miércoles, 30 de junio de 2010

Under African Skies

Miriam Makeba (vía The Sydney Morning Herald)


Ahora que Sudáfrica está de moda, he recordado que visité el país hace ya un tiempo… Fue un viaje laboral, organizado con miedo y prisa por la empresa, y su principal característica era su rápida resolución. Aprovechando que los vuelos a Sudáfrica son nocturnos, sólo dos noches de hotel aseguraban tres días de trabajo a pleno rendimiento, con la mínima ausencia necesaria de los hogares donde esperan los niños, pesadilla, excusa, (¿bendición?), de la vida a partir de cierta edad. Por su lado, la búsqueda de tarifas aéreas más baratas me obligó a sufrir terriblemente y tener que pasar dos días enteritos en Londres con gastos pagados. Algunos hemos nacido para penar, qué se le va a hacer.

No es suficiente pasar una noche en Johanesburgo y otra noche en Nelspruit (un nombre de sonoridad verdaderamente afrikáner, y hoy sede de partidos del Mundial) para juzgar cómo es Sudáfrica y cómo son los sudafricanos. Para saber si los tópicos se cumplen: ¿realmente es Johanesburgo tan peligrosa? ¿colea de alguna manera el racismo? ¿la penosa situación médica que dicen los diarios es real? Sudáfrica es un país extraño. A los ojos del visitante recibido por blancos para hacer negocios, todo está controlado y es similar a lo que uno puede ver en otros países de los llamados desarrollados. Grandes autopistas e infraestructuras, buenos restaurantes y hoteles, bonitas tiendas de souvenires estupendos y exóticos a más no poder. Llama sobre todo la atención lo barato que es todo. Una noche en hotel de lujo junto al parque Kruger -el gran parque nacional del país donde puede visitarse toda la fauna megagrande que uno imagina en África- apenas cuesta 35 euros. El plato más caro en un restaurante de lujo no llega a los 7 euros. Y, sin embargo, en estos restaurantes, los negros, que son el 85% de la población, no comen, sino que sólo sirven mesas. En los vuelos internos uno está rodeado de caucásicos blanquísimos: los negros no vuelan. No, según dicen, ni siquiera hay transportes públicos, con la excusa de la seguridad. Si los negros tienen que moverse, simplemente andan, como si fueran Michael K. Los ves en las carreteras, en las autopistas, esperando que pase algo, normalmente solos, a veces en grupos pequeños, andan lento, por un paisaje verde aunque no fresco: es septiembre, el final del invierno, y, aunque dicen que es inusual, hacen 25 grados en Johanesburgo y 30 en Nelspruitt. Hay racismo, claro está, pero inicialmente sólo vemos el basado en economía. Visitamos empresas y nos saludan los gerentes, los directores financieros, los ingenieros que tienen carrera. Todos son blancos. Pero en planta trabajan negros, con jefes de planta blancos. Una de las empresas tiene un cierto aire colonial, con un edificio de relativo lujo -oh, sí, aire acondicionado cerca de la jungla, adornos de caza, una arrogancia british flotando en el ambiente-, rodeado de gran vegetación. Mientras nos reunimos, todos blancos, un negro pone la comida, otro retira los vasos usados, otro limpia la ventana por el exterior. Nos invitan a cenar: el gerente acosa a los camareros negros, les hace sacar continuadamente botellas de vino: first, this, second, that, then, the other, y yo me acuerdo de James Cagney en el 'One, two, three' de Billy Wilder vendiendo refrescos de cola en el Berlín Occidental. Devuelve un plato que le sirven porque no es la casseroule que él quería que fuera... this is nasty, awful... aunque luego se deshace en elogios delante del maitre del steak medium rare que pide que le sirvan, disgustado y sin querer el plato anterior. Eso sí, el maitre es blanco...

¿Es el país inseguro? Hay control de seguridad en una garita instalada unos dos kilómetros antes de entrar en coche en el hotel, una instalación tipo resort llamada Caesars, de la misma cadena que el famoso casino de Las Vegas, hecho a su imagen y semejanza, igual de espantoso, con tiendas de lujo, exóticas y un casino. Y que, a fin de cuentas, te encierra en una cárcel. Cuando conducen, cierran siempre los dispositivos de seguridad, aunque sea para un trayecto pequeño. Pero poco más veo. No noto excesiva presencia policial, a pesar de que son días en que Tony Blair y compañía han estado por acá, de cumbre medioambiental que en pocos meses se olvidará convenientemente.

De Johanesburgo volamos a Nelspruit en uno de los aviones más pequeños en que nunca he viajado, en dura competencia con algunas avionetas para vuelos locales que a veces le toca sufrir al viajero. Nelspruitt es pequeñita y capital del sur del parque Kruger (la región se llama Mpumalanga). Se ven menos negros acá, incluso gran parte del servicio es blanco, dando la sensación de que esto es un valor añadido, como esos moteles americanos que ponen sus neones de 'american owned' como valor añadido frente a los hoteles regentados por indios. No se come nada mal, aunque nos llevan a restaurantes de comida europea, italiana, francesa, o –mira por dónde a 10000 kms de casa- 'mediterranean fusion', y queda en el aire saber si esto es lo que comen habitualmente nuestros anfitriones. Lo digo porque en un lunch informal en una de las empresas nos pusieron unos bocaditos con comida dulce y salada mezcladas que fueron simplemente espantosos y que por un tiempo me llevaron a pensar en las peores experiencias gastronómicas chinocoreanas que he tenido.

La vuelta de Nelspruit a Johanesburgo sí que fue divertida. Se levantó tormenta interesante camino del aeropuerto. Nunca había facturado tan tarde, sólo cinco minutos antes de salir el avión. Claro que hay que ver el aeropuerto: más o menos tan grande como el salón de una casa, con cuatro sillas y un miserable mostrador. Decían estar haciendo uno nuevo, lo cual el señor Mundial agradecería: en su día, al ser la pista bastante pequeña el piloto, al aterrizar, se asegura de que no se le acabará la pista con un movimiento vertical de descenso en los últimos veinte metros que repercute directamente en las posaderas del viajero con el consiguiente susto, gusto y disgusto. Pero el despegue ventoso fue más bonito. Anochecía. Nos aseguraron que si seguía el viento y se hacía de noche no despegaríamos, porque la pista no tiene iluminación. El indicador de viento estaba henchido. Uno de nosotros, en hábil uso del idioma patrio, dice en voz alta: 'mira qué hinchado está el condoncillo', provocando miradas de un par de viajeros de pinta terriblemente wasp (¿sabrán castellano? ¿han entendido lo del little condom? ¿habrán veraneado en Benidorm?). En esto que viene el piloto y con una profesionalidad a prueba de bombas y como muy de Bilbao, nos dice que lleva treinta años haciendo esa ruta, conoce esas tormentas, y está seguro de que habrá periodos de calma. Basta con que cuando haya uno de ellos... corramos hacia el avión para hacer el embarque en tres minutos y salir a toda leche... Cosa que al final sucede, el pasaje corriendo hacia el avión por la pista en medio del polvo del sur, el vuelo sale y es tranquilísimo y sin problemas. Pero con los nervios a flor de piel, el personal se pone a despachar latas de cerveza que da gusto y llega entre risas a Johanesburgo.

Poco más, penosamente, puedo decir de Sudáfrica. Que fue un viaje demasiado paliza, tantos kilómetros en sólo cuatro días, aunque por lo menos no hay excusa por el jetlag, que es la misma hora acá que allá. Que como siempre, es una pena no haber visto más, al menos algo del Kruger -aunque a mí los animalitos o animalotes no me suelen decir mucho- y sobre todo, Ciudad del Cabo, one of the most beautiful cities in the world, dicen ellos. Y sí, que no me apetecería vivir aquí. Siendo blanco, parece que se puede vivir de puta madre, y eso en mi opinión parece empeorarlo, sobre todo cuando algún inmigrante (australiano en este caso) te lo comenta. Aunque con prudencia un tanto hipócrita: el gobierno tiene disposiciones políticas para que los negros puedan acceder a puestos de mayor responsabilidad, ostentar más del 51% del accionariado de las empresas...

Ah, claro. ¡Londres! Ciudad que tras Alan Moore soy incapaz de visitar sin fijarme en las miles de iglesias espantosas llenas de obeliscos fálicos y francmasones que tiene. Mismamente detrás de San Pablo hay tres de ellas alineadas como en confabulación neotemplaria. Je. Y es curioso que esta ciudad nunca se acaba, siempre hay flecos de visitas anteriores. No había estado nunca en el mercado de Covent Garden, para ver por donde se paseaba el asesino de Frenesí. Ni en el Forbidden Planet de New Oxford Street, donde estuve viendo comics modernísimos e ignotos y me sorprendió la enorme sección de comic japonés y que la mayor parte del público fuera precisamente oriental, y no necesariamente en la parte de manga/anime. Y, sobre todo, tuve la revelación Harrods. Me dije yo a mí mismo: vete a Knightsbridge y te paseas por el centro comercial ese donde venían a comprarse la ropa las neguríticas hermanas mayores de tus compañeros de clase del colegio después de abortar... Y yo que me esperaba una cosa cutre como El Corte Inglés, voy y me encuentro con un centro de mucho más lujo, pero igualmente hortero y kitsch, con un lugar increíble llamado 'The Aegyptian Scalator', una escalera mecánica rodeada de barrocos y egipcios motivos decorativos, que culmina en el lower ground floor con el increíble 'The Dodi & Diana Memorial'. Señores: un retrato de Dodi y otro de Diana, ambos en marcos dorados, presiden una pirámide transparente donde se encuentran dos mementos de la llorada pareja. Uno de ellos, el anillo de compromiso que Dodi le regaló la noche anterior al accidente, un espantoso amasijo de brillantes que dudo que Diana pudiera llevar en la mano sin sufrir luxación de falanges. Y el otro, una impresionante copa tapada con una plaquita que al parecer no son sino los restos del vino blanco que la noche fatídica degustó la pareja feliz en aquel restaurante de París. Restos, desde luego, pegados asquerosamente a las paredes de la copa, y con un aspecto ciertamente infumable. Después de mi carcajada necesito tapar mi sonrisa cuando un hombre joven, árabe, me pide todo serio que por favor le haga una foto viéndose el Memorial detrás de él, después de preguntarme si eso estaba permitido. Qué cosas, me pregunto... pero le hago la foto, claro.

El (terrible) Memorial, vía aquí.



Viaje realizado en septiembre de 2004

Distancia Oviedo - Johanesburgo: 8448 Km.

domingo, 23 de mayo de 2010

Asturias (y ii). La provincia

Si Asturias es terreno un tanto inabarcable de por sí, imaginen si apenas se dispone de cinco días. Sólo puede picotearse, imponiéndose además la lógica de los agotadores kilómetros por carretera. Si esta además se ve alterada por las caravanas propias de la Semana Santa, las dificultades son mayores. Aunque nuestra mayor retención no fue debido a las vacaciones de la santa clase media, sino a la autoridad (ya les cuento más tarde).

El espectáculo natural propiamente astur más obvio es el Parque Nacional de los Picos de Europa. Y entre lo mucho a escoger por ahí, la discontinuidad ontológica de la meteorología cantábrica, las lesiones en las piernas, y la falta de costumbre montañera, nos llevaron sólo a un paraje no por conocido menos bello, los lagos de Covadonga. Había yo mismo subido hacía 17 años (¡¡¡DIECISIETE AÑOS!!!), y recordaba una carretera sinuosa, un tráfico infernal de subida y bajada, varios tensos momentos junto a extensos precipicios y un coche más adecuado para la función de subir a esos más de mil metros de altura prácticamente desde el nivel del mar.


Esta vez, amaneció un miércoles santo primaveral y azul, y los ánimos eran buenos. El camino sigue siendo estrecho y endiablado, los precipicios no se han ido, los quitamiedos parecen haberse multiplicado, pero además no había casi tráfico, la ascensión es tranquila, y las infraestructuras son mejores. Un par de bares donde antes creo recordar sólo había refugios, una conexión con pistas y escaleras entre ambos lagos, y hasta… ¡¡hasta taxis!! ¿No me creen? Pues…


Arriba el viento es mucho, pero el lugar permanece espectacular y manteniendo cierta adorable virginidad en la que los rastros del ya incontrolable paso humano no parecen enormes a mis ojos inexpertos. Al bajar, de nuevo con tráfico tranquilo, la primavera da paso a un cielo cerrado y un inicio de lluvia pertinaz. Que fastidió la posible visita a Cangas de Onís (donde el puente romano nos fue esquivo, y cansados nos fuimos para acabar viéndolo por sorpresa desde el coche), y en Ribadesella literalmente nos expulsó de puerto y playa a golpes de viento huracanado. No obstante, el centro es practicable aunque sea bajo el aguacero; soportales, algún palacete, casas y calles reconstruidas. Y frente a tales embates del tiempo, sólo nos quedó volver a Oviedo y dejar de sufrir agua en el exterior y disfrutarla en el interior (en forma de spa). Esto de lluvia descontrolada, que no fue precisamente pura maravilla, a pesar de todo, nos fastidió incluso más que la autoridad….


Otros días la meteorología fue más amable. Así, pudimos disfrutar de un Cudillero luminoso, primaveral, lleno de gente, que con sus calles estrechas, su puerto aislado por la montaña escarpada, y sus casas ascendiendo por las laderas se nos antojó un SuperElantxobe, con el que comparte tradición pesquera y encanto tradicional. Es no obstante bastante más turístico. Entre Cudillero y Muros del Nalón pasamos por varias playas ‘con encanto’, con rocas y mareas bajas, y de repente el tiempo se torna desapacible, un ligero calabobos aparece y hay viento. Paramos en Candás, un pueblo costero entre Avilés y Gijón, y las nubes se han despejado y es posible pasear por la playa y hasta hace calor.


Esta locura de tiempo atlántico debiera sernos reconocida, pero ciertamente tanto cambio en tan poco tiempo resulta agotador. El paseo costero termina en Villaviciosa, donde el pueblo alejado del mar resulta de interés. Además de iglesia y palacios, reclama ser la primera ciudad española en la que Carlos V puso pie (para reinar, claro), también tiene un bonito mercado y, muy cerca, pasamos por la fábrica de Sidra El Gaitero, de la que me atrevo a decir que tiene más encanto en su edificio industrial casi centenario que en el contenido de las botellas de su producto. La fábrica está camino de la playa de Rodiles: tuvimos que decidir entre las dos riberas de la ría de Villaviciosa, y escogimos el lado oriental. La playa del final de la ría resulta espectacular, con su longitud importante, su bosque (que me temo sea colonizado por campistas deseosos de barbacoas en el más crudo verano), la desembocadura, la isla de árboles en medio del río.


¿Y la autoridad?

Bueno, la autoridad ha cambiado mucho en este país, tanto en imagen como en formas. La Guardia Civil ya no son dos señores con bigotón, de cierta edad, y malas pulgas a raudales. La Guardia Civil en esta ocasión fueron cuatro muchachos veinteañeros de excelente ver, muy serios pero respetuosos. Nos pararon a la salida de Cudillero. En un principio sólo pidieron documentación del coche, pero (sospecho que) al descubrir la procedencia del vehículo comenzó el carrusel. En medio del cual la radio les informó de que ‘esta persona no tiene causa pendiente’. Pero no por ello terminaron la labor. Con un agente junto a cada uno, con otro en la radio y otro permanentemente junto a la puerta del conductor, nos cachearon por completo, nos registraron maletero (interesantes botellas de sidra y quesos astures que decepcionaron sin duda al señor representante de la autoridad), asientos, bandoleras e incluso la cartera, donde se enteraron bien de qué fotos llevaba o qué dinero me quedaba para terminar las vacaciones. Que todo ello sucediera a pesar de ‘no tener causas pendientes’ o (sospecho que) por venir el coche de Bilbao indica cierto bordear la legalidad, aunque más profundamente indica otra cosa: miedo oculto bajo presunta confianza. Parece que, no obstante, estábamos limpios. No hubo saludo reglamentario al despedirnos, ni reconocimiento de servicio público. No es la más tensa que he tenido, incluso hacía tanto que no me paraban en un control que hasta sirvió de revival, pero no estaba seguro de siguieran existiendo así.

Distancias Oviedo-Covadonga-Ribadesella-Villaviciosa-Candás-Cudillero-Oviedo: 303 km
Comer en Cangas de Onís:
Pulpo, cabrito, y queso gamonéu. Excelentes.








jueves, 6 de mayo de 2010

Asturias (i). Las ciudades ( y ii)

Una visita cultural por Oviedo resulta clásica al estilo castellano. Una buena catedral, que con sus edificios colindantes toma una gran extensión. Facultades universitarias de anciano origen, con claustros tranquilos para el estudio antiguo. Piedra, pero también un aspecto encalado. Viejas plazas. Iglesias. Y esculturas a cascoporro, por doquier, donde mires. Lamentablemente, el Museo Arqueológico está cerrado por restauración, y la Catedral, la de la torre de Clarín, no nos inspira lo suficiente como para pagar por la Cámara Santa y el claustro. Dentro del templo, a pesar de los infinitos parabienes de las guías (o precisamente por eso), no encuentro nada destacable, salvo el magnífico retablo, dotado de varias calles para albergar más de 20 escenas de la vida de Jesucristo. Wikipedia les cuenta la historia del asunto. Obviamente, no puede disfrutarse bien salvo iluminándolo mediante moneditas, procedimiento que por mucho que esté superado turísticamente en el país, sigue encajando bien en la psique de la Santa Madre Iglesia, ¿no?
El casco antiguo de Oviedo conserva encanto medieval y renacentista de calles, cantones, arcos y palacios. Las plazas más chic resultan ser las del Fontán (porticada, pero pequeña para una plaza Mayor, de modo que resulta muy coqueta) y la de Daoíz y Velarde (dotada de un sorprendente Mercadona, céntrico y unfructuosamente respetuoso con la fachada y sus ornamentos), ambas contiguas. El mercado está en la zona, y es (modestamente) modernista y resulta un curioso viaje repentino al Mediterráneo y a la modernidad.
Si hay un monumento verdaderamente excepcional en Oviedo, este es Santa María del Naranco. La falsa iglesia, antiguo palacio de los reyes astures que frenaron a los árabes, está a dos kilómetros del centro, en una ladera que domina una vista impresionante de la ciudad y el macizo montañoso que la acoge.
Tiene unos horarios horribles, y su visita es guiada o no es, lo cual se entiende dado que es edificio antiguo, frágil, no muy seguro, y, aunque su altura impresione y fuera ideado como salón real, su planta es pequeña. El recuerdo de fotos de mis libros de texto me induce algo de respeto por un edificio que seguramente será la construcción civil más antigua de España que se conserva completa. Me gusta que a sus alrededores se acceda con libertad; desde la carretera puede cruzarse el prado verdérrimo, respirar ante su elegancia sutil, y tocar la piedra vieja.
Desde allí también se accede a San Miguel de Lillo, que aunque está también considerada joya del prerrománico astur, se conserva en peor estado, y su reparación doscientos años después de su construcción no la dejó bien parada. Aún así, rota y pesada y rastro de un tiempo mejor, parece una pequeña y vigorosa fortaleza cuyo orgullo le impide caer.
Y queda Avilés. ¿Y quién espera algo de Avilés? Seguramente nadie. Pues bien, ese nadie no está bien informado. Con la fama que le precede, esperaba que Avilés fuera una suma de Sestao y Barakaldo, dominado por la estela de la reconversión industrial junto a un brazo de mar, y en la que dependiendo del esfuerzo por la conservación del patrimonio industrial (y el civil asociado al mismo, como las casas de obreros, por ejemplo), podría rascarse algo de interés. Pero no. Aunque en la larga entrada a Avilés junto a la ría las dársenas de Ensidesa siguen presentes, y aunque ahora mismo están construyendo allí una cúpula blanca moderna y gigantesca que resulta ser obra del viejísimo Oscar Niemeyer, el interés está en un coqueto doble barrio antiguo, dividido en una zona aparentemente más señorial y otra más tradicionalmente más pesquera.
En la zona señorial abundan los soportales, que son múltiples y de infinitos estilos, y que permiten pasear entre la lluvia asturiana (que, tras múltiples demostraciones no solicitadas de fuerza, me pregunto si no sería la primera responsable de echar al moro de la tierra) con algo de tranquilidad. El pueblo andaba revolucionado, pues era día de procesión, y pequeños pasos como los habituales en la costa cantábrica esperaban aparcados entre columnas. Algún palacio ecléctico como corresponde a un buen indiano asomaba entre estos porches de estupenda conservación, que en algunos casos conservan la zona para animales y la zona para humanos con sus diferentes suelos, y, lamentablemente, el supuestamente interesante Parque Ferreira estaba cerrado por ‘vendaval’ (¿?). En fin, moviéndose hacia el barrio pesquero se encuentra la Plaza del Mercado, una joya por su rareza: muy elevadas columnas de hierro soportan miradores porticados de inspiración marinera, y un edificio central debe cumplir las funciones de mercado tradicional. Y desde la plaza se puede subir al barrio e iglesia central de la antigua zona pesquera de esta ciudad coqueta que un día se vio arrastrada por la industria, que le cambió su reputación para siempre.

Comer en Oviedo:
Restaurante Sidrería Tierra Astur
Tabla de quesos y chuletón a la piedra (ambos maravillosos). Sitio popular, con barra y mesas, servicio rápido y amable que no hace más que llenar los vasos de sidra. Peligro de cogorza.

Restaurante La Taberna del Zurdo
Tortilla abierta de bacalao, tataki de salmón, pixín frito –viene a ser medallones de rape a una romana ligera-. Aunque todo es altamente moderno, resulta de calidad y precio excelentes

Restaurante La Goleta
Anchoas, bacalao a la brasa, alcachofas con almejas. Excelente calidad, pero muy caro y de ambiente –imitando un barco- y servicio envarados. Mesa pijovieja al lado, con dos machos alfa, dos señoras y una joven. En su conversación, impuesta a todo el local y llena de anécdotas del alto Madrid, recuerdan a Arturo Fernández.

Restaurante Faro Vidio
Sushi con foie (curioso), lechazo a la sidra (bueno), verduritas plancha (pasadas). Se publicitan como poseedores de una joya: un chaval de 18 años hijo del jefe y que estudia ahora mismo con Berasategi. Tendrá que trabajar mucho…

Distancia Oviedo-Avilés-Gijón-Oviedo: 93 kms.






martes, 27 de abril de 2010

Asturias (i). Las ciudades (i)

Todo el norte se parece aunque todo el norte sea distinto. Viajar a Asturias desde Bilbao con un sevillano que lleva la promesa de que Asturias es la belleza del paisaje vasco pero agigantada resulta estimulante y frustrante. Tal vez, para quien no tiene costumbre, vistas una montaña, una playa agreste, unas colinas verdes, vistas todas. Pero, aún siendo yo mismo primo norteño, no he podido sino comparar de continuo, cometiendo el error que Bruce Chatwin achacaba al viajero no solitario.

Como Bilbao, Oviedo y Gijón están dominadas por montañas, aunque estas se hacen evidentes más bien en sus afueras, y no desde el mismo centro. Además, estas montañas no tienen comparación. Elevadas, escarpadas, nevadas en abril, prometen pasos más difíciles y aventuras más largas. No asfixian el crecimiento de las ciudades, lo suyo es vigilancia natural, y no invasión por parte del espacio urbano. Una visión que explica que se les llamara montañas de Europa al ser avistadas, supongo que a gran distancia, desde el mar.


Pero ambas ciudades respiran muy distinto. Oviedo es señorial, de aire patricio un tanto rancio, como si la sombra de Vetusta no se fuera, aunque ahora la heroica ciudad esté impoluta hasta una higiene excesiva, o como si su escasamente mayor cercanía a Castilla pesara en muros, palacios, catedral. Tiene dos cosas que se tornan molestas. Una no debería serlo: la inmensa e incongruente cantidad de esculturas de la ciudad, resultado de una inversión imagino que enorme en los años noventa, periodo de realización de la mayoría de ellas.

Uno puede empezar animado por Woody Allen, por el culo o la maternidad boterianas. Pero no poder andar sin que surja un nuevo gesto atrapado en bronces me abrumó. La información turística dice que Oviedo es la segunda ciudad española en número de escultura urbana, después de Barcelona. Claro que esta le supera en diez veces su población.

La gente se refugia ante la furia de los elementos alrededor del culo de Botero

La segunda molestia es sonora. Al alojarnos en Oviedo, no sé si sucede en otros lugares. Pero no parece normal que las campanas de la iglesia cercana al hotel tañeran cada mañana a los sones de Asturias, patria querida, en sombríos metales que me causaron incredulidad el primer día y estupefacción el siguiente al oirlos repetidos. ¿Costumbre de Semana Santa? ¿Nacionalismo musical? Curiosamente, para un visitante, Asturias puede permitirse como madre oficial de la patria que es hacer uso y abuso de sus signos y símbolos distintivos sin peligro aparente alguno de demonización nacionalista. O eso parece. Tal vez sufran más de lo debido la paternalista asociación monárquica, la de los pastelitos Letizia, la del bonito-cariño-más-especial, y ese vulgar tañir de campanas sea una especie de condena.
Gijón respira distinto. Al contrario que sus hermanas geográficas San Sebastián y Santander, sus playas no parecen haber registrado aristocracias ni visitas de mandatarios a tomar los baños. La playa de San Lorenzo desaparece sorprendentemente en apenas unas horas por efecto normal de las mareas, y no la jalonan palacios ni casonas. La playa de poniente aparece entre puertos de diferentes tipos al otro lado de la ciudad, que en una península que en su día fue isla tiene el cerro de Santa Catalina con las infinitas posibilidades fotográficas del Elogio del horizonte de Chillida.

Pero más allá de la evidencia industrial del puerto, de los inmensos depósitos de productos químicos en el horizonte de sus montes cercanos, nada recuerda especialmente a la ciudad digamos liberal, digamos rebelde, que apuntan sus ilustrados, o su historial obrero.

Tal vez un mayor movimiento en las calles, tal vez un mayor desenfado en las gentes. Pero es escaso tiempo para apreciaciones así. Más obvios son sus valores turísticos: ese barrio antiguo de Cimadevilla con aire medieval en el diseño de sus calles, y un espíritu entre pesquero y señorial (dado por dos palacios estupendos), que se abre a la ciudad nueva con una estatua de un dignísimo Rey Pelayo. Y es mejor indicar las dos visitas culturales que merece destacar, por la sorpresa que supone encontrárselos y por su calidad: las sorprendentes termas romanas del Campo Valdés, con conservación de varios elementos curiosos, y supongo que uno de los primeros museos con intención interactiva que al respecto se construyeron en España; y el Museo de Gijón, en la casa natal de Jovellanos, muy cerca de las termas, que además de la colección de pintura de la familia y las obras de varios pintores asturianos contemporáneos incluye, en prácticamente la buhardilla del museo, alejado de todo y como prefiriendo que nadie llegue a él, un impresionante conjunto escultórico en forma de relieve titulado ‘El retablo del mar’, del autor local Sebastián Miranda, que se encuentra en dos piezas: un molde de escayola de los años 30 y una en madera de los 70. La obra es apabullante en su retrato del momento de la venta de pescado en una rula, con una perfección y un detalle que sobrepasan el costumbrismo y se adentran en lo psicológico. La propia historia del retablo y sus diferentes versiones, y su superviviencia milagrosa a la Guerra Civil también resulta increíble.

La Guerra Civil está muy presente en Asturias. Supongo que puede suceder en otros sitios y no le doy importancia por ser más cercanos o estar más acostumbrado. Pienso en Gernika, por ejemplo. Pero en Asturias he encontrado muchas referencias a la Guerra Civil como motivo de pérdidas de documentos o monumentos. Me pregunto si está relevancia es incluso interesada, pues incluso en algún documento llega a leerse que la contienda en Asturias se extiende desde los sucesos de 1934 y no desde el golpe de estado de 1936. Oviedo, frente al resto de la provincia, se declaró nacional, y sufrió asedio. Y a veces parece que esa herida aún cristaliza.

Comer en Gijón:
Restaurante Ciudadela
Sepia con cebollas y ajetes (excelente)
Verduras plancha (bien)
Ternera Angus (buena) –plato pedido como redención de Viernes Santo-

Restaurante La más barata
Zona de ‘Los Arcos’
Paella (aceptable)
Viaje realizado en Semana Santa de 2010
Distancia: Berlín - Oviedo: 2248 kms.






miércoles, 17 de marzo de 2010

NeoBerlín (y iii/iii)

El hoy existe
Por supuesto. Una cosa es que a uno le fascinen determinados períodos históricos, o le parezcan especialmente importantes el conocerlos por aquello del valor pedagógico de las cosas a no olvidar. Y otra es que seas alemán o berlinés y tengas que vivir con ello sin acabar hasta el parrús. Así que NeoBerlín, fundada hace 16 añitos, está lanzada en busca de yo no sé lo qué, pero…
Hay un Berlín alternativo, claro. ¿Acaso se acerca a ese Berlín de los años 20, el del desenfreno belle epoque, el libertinaje sexual y los submundos cabareteros? Uf, no lo creo. A Berlín se la supone llena de squads, pero me atrevo a pensar que seguro que son civilizadísimos si los comparamos con los gaztetxes vascos de los años ochenta, sin ir más lejos. Vamos, eso de que se pueda ir a ellos de copas de manera organizada o que se anuncien en las guías las calles donde hay edificios okupados… vamos, que no hay glamour de barricada en esto, ¿eh?… Es en el Berlín Oriental donde se encuentra más esto, supongo que porque habrá habido más desocupación de vivienda infecta que en el Occidental. Ahora mismo está desplazado del barrio de Prenzlauer Berg, actual joya alternativa de la ciudad. Bueno, alternativa de aquella manera. Yo creo que el barrio es a la vida capitalista burguesa lo que Sundance a Hollywood: más de lo mismo pero con mejor rollito y a nuestra manera. Claro que en el barrio se disfruta un huevo. Con esos bares alternativos tan peculiares (ay, mi Arrebato bilbaino, por qué te cerraron…), o esas tiendas de ropas y accesorios verdaderamente diferentes. No estaba yo consumista, una pena, porque acá se decora uno el aposento como si fuera un popnaïve de veras. Apenas adquirí una camiseta irreverente recordando que también Jesús se levantaba por las mañanas para ir al currelo, y un poster de la versión alemana de Blow Up, que ya ha sido enmarcado (en aluminio, por supuesto). Ahora bien, salir de noche por este Berlín tampoco es cosa tan fácil. Con esa metodología alemana tan conocida por todos, hay guías que indican qué locales están abiertos cada día de la semana, con qué fiestas, o con qué tipo de música van a amenizar al personal. En un día como el lunes 15 de agosto se anunciaban exactamente 26 locales con fiestas, cada una con su musiquilla de diferente estilo. Hay cosas conocidas o que al menos se entienden, como ‘poprockdance’, ‘funkylatin’, ‘elektrohouse’, o incluso ‘apokalyptic, avantgarde, gothic, industrial’, pero cuando leo que hay locales en que se van a oir ‘spanish groove’, ‘asian chill’ o ‘abba-zappa’, verdaderamente se me pierden las fronteras entre especialización y globalización, y tengo severos problemas para escoger dónde ir. En fin, las calles me vieron sólo dos noches entradas. En una, el local estaba lleno de extranjeros, y pincharon sólo rock de los cincuenta (estupendo, por otro lado). En otra, nos decantamos por bares alternativos de Prenzlauer Berg, con decoraciones rarísimas y pinta de no haber pagado ni alquiler ni impuestos, y músicas aún más ignotas. Excelente. No salió mal para no tener ni idea.
¿Y por qué demonios hay tanta juventud en esta ciudad? Ni idea. Había una explicación histórica: los berlineses occidentales no hacían el servicio militar, de modo que la cantidad de jóvenes que se asentaban en Berlín durante la guerra fría fue importante. Ello explica que además los que se asentaran fueran mayoritariamente chicos. Uno diría que a pesar de que esa circunstancia ya no exista, el reflejo social sí lo hace. Los metros están atestados de jóvenes, y los mayores de 40 ó 50 años son fundamentalmente turistas. Bueno, tal vez sea una cuestión de visibilidad, tal vez los berlineses de cierta edad no viajen en metro sino en berlinas como poco, aunque este argumento, que creo posible en Madrid o Londres, me funciona menos con la concienciación ecologista alemana. El metro de Berlín se convierte así en escaparate de modas y vanguardias alternativas, ya que la ciudad y su juventud aspira a ser eso precisamente. No es que la moda de los berlineses despunte por sus marcas, más bien hay una tendencia retro y un aire a segunda mano bastante importante. Las tribus son muy visibles. Se ve punk, se ve cuero, se ven barbaridades como una pareja de cuero y metal en que la chica lleva al chico atado del cuello con una correa metálica. Pero es todo civilizadísimo, oigan, de hecho el silencio sólo se rompe el día que hay partido de fútbol y los hinchas educados como en todas partes hacen partícipe a todas las estaciones de sus efluvios etílicos y sus olores axilares. Por su lado, hay inmigración, pero ahora ya, en Europa, esto no destaca en ningún sitio, está generalizado.
Por otro lado, y a perjuicio de empezar a ver doble, mi comentario anterior no me parece gratuito… juro y perjuro que el número de jóvenes es muy superior al de jóvenas en berlín. Mera estadística de estudiantes moviéndose por el metro de Berlín parece confirmarlo. Esto puede ser fruto de la casualidad indeed, pero puestos a buscarle explicación, ¿cuál más bonita que el hecho de que ésta es la ciudad más maricona de todo el continente? Ni Barcelona, ni Madrid, ni Londres, ni Amsterdam… En Berlín ni siquiera hay barrio gay, porque hay zonas y bares y locales (tiendas algo menos) por todas partes, en todos los barrios, normalmente con la consabida banderita arcoiris que les identifica, ya que no existe un barrio gay como tal, y no hay un apartado en las guías, simplemente se menciona desde el principio que toda la ciudad está trufada. Eso sí, las fiestas y la música a pinchar e incluso el código de ropa o conducta, también viene publicado en las revistas que anuncian los actos para cada noche. Las revistas generales muestran un ‘apartado gay’ por cada noche. Las revistas más especializadas dan más detalles sobre el código de actitud o de ropa. Vamos, que hasta para saber si quieres algo de sado, un poco de fist, ir a una fiesta sólo en boxers o slips, las guías te informan con puntualidad de nuevo germánica. No deja de alucinarme el saber que los domingos a las cinco de la tarde puedes ir a un local de fist fucking a practicar, pero, en fin, estos sajones y sus costumbres... Berlín tiene el único museo gay del mundo (¡creo!), donde se da un repaso harto interesante a la historia del movimiento homosexual en Alemania, con su esplendor increíble de los años veinte, sus pioneros que sacaban revistas y fundaban asociaciones treinta años antes que en los EE.UU., o su médico del diecinueve que se declaró ‘uranista’ o ‘miembro del tercer sexo’ incluso antes de que Oscar Wilde escandalizara al mundo. Hay detalles más feos, como descubrir que una de las pocas leyes nazis que siguió funcionando sin derogación en la República Federal fue una especie de versión de la ley de vagos y maleantes que permitía a las autoridades detener a las personas de conductas indebidas. Hasta 1970, nada menos. El museo el pobre no tiene demasiados medios. Su exhibición temporal homenajeaba a Thomas Mann a los 50 años de palmarla, con toda la historia de su familia y sus novelas y las películas de sus novelas.
No deja de ser un museo que rompe –por falta de pasta- con el resto de los museos no artísticos que puedan verse. Tanto el Museo Judío, el Museo de la Historia de Berlín, el Museo del Muro, la exposición sobre el centenario de la publicación del artículo de Einstein sobre el efecto fotoeléctrico y su primera teoría de la relatividad, etc… son ejemplo del nuevo mercado competitivo existente entre los museos para atraer a las visitas y confirman lo comentado respecto al Filmmuseum. Está claro que el concepto de museo y de exposición ha cambiado, y en cierto modo uno es un ingenuo en darse cuenta en Berlín de semejante hecho viniendo de una de las ciudades en que se ha contribuido (a saber en qué grado) a que así sea, aunque sólo sea por meter a Armani o a las motocicletas dentro del profanable habitáculo del Guggenheim. Pero, je, los berlineses de veras sólo hacían cola delante de un museo, la Neue Gallerie. Había una exposición temporal de Goya… No sé yo, pero no tenía el cuerpo para pinturas, de modo que los únicos cuadros que vi fue en galerías alternativas de Prenzlauer Berg. El único museo de arte as we know it que visité fue el Pergamon Museum, más que nada porque me habrían llamado de todo de no hacerlo, pues rara vez los artes digamos precristianos vistos en museo me han gustado (sólo recuerdo como excelente la reciente exposición del Guggenheim sobre arte azteca, olmeca, maya, tolteca, etc…). Tiene 3 instalaciones increíbles, hay que reconocerlo. ¿Del resto de visitas turísticas que nunca haríais en vuestra ciudad? Yo destaco Sans Souci, el palacio y los jardines que están en Potsdam, a poder ser visitar todas las instalaciones que se desperdigan en los cuarteles de descanso de la familia del Kaiser. Es mucho mejor que Charlottenburg –que está en el centro de Berlín, parte oeste- y recuerda mucho a otros palacios de funciones similares como Versalles o Schönbrunn. Resultará inevitable visitar el barrio diplomático y la Potsdamer Platz, que en acertada definición de un compañero de viaje, viene a ser como la Expo, pero en ciudad y para quedarse. ¿Más curiosidades? Berlín está literalmente lleno de rincones y museos a visitar o que merezcan una foto. La relación sería inmensa… el Deutsche Guggenheim Museum es una caquita (apenas una galería sosa) frente a sus referentes. Me saqué una foto en la sede del Instituto DIN. Me encontré con un botellón en Alexanderplatz, para que vean que no son costumbres del sur…
No olviden que en todas estas visitas se encontrarán con miles de personas de su país. O de Italia, en su defecto, que yo no sé por qué, pero invadíamos el turismo de la ciudad. Se veían más americanos en las zonas relacionadas con el muro, sacándose fotos con los actores vestidos de polis soviéticos en el Checkpoint Charlie, o en el Museo del Muro, y hay cierta presencia de turismo ruso. Pero españoles e italianos claramente ganaban la batalla. Todos además con nuestra Lonely Planet debajo del brazo, que juro que ha tenido que hacer el verano de su vida con la guía de esta ciudad.







viernes, 26 de febrero de 2010

NeoBerlín (ii/iii)

La ciudad dividida
Estéticamente es sencillo rastrear la división de la ciudad. No es que hagan gran apología de ello. De hecho, no quedan demasiados restos del muro en pie –aunque sí suficientes-, y la línea que dibuja en el suelo por donde pasó la pared de 1961 a 1989 es cuando menos discreta. Hay en el centro tres memoriales importantes al muro en sí, en Bernauerstrasse, con el Museo del Muro, en Niederkirchnerstrasse, donde se aprovecha para la exposición al aire libre de la Topographie des Terrors (que es en alemán y que sólo tiene publicidad de audioguías en otro idioma: ¡castellano!), y en Friedrischhain, el llamado East Side Gallery, ahora simple galería de exposición de graffitis. Desde la torre de la televisión se aprecia muy bien el barrio estalinista construido en los cincuenta, con las viviendas prefabricadas, que se desperdiga alrededor de Alexanderplatz hacia la Karl Marx Alle (que en su día fuera la Stalinalle).
Se diferencia mucho de los otros barrios del este, como Prenzlauer Berg, barrio indie en el que la construcción, severa, austera, un tanto deprimente recuerda mucho al barrio de San Inazio de mi querida ciudad natal. Desarrollismo horizontal, vaya. Luego, en el centro, se ve algo muy curioso. La zona de Unter den Linden y de Friedrichstadt combina solares vacíos con reconstrucciones históricas fieles a los edificios anteriores a la guerra, más los nuevos retos arquitectónicos que la ciudad se plantea especialmente desde la reconstrucción. Es un tópico, pero decir que ciertamente parecen lugares diferentes se acerca a la realidad, y eso que ese barrio aún era Berlín Este. Más lejos, no llega a apreciarse el K’damm, en Charlottenburg, antiguo centro del Berlin Oeste, que era en su día un lugar altamente bullicioso por lo que leo, y que hoy parece reducido a un gigantesco centro comercial, donde como mucho hacerse la foto de la Gedächtniskirche o bajar a Nollendorfplatz a ver el ambientillo. Que en esta zona se encuentre un bunker nuclear construido nada menos que en 1980, visitable y todo, es casi un monumento irónico a la paranoia.

El peso de la historia
La historia pesa en Berlín. Acá se proclamó el final de la misma, cuando cayó el muro, Alemania se reunificó, y el comunismo desapareció. Ya saben, fin del viaje, ha ganado el sistema capitalista, las confrontaciones han muerto, las dialécticas también, vámonos todos a la Love Parade, yeah!. Antes, durante los años 40, se produjo la destrucción de la ciudad, posiblemente una de las más sistemáticas y fotografiadas (durante y después) de acaecer, y que en esa historia después mal asesinada se relaciona con la máquina exquisitamente diabólica que gobernó el país durante la época nazi. Las postales del Berlín antiguo siguen en los estancos y librerías, y me atrevo a decir que son de las más exitosas, puesto que casi abundan más que las fotografías actuales de la ciudad. Estas fotos antiguas se centran en tres momentos: antes de la guerra (con la Gedächtniskirche completa, o unas irreconocibles Alexanderplatz y Potsdamerplatz trufadas de edificios neoalgo y circuladas por coches de época), durante la guerra, sin escatimar ruinas o edificios en llamas como las catedrales alemana y francesa o el Reichstag, y las relacionadas con el muro de Berlín (su presencia fotográfica o los días en que se derribó).
La visita al Reichstag resulta obligada, sobre todo por ver la virguería de Norman Foster al reconstruir la vieja cúpula destrozada por incendios y bombardeos. La cola es larga, sobre los jardines en que comienza el Tiergarten y viendo de lejos la escultura de Chillida para la cancillería actual, pero se puede confraternizar con hispanoparlantes de todos los países. O con eslavos varios. O ir al camión de información del Bundestag y recoger folletos informativos esenciales para la cultura moderna, como una relación de biografías de los actuales diputados del parlamento alemán. No hay, curiosamente, tiendas de souvenirs o postales, es evidente que alguien ha legislado para que eso no exista en punto tan trufado de turistas. Cuando se consigue entrar, y antes de pasar por seguridad (sistema avión, vaya), te dejan tres minutos encerrado entre vidrios, la temperatura aumenta, y a algún desaprensivo se le ocurre comentar a ver si nos van a desinfectar o qué. Comentario reprobado por el conjunto de los asistentes, tan respetuosos ante la mole que van a visitar. La cúpula es excelente. Una columna central de filas de espejos en diferentes ángulos, que va creciendo, soporta una estructura transparente y una doble rampa en espiral por la que ir subiendo. Arriba, el soporte se abre al cielo sobre Berlín. La ciudad es algo tímida, sus edificios no son demasiado elevados para ser coqueta de veras al subir a las alturas. La torre de la televisión, ese engendro germanooriental que demostró a Berlín Occidental que nunca perderían de vista la ingeniería comunista, refleja una preciosa cruz blanca a la que según las guías los berlineses llamaron ‘la venganza del papa’. No se visita más si no hay cita previa. Abajo, pues. Eso sí, es gratuito.
Por supuesto, hay muchos sitios donde sentir que el mundo se volvió del revés en esta ciudad, y para qué negar que esto tiene su morbo turístico, por mucho que no se explicite con estas palabras. Paseando por el barrio judío, al norte de Alexanderplatz, entre algún que otro squad y restaurantes y tiendas más caritos, en el suelo frente a los portales suele haber pequeñas placas doradas con el nombre de deportados y las fechas en que se los llevaron de esas sus casas. No se le queda buen cuerpo a uno. También hay memoriales y recordatorios de las sinagogas destruidas en la Kristallnacht, además de los cementerios judíos, pero el homenaje más nuevecito es el Memorial del Holocausto, que inauguraron en mayo de 2005 durante el aniversario del fin de la guerra. Un grupo de bloques de hormigón en una cuadrícula de callejones en cuestas continuas construido en el solar de la antigua cancillería del Reich. En esa misma zona está el solar del bunker del Führer, vacío, sin recordatorio alguno. Bajando a Potsdamerplatz y yendo hacia el Checkpoint Charlie está la zona del muro del Niederkirchnerstrasse, junto a la exposición de las barbaridades himmlerianas y göbbelsianas en sus organismos varios, la Topographie des Terrors, al aire libre, entre solares que fueron antiguos ministerios del Reich, hoy tirados abajo y sin proyectos a la vista. Ni me imagino lo que tiene que ser visitar esto en invierno bajo la rasca centroeuropea. El lugar más original para sentir el horror es sin duda el Museo Judío, algo más al sur, ya en Kreuzberg (no lejos de la zona turca), un edificio de Daniel Liebeskind con un nuevo museo interactivo (proyecciones, audiciones, ordenadores, paneles para escoger, cajones para abrir, etc…) resumen de la historia de los judíos en Alemania, y con tres instalaciones de esas para acongojar, el jardín del exilio (otro conjunto de 49 bloques de cemento de unos 8 metros de altura, con árboles plantados arriba), la torre del holocausto, un habitáculo negro y cerrado con una única luz cenital a varios metros de altura y una corriente de aire que hiela los riñones y nada más porque te sales antes con más congoja que vergüenza, y una torre interior iluminada donde puedes entrar y pisar piezas con forma de caras dolientes mientras haces un ruido metálico con un eco desagradabilísimo. Que las ventanas del edificio parezcan cicatrices en forma de cruces no debe ser tampoco casualidad. En fin, una experiencia emocional más que intelectual desde luego. No lo visiten solos. O sí, tal vez sea hasta mejor…



(continuará...)



domingo, 14 de febrero de 2010

NeoBerlín (i/iii)

Frente a otros viajes, mi estancia en Berlín en agosto de 2005 tiene dos características que hacen diferente el cometido cronista. En primer lugar, es un viaje exclusivamente de placer, hecho además con todo el tiempo del mundo, en lugar de mis frenesís laborales que me han llevado por medio mundo cual gnomo de Amelie, lo cual tensiona menos las situaciones y las necesidades. En segundo lugar, yo creo que ya se ha escrito todo sobre Berlín, y a veces parece que medio mundo ha estado ya allí. A fin de cuentas, en los últimos cien años todo ha pasado en y sobre Berlín. Es la metáfora, el resumen, el epítome, del siglo XX.
Si se puede decir de otra manera, yo creo que Berlín ya no existe. Es una ciudad medieval fundada en el XIII, pero ya no tiene nada que ver con eso. En otras ciudades europeas puede rastrearse la historia, las tradiciones, las costumbres, puede considerarse que ahora se encuentran en un punto hijo de todos los demás. Sin embargo, en Berlín hay una ruptura decisiva, una destrucción masiva de la ciudad ya que la culminación de las tradiciones a que llegó fue especialmente perversa, y una reconstrucción que al contrario de la del resto de las dos Alemanias, fue y es mucho más complicada, en primer lugar porque los lugares de mayor simbología y decisión de la época nazi estaban en Berlín. En segundo, porque no fue posible refundar de veras Berlín tras la guerra, fue una clara interrupción histórica súbita y aparentemente definitiva. La ciudad se dividió, y cada hemisferio decidió reconstruir a su modo, rompiendo en ambos casos con la tradición anterior. Para completar los males, en 1961 se levantó un muro, se fundaron dos ciudades, se perdió el centro (Potsdamer Platz) alrededor de la pared dichosa, y eso fue a favor de dos nuevos centros (la Zoo Banhof y Alexanderplatz), y finalmente se refundó de nuevo en 1989 tras la caída del muro… En semejantes condiciones no es de extrañar que ésta parezca una ciudad dinámica -¡qué remedio!-, a medio hacer, ahogada de obras, con solares céntricos sin plan de construcción alguno, e incapaz de mirarse a sí misma. Uno diría que su ansia de ser alternativa, de ser joven, de ser diferente, forma parte del camino de necesaria mirada hacia delante que significa el superar la vergüenza mayor de la historia.
Por lo demás, me resulta la ciudad más cómoda y amable de las grandes ciudades europeas que conozco (entiéndase: Londres, París, Madrid, Moscú, que a veces no es que sean agresivas sino incluso hostiles), con el metro con mejores conexiones del mundo –siempre cercanísimas, siempre sincronizadas-, la menos turística de ellas en el sentido tradicional (donde de hecho sólo hay un lugar que parece de turismo del que reconocemos como ‘hija, qué asco de turismo’, el Checkpoint Charlie), y, sin duda alguna, una de las ciudades europeas con mayor presencia juvenil, con claro predominio masculino (y cabe preguntarse por qué, desde luego). Y tras este rollo necesario en cualquier pastiche o formulario sobre la ciudad, comentaré curiosidades varias del sitio.

Cinefilia, pues
No es demasiado fácil rastrear el glorioso pasado fílmico de Berlín. Acá estaban los estudios de la UFA, acá surgió el expresionismo alemán, acá se atreven a decir que el cine lo inventaron dos hermanos franceses y dos hermanos alemanes (¡!) de ignoto nombre en 1895. Lo dicen en el Filmmuseum de Potsdamer Platz, posiblemente el mejor ejemplo de la nueva museística que invade Berlín, que sigue un cierto postmodernismo interactivo que busca sorprender al visitante más que hacerle aprender algo. O bien usa esos medios para hacerle aprender, no tengo claro el concepto todavía... Este museo es lugar dedicado al repaso cinéfilo y algo superficial de la historia del cine alemán, pero donde meterse en una sala de espejos del Caligari, o entre los edificios de Metrópolis, o disfrutar de los posters originales de las obras maestras del expresionismo, o caer rendido en una sala adaptada a la colección de trajes de Marlene.
Marlene es la gran memoria cinéfila de la ciudad, su tumba está en un pequeño cementerio de un barrio del sur, cerca de la de Helmut Newton, y aunque bien arreglada, sorprende que nadie se acerque a ver más en lugar público a este pedazo de mito, que también tiene su plaza, y un bistro, y una de esas biografías de envidiar, y unas piernas con las que a mí tampoco me importaría salir al escenario, para qué vamos a negarlo. En la tienda veo por fin películas de Fassbinder, todas a más de 20 euros, ninguna con subtítulos y exclusivamente en alemán. Completemos el apartado con los cines inmensos del Berlín Oriental, el Kino International (hoy famoso por dar fiestas gays los sábados y programar los lunes las sesiones de original nombre ‘mongay’) y el Kino Kosmos, que parece fue sede de la UFA, y hoy es un multiplex en que su sala mayor tiene 1000 butacas.
El casi modesto en comparación Zoo Palast fue durante años la sede de la Berlinale, una foto recurrente de la festivalia europea. Hoy los grandes cines, los imax, los multiplexes con todos los avances del mundo mundial, están en la reconstruida Potsdamer Platz. Desde la que no estamos tan lejos de la Siegesaule, el centro casi geográfico de la ciudad (que no deja de ser el centro del parque), que es el ángel principal de El cielo sobre Berlín, la peli de Wim Wenders que tan fríamente recogía la ciudad justo antes de la caída del muro, y que ya ven qué cosas pasan, debe ser un lugar de cruising. No sé cuándo, yo sólo vi felices familias intentando zoomear al pobre ángel allá arriba, a sus 70 metros de altura, mientras evitan el tráfico y se pierden por esos frondosos bosques del Tiergarten donde sí hay más pinta de que puede pasar de todo, ejem.

Distancia Nueva Orleans - Berlín: 8261 Km.

(continuará)