lunes, 11 de octubre de 2010

Largo es el camino a casa

Una pena tener que volver de San Diego hacia el Este, más que nada por el tercer descoloque horario en apenas ocho días, y porque en destino, Charleston (West Virginia), de nuevo nos esperaban el frío y la nieve. Hacíamos escala en Chicago, donde dos días antes había caído una de las mayores nevadas del país. El downtown de la mejor colección de rascacielos del mundo (emho), también bautizada como la ciudad del dolor de nuca, lucía espléndido mientras en el suelo las quitanieves habían dibujado unos surcos precisos para que coches y aviones hicieran sus cositas, y las orillas del lago Michigan se adivinaban heladitas. Recordaréis que en una crónica anterior comenté que veía yo más tranquilidad respecto a la seguridad en aeropuertos americanos. Error craso, queridos. Fue, efectivamente, suerte o casualidad. Las experiencias con United Airlines entre San Diego y Chicago y la espectacular salida con Delta Airlines desde Charleston hacia Bilbao lo confirman. En San Diego, mientras a nuestros colegas británicos les dejaban pasar sin ningún problema, el 'random security check' había dibujado cuatro hermosas eses en nuestro boarding pass que hizo que todos nuestros orificios corporales fueran investigados en la puerta de embarque ante la atenta mirada del resto de pasajeros. Hasta las grapas de los billetes de avión sonaban para escepticismo del agente de la TSA (Transportation Security Administration). Uno no sabe para qué sirven los esfuerzos de nuestro querido presidente, ya que todo el mundo repetía antes de llegar acá que alguna ventaja tendría que tener ser más bushistas que Bush. Pues no, oigan. Y es que eso de Spain yo creo que les sigue sonando a La Habana, y, claro, eso es algo muy difícil de superar en el imaginario colectivo norteamericano. En fin, no es que fuera novedad. Incluso diría que estaban más amables que el año pasado. La novedad este año era en realidad que revisan también el equipaje de facturación en el momento de conseguir las tarjetas de embarque. Uno ya sabía que lo metían por las maquinitas esas de rayos X que fastidian la película de fotografía y cosas así. Pero es que al parecer esto depende de la compañía aérea en cuestión, con lo cual no sé yo la utilidad real del asunto una vez investigado cómo actúa cada una. Por ejemplo, US Airways dispone de un agente que abre la maleta delante de ti, comprueba que no llevas ántrax o plutonio, la vuelve a cerrar y le pone el candado o la bloquea moviendo el código de numeritos de seguridad o lo que sea. United la pasa por la máquina dichosa, y si ve algo raro (en la mía lo vio, por supuesto), un pollo abre la maleta delante de ti buscando de nuevo el virus del sida en pequeños frasquitos o propaganda talibán. Pero Delta es la más graciosa: Delta no abre la maleta delante de ti, sino que te obliga a dejarla abierta para inspección del gobierno de los EE.UU., que la investigará y cerrará. En Charleston tuvimos pues que dejar la maleta en facturación sin el bloqueo o candado correspondiente para que pasara la inspección. Comimos en el aeropuerto con gran preocupación sopesando que:

a) mal menor: podían hacer que desaparecieran nuestros calzoncillos sucios, y uno no se compra unos calzoncillos cualesquiera para que se los quede cualquier redneck reaccionario de semejante estado entre norte y sur.
b) mal no tan menor: podían dejar la maleta sin cerrar y lista para posible inspección en las escalas de Cincinnati y París, con los consiguientes quebraderos psicológicos sobre los sucedidos posibles para nuestros enseres
c) mal mayor: cualquier desaprensivo podría introducir cualquier cosa en la maleta que supusiera un problema para nuestra querida escala en Cincinnati, París o nuestra llegada a Bilbao si resulta que eres el único pasajero del día al que la Guardia Civil decide abrirle la maleta en las aduanas (una frecuencia mayor nunca ha sido observada por mí en el aeropuerto de Loiu, al menos). Las posibilidades eran: un kilito de polvo blanco, una pistolita, o un portafolio con fotos porno de Michael Jackson.

Les dan clases de seguridad...
Estoy convencido de que tales paranoias fueron también agrandadas por el hecho de tener que comerse la espantosa chicken breast burger con aliño bluecheese del aeropuerto de Charleston. Así que ni cortos ni perezosos y dispuestos a saber con ciencia definitiva si nuestras maletas habían sido realmente bloqueadas acudimos de nuevo a los mostradores de Delta. Los empleados de la compañía nos escucharon y llamaron al responsable de la seguridad, que impasible, aunque con cara de muy pocos amigos, nos tranquilizó en grado sumo diciendo que teníamos la palabra del gobierno de los EE.UU. asegurándonos que las maletas habían sido abiertas, inspeccionadas y cerradas. El hombre no era un armario -hasta yo le habría podido en una lucha sobre el barro- pero tenía una cara de muy mala hostia, ciertamente. Uno tiene que reprimir una sonrisita al oir eso de la palabra del gobierno americano (y morderse la lengua para no soltar un 'remember the Maine'), e incluso decir que las maletas han de pasar por París, donde la palabra del gobierno americano puede no ser válida. Huy, qué rictus más feo... Las maletas, por supuesto, no podían verse de nuevo... En fin, paramos la ofensiva antes de que el siguiente punto fuera pedirle el nombre al susodicho funcionario de la TSA. Las maletas no llegaron con nosotros a bilbao debido a que la conexión de París era megacorta. Al recibirla en casita unas horas más tarde, comprobé que no faltaba nada, que París había puesto nada menos que tres nuevos ribetes de seguridad, que no había nada extra, que todo el material había sido cuidadosamente mirado (todo estaba al revés, el material dentro de carpetas movido, las cosas sacadas de las bolsas que suelo llevar, etc...) y que la TSA había dejado un papel que ahora, colgado de un alfiler, decora la pared de mi escritorio, donde la Transportation Security Administration informa en una ‘notification of baggage inspection’ que me han mirado hasta el último calcetín con el objetivo de protegerme a mí y al resto de pasajeros, sin olvidarse de su publicidad: ‘smart security saves time’... En fin, si a esta desprotección y a esta introducción impune en la intimidad la llaman protección... ay, país de salvajes...


La visita a Charleston y alrededores fue un contacto más real con la verdadera América, la que vi en mi primer y hasta ahora único viaje turístico por el país (hace ya casi ocho años) y no con la de los grandes hoteles y convenciones que he visto después. Cerca de Charleston, en un pueblo llamado Ravenswood, en el medio de la absoluta nada, hay una factoría que una empresa francesa compró a una americana hace ahora cuatro añitos y que son clientes. Los franceses tiene desplazados ahí a un equipo de unas quince personas que imagino que para gran cabreo del personal americano realizan las principales labores de gestión y control de producción. Visto el lugar, no sé si en la empresa francesa se verá el ser trasladado a Ravenswood como un premio o un castigo. El lugar es terrible. Se alojan en un Holiday Inn de carretera en un pueblo llamado Ripley (sí, Ripley, ni idea de implicaciones literariocinematográficas con el mismo) con la única atracción a pie de un restaurante americano (Shoney's) y una cafetería con el irónico nombre de la cadena Subway, y con la desolación de las colinas, las carreteras y los locales alrededor de la misma como única atracción. Al parecer, los fines de semana los gabachos huyen como cosacos en avión hacia New York City, Chicago o Miami, cosa que no es de extrañar. Tuvimos que cenar en el Subway dichoso, con la retahila monótona de trailers pasando por la autopista, porque el otro ya había cerrado para cuando llegamos; un local desangelado con olor a lejía y limpiacristales, al ladito de una gasolinera, y con una colección de seis preadolescentas que yo no sé qué leches hacían a las diez y cuarto de la noche pidiendo la cena en un garito así. Labor, por cierto, en la que tardaron casi media hora de imprecaciones al paciente y maduro señor camarero, a grito en cielo y poniéndose verdes de continuo, ocasionando el consecuente dolor de cabeza a los atónitos espectadores (y de vez en cuando nos dirigía la mirada una nilña de apenas doce años con los ojos pintados en plan vampiresa destrozahombres, me dio una pena inmensa) y generando un comentario espeluznante: uno casi puede entender que en semejante ambiente crezca un sniper (aka francotirador) que atente contra tal vida, tal ambientación, tal paisaje.

Ocurrió donde nunca ocurre nada
Y la verdad, poco se me ocurre qué contar de esta nueva visita al país de las libertades, jojojo. Me miraron como modernito porque quise beber una margarita y convencer a mis acompañantes para comer unos estupendos rollitos de sushi… Tampoco se atrevían a ir a un mexicano estando en San Diego, ay señor señor... Pero, en fin, que he vuelto aliviado del lugar, dado cómo está la situación, el país, y esto del volar. Como siempre me suele pasar tras un viaje de este pelo, encuentro cierto gusto inexplicable en pasear por las calles de una ciudad con aceras, con gente que pasea hasta la noche por las aceras, donde los coches hacen ruido y nos indican que en efecto no son humanos, donde los edificios pueden ser abarcados por la mirada humana, donde no hay que llegar a los cines en coche, donde, incluso, la vida no se entiende como algo bueno sólo si se vive en una cárcel de lujo y seguridad.

Distancia San Diego – Ripley: 3250 Kms
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa iii/iii)

sábado, 25 de septiembre de 2010

En el corazón de la bestia: US San Diego Naval Force


Llegar desde el frío Cincinnati, en pleno marzo, a San Diego, es toda una impresión. No sólo estamos a veinte graditos. Es que luce el sol, desde el avión ya se veía el mar, las colinas con sus casitas, los barcos cruzando la bahía, y desde el aeropuerto se divisan palmeritas, y mucha mayor mezcla de razas que en el waspérrimo Ohio. Uno diría que esto parece Florida, y en efecto no debemos ser los únicos que han pensado en ello. Uno de los mayores atractivos turísticos de San Diego es la isla de Coronado (sí, en efecto, como el apellido de nuestro actor más seducteur) donde se conserva el Hotel del Coronado, al parecer uno de los edificios norteamericanos de madera más grande que se conservan, construido en los años veinte y que sigue en activo -y da unos desayunos de miedo-, y que le sonaría a cualquier mortal. La razón es simple: aquí se rodó ‘Con faldas y a lo loco’, y en verdad es fácil recordar ese ambiente retro sin necesidad de ver las fotos de rodaje de Marilyn Monroe y Jack Lemmon que empapelan algunos escaparates de las tiendas del lugar. Casi podría parecer una construcción fantástica de la Disney, con su color blanco y rojo, su madera, sus almenas, sus pináculos. Siente uno una especial emoción al reconocer las columnas del salón donde dieron pasaporte a Botines, o por donde Tony Curtis corrió subido a sus tacones de músico de la legua. Bueno, algunos raritos, británicos para más señas, piensan que el lugar será recordado por ser donde se conocieron la pareja de hombres más famosa del siglo: Eduardo VIII y Wallis Simpson. Pero dejémosles que piensen a su manera.

Por lo demás, la ciudad no me ha parecido gran cosa. Es sorprendente cómo la venden los americanos y los británicos, pero creo que es por comparación. Siendo las ciudades americanas por lo general un espanto de cemento, tráfico y ruido, lugares sin apenas lugar en la historia y donde todo se diluye en la monotonía de un país construído por igual en casi todas partes -casi como si desde un principio hubieran aplicado los programas de ahorro de costes-, San Diego viene a ser una ciudad media que sin distinguirse tanto frente a las ciudades de interés estratosférico (Chicago, NYC, San Francisco, Nueva Orleans), al menos no es impersonal, se puede pasear, tiene unas playas cercanas estupendas, con una arena finísima y sin polvo, se puede visitar y es, como diría un alcalde en periodo preelectoral, crisol y cruce de culturas. El principal punto de interés de la ciudad sería el Gaslamp Quartier, centro más histórico de la ciudad, que conserva algunos viejos edificios de estilo colonial con sus balcones, su ladrillito, su blanco y azul, y que recuerda en algo, por momentos, al viejo barrio francés de Nueva Orleans. Hay sus tiendas y hoteles y zonas más alternativas y pubs peculiares. Pero es escasito, en realidad. Coincidir ahí con el martes de carnaval y la burda imitación del Mardi Gras de la sucia ciudad del Mississippi casi lo confirma. En Nueva Orleans estuve antes del 11S, es cierto; tal vez allí también pidan ahora identificación para entrar en el recinto ferial, con registro de bolsos y abrigos, después de haber pagado 10 dólares por entrar en calles públicas, sólo para que hordas de adolescentes bebidos arrollen prácticamente a las pocas mujeres que se atreven a levantar sus camisetas, las inunden de fotos, intenten hacerse ver desde las ventanas y los escasos balcones, o bien pasen por tu lado increpándote por hablar en castellano (algo sorprendente: dos negros llegaron a decírnoslo), mientras la policía se aposenta en cada esquina y, mala suerte eso sí en San Diego, cae la lluvia sobre la ciudad. Al jefe le regalaron un collarcito de 'beads' del carnaval, los que regalan los hombres cuando las mujeres enseñan las tetas, una chica cargada de ellos que pasó a su lado. Contento se puso el hombre.


San Diego tiene, además, un muy curioso parque, el Balboa Park, lleno de edificios resultado de alguna exposición que tuvo lugar en la ciudad en los años 10, a medias entre lo colonial y lo barroco, un lugar algo extraño y con encanto, pero al que más vale intentar llegar en coche y no 'dando un paseíto', que puede convertirse en una experiencia algo más pintoresca de lo deseado si no se sabe que hay que cruzar unas cuantas autopistas y ser objeto de las miradas de los jovencitos no se sabe si interesados, bebidos o bromeando del High School de la ciudad. El downtown es bastante pobre, aunque los centros comerciales tienen un curioso gusto por los colores pastel, las pequeñas tiendas pintorescas y los corredores al aire libre. Verdaderamente es este el país de los centros comerciales, ¿será cuestión de tiempo ver algo similar en países donde el tiempo también acompañe, como acá? Otro lugar menos interesante de lo esperado es el 'Old Town', primer asentamiento mexicano, así le dicen, de California. No hubo tiempo para investigar esta zona alejada del centro, con su iglesia de misión española, o sus casas de madera, pero no sé si merece: arrasada por el comercio y el turismo, llena de restaurantes de cocina mexicana para disfrute de los yanquis, es al menos un sitio en el que no tienen reparos en hablarte en español.

Porque esa es otra característica de San Diego: el enorme número de hispanos que se ve por todas partes. Aunque ello no asegura que vayas a practicar con facilidad la lengua de Cervantes. No, para nada. La mayoría de ellos trabaja en la hostelería, en hoteles y restaurantes, también como dependientes de tiendas. Y muchos rechazan hablarte en español incluso cuando en algunos casos les insistes. A veces parece miedo, puesto que el jefe puede estar mirándoles, mientras sirven la mesa o intentan explicarte algo de ese regalito que intentas comprar. Y otras no sabe uno si es que reservan el español para sus relaciones personales o que no encaja hablar en español si se trata de trabajar. Una chica de un restaurante nos indica que 'ustedes los españoles sí que saben hablar el idioma', y cuando uno intenta desmontar semejante chorrada, le sueltan que 'tampoco los americanos saben el inglés bueno, ese lo saben los ingleses', argumento de cierta contundencia pero que no creo aplicable al español. Busco en las librerías, algo pobres y escasas de San Diego, algún estudio sobre spanglish. No existe, no lo encuentran, no saben de qué hablo, y me remiten a una colección interminable de diccionarios de inglés y español. El empleado es de origen hawaiano o polinesio. Pero también hemos encontrado hispanoparlantes en mayor número de lo habitual en la feria que venimos a visitar. Estos, dedicados más a los negocios, no tienen reparos en hablar en español, menos mal. También es lógico, se supone que no viven acá, o si lo hacen no tienen el problema de los anteriores, tal vez ilegales y lógicamente temerosos. Abundaban peruanos, colombianos, mexicanos, argentinos. Tampoco tienen reparo los que trabajan en restaurantes mexicanos: parece parte del encanto el ofrecerte las margaritas -del tamaño de un katxi- 'en sus rocas' (on the rocks = con hielo) y en español. No puedo decir nada del restaurante español de la ciudad, en que no entramos. El 'Café Pacífica', con un banderolo español de impresión en la entrada, dos carteles grandísimos que decían 'Sevilla' y, según nos confirmaron unos clientes franceses que sí fueron, servicio vestido de flamenco. E hispanos se veían muchos en las calles vestiditos de marineritos. Como si esto fuera el NYC de las viejas películas de la IIGM, por ahí se veía a los muchachos marcando todo tipo de musculatura con sus uniformes ceñiditos de la Navy y sus caritas tiznadas recién salidas de la adolescencia pasear por las calles los poderes del ejército escogido por Dios para la última cruzada. ¿Es ironía que ahora sean los hispanos, segunda minoría del país, los que nutran al ejército americano? Me dijeron que Bush, al cepillarse el programa de ayuda a las madres solteras, había conseguido reducir drásticamente el número de niños negros que había nacido en el país en los últimos dos años. Así, instantáneamente. Parece que eso no funciona con los hispanos y su educación católica. Curioso que monten estos señores una guerrita de vez en cuando a la que enviar a los hijos de las minorías o a los pobres del país.


Los marineros en las calles responden a lo que en realidad da importancia actualmente a San Diego: la base naval más importante en el territorio americano del ejército de su majestad el Tío Sam. Mientras estuvimos allí salió el Nimitz de la misma (una enormidad, bien se veía desde el boardwalk deportivo de la ciudad) y al parecer fue la gran atracción turística del día. No lo sabemos seguro, pero teníamos una reunión con los miembros británicos, españoles y americanos de una multinacional, y nos tememos seriamente que los cuarenta minutos de retraso que les costó aparecer a los angloparlantes que debían estar allí se deben a que salieron al puerto a despedir gorrita y banderita en mano al barco. En el paseo marítimo de San Diego una estatua de un soldado abrazado a una chica inmortaliza tales momentos inolvidables. También hay un memorial que recoge los nombres de todos los ‘aircraft carrier’ del país. Luce el sol como en los días de gloria. Una avioneta como las publicitarias que vemos acá en el verano del Mediterráneo reivindicando a Ruiz Mateos expone un mensaje sucinto: 'Free Iraq'. Dos días más tarde sale otro portaaviones que hay en la base, su destino es Corea del Sur. Este despierta menos adhesiones. No ha habido tiempo para disfrutar de las excursiones a esos sitios cercanos a San Diego, como pueden ser La Jolla o Palm Springs, donde se refugian golfistas, cineastas, o simplemente acaudalados. Tampoco pasamos a Tijuana. La verdad es que visto el plan que nos planteaban (cenita con coro de mariachis de fondo), casi es mejor. Que esa no parece la Tijuana canalla de Manu Chao.

Antes de volver a casa todavía nos esperaba una escala en la real America...

Distancia Cincinnati – San Diego: 3490 Kms
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa ii/iii)

martes, 7 de septiembre de 2010

cosas que hacer en cincinnati si estás bajo cero...

...y encerrado en tu hotel


Cincinnati. La mejor imagen nocturna viene de una página de juego: ésta

1.- maldecir a la Guardia Civil: dos jovencísimos guardias civiles (si me hubiera esforzado, creo que podría haber sido su padre) tenían montadito un control en la salida de la autopista hacia el aeropuerto de Bilbao un miércoles a las seis menos veinte de la mañana. Una cola de siete coches, histéricos todos (puesto que no son horas para ir al aeropuerto 'con tiempo por si pasa algo'), tres de ellos taxis. Estoy pues en el séptimo coche, el tercer taxi. No paran a nadie, excepto a mi taxista. Abre el maletero. Al chaval no le gusta lo que ve, así que el pasajero (-moi-) tiene que bajarse y abrir su equipaje sobre el asfalto de la carretera, bajo los focos y atenta mirada del siguiente coche y de otro guardia civil metralleta en ristre, para que el muchacho en cuestión introduzca su mano entre camisas, trajes y calzoncillos primorosamente enfundados mientras pone su barra reflectante amarilla a una distancia de mis ojos que ni el pobre Miguel Strogoff. Del escaso examen realizado no se sacó ninguna conclusión sobre la condición sospechosa del estudiado. No debieron darse cuenta de que llevaba armas de destrucción masiva en mi corbatero, en forma de colores inalcanzables al ojo humano. Abro también el equipaje de mano, por el cierre del portátil: las sospechas se desvanecen, pues llevo dos libros. No necesitan ver más. En fin, que empezábamos bien.

2.- maldecir (aunque no tanto) las medidas de seguridad de los aeropuertos yanquis: un asian-american (juraría que coreano, se llamaba Mr. Kim) era el encargado de vigilar el equipaje de facturación en Newark, el tercer aeropuerto de NYC, al que llegué tras mi conexión via París y un estupendo vuelo en clase b’ness con sus raciones de foie mi-cuit, sus quesos y sus vinos de Burdeos (y un cristo de narices por esa manía que tienen a uno de confundirle hablándole a medias en inglés y francés), y del que quería salir en dirección al frío Pittsburgh. NYC también estaba fresco. Nevado. Gran impresión divisar Manhattan desde lejitos y verle que le falta irremediablemente algo, ese algo en lo que uno se fijó lo primero la primera vez que vio la ciudad. Mr. Kim me hace darle la clave de apertura de mi maleta, que le ha llevado un african-american conmigo al ladito (increíble lo que tienen que gastar en personal). Abre la maleta y al chorra de él no se le ocurre sino elogiar lo organizadito de la misma. Gruño un 'really?' y el tío se desata: que si no sé cuántas maletas tiene que abrir al día, que si la gente es un desastre preparando maletas... estoy por comentarle que a la mía ya le había echado mano la policía de mi país de origen, pero no sé si es bueno bromear con eso. Veo el aeropuerto menos tenso que los que visité el año pasado por estas fechas, pero no digo ni mú. Luego hay que pasar seguridad. Sí, extraer el portátil. Pero no me hicieron encenderlo, y no comprobaron el móvil, y no me registraron enterito. Sólo hubo que quitarse los zapatos. No es mi caso, pero seguro que dadas las condiciones olfativamente expansivas de la parte inferior de las extremidades inferiores de algunos humanos, esta gente sí que ha debido estar 'under attack'.

3.- constatar la buena salud del nacionalismo en países grandes, tal y como lo está en países pequeños: banderas en las puertas de las casas, banderas por todos lados -no es que esto sea nuevo-, pero, coño, que parecen más grandes, no sé si tipo la Plaza de Colón, pero casi. Anuncios en las autopistas: 'United we stand'. Creo que menos que el año pasado. Aunque veo uno peor que todos en la carretera de Pittsburgh a Cincinatti: cartel luminoso que se enciende 'God bless our President Bush'. Uno puede admitir que pidan que les bendiga el país el señor demiurgo todopoderoso, pero que les bendiga al tocino este que ni ganó las elecciones...



Pittsburgh, entre ríos

4.- alucinar con lo poco que se cortan: muchachos y muchachas, que sepais que fuimos superamigos y que la actitud de nuestro amado presidente fue muy positiva, faltaría más, para el comercio, que es lo que importa. A continuación adjunto un párrafo que he tenido que escribir en uno de los informes enviado a mis amados jefes –llamemos UKXXX a una empresa británica-: "Os hago un inciso: tal vez no debiera mencionarlo, pero afectó al desarrollo normal de la visita: Michael cortaba continuamente la conversación introduciendo comentarios sobre la situación política internacional actual. Tuvo para todos: se metió con la mano de obra de los chinos y las zapatillas que hacen para Nike, con los suecos por haber sido neutrales -en la empresa hay actualmente un jefe de compras sueco-, con los alemanes por haber sido nazis, y con los franceses... pues por todo lo que se os ocurra. Comentó lo agradable que fue la visita de Aznar la semana pasada a Bush y lo bien que están ahora los americanos con los españoles. Para rematar, le dijo a Jerry que esperaba que Blair no se echara para atrás, porque tal vez UKXXX no sería bien recibido de nuevo. Casi dio a entender que si tenemos alguna posibilidad es por ser españoles." Y no lo menciono en el dichoso informe, pero el tío despreció cualquier opinión que la gente del espectáculo pudiera tener: 'What the fuck does Susan Sarandon know about oil or terrorism or Iraq? Come on, tell me, does Martin Sheen know more than Condoleeza Rice on this? Is Danny Glover or Tom Cruise -oh, cámon, Tom Cruise, are they even serious about this?- more clever than Colin Powell???' Uno se calla, claro, aunque no puedo dejar de resistirme a un pequeño triunfo moral: decirle que qué bien habla español el presidente Bush, y su hermano no digamos, aunque diga que España es una república. Respuesta: 'ah, but you are a monarchy?' Suspiro, claro. Y sólo se me ocurre replicar que ahora mismo los EE.UU. sólo se llevan bien en Europa con las monarquías y no con las repúblicas. No sólo es flojo, es que además no es del todo cierto, pero los elementos lo desbordan a uno. Después, en la tele, no puede decirse que uno vea eso del antibelicismo de la gente del espectáculo. Me encuentro con Bruce Willis sustituyendo a Dave Letterman en su late show, y con Jay Leno donde siempre (NBC), y ambos hacen todo tipo de chistes sobre Saddam, sus mentiras, y hablan sin reparo de la guerra, los precios de la gasolina y lo que van a subir los empaquetamientos de plástico, mientras que la figura de Bush simplemente no aparece. Y eso que un yanqui me ha llegado a reconocer que Saddam es muy listo, y con una mueca de cierto desagrado, a admitir que está jugando con Bush -obsérvese la consecuencia del silogismo, que nadie explicitó. Sintomático. Asqueado, apago el monitor, pues en la HBO sólo dan ‘Ocean's Eleven’, y uno sufre de ver el talento desperdiciado de Steven Soderbergh. Claro que se forró con ella, eso sí.

5.- aprender cultura india: dicho sea con doble sentido. Por un lado, devorándose en un único día de viaje El Buda de los suburbios, de Hanif Kureishi, una novela en que por momentos incluso se parece a Julian Barnes, y que le salió de lo más divertida: de nuevo jóvenes paquistaníes y sus relaciones con ingleses durante el swinging London, la aparición del punk, etc... (acabado ya, ahora le estoy dando a mi primer Luis Landero, Los juegos de la edad tardía). Y por otra, preguntarme, en las carreteras de Ohio con reservas indias, si los indios seneca se llaman así en relación al estoico cordobés. Le hago la pregunta a mi querido agente que me lleva de viaje por estas tierras, y por supuesto no tiene ni idea de quién coño es el filósofo ese. Busco en la web y no encuentro si hay relación de nombres. Pero sí veo que los seneca eran parte de los indios 'iroq'. ¿Y bien? Nah, tonterías mías, a esos indios dedica Jam-iroq-uai su nombre y sus discos funky esos que parecen de la Earth, Wind & Fire. No se lo digo al agente. Lo mismo me mira más raro aún, él que lleva sólo varios cedés de James Taylor en la guantera. Es que también le he explicado que cuando el presidente Aznar nos dice a los españoles que confiemos en él porque sabe que Saddam es malo y tiene cosas malas me da por pensar que lo sabe tan seguro porque él mismo se las ha vendido. Me ha mirado mal, lo vi entre las risotadas que se echaba, las de salesman moderno, las de hijo de Willy Loman adaptado a los tiempos.

6.- y, sin embargo, dejarse fascinar, aunque cada vez menos: extrañar a los empleados de los aeropuertos, emigrantes hispanos, al hablarles en español en acento que no reconocen, pero disfrutar del calor de su acogida. Comer en dos días en un italiano (pidiendo vino francés), un francés (pidiendo vino francés), un americano (pidiendo vino francés) y un mexicano (pidiendo, en español, una cerveza mexicana). Maravillarse ante los puentes sobre el río Ohio, viejas reliquias de los años veinte, de estructura metálica de cobre roído, y diseño envolvente y apasionante. O ante los camiones iluminados, agresivos y espectaculares, capaces de adelantarte a toda pastilla, o de encender la noche como si esto fuera Osaka. Y dejar perder la vista en las flatlands de Ohio tapadas por los treinta centímetros de nieve mientras las vacas aprovechan la poca zona de verde libre, o los caballos blancos y marrones trotan en las granjas, casi en estado de semilibertad. Evocar las viejas canciones de Van Morrison al cruzar el río Allegheny en el centro de Pittsburgh mientras se siente algún indicio de ataque místico. Ver los pueblos llenos de iglesias, que parecen repartir simonías, no muy lejos de las reservas amish de Ohio y Pennsylvania, parar en alguna gasolinera y ver que se venden muebles hechos a mano por los cuáqueros, y recordar a Harrison Ford, Kelly McGillis y Lukas Haas en aquella vieja película...

don't'now much about history...
...what a wonderful world this would be

Los puentes de Ohio State

Distancia Johannesburgo - Cincinnati: 13.300 Km
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa 1 de 3)

miércoles, 30 de junio de 2010

Under African Skies

Miriam Makeba (vía The Sydney Morning Herald)


Ahora que Sudáfrica está de moda, he recordado que visité el país hace ya un tiempo… Fue un viaje laboral, organizado con miedo y prisa por la empresa, y su principal característica era su rápida resolución. Aprovechando que los vuelos a Sudáfrica son nocturnos, sólo dos noches de hotel aseguraban tres días de trabajo a pleno rendimiento, con la mínima ausencia necesaria de los hogares donde esperan los niños, pesadilla, excusa, (¿bendición?), de la vida a partir de cierta edad. Por su lado, la búsqueda de tarifas aéreas más baratas me obligó a sufrir terriblemente y tener que pasar dos días enteritos en Londres con gastos pagados. Algunos hemos nacido para penar, qué se le va a hacer.

No es suficiente pasar una noche en Johanesburgo y otra noche en Nelspruit (un nombre de sonoridad verdaderamente afrikáner, y hoy sede de partidos del Mundial) para juzgar cómo es Sudáfrica y cómo son los sudafricanos. Para saber si los tópicos se cumplen: ¿realmente es Johanesburgo tan peligrosa? ¿colea de alguna manera el racismo? ¿la penosa situación médica que dicen los diarios es real? Sudáfrica es un país extraño. A los ojos del visitante recibido por blancos para hacer negocios, todo está controlado y es similar a lo que uno puede ver en otros países de los llamados desarrollados. Grandes autopistas e infraestructuras, buenos restaurantes y hoteles, bonitas tiendas de souvenires estupendos y exóticos a más no poder. Llama sobre todo la atención lo barato que es todo. Una noche en hotel de lujo junto al parque Kruger -el gran parque nacional del país donde puede visitarse toda la fauna megagrande que uno imagina en África- apenas cuesta 35 euros. El plato más caro en un restaurante de lujo no llega a los 7 euros. Y, sin embargo, en estos restaurantes, los negros, que son el 85% de la población, no comen, sino que sólo sirven mesas. En los vuelos internos uno está rodeado de caucásicos blanquísimos: los negros no vuelan. No, según dicen, ni siquiera hay transportes públicos, con la excusa de la seguridad. Si los negros tienen que moverse, simplemente andan, como si fueran Michael K. Los ves en las carreteras, en las autopistas, esperando que pase algo, normalmente solos, a veces en grupos pequeños, andan lento, por un paisaje verde aunque no fresco: es septiembre, el final del invierno, y, aunque dicen que es inusual, hacen 25 grados en Johanesburgo y 30 en Nelspruitt. Hay racismo, claro está, pero inicialmente sólo vemos el basado en economía. Visitamos empresas y nos saludan los gerentes, los directores financieros, los ingenieros que tienen carrera. Todos son blancos. Pero en planta trabajan negros, con jefes de planta blancos. Una de las empresas tiene un cierto aire colonial, con un edificio de relativo lujo -oh, sí, aire acondicionado cerca de la jungla, adornos de caza, una arrogancia british flotando en el ambiente-, rodeado de gran vegetación. Mientras nos reunimos, todos blancos, un negro pone la comida, otro retira los vasos usados, otro limpia la ventana por el exterior. Nos invitan a cenar: el gerente acosa a los camareros negros, les hace sacar continuadamente botellas de vino: first, this, second, that, then, the other, y yo me acuerdo de James Cagney en el 'One, two, three' de Billy Wilder vendiendo refrescos de cola en el Berlín Occidental. Devuelve un plato que le sirven porque no es la casseroule que él quería que fuera... this is nasty, awful... aunque luego se deshace en elogios delante del maitre del steak medium rare que pide que le sirvan, disgustado y sin querer el plato anterior. Eso sí, el maitre es blanco...

¿Es el país inseguro? Hay control de seguridad en una garita instalada unos dos kilómetros antes de entrar en coche en el hotel, una instalación tipo resort llamada Caesars, de la misma cadena que el famoso casino de Las Vegas, hecho a su imagen y semejanza, igual de espantoso, con tiendas de lujo, exóticas y un casino. Y que, a fin de cuentas, te encierra en una cárcel. Cuando conducen, cierran siempre los dispositivos de seguridad, aunque sea para un trayecto pequeño. Pero poco más veo. No noto excesiva presencia policial, a pesar de que son días en que Tony Blair y compañía han estado por acá, de cumbre medioambiental que en pocos meses se olvidará convenientemente.

De Johanesburgo volamos a Nelspruit en uno de los aviones más pequeños en que nunca he viajado, en dura competencia con algunas avionetas para vuelos locales que a veces le toca sufrir al viajero. Nelspruitt es pequeñita y capital del sur del parque Kruger (la región se llama Mpumalanga). Se ven menos negros acá, incluso gran parte del servicio es blanco, dando la sensación de que esto es un valor añadido, como esos moteles americanos que ponen sus neones de 'american owned' como valor añadido frente a los hoteles regentados por indios. No se come nada mal, aunque nos llevan a restaurantes de comida europea, italiana, francesa, o –mira por dónde a 10000 kms de casa- 'mediterranean fusion', y queda en el aire saber si esto es lo que comen habitualmente nuestros anfitriones. Lo digo porque en un lunch informal en una de las empresas nos pusieron unos bocaditos con comida dulce y salada mezcladas que fueron simplemente espantosos y que por un tiempo me llevaron a pensar en las peores experiencias gastronómicas chinocoreanas que he tenido.

La vuelta de Nelspruit a Johanesburgo sí que fue divertida. Se levantó tormenta interesante camino del aeropuerto. Nunca había facturado tan tarde, sólo cinco minutos antes de salir el avión. Claro que hay que ver el aeropuerto: más o menos tan grande como el salón de una casa, con cuatro sillas y un miserable mostrador. Decían estar haciendo uno nuevo, lo cual el señor Mundial agradecería: en su día, al ser la pista bastante pequeña el piloto, al aterrizar, se asegura de que no se le acabará la pista con un movimiento vertical de descenso en los últimos veinte metros que repercute directamente en las posaderas del viajero con el consiguiente susto, gusto y disgusto. Pero el despegue ventoso fue más bonito. Anochecía. Nos aseguraron que si seguía el viento y se hacía de noche no despegaríamos, porque la pista no tiene iluminación. El indicador de viento estaba henchido. Uno de nosotros, en hábil uso del idioma patrio, dice en voz alta: 'mira qué hinchado está el condoncillo', provocando miradas de un par de viajeros de pinta terriblemente wasp (¿sabrán castellano? ¿han entendido lo del little condom? ¿habrán veraneado en Benidorm?). En esto que viene el piloto y con una profesionalidad a prueba de bombas y como muy de Bilbao, nos dice que lleva treinta años haciendo esa ruta, conoce esas tormentas, y está seguro de que habrá periodos de calma. Basta con que cuando haya uno de ellos... corramos hacia el avión para hacer el embarque en tres minutos y salir a toda leche... Cosa que al final sucede, el pasaje corriendo hacia el avión por la pista en medio del polvo del sur, el vuelo sale y es tranquilísimo y sin problemas. Pero con los nervios a flor de piel, el personal se pone a despachar latas de cerveza que da gusto y llega entre risas a Johanesburgo.

Poco más, penosamente, puedo decir de Sudáfrica. Que fue un viaje demasiado paliza, tantos kilómetros en sólo cuatro días, aunque por lo menos no hay excusa por el jetlag, que es la misma hora acá que allá. Que como siempre, es una pena no haber visto más, al menos algo del Kruger -aunque a mí los animalitos o animalotes no me suelen decir mucho- y sobre todo, Ciudad del Cabo, one of the most beautiful cities in the world, dicen ellos. Y sí, que no me apetecería vivir aquí. Siendo blanco, parece que se puede vivir de puta madre, y eso en mi opinión parece empeorarlo, sobre todo cuando algún inmigrante (australiano en este caso) te lo comenta. Aunque con prudencia un tanto hipócrita: el gobierno tiene disposiciones políticas para que los negros puedan acceder a puestos de mayor responsabilidad, ostentar más del 51% del accionariado de las empresas...

Ah, claro. ¡Londres! Ciudad que tras Alan Moore soy incapaz de visitar sin fijarme en las miles de iglesias espantosas llenas de obeliscos fálicos y francmasones que tiene. Mismamente detrás de San Pablo hay tres de ellas alineadas como en confabulación neotemplaria. Je. Y es curioso que esta ciudad nunca se acaba, siempre hay flecos de visitas anteriores. No había estado nunca en el mercado de Covent Garden, para ver por donde se paseaba el asesino de Frenesí. Ni en el Forbidden Planet de New Oxford Street, donde estuve viendo comics modernísimos e ignotos y me sorprendió la enorme sección de comic japonés y que la mayor parte del público fuera precisamente oriental, y no necesariamente en la parte de manga/anime. Y, sobre todo, tuve la revelación Harrods. Me dije yo a mí mismo: vete a Knightsbridge y te paseas por el centro comercial ese donde venían a comprarse la ropa las neguríticas hermanas mayores de tus compañeros de clase del colegio después de abortar... Y yo que me esperaba una cosa cutre como El Corte Inglés, voy y me encuentro con un centro de mucho más lujo, pero igualmente hortero y kitsch, con un lugar increíble llamado 'The Aegyptian Scalator', una escalera mecánica rodeada de barrocos y egipcios motivos decorativos, que culmina en el lower ground floor con el increíble 'The Dodi & Diana Memorial'. Señores: un retrato de Dodi y otro de Diana, ambos en marcos dorados, presiden una pirámide transparente donde se encuentran dos mementos de la llorada pareja. Uno de ellos, el anillo de compromiso que Dodi le regaló la noche anterior al accidente, un espantoso amasijo de brillantes que dudo que Diana pudiera llevar en la mano sin sufrir luxación de falanges. Y el otro, una impresionante copa tapada con una plaquita que al parecer no son sino los restos del vino blanco que la noche fatídica degustó la pareja feliz en aquel restaurante de París. Restos, desde luego, pegados asquerosamente a las paredes de la copa, y con un aspecto ciertamente infumable. Después de mi carcajada necesito tapar mi sonrisa cuando un hombre joven, árabe, me pide todo serio que por favor le haga una foto viéndose el Memorial detrás de él, después de preguntarme si eso estaba permitido. Qué cosas, me pregunto... pero le hago la foto, claro.

El (terrible) Memorial, vía aquí.



Viaje realizado en septiembre de 2004

Distancia Oviedo - Johanesburgo: 8448 Km.

domingo, 23 de mayo de 2010

Asturias (y ii). La provincia

Si Asturias es terreno un tanto inabarcable de por sí, imaginen si apenas se dispone de cinco días. Sólo puede picotearse, imponiéndose además la lógica de los agotadores kilómetros por carretera. Si esta además se ve alterada por las caravanas propias de la Semana Santa, las dificultades son mayores. Aunque nuestra mayor retención no fue debido a las vacaciones de la santa clase media, sino a la autoridad (ya les cuento más tarde).

El espectáculo natural propiamente astur más obvio es el Parque Nacional de los Picos de Europa. Y entre lo mucho a escoger por ahí, la discontinuidad ontológica de la meteorología cantábrica, las lesiones en las piernas, y la falta de costumbre montañera, nos llevaron sólo a un paraje no por conocido menos bello, los lagos de Covadonga. Había yo mismo subido hacía 17 años (¡¡¡DIECISIETE AÑOS!!!), y recordaba una carretera sinuosa, un tráfico infernal de subida y bajada, varios tensos momentos junto a extensos precipicios y un coche más adecuado para la función de subir a esos más de mil metros de altura prácticamente desde el nivel del mar.


Esta vez, amaneció un miércoles santo primaveral y azul, y los ánimos eran buenos. El camino sigue siendo estrecho y endiablado, los precipicios no se han ido, los quitamiedos parecen haberse multiplicado, pero además no había casi tráfico, la ascensión es tranquila, y las infraestructuras son mejores. Un par de bares donde antes creo recordar sólo había refugios, una conexión con pistas y escaleras entre ambos lagos, y hasta… ¡¡hasta taxis!! ¿No me creen? Pues…


Arriba el viento es mucho, pero el lugar permanece espectacular y manteniendo cierta adorable virginidad en la que los rastros del ya incontrolable paso humano no parecen enormes a mis ojos inexpertos. Al bajar, de nuevo con tráfico tranquilo, la primavera da paso a un cielo cerrado y un inicio de lluvia pertinaz. Que fastidió la posible visita a Cangas de Onís (donde el puente romano nos fue esquivo, y cansados nos fuimos para acabar viéndolo por sorpresa desde el coche), y en Ribadesella literalmente nos expulsó de puerto y playa a golpes de viento huracanado. No obstante, el centro es practicable aunque sea bajo el aguacero; soportales, algún palacete, casas y calles reconstruidas. Y frente a tales embates del tiempo, sólo nos quedó volver a Oviedo y dejar de sufrir agua en el exterior y disfrutarla en el interior (en forma de spa). Esto de lluvia descontrolada, que no fue precisamente pura maravilla, a pesar de todo, nos fastidió incluso más que la autoridad….


Otros días la meteorología fue más amable. Así, pudimos disfrutar de un Cudillero luminoso, primaveral, lleno de gente, que con sus calles estrechas, su puerto aislado por la montaña escarpada, y sus casas ascendiendo por las laderas se nos antojó un SuperElantxobe, con el que comparte tradición pesquera y encanto tradicional. Es no obstante bastante más turístico. Entre Cudillero y Muros del Nalón pasamos por varias playas ‘con encanto’, con rocas y mareas bajas, y de repente el tiempo se torna desapacible, un ligero calabobos aparece y hay viento. Paramos en Candás, un pueblo costero entre Avilés y Gijón, y las nubes se han despejado y es posible pasear por la playa y hasta hace calor.


Esta locura de tiempo atlántico debiera sernos reconocida, pero ciertamente tanto cambio en tan poco tiempo resulta agotador. El paseo costero termina en Villaviciosa, donde el pueblo alejado del mar resulta de interés. Además de iglesia y palacios, reclama ser la primera ciudad española en la que Carlos V puso pie (para reinar, claro), también tiene un bonito mercado y, muy cerca, pasamos por la fábrica de Sidra El Gaitero, de la que me atrevo a decir que tiene más encanto en su edificio industrial casi centenario que en el contenido de las botellas de su producto. La fábrica está camino de la playa de Rodiles: tuvimos que decidir entre las dos riberas de la ría de Villaviciosa, y escogimos el lado oriental. La playa del final de la ría resulta espectacular, con su longitud importante, su bosque (que me temo sea colonizado por campistas deseosos de barbacoas en el más crudo verano), la desembocadura, la isla de árboles en medio del río.


¿Y la autoridad?

Bueno, la autoridad ha cambiado mucho en este país, tanto en imagen como en formas. La Guardia Civil ya no son dos señores con bigotón, de cierta edad, y malas pulgas a raudales. La Guardia Civil en esta ocasión fueron cuatro muchachos veinteañeros de excelente ver, muy serios pero respetuosos. Nos pararon a la salida de Cudillero. En un principio sólo pidieron documentación del coche, pero (sospecho que) al descubrir la procedencia del vehículo comenzó el carrusel. En medio del cual la radio les informó de que ‘esta persona no tiene causa pendiente’. Pero no por ello terminaron la labor. Con un agente junto a cada uno, con otro en la radio y otro permanentemente junto a la puerta del conductor, nos cachearon por completo, nos registraron maletero (interesantes botellas de sidra y quesos astures que decepcionaron sin duda al señor representante de la autoridad), asientos, bandoleras e incluso la cartera, donde se enteraron bien de qué fotos llevaba o qué dinero me quedaba para terminar las vacaciones. Que todo ello sucediera a pesar de ‘no tener causas pendientes’ o (sospecho que) por venir el coche de Bilbao indica cierto bordear la legalidad, aunque más profundamente indica otra cosa: miedo oculto bajo presunta confianza. Parece que, no obstante, estábamos limpios. No hubo saludo reglamentario al despedirnos, ni reconocimiento de servicio público. No es la más tensa que he tenido, incluso hacía tanto que no me paraban en un control que hasta sirvió de revival, pero no estaba seguro de siguieran existiendo así.

Distancias Oviedo-Covadonga-Ribadesella-Villaviciosa-Candás-Cudillero-Oviedo: 303 km
Comer en Cangas de Onís:
Pulpo, cabrito, y queso gamonéu. Excelentes.








jueves, 6 de mayo de 2010

Asturias (i). Las ciudades ( y ii)

Una visita cultural por Oviedo resulta clásica al estilo castellano. Una buena catedral, que con sus edificios colindantes toma una gran extensión. Facultades universitarias de anciano origen, con claustros tranquilos para el estudio antiguo. Piedra, pero también un aspecto encalado. Viejas plazas. Iglesias. Y esculturas a cascoporro, por doquier, donde mires. Lamentablemente, el Museo Arqueológico está cerrado por restauración, y la Catedral, la de la torre de Clarín, no nos inspira lo suficiente como para pagar por la Cámara Santa y el claustro. Dentro del templo, a pesar de los infinitos parabienes de las guías (o precisamente por eso), no encuentro nada destacable, salvo el magnífico retablo, dotado de varias calles para albergar más de 20 escenas de la vida de Jesucristo. Wikipedia les cuenta la historia del asunto. Obviamente, no puede disfrutarse bien salvo iluminándolo mediante moneditas, procedimiento que por mucho que esté superado turísticamente en el país, sigue encajando bien en la psique de la Santa Madre Iglesia, ¿no?
El casco antiguo de Oviedo conserva encanto medieval y renacentista de calles, cantones, arcos y palacios. Las plazas más chic resultan ser las del Fontán (porticada, pero pequeña para una plaza Mayor, de modo que resulta muy coqueta) y la de Daoíz y Velarde (dotada de un sorprendente Mercadona, céntrico y unfructuosamente respetuoso con la fachada y sus ornamentos), ambas contiguas. El mercado está en la zona, y es (modestamente) modernista y resulta un curioso viaje repentino al Mediterráneo y a la modernidad.
Si hay un monumento verdaderamente excepcional en Oviedo, este es Santa María del Naranco. La falsa iglesia, antiguo palacio de los reyes astures que frenaron a los árabes, está a dos kilómetros del centro, en una ladera que domina una vista impresionante de la ciudad y el macizo montañoso que la acoge.
Tiene unos horarios horribles, y su visita es guiada o no es, lo cual se entiende dado que es edificio antiguo, frágil, no muy seguro, y, aunque su altura impresione y fuera ideado como salón real, su planta es pequeña. El recuerdo de fotos de mis libros de texto me induce algo de respeto por un edificio que seguramente será la construcción civil más antigua de España que se conserva completa. Me gusta que a sus alrededores se acceda con libertad; desde la carretera puede cruzarse el prado verdérrimo, respirar ante su elegancia sutil, y tocar la piedra vieja.
Desde allí también se accede a San Miguel de Lillo, que aunque está también considerada joya del prerrománico astur, se conserva en peor estado, y su reparación doscientos años después de su construcción no la dejó bien parada. Aún así, rota y pesada y rastro de un tiempo mejor, parece una pequeña y vigorosa fortaleza cuyo orgullo le impide caer.
Y queda Avilés. ¿Y quién espera algo de Avilés? Seguramente nadie. Pues bien, ese nadie no está bien informado. Con la fama que le precede, esperaba que Avilés fuera una suma de Sestao y Barakaldo, dominado por la estela de la reconversión industrial junto a un brazo de mar, y en la que dependiendo del esfuerzo por la conservación del patrimonio industrial (y el civil asociado al mismo, como las casas de obreros, por ejemplo), podría rascarse algo de interés. Pero no. Aunque en la larga entrada a Avilés junto a la ría las dársenas de Ensidesa siguen presentes, y aunque ahora mismo están construyendo allí una cúpula blanca moderna y gigantesca que resulta ser obra del viejísimo Oscar Niemeyer, el interés está en un coqueto doble barrio antiguo, dividido en una zona aparentemente más señorial y otra más tradicionalmente más pesquera.
En la zona señorial abundan los soportales, que son múltiples y de infinitos estilos, y que permiten pasear entre la lluvia asturiana (que, tras múltiples demostraciones no solicitadas de fuerza, me pregunto si no sería la primera responsable de echar al moro de la tierra) con algo de tranquilidad. El pueblo andaba revolucionado, pues era día de procesión, y pequeños pasos como los habituales en la costa cantábrica esperaban aparcados entre columnas. Algún palacio ecléctico como corresponde a un buen indiano asomaba entre estos porches de estupenda conservación, que en algunos casos conservan la zona para animales y la zona para humanos con sus diferentes suelos, y, lamentablemente, el supuestamente interesante Parque Ferreira estaba cerrado por ‘vendaval’ (¿?). En fin, moviéndose hacia el barrio pesquero se encuentra la Plaza del Mercado, una joya por su rareza: muy elevadas columnas de hierro soportan miradores porticados de inspiración marinera, y un edificio central debe cumplir las funciones de mercado tradicional. Y desde la plaza se puede subir al barrio e iglesia central de la antigua zona pesquera de esta ciudad coqueta que un día se vio arrastrada por la industria, que le cambió su reputación para siempre.

Comer en Oviedo:
Restaurante Sidrería Tierra Astur
Tabla de quesos y chuletón a la piedra (ambos maravillosos). Sitio popular, con barra y mesas, servicio rápido y amable que no hace más que llenar los vasos de sidra. Peligro de cogorza.

Restaurante La Taberna del Zurdo
Tortilla abierta de bacalao, tataki de salmón, pixín frito –viene a ser medallones de rape a una romana ligera-. Aunque todo es altamente moderno, resulta de calidad y precio excelentes

Restaurante La Goleta
Anchoas, bacalao a la brasa, alcachofas con almejas. Excelente calidad, pero muy caro y de ambiente –imitando un barco- y servicio envarados. Mesa pijovieja al lado, con dos machos alfa, dos señoras y una joven. En su conversación, impuesta a todo el local y llena de anécdotas del alto Madrid, recuerdan a Arturo Fernández.

Restaurante Faro Vidio
Sushi con foie (curioso), lechazo a la sidra (bueno), verduritas plancha (pasadas). Se publicitan como poseedores de una joya: un chaval de 18 años hijo del jefe y que estudia ahora mismo con Berasategi. Tendrá que trabajar mucho…

Distancia Oviedo-Avilés-Gijón-Oviedo: 93 kms.






martes, 27 de abril de 2010

Asturias (i). Las ciudades (i)

Todo el norte se parece aunque todo el norte sea distinto. Viajar a Asturias desde Bilbao con un sevillano que lleva la promesa de que Asturias es la belleza del paisaje vasco pero agigantada resulta estimulante y frustrante. Tal vez, para quien no tiene costumbre, vistas una montaña, una playa agreste, unas colinas verdes, vistas todas. Pero, aún siendo yo mismo primo norteño, no he podido sino comparar de continuo, cometiendo el error que Bruce Chatwin achacaba al viajero no solitario.

Como Bilbao, Oviedo y Gijón están dominadas por montañas, aunque estas se hacen evidentes más bien en sus afueras, y no desde el mismo centro. Además, estas montañas no tienen comparación. Elevadas, escarpadas, nevadas en abril, prometen pasos más difíciles y aventuras más largas. No asfixian el crecimiento de las ciudades, lo suyo es vigilancia natural, y no invasión por parte del espacio urbano. Una visión que explica que se les llamara montañas de Europa al ser avistadas, supongo que a gran distancia, desde el mar.


Pero ambas ciudades respiran muy distinto. Oviedo es señorial, de aire patricio un tanto rancio, como si la sombra de Vetusta no se fuera, aunque ahora la heroica ciudad esté impoluta hasta una higiene excesiva, o como si su escasamente mayor cercanía a Castilla pesara en muros, palacios, catedral. Tiene dos cosas que se tornan molestas. Una no debería serlo: la inmensa e incongruente cantidad de esculturas de la ciudad, resultado de una inversión imagino que enorme en los años noventa, periodo de realización de la mayoría de ellas.

Uno puede empezar animado por Woody Allen, por el culo o la maternidad boterianas. Pero no poder andar sin que surja un nuevo gesto atrapado en bronces me abrumó. La información turística dice que Oviedo es la segunda ciudad española en número de escultura urbana, después de Barcelona. Claro que esta le supera en diez veces su población.

La gente se refugia ante la furia de los elementos alrededor del culo de Botero

La segunda molestia es sonora. Al alojarnos en Oviedo, no sé si sucede en otros lugares. Pero no parece normal que las campanas de la iglesia cercana al hotel tañeran cada mañana a los sones de Asturias, patria querida, en sombríos metales que me causaron incredulidad el primer día y estupefacción el siguiente al oirlos repetidos. ¿Costumbre de Semana Santa? ¿Nacionalismo musical? Curiosamente, para un visitante, Asturias puede permitirse como madre oficial de la patria que es hacer uso y abuso de sus signos y símbolos distintivos sin peligro aparente alguno de demonización nacionalista. O eso parece. Tal vez sufran más de lo debido la paternalista asociación monárquica, la de los pastelitos Letizia, la del bonito-cariño-más-especial, y ese vulgar tañir de campanas sea una especie de condena.
Gijón respira distinto. Al contrario que sus hermanas geográficas San Sebastián y Santander, sus playas no parecen haber registrado aristocracias ni visitas de mandatarios a tomar los baños. La playa de San Lorenzo desaparece sorprendentemente en apenas unas horas por efecto normal de las mareas, y no la jalonan palacios ni casonas. La playa de poniente aparece entre puertos de diferentes tipos al otro lado de la ciudad, que en una península que en su día fue isla tiene el cerro de Santa Catalina con las infinitas posibilidades fotográficas del Elogio del horizonte de Chillida.

Pero más allá de la evidencia industrial del puerto, de los inmensos depósitos de productos químicos en el horizonte de sus montes cercanos, nada recuerda especialmente a la ciudad digamos liberal, digamos rebelde, que apuntan sus ilustrados, o su historial obrero.

Tal vez un mayor movimiento en las calles, tal vez un mayor desenfado en las gentes. Pero es escaso tiempo para apreciaciones así. Más obvios son sus valores turísticos: ese barrio antiguo de Cimadevilla con aire medieval en el diseño de sus calles, y un espíritu entre pesquero y señorial (dado por dos palacios estupendos), que se abre a la ciudad nueva con una estatua de un dignísimo Rey Pelayo. Y es mejor indicar las dos visitas culturales que merece destacar, por la sorpresa que supone encontrárselos y por su calidad: las sorprendentes termas romanas del Campo Valdés, con conservación de varios elementos curiosos, y supongo que uno de los primeros museos con intención interactiva que al respecto se construyeron en España; y el Museo de Gijón, en la casa natal de Jovellanos, muy cerca de las termas, que además de la colección de pintura de la familia y las obras de varios pintores asturianos contemporáneos incluye, en prácticamente la buhardilla del museo, alejado de todo y como prefiriendo que nadie llegue a él, un impresionante conjunto escultórico en forma de relieve titulado ‘El retablo del mar’, del autor local Sebastián Miranda, que se encuentra en dos piezas: un molde de escayola de los años 30 y una en madera de los 70. La obra es apabullante en su retrato del momento de la venta de pescado en una rula, con una perfección y un detalle que sobrepasan el costumbrismo y se adentran en lo psicológico. La propia historia del retablo y sus diferentes versiones, y su superviviencia milagrosa a la Guerra Civil también resulta increíble.

La Guerra Civil está muy presente en Asturias. Supongo que puede suceder en otros sitios y no le doy importancia por ser más cercanos o estar más acostumbrado. Pienso en Gernika, por ejemplo. Pero en Asturias he encontrado muchas referencias a la Guerra Civil como motivo de pérdidas de documentos o monumentos. Me pregunto si está relevancia es incluso interesada, pues incluso en algún documento llega a leerse que la contienda en Asturias se extiende desde los sucesos de 1934 y no desde el golpe de estado de 1936. Oviedo, frente al resto de la provincia, se declaró nacional, y sufrió asedio. Y a veces parece que esa herida aún cristaliza.

Comer en Gijón:
Restaurante Ciudadela
Sepia con cebollas y ajetes (excelente)
Verduras plancha (bien)
Ternera Angus (buena) –plato pedido como redención de Viernes Santo-

Restaurante La más barata
Zona de ‘Los Arcos’
Paella (aceptable)
Viaje realizado en Semana Santa de 2010
Distancia: Berlín - Oviedo: 2248 kms.