lunes, 27 de junio de 2011

Días de jetlag sin rosas


Alguna inteligencia preclara ha debido decidir que es lógico que los vuelos de Europa a la costa este de China salgan del mediodía de las diferentes ciudades europeas para después de once a trece horas de viaje aterrizar a primera hora de la mañana en su destino. Alguna mente insomne debe pensar que el horario es adecuadísimo para empezar a trabajar después de que llegues allí siendo para ti las dos de la mañana y en general sin haber podido dormir una mierda en el vuelo, por mucho que te imiten una noche a la hora de la siesta, bajando ventanillas, apagando luces, con las frágiles azafatas de Cathay Pacific hablándote bajito como si estuviera todo el mundo durmiendo en vez de ver la peli de turno… Y digo yo… puestos a imitar la noche, ¿¿no sería mejor volar precisamente de noche?? ¿Saliendo a medianoche para que después de una de esas cenas en que deben echar somníferos hasta en los tomates cherry presentes en todo catering que se precie sea verdaderamente efectiva? Pues no. Que hay que llenar doce horas de vuelo. Cuando a uno se le acaban los libros, los periódicos, la conversación con el compañero de viaje (a la sazón, un hombre que sólo habla castellano pero que conseguía comunicarse con todo el mundo mediante el universal lenguaje conocido como ‘onomatopeyas ilimitadas’ acompañado de un sistema para mí indescifrable de signos absolutamente personal e intransferible… de hecho, una parte importante de mi labor en este viaje era servirle de cobertura, no vaya a ser que acabara detenido en alguna aduana por cualquier malentendido inocente, o que su maleta terminara en Timbuktú en lugar de en Hong Kong), cuando uno se cansa de escuchar a Madonna, Franz Ferdinand, Coldplay (joder, cómo es posible que cuanto más los oiga más vulgares me parezcan? Empiezo a odiarles), Bee Gees, Abba, Bach, Mozart y hasta baladas del suicida Leslie Cheung, incluso cuando uno decide en contra de sus criterios ver películas adaptadas a la pantalla del avión interrumpidas cada dos por tres por los avisos de turbulencias sobre los cielos de Irkutsk, entonces se desespera, sabiendo que nada le proporcionará el sueño artificial que necesita para aterrizar, llegar al hotel, comer, y salir pitando a una primera reunión de trabajo… No, no tomo pastillas para dormir, sorry, me niego. Si sacaran unos porritos... Pero claro, according to international regulations smoking is not permitted in this flight…


Superada la madre de todos los coñazos que supuso el vuelo, aterrizados en Hong Kong, pasado el control de inmigración del peculiar pero entrañable enclave del pacífico, tenemos nuestra primera hora gloriosa en el viaje. No está la china que ha venido a buscarnos, que trabaja con nuestros agentes en Hong Kong. Fantástico. Llamo a la oficina: no hay nadie porque son las siete y media, no han empezado. En Mungia son las doce y media de la noche de un domingo, no parece que sea posible que puedan ayudarnos. Llamo al móvil del jefe de dicha compañía. No responde. Todo parece estupendo, le indico a mi colega. Tú no te aterres, aunque no superemos este obstáculo y tengamos que coger esta noche un vuelo de vuelta, yo no dejo que acabes durmiendo en el aeropuerto como si esto fuera una película tonta de Spielberg’. Me pone cara de ajo sin saber que a esas horas mi locuacidad indómita se desborda. Hasta que cuarenta minutos después se me acerca una china y me pregunta si somos españoles. Pues sí, es ella, oyes, mírala que maja. Lleva cuarenta minutos viendo salir gente y resulta que a mí no me ha reconocido de una foto que tenían. Claro, debe ser que todos los occidentales somos iguales, o que he decidido venir hasta acá con cara y cabeza casi totalmente rapados. En vez de traer un papel con el nombre de la compañía o de los viajeros… la semana prometía, sin duda…

22ºC en Hong Kong. Habíamos salido de Amsterdam a 2ºC. Y empezábamos con el arrastre de maletas.

La frontera entre Shenzhen y Hong Kong es curiosa de veras. El gobierno chino y las autoridades de Hong Kong han decidido hacer el trasiego de personas más fácil entre ambas fronteras, pero en lugar de suceder lo habitual, que al llegar a la frontera de un país, un agente de ese país controle tu entrada, primero hay que salir de Hong Kong. Esto se puede hacer mediante control de pasaportes por tren (según me han dicho, que es una práctica que nunca he sufrido pero que me recuerda tanto al cine clásico que deseo sufrirlo), o bien entregando los pasaportes y que te controlen el careto sin salir de tu coche o minicaravan, o bien en autobús. Existe entre las dos fronteras un espacio neutro de unos tres kilómetros, impracticable si no es en algún vehículo o medio de transporte, me imagino que para controlar a las masas pobres chinas que pudieran intentar llegar a Hong Kong ilegalmente, y después hay que pasar la frontera china, un país donde ya no es posible comunicarse con el agente aduanero, y donde hay que rellenar el típico formulario estúpido sobre la gripe aviar que viene a preguntar desde si has comido excrementos de gallinas enfermas a si entras en el país tosiendo. Esto lo recogen unos señores muy graciosos con mascarilla y bata que deben ser unos médicos profesionales de probada experiencia, capaces de diseñar un modo de control tan efectivo como éste para evitar que enfermos de gripe aviar viajen sin control por el mundo. Curiosamente, he visto menos paranoia por la gripe aviar ahora que por el SARS hace dos años, última vez que estuve en el país. En aquel entonces los aeropuertos tenían unas pantallas de infrarrojos muy graciosas en las puertas de salida de los aeropuertos, dispuestas a detectar aumentos corporales de temperatura mediante tonos rojos que se distinguían del verde del mortal sano. Todo esto mientras el personal salía a tropel de la terminal.


 
Recuperado el pasaporte con los sopotocientos sellos y visas entre chinas y jonkonesas, superadas las extrañas pasarelas de la estación terminal de Shenzhen, conseguido contactar el personal que nos esperaba en la frontera china, sudadas ya las camisetas, los jerseys, y los calzoncillos para superar el frío de la mañana holandesa, dormido el ánimo de puritito jetlag, conocemos al muy simpático, guapo y moderno chino que nos va a hacer de chófer estos días. Y lo de moderno –en el vestir- es destacable, puesto que tengo mi teoría sobre la apariencia y atractivo de los chinos, tan diferentes a cada lado de la frontera. En su caravanita nos perderemos en varias ocasiones y viviremos momentos de horror, pérdida y espanto. De momento, con buen tino, nos deposita en el hotel, donde pedimos que nos dejen descansar tres horitas antes de comer –occidental- e ir a trabajar. Mi habitación es enorme, con salón aparte con ordenador conectado a internet a cargo del hotel, y un baño mortecino pero amplio (a mi colega de viaje le pusieron en una en la que la taza del váter estaba dentro de la cortina de la ducha y no había bañera ni ducha como tal; en general estos baños se corresponden con habitaciones para minusválidos, pero no era el caso). El Baolilai Hotel huele como todo hotel chino a paso reciente de la bayeta de amoníaco u otro desinfectante por el suelo. Dispone de personal con escaso inglés pero evidentemente amabilísimo, si bien casi todo son chicas finísimas a punto de romperse por varias partes de su cuerpo si se te ocurre estornudar virilmente a menos de un metro. Ellos, poquitos, apenas llevan maletas a las habitaciones y poco más. Son delgadísimos y altos para ser chinos, pero llevan los gorros sacados del botones sacarino que tanta gracia me siguen haciendo. Los tiempos o la ciudad son distintos: aceptan propinas. Le doy diez yuanes (para conseguirlos me sablearon vilmente dos comisiones en el aeropuerto de Hong Kong, porque pasaron los dólares USA a dólares HK y después a yuanes RMB), que equivale a un euro, y de la sonrisa beatífica que me pone y las tres genuflexiones que me hace casi me da un ataque.

Me conecto a la web. Funciona. Qué bonito hotmail en caracteres chinos. Qué bonito el correo de la empresa en caracteres chinos. En mi estado de vigilia atontada me parece haber algo de justicia poética en que todas las ventanas del correo vengan en chino y tenga que adivinar lo que es ‘enviar’, ‘recibir’, o la ‘libreta de direcciones’.

Me doy una ducha. Me pongo mi pijama de satén, claro está. Me meto a la cama. Estoy agotado. Cojo La felicidad de los ogros, el libro se me cae, me despierto a la hora como si hubiera estado en los pozos del infierno. Son las dos de la tarde, dice el despertador. Tengo que bajar a comer.

También conocemos a nuestro traductor, el señor Yip (escrito así), al que llamamos Alex, que es lo que dice en su tarjeta –siguiendo la tradición de los chinos que trabajan para occidente, que se cambian dos de los nombres por uno occidental-, y que vivió cinco años en Perú. Pero es chino. Eso les ofrece confianza a los chinos, porque habla su idioma, mandarín en este caso. Y es curioso ver a un chino hablar castellano con acento peruano, pero al pobre le debía resultar peor intentar entender a mi querido compañero de viaje cuando le decía para su correspondiente traducción cosas como ‘anchar las espiras del final del sinfín para que el material…’ y acto seguido soltar una onomatopeya de material fluyendo acompasado de movimiento cadencioso del brazo, tipo surfer de Mundaka en pleno éxtasis correolas. El tío, claro está, combinando que se le suponía profesional y que un oriental jamás dice que no, ponía cara de ajo, y traduciría vete a saber lo qué durante el triple de tiempo que duraba la frase en castellano, para al final tener que repreguntar y recurrir a los dibujos, que es lenguaje internacional este de la ingeniería y las matemáticas. Y así sería gran parte de los días, cuando no el señor Alex Yip se dedicaba a sus propios negocios, usando la habitación del hotel o la recepción de la empresa que visitábamos (y que le había contratado como traductor) para recibir y enviar sospechosos paquetes por mensajería, o cuando no se dedicaba a dar indicaciones automovilísticas o temporales de acierto escaso para nuestros estándares.

El caso es que no consigo recordar mucho de la reunión de esa tarde. Sé que nos llevaron a ver la planta (toda una modernidad para lo que es China, en un parque tecnológico moderno dedicado a la ciencia, y con construcción en materiales ligeros y buen aislamiento; fábricas de finalidad similar había visto yo hace años construidas en madera, o en terraplenes para aprovechar la gravedad), y que durante la reunión en la mesa me caía de sueño de manera brutal, con violentos cabezazos sobre mí mismo que debieron dar una fantástica imagen de mi querida empresa. Afortunadamente, la presencia del traductor y el carácter de la reunión no hacían indispensable mi aportación, dotada de un movimiento cerebral de tipo indudablemente diferente al habitual. Creo que me desperté para esbozar una sonrisa porque el ingeniero mecánico se llamaba Ye (míster Ye) y el jefe de producción míster Yu. Y entre Yip, Ye y Yu todo era como de chiste. ¿Lo estaría soñando? Recuerdo que se nos hizo de noche, y que en el área subtropical donde estábamos, al salir, los mosquitos nos rodearon en alegre reunión depredadora y selectiva. El hecho contrastado de que sobre la cabeza de mi compañero y la mía propia se formaran nubes de tan simpáticos y zumbones insectos que sin embargo pasaban soberanamente de los chinos de nuestro alrededor nos hizo pensar. ¿Serían nuestras atractivas colonias occidentales las que atraían a esos sucios mosquitos comunistas y melenudos? ¿Estarían ya los chinos contaminados y al caer el sol se convertirían en inmundos vampiros amarillos dispuestos a quedarse con nuestros apolíneos cuerpos? ¿¿¿O acaso detectaban los muy cabrones las dotadas alopecias con que obsequiamos mi compañero de viaje y yo mismo a la humanidad???


La cena no fue mal, a pesar de un cangrejo picante que parecía haber vivido en un océano de jalapeño. Nos desenvolvemos bien con los chopsticks, los chinos no pueden reírse de nosotros. La comida es suave y recuerda vagamente a la comida cantonesa que normalmente sirven los restaurantes chinos en occidente. Aunque es infinitamente mejor. Pero sin entusiasmos. No hay actividades extraordinarias esta noche, estamos demasiado cansados. Apago la luz a las nueve y media, poniendo el despertador a las siete. A las dos de la mañana me despierto absolutamente despejado. En la HBO, única cadena decente en inglés entre las cincuenta cadenas de televisión que pueden verse, están dando una peli de Van Damme. Cojo mi libro de Pennac. Lo acabo sobre las seis y media de la mañana. Viva la vida, viva el amor.
 
Viaje realizado en febrero de 2006, etapa i de iv
Distancia Bahrein – Shenzhen: 6332 Kms.

domingo, 26 de junio de 2011

China 3. Introducción...



En febrero de 2006 viajé por tercera vez a China, lo que en aquel entonces significaba probablemente que había ido tres veces más a ese país que lo que lo haría el común de los mortales, salvo por el hecho claro de que actualmente el común de los mortales es precisamente chino y ya está en ese país sin necesidad de atravesar frontera alguna, y que el comercio con China se ha desatado tanto que ahora es muy frecuente viajar allí por trabajo o turismo. La cuestión no es que China sea extraña, rara, diferente, surreal, el tipo de sitio que a los occidentales nos parece horrendo y fascinante a la vez. La cuestión es que es así también porque ha emprendido un viaje desbocado hacia una occidentalización que de momento se me antoja imposible o inaprensible, aunque bien pudiera llegar a suceder que al final de ese viaje cambiemos nuestro concepto de occidentalización.

Ahora son episodios olvidados, pero hace más de cinco años la preparación y posibles implicaciones de este viaje, desde su diseño inicial hasta que ese paseo por la China en que mi empresa se establecía se completó, alcanzaron lo peculiar, cuando no estresante. Tal vez por cierta falta de entusiasmo inicial viajaba yo con menos ansias, esperanzas, lo que fuera, que en otras ocasiones. Pero eso da lo mismo en China, que acaba imponiéndose a todo. A tu extraña situación laboral, a tus circunstancias personales, a cualquier cosa. En este viaje viví varios momentos absurdos, estuve a punto de sufrir tres accidentes de tráfico, uno de los cuales hubiera sido de consecuencias serias, vi a los trabajadores chinos de una planta jugarse la vida varias veces, y cometer infinitas infracciones al mínimo sentido común que evitaría accidentes laborales. Sin embargo, estas tres cosas me han pasado siempre en China. Aquella planta de electrolisis en que pisábamos charcos de ácido junto a las conexiones eléctricas de las planchas de deposición de metal. Aquella pata de pollo que vi comerse diligentemente a mi gerente utilizando para ello un guante de plástico de los que usamos aquí en las gasolineras. O mi extensa voz apoderándose de un tremendo Careless Whispers en un karaoke. En fin, aquella vez que nuestro microbús quedó con una rueda fuera de la carretera en un precipicio junto a Zhangjiajie, que constituyó un momento de cierta tensión en mi vida... Ay, aquellos ingleses que me introdujeron por primera vez en Catai, dónde estarán…

Pero este país también cambia, esa velocidad de camión de treinta y siete ejes cargado de plomo pesadito cuesta abajo y sin frenos tiene consecuencias. O tal vez sea el efecto de la ciudad visitada en esta ocasión. Se trata de Shenzhen, una ciudad cuyo crecimiento inmobiliario puede medirse por una densidad de grúas superior al del Madrid preolímpico (aunque el problema de Madrid sea ser siempre preolímpico, ejem), que está en el este, situada junto a Hong Kong y en una de las llamadas zonas económicas libres, esto es, los lugares que Deng Xiaoping se inventó para ir ensayando su sistema de liberalización de la economía camino del capitalismo controlado políticamente. La ciudad es supuestamente rica, claro. Pero, esperen… jo, demos orden al relato, empecemos pues por el principio…

lunes, 4 de abril de 2011

Garantía porcina

Bahrein: pagar por irse

He viajado al golfo por miedo. Bueno, creo. No el mío, sino el de mi compañero de viaje. Él tenía que hacer el viaje y convenció, sin demasiada dificultad, a los clientes de la importancia fundamental de la asistencia técnica en las visitas para conseguir epatar al comprador de turno. El negocio del aluminio, curiosamente, es bastante honesto. Quiero decir: se cumplen bien los compromisos, se paga a tiempo, no hay un exceso de tipos desagradables implicados, nunca un cliente pide que le lleven de putas, y no son práctica habitual los cazos. Lo cual no quiere decir que no existan. Los cazos, quiero decir. Dicho lo cual, dejo a la perspicacia del lector atento adivinar en qué parte del mundo sí existen a pesar de lo noble del sector, que no del metal. Así que difícilmente puede justificarse la necesidad de los asaz longos discursos que este que os escribe es capaz de soltar allá donde un intrépido pero sin duda imprudente jefe de planta o director técnico se acerque a la sala donde se mantiene la reunión con aquel remoto cliente occidental...


¿Miedo yo? Nadie envidia un viaje a la zona en el mes en que Irak tiene elecciones. En Bagdad hay guerra, tú. En Riyadh hay atentados, tú. Coño, había guerra en Sarajevo y turistas en Viena, y Dubai está más lejos de Bagdad que Sarajevo de Viena. O Roma, o Florencia, o Atenas. Y, je, a estas alturas del milenio y viniendo de donde uno viene, ya tiene narices tener miedo a un atentado. No faltó quien me recordara que una falla tectónica pasa por el golfo. Aunque la zona afectada de seísmos suele ser el norte, Irán. Bueno, claro, y que, aunque acá no tengamos prejuicios ni seamos racistas, no dejan de ser árabes, ¿no? Claro, claro.

En estas condiciones, el viaje decidido fue relámpago. Aviones el lunes, Dubai el martes, avión, Bahrein miércoles y jueves, avión, y vuelta de madrugada para estar presentes el viernes al mediodía en Bilbao. ¿Anécdotas reseñables en la liturgia de los aires? A ver:

- en la ida, en la conexión de París y por primera vez en años, no tuvimos que correr. Sin embargo, no me fijé, o bien mi subconsciente no se planteó, en que eso significaba tener tiempo para visitar al menos el lobby del Sheraton que con forma de avión se encuentra plantado entre las terminales 2E y 2F del aeropuerto Charles de Gaulle. No sé qué habría pensado mi querido compañero de mi explicación sobre una famosa película de Brian de Palma en que la protagonista cae por el patio interior rompiendo el cenáculo y que por ahí andaba Antonio Banderas y que... bueno, en fin, ya saben, lo ideal sería visitarlo a las 15:35 horas.

- en la vuelta, con apenas una hora para hacer la conexión sí que corrimos, sí... A pesar del avión bien gordo no nos dieron finger. El autobús fue lento (15 minutos). Hubo que enseñar el pasaporte en la salida del autobus (1 minuto). Hubo que enseñar el pasaporte y la tarjeta de embarque de la conexión para salir a la terminal y poder hacer la conexión (12 minutos). Una carrerita hasta la zona de las puertas de la otra terminal (10 minutos). Nuevo paso por seguridad de equipajes, con pasaporte y tarjeta de embarque (5 minutos, casi no había gente). Oooootra carrerita hasta la puerta. Llegamos al empezar el embarque, mira qué bien. La niebla hizo que el vuelo saliera una hora y media tarde, pero nosotros estábamos supercontentos con nuestra sudada de la ligerita ropa que traíamos puesta de Dubai, a pesar del escaso grado de temperatura que reinaba en la capital de todas las Francias, después de haber corrido como pollos sin cabeza e incluso casi haber atropellado a un par de soldados del ejército francés en el intento de alcanzar la conexión. Puto soldaíto descojonándose en gabacho, la putain de madre que lo parió. Odio el Charles de Gaulle, definitivamente. Si le haces semejante conexión a un francés en España, o si semejante entrada de control de pasaportes la tuviéramos en cualquier aeropuerto del tercer mundo en vez de en la Europa tan requetemodernizada, no sé lo que diríamos. Bueno, tendríamos miedo, claro.

- por motivos de seguridad, los vuelos transcontinentales u oceánicos no permiten el uso de los frigoríficos a bordo para que los pasajeros puedan utilizarlos con determinados fines. Por ejemplo, guardar el caviar comprado en la duty free de Dubai, tan cerca de Irán y con el precio por kilo unos 2000 euros más barato. Yo no compré, claro. ¡No me voy a comprar caviar cuando todavía me falta el armario de la despensa!. Pero en la duty free juraron que a bordo no habría problema. Eso sí, en el avión ofrecieron hielo para guardarlo si queríamos. Digo por si en el futuro os toca la situación... al menos en Air France...

- decididamente, la mayoría de los azafatos de vuelo de Air France tienen una pluma que podrían empezar a volar en plan Howard Hughes, sin motor ni alas. Salvo uno que había que parecía el mismísimo Nicolas Cage, el resto deben adscribirse al tópico ese según el cual las profesiones clásicas de mujeres no las estudian nunca hombres que funcionan del derecho (copyright Manuel Fraga, ese hombre)

- sólo un vuelo con Emirates y otro con Gulf Air, entre Dubai y Bahrein ambos, me hacen pensar que verdaderamente en Europa estamos a gran distancia en lo que a calidad de vuelos, servicio, trato y comida se refiere en los aviones. Los aviones de Air France a esa zona son directamente viejos, y la comparación no se resiste. Aunque nadie viaja vestido de árabe en Air France, creo yo, al contrario que si origen y destino son países del golfo. En Air France, eso sí, se sirven unos licores inigualables que debido a su abundancia e inconmensurable graduación hacen del viaje una experiencia harto placentera, ayudando sin duda a un feliz estado de somnolencia agradabilísimo para quien nunca ve la tele en los aviones. Además, Air France nos asegura mediante un papelito que absolutamente todo lo que se come en el vuelo está desprovisto de marrano, gorrino, puerco, cochino y cerdo. Pour votre tranquilité.






- la duty free de Dubai es indescriptible. Vamos, las tiendas brillan. Hay coches en exposición. Joyas, oro por doquier. Delicatessens de caviar y tiendas de alfombras. Es mejor no ir.


Dubai parece una ciudad norteamericana, aunque algo falle en el diseño... Imagino que es tierra víctima de la especulación, porque los bosques de grúas son inmensos, llenan el horizonte, y la publicidad que habla del edificio más alto del mundo, el que ya se está contruyendo en Barj Dubai (consta de unos siete edificios, de los que ya han empezado los exteriores -que están separados una distancia considerable-, y falta la mole interna que los unirá a todos superando varios cientos de metros y al edificio ese de Taipei que es ahora el más alto del estúpidamente babilónico universo humano). Aunque nos habían anunciado medias de veinticinco grados, pasamos el día entre quince y veinte grados, con muchísimo viento. A la tarde llovió. Hay que considerar que en Dubai llueve entre tres y cinco días al año, por lo que fuimos saludados en todas partes con el querido 'everywhere you go, you always take the weather with you', tan graciosa canción que todos recordamos con cariño de nuestras adolescencias. Y cumpliendo con lo que es Dubai, allí nos recibieron dos personas que no son de allí, nuestros queridos agentes en la zona. Un indio de Goa y apellido portugués que vive en Dubai, que preparaba y concertaba todas las visitas, y un australiano que vive en Yakarta, que aunque conoce el negocio todavía no tengo muy claro qué ha venido a hacer, aunque así hablamos y hablamos del tsunami en nuestros momentos de ocio y cada vez que un cliente pasaba de hablar de curro y fascinado preguntaba por las olas, los volcanes, los seísmos y los vídeos que todo lo graban. En Dubai viven un 78% de extranjeros (los árabes les llaman 'expat', que me suena algo despectivo), porque los emiratís pasan por lo visto de trabajar. Como los que vienen a trabajar son en general hombres, la población femenina es sólo de un 30%. Los bahrainis hablan con más orgullo de su 'bahrainización', y lo dicen en comparación con Dubai (y es que parece que hay cierta competencia entre ambos lugares): ellos sólo tienen un 40% de 'expats'...

Aunque tal vez sea mejor aclarar... Bahrain es un reino independiente, mientras que Dubai es uno de los siete emiratos árabes. Dubai no es independiente, ni siquiera es la capital de los emiratos, que lo es Abu Dhabi, pero sí viene a ser el centro económico, y tiene muchas prerrogativas propias. El emir mantiene un poder importante, aunque haya cosas cedidas al gobierno del país. Todos los países de la zona (Kuwait, Aabia Saudí, Omán, Qatar, Bahrein, Emiratos) forman el GCC, una especie de confederación de gobiernos del golfo y dicen comportarse como una comunidad única. En diálogos así, los occidentales no decimos ni mú. Dejamos que hablen ellos y que nos digan lo que quieran de su Irak y su Irán y sus Estados Unidos, no vaya a ser. Como mucho, hablamos de Andalucía, Córdoba y Granada (mainly). En fin. Emiratos y Bahrein ganaron su independencia en los 70, cuando los ingleses decidieron de una puta vez que ya estaba bien de extorsionar con tanta claridad, y que era mejor hacer negocios 'de igual a igual', ja. Ambos países han vivido del petróleo, pero las reservas de Bahrein son escasas y tienen un mercado más diversificado. Además, en Bahrein lo descubrieron en los 30 (allí está la refinería más antigua de la zona) y en Dubai en los setenta. La consecuencia es que Dubai ha vivido un crecimiento económico impensable. Son países además muy amantes del comercio y muy poco de pedir impuestos a las empresas que inviertan o pasen por allí. Eso sí, son monarquías absolutas dirigidas por familias reales. En Bahrein, todas las empresas tienen cuatro fotos de los dirigentes, siempre en el mismo orden, a saber:

- el príncipe hijo del rey
- el primer ministro, tío del rey y hermano del anterior rey
- el rey
- el padre del rey, muerto hace pocos años.

Claro, ante tanta foto igual en todas partes, tienes que preguntar y así te enteras. Lo gracioso es que si cae en tus manos alguna revista que hable de ellos, las fotos les muestran también en el mismo orden. O eso es esquizofrénico o ya empiezo a confundir las caras.

Pero claro, no es posible, supongo, mantener este absolutismo y los negocios con los occidentales sin unas costumbres algo más relajadas que las que lleva el gran hermano saudí.

Ese mi compañero de viaje sacrifica lo debido por los negocios, claro. En una demostración de incoherencia, y contando con el beneplácito de los clientes, pidió y obtuvo de uno de ellos una cierta cantidad de muestras de la competencia para que pudiéramos analizarlas. ¿Incoherencia? ¿Y eso por qué? Fundamentalmente porque dichas muestras consistían en varios bloques de metal cada uno de más de un kilo de peso, de forma cilíndrica, de aspecto decididamente sospechoso. Así que ante mi negativa a llevarlos yo mismo (‘pasemos por una empresa de mensajería’) él opuso un mohín de desaprobación de jefe desengañado con las virtudes sumisas de su empleado. Hasta que llegamos al control de seguridad del aeropuerto, esos rayos X que todo lo dicen de nosotros porque nosotros somos nuestra maleta y nuestra maleta es nosotros, y un señor policía árabe de dos metros de envergadura y un bigote con el que se podía barrer el desierto desde Wadi Rum hasta Damasco, le pidió amablemente, no diría yo que exento de una mirada de delectación ante la posibilidad de haber detectado al occidental delincuente de turno, que le acompañara a solas hasta una puerta solitaria decididamente aterradora. Veinte minutos más tarde, sin rasgaduras en la camisa ni estar despeinado, mi querido compañero y sin embargo jefe se reincorporó al embarque. La explicación final habló de un amigable diálogo sobre nuestros productos, sobre los catálogos que llevábamos, la tarjeta de empresa, lo bonito que es el desierto, lo árabe que es España, jají jajá. Pero, ya saben que no hay nada más peligroso que entender las miradas. Y la del policía, al volver, revelaba una tranquila calma que desde aquel día me acompaña en mis noches más tenebrosas.

Viaje realizado en enero de 2005
Distancia Nueva York - Dubai - Bahrein: 11.481 kms