmantelamiento de las armas de destrucción masiva de Irak. Ningún cartel que indicara 'God bless our President Bush', ni siquiera de 'God bless America', bendiciendo las autopistas, las calles... ¿qué ha pasado? En este periodo al Bush de turno le han salido unas encuestas que indican que no lo tiene tan fácil como todos asumimos en intención de voto para el año que viene. Incluso le pronostican derrota frente a ese general Clark que hace un mes no sabía él mismo si era demócrata o republicano. Pregunto a nuestro querido agente, que tiene una pinta de republicano que no puede con ella. Y lacónico me responde que 'well, you know, he has to find some weapons in Irak'. '¿Y el patriotismo? ¿¿¿Y la libertad???' le respondo yo poniéndome en pie, saludando a los cielos que guiaron a Colón a este continente sin par. Huy, no, esto último creo que lo soñé, no lo hice, no. Caí en silencio, demudado, faltaría más. Que en la empresa de mi querido agente vi yo veinte cuadros de aviones y barcos militares, y no está el oven para cheesecakes.

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa ii de iii)
Distancia Santa Fe – Nueva York: 3223 Km.






martes, 8 de febrero de 2011

The eternal Santa Fe


Esta América (del norte) que me ha tocado ver es la del post a todo. Es la America del post guerra-con-Irak, del post anti-gabachismo, hasta del post-ground zero. Ya verán, ya.

La odisea de vuelos inicial era Bilbao-Frankfurt-Denver-Santa Fe. De Bilbao a Denver, el personal in charge era evidentemente de Lufthansa, lo que asegura un cumplimiento exquisito de las regulaciones. Entre ellas, en el aeropuerto de Frankfurt, el repaso corporal antes de embarcar al avión, realizado en esta ocasión de manera bastante impúdica por un joven germano de aspecto pizpireto que no dejó resquicio de mi cuerpo sin manosear, y estoy siendo veraz y literal, no había visto yo tamaño atrevimiento. Se sonreía el cabroncete mientras despertaba mis cosquillas... En fin, allí había llegado yo medio zombi, después de haberme acostado a las tres de la mañana y levantado a las cinco, el avión salía a las siete. Uno aún hace alguna locurita de vez en cuando, no puede evitarse la tentación de recuperar cierto feeling juvenil. La llegada a Denver fue puntualísima, claro. El viaje, monótono en grado sumo, lo compartí con una pareja de daneses jovencísimos y enamoradísimos que tuvieron el buen gusto de separarme a su vez de un yanqui plasta que no era capaz de callarse miles de consejos para la (imagino) luna de miel de los tortolitos de Copenhague, viajes en helicóptero por el Grand Canyon y en coche por el Death Valley incluidos. Evidentemente, estos sobrinos de Hamlet tenían bastante más idea y mejor organizada de lo que iban a ver por la tierra prometida y entre beso y beso rebuznaban -educadamente eso sí- ante el acoso del americano. Pero lo bonito fue llegar a Santa Fe... La línea aérea que vuela a Santa Fe se llama, de manera totalmente inexplicable, Great Lakes Airlines. Se trata de una compañía pequeñita, con vuelos a destinos pequeñitos (aunque ninguno en un estado de los Grandes Lagos), y con medios pequeñitos. Sin ir más lejos, las tarjetas de embarque y los comprobantes de equipaje los hacen a mano. Y debe ser siempre así, porque no había ordenadores en sus mesas... Esto, me reconocerán, es algo muy fuerte, ¿no? Bueno, pues el avión se correspondía con lo que pudiera esperarse de tal despliegue de medios. Puedo decir que ya sé lo que es volar en una avioneta de las de verdad, esto no alcanzaba la categoría de avión de hélice. Capacidad para sólo catorce pasajeros separados en siete filas de dos columnas y un pasillo mínimo en medio. La puerta de la cabina de pilotos siempre abierta. Hélices pequeñitas, tipo Indiana Jones, de las ruidosas. Se oían a las maletas tambalearse en la bodega... De Denver a Santa Fe se pasa por encima de una sierra colateral de las Rocky Mountains. Allí siempre hay nubes y turbulencias, y bastante viento. No vomité porque soy de Bilbao y hay que dar una imagen, claro. Pero creo que debí llegar color verde caqui con irisaciones violetas a Santa Fe. Cuyo aeropuerto, construido en imitación a adobe, tiene un tamaño así como de piso de protección oficial. Las maletas, no podía ser de otro modo, las recogen en una camioneta y las entregan en la puta calle. No hay taxis –esto es la primera vez que lo veo en un aeropuerto los EE.UU.-, sino shuttles para llevar a todos al centro a la vez. Como tampoco podía ser de otro modo, somos diez pasajeros y han perdido 3 equipajes. Es el porcentaje habitual de Barajas, así que no pueden decir que no estén a la altura de grandes aeropuertos. Y, claro, hay que esperar bajo el fresquito viento de Nuevo México (Santa Fe está a dos mil metros de altura y a la noche hace rasca pues) a que todo el mundo haga su reclamación... lo cual tampoco le viene mal a la agitación estomacal tras el vuelo 'bumpy-jumpy' (palabras textuales del capitán) que tuvimos. Todo esto me resulta incomprensible, yo había estado ya en Santa Fe, cuando era pobre, joven y enamoradizo, y sabía que era una ciudad turística, y eso no encaja con semejante caja de zapatos de aeropuerto. La explicación es que el personal llega vía Albuquerque, que está 'sólo' a 60 millas y es aeropuerto de verdad, con ordenadores y personal de tierra y todo. Por supuesto, el calvario de vuelta fue similar, en el mismo avión y esta vez sólo con tres pasajeros. Por estadística de equipaje, en esta ocasión me tocó a mí perder la maleta, claro, que no recuperé hasta un día más tarde en la Pennsilvania prehuracánida. Great Lakes Airlines... me río yo de Freddy Krueger...

Pero mientras tanto nos quedaba Santa Fe, qué demonios. El congreso al que asistía se celebraba en el Hotel La Fonda (así, como suena, en español que es el lenguaje que se habla en Nuevo México y en su capital), edificio histórico y megachulo, con más de 400 años de historia, y reconstruido miles de veces en... imitación a adobe. Está en el mismo centro de la ciudad, junto a una plaza con un monumento conmemorando las victorias sobre los salvajes indios (hay un cartelito políticamente correcto anunciando que en otras épocas el lenguaje de la historia no era el adecuado), la iglesia católica de San Francisco (por fin, algo de piedra de verdad y nada de adobe), otras iglesias, y el Palacio de los Gobernadores... Santa Fe es una pena, señores. Una de las ciudades más antiguas de los EE.UU., fundada en 1598. Con una historia apasionante, que ha pasado por un periodo español, otro mexicano, otro de 'ocupación' -así lo llaman en los museos- americana y que finalmente es un estado federal propio, que ahora ya es sólo un paraíso para el comprador de arte. Es la segunda ciudad con más galerías de arte de los EE.UU. después de NYC... Y no queda prácticamente nada original, pero eso sí, como hay que mantener el feeling, hacen edificios bajitos y porches imitación, y todo lo decoran como si estuviera hecho de adobe. Pero queda tan artificial, queda tan claro que les ha podido su necesidad de reconstruir todo, de no admitir lo que una cultura anterior pudo haber dejado... En fin, la ciudad se ve en una mañana. Una visita al Museo Georgia O'Keefe inapelable para los amantes del surrealismo, el arte abstracto y las imágenes impactantes de esta mujer. También una visita al Museo de Nuevo México. La mitad de él está dedicado a los judíos alemanes que emigraron a New Mexico en el siglo XIX. La otra mitad es bastante más modesto y repasa toda la historia del estado... Las pequeñas iglesias del diecinueve... Ya sólo queda ir de galerías, incluyendo los artistas que pintan en la calle. Ahí siento la tentación de comprarme una lámina que una pintora wasp expone. Se trata de una imagen de la Virgen María, con su manto y un aura a imitación de -pensé yo- la Virgen de Guadalupe u otras similares. Lo guapo era que las manos y la cabeza correspondían a un esqueleto. Ahí me entusiasmé yo y los muchos años de educación católica en reverenciales miedos a Dios y a la muerte. La pena es que era demasiado grande, acuarela, bastante carita, un viaje taaaan largo por delante... La mujer me aclaró que siendo yo español y católico debía estar al tanto de las tradiciones de las vírgenes y los bultos. 'Excuse me?', dije abriendo atónito los ojos, pues ambos conceptos en conjunción me resultaban algo incompatibles. Y ahí me entero, en perfecto inglés, que un bulto es una figura de un santo rodeada de un aura como el que ella había empleado en esta virgen. Lo que se aprende cuando se viaja, señores.


Por lo demás, el congreso fue adecuadamente aburridito. Yo me temía lo peor, salvo por el hecho de que viendo los participantes me encontré con que uno de los speakers era nada menos que un tipo que trabajaba en Azkoitia, que acabó siendo un ingeniero residente en Barakaldo. Hay que joderse, pues. Y trabajando no en lo mismo pero sí en algo similar a lo mío, oigan. ¡¡¡Y tener que encontrarse en Santa Fe!!! Por lo menos tuve conversación continuada en el idioma natal en descansos y comiditas. Además de que después se nos sumaron un peruano y un argentino. Como suele suceder, formábamos la mesa más bulliciosa. Pero, vamos, las conferencias fueron el rollete esperable. No tanto los actos sociales. Que incluyeron una visita al Folk Museum de New Mexico, uno de los museos más bizarros que he visto en mi vida. porque es un museo de todas las tradiciones folk del mundo, lo que en el extraño entender de los responsables del mismo incluye desde banderas americanas de nueve estrellas (¿y cómo es posible, si se independizaron siendo trece estados?), figuritas que reproducían un rito azteca, marionetas de samurais, y hasta soldaditos de plomo, castillos de princesas europeas hechos con papel de aluminio reciclado de los paquetes de cigarrillos, e incluso un Mazinger Z colgado del techo. En fin... allí mismo nos dieron unas danzas indias, la del águila y la del búfalo, la primera bastante coñazo, la segunda soportable interpretadas por muchachos de aspecto esperable (la familia García, la presentó en español después de hacerlo en inglés). No se pierdan la vestimenta: tela de color blanco, cascabeles en las rodillas, las chicas incluso llevaban un gerriko rojo... Quienes hayan visto un aurresku me entenderán los paralelismos. Uno se dice aquello de 'joder con las tradiciones de la edad de piedra'. El baile, claro está, no tiene nada que ver. El aurresku no deja de ser algo altivo, acá en Santa Fe los bailarines se humillan ante la naturaleza, su mirada se dirige al suelo, los pasos no son una demostración de físico y juventud precisamente.

Y no podemos dejar de dedicar unas líneas a la deliciosa gastronomía del país, este texmex regado de margaritas gigantescas, donde se rellenan los tacos cada uno con salsas guacamole y mayonesa, y donde la guarnición que nunca falta son un conjunto de frijoles (a escoger entre tintas -o tal vez eran pintas- y negras, según el room service de La Fonda) de explosivas características. Uno no puede quejarse de falta de actividad intestinal en Santa Fe, no, eso es seguro.

Mejor, dado el ajetreo que se me venía encima...

Viaje realizado en septiembre de 2003 (etapa i de iii)
Distancia Moscú-Santa Fe: 9.279 Km