Por supuesto. Una cosa es que a uno le fascinen determinados períodos históricos, o le parezcan especialmente importantes el conocerlos por aquello del valor pedagógico de las cosas a no olvidar. Y otra es que seas alemán o berlinés y tengas que vivir con ello sin acabar hasta el parrús. Así que NeoBerlín, fundada hace 16 añitos, está lanzada en busca de yo no sé lo qué, pero…
miércoles, 17 de marzo de 2010
NeoBerlín (y iii/iii)
Por supuesto. Una cosa es que a uno le fascinen determinados períodos históricos, o le parezcan especialmente importantes el conocerlos por aquello del valor pedagógico de las cosas a no olvidar. Y otra es que seas alemán o berlinés y tengas que vivir con ello sin acabar hasta el parrús. Así que NeoBerlín, fundada hace 16 añitos, está lanzada en busca de yo no sé lo qué, pero…
viernes, 26 de febrero de 2010
NeoBerlín (ii/iii)
Estéticamente es sencillo rastrear la división de la ciudad. No es que hagan gran apología de ello. De hecho, no quedan demasiados restos del muro en pie –aunque sí suficientes-, y la línea que dibuja en el suelo por donde pasó la pared de 1961 a 1989 es cuando menos discreta. Hay en el centro tres memoriales importantes al muro en sí, en Bernauerstrasse, con el Museo del Muro, en Niederkirchnerstrasse, donde se aprovecha para la exposición al aire libre de la Topographie des Terrors (que es en alemán y que sólo tiene publicidad de audioguías en otro idioma: ¡castellano!), y en Friedrischhain, el llamado East Side Gallery, ahora simple galería de exposición de graffitis. Desde la torre de la televisión se aprecia muy bien el barrio estalinista construido en los cincuenta, con las viviendas prefabricadas, que se desperdiga alrededor de Alexanderplatz hacia la Karl Marx Alle (que en su día fuera la Stalinalle).
La historia pesa en Berlín. Acá se proclamó el final de la misma, cuando cayó el muro, Alemania se reunificó, y el comunismo desapareció. Ya saben, fin del viaje, ha ganado el sistema capitalista, las confrontaciones han muerto, las dialécticas también, vámonos todos a la Love Parade, yeah!. Antes, durante los años 40, se produjo la destrucción de la ciudad, posiblemente una de las más sistemáticas y fotografiadas (durante y después) de acaecer, y que en esa historia después mal asesinada se relaciona con la máquina exquisitamente diabólica que gobernó el país durante la época nazi. Las postales del Berlín antiguo siguen en los estancos y librerías, y me atrevo a decir que son de las más exitosas, puesto que casi abundan más que las fotografías actuales de la ciudad. Estas fotos antiguas se centran en tres momentos: antes de la guerra (con la Gedächtniskirche completa, o unas irreconocibles Alexanderplatz y Potsdamerplatz trufadas de edificios neoalgo y circuladas por coches de época), durante la guerra, sin escatimar ruinas o edificios en llamas como las catedrales alemana y francesa o el Reichstag, y las relacionadas con el muro de Berlín (su presencia fotográfica o los días en que se derribó).
domingo, 14 de febrero de 2010
NeoBerlín (i/iii)
Cinefilia, pues
No es demasiado fácil rastrear el glorioso pasado fílmico de Berlín. Acá estaban los estudios de la UFA, acá surgió el expresionismo alemán, acá se atreven a decir que el cine lo inventaron dos hermanos franceses y dos hermanos alemanes (¡!) de ignoto nombre en 1895. Lo dicen en el Filmmuseum de Potsdamer Platz, posiblemente el mejor ejemplo de la nueva museística que invade Berlín, que sigue un cierto postmodernismo interactivo que busca sorprender al visitante más que hacerle aprender algo. O bien usa esos medios para hacerle aprender, no tengo claro el concepto todavía... Este museo es lugar dedicado al repaso cinéfilo y algo superficial de la historia del cine alemán, pero donde meterse en una sala de espejos del Caligari, o entre los edificios de Metrópolis, o disfrutar de los posters originales de las obras maestras del expresionismo, o caer rendido en una sala adaptada a la colección de trajes de Marlene.
(continuará)
miércoles, 6 de enero de 2010
Si paseas a la noche
Si paseas a la noche por los pórticos de madera del barrio francés de Nueva Orleans, verás vampiros. Muchachos solitarios vestidos de negro, con largas cabelleras lacias hasta la cintura, capas, botas, cinturones de calavera y maquillaje blanco. Antes, si sólo eres turista, habrás visitado los mercados del vudú: pequeñas tiendas recatadas donde inquietarse con las patas de gallina, las cabezas humanas reducidas o los escrotos disecados de toro. Y adivinar qué sucederá en los locales donde sólo los iniciados tienen entrada.
De día, el paseo te revelará las hermosas balconadas de hierro colado de estilo español, las calles con la historia de mil conquistas e incendios en apenas pocos cientos de años de historia, las viejas casas inclinadas donde salas de conciertos animarán con el jazz inacabable las tardes sudorosas. Sudarás porque en Nueva Orleans todo es caluroso e inquietante. Comerás extrañas sopas y pescados criollos y cocina cajún, donde el picante se llevará el olor de un marisco que ya no viene del Mississippi. El río, sus barcos de ruedas, su sucia inmensidad y olor, algo lejanos, no se sienten desde el centro. El Mississippi vive debajo de la ciudad. Por ello los cementerios se construyen sobre tierra, para que no arrastre una vez más los cadáveres. Y así verás, y tocarás, y dejarás tus relicarios, en las tumbas de las reinas del vudú o en los panteones de Easy Rider. Leerás en las lápidas la historia de la ciudad junto a la estatua de Louis Armstrong.
En Nueva Orleans hay todavía tiendas de muñecas de porcelana, y al abrir la puerta de madera para entrar, parecen crujir la ciudad entera y tu propia vida. En Nueva Orleans hay todavía muchachos negros ahitos de drogas que piden dinero bailando claqué sobre las alcantarillas o tocando la trompeta. En Nueva Orleans está Bourbon Street, donde, con el Mardi Gras de carnaval, verás conciertos, disfraces, beberás en la calle, entrarás en los peepshows, y las muchachas y los muchachos se desnudarán por un rosario de cuentas lanzado desde los balcones por la masa masculina bebida y descerebrada.
Se diría que la mayor vida de Nueva Orleans la otorga la presencia de la muerte. Larga vida, pues, a la ciudad más extraña de la América impenetrable del Sur. La ciudad de Ignatius J. Reilly y Louis du Pont du Lac.
Crónica publicada en Aux Magazine #11 (feb/mar 2005)
Viaje realizado en febrero de 2001.
De día, el paseo te revelará las hermosas balconadas de hierro colado de estilo español, las calles con la historia de mil conquistas e incendios en apenas pocos cientos de años de historia, las viejas casas inclinadas donde salas de conciertos animarán con el jazz inacabable las tardes sudorosas. Sudarás porque en Nueva Orleans todo es caluroso e inquietante. Comerás extrañas sopas y pescados criollos y cocina cajún, donde el picante se llevará el olor de un marisco que ya no viene del Mississippi. El río, sus barcos de ruedas, su sucia inmensidad y olor, algo lejanos, no se sienten desde el centro. El Mississippi vive debajo de la ciudad. Por ello los cementerios se construyen sobre tierra, para que no arrastre una vez más los cadáveres. Y así verás, y tocarás, y dejarás tus relicarios, en las tumbas de las reinas del vudú o en los panteones de Easy Rider. Leerás en las lápidas la historia de la ciudad junto a la estatua de Louis Armstrong.
En Nueva Orleans hay todavía tiendas de muñecas de porcelana, y al abrir la puerta de madera para entrar, parecen crujir la ciudad entera y tu propia vida. En Nueva Orleans hay todavía muchachos negros ahitos de drogas que piden dinero bailando claqué sobre las alcantarillas o tocando la trompeta. En Nueva Orleans está Bourbon Street, donde, con el Mardi Gras de carnaval, verás conciertos, disfraces, beberás en la calle, entrarás en los peepshows, y las muchachas y los muchachos se desnudarán por un rosario de cuentas lanzado desde los balcones por la masa masculina bebida y descerebrada.
Se diría que la mayor vida de Nueva Orleans la otorga la presencia de la muerte. Larga vida, pues, a la ciudad más extraña de la América impenetrable del Sur. La ciudad de Ignatius J. Reilly y Louis du Pont du Lac.
Crónica publicada en Aux Magazine #11 (feb/mar 2005)
Viaje realizado en febrero de 2001.
Foto: Michael Terranova
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