lunes, 16 de enero de 2012

San Francisco and even more!


Japantown. Sí, hombre, yo me había propuesto pasar por los centros comerciales japoneses y comer allí si era posible y visitar sus tiendas y demás. Japantown es pequeñito, apenas dos manzanas alrededor de dos centros comerciales conocidos como Japancenter, junto a la catedral de St. Mary y arriba de una colina bastante jodida ella. A pesar de lo enano, está ciertamente lleno de orientales de ojos rasgados hacia arriba. Una colección de restaurantes desmenuzan los tipos de comida japonesa que prepara cada uno. En ninguno de ellos se observa una tranquilizadora presencia mayoritaria de occidentales. La comida en sí resulta harto dificultosa, sobre todo porque mis compañeros de viaje nunca habían usado ni intentado usar chopsticks, y, claro, no iban a pedir tenedores siendo de Bilbao... Como era de esperar, nos gustó la tempura pero no el sushi (recordemos que la tempura es fácilmente atrapable con las manos). El sashimi sin embargo estaba estupendo. Y en cuanto a la breve visita por Japancenter, lo que más me impresionó -junto a la tentación de comprarme un kimono- es una gigantesca librería llena en un 90% de libros en japonés. Vamos, que me pareció enorme para una ciudad occidental con todito en raro... Y no eran pocos los occidentales que estaban en ello, no crean. Al salir de allí nos dedicamos a pasear hacia Pacific Heights (recuerden, recuerden a Michael Keaton haciendo la vida imposible a su vecino Matthew Modine), viendo mansiones victorianas y no tan victorianas varias, antes de decidir divertirnos un rato con el tranvía de California Street, sube que te baja cuesta que te cuesta. Bueno, lo de siempre, que los tranvías de SF no son tranvías sino cable cars que funcionan por una tracción a través de un cable que va por el medio de las vías. Los tranvías sólo cubren tres líneas, son antiguos y para turismo (muy caros, 3 dólares), y han sido sustituidos en el resto de la ciudad por nada menos que trolebuses. Me dio nostalgia mucha recordar los trolebuses que había en Bilbao cuando era enano, con los fogonazos eléctricos y el conductor saliendo fuera del vehículo a colocar el trole cuando este se salía. Ahora son zero emision vehicles, no te jode. Eso sí, llenan la ciudad de cables voladizos.


SFMOMA. Oséase, San Francisco Museum Of Modern Art. Bueno, sí, un museo de arte moderno normalito, pero la diferencia está en que las colecciones que normalmente se ven en estos museos americanos son muy diferentes de las que estamos acostumbrados en Europa. Cualquier museo americano de arte moderno que se precie tiene sus ejemplares de Picasso, Miró, Juan Gris, Matisse, etc... Para nosotros es más raro ver cuadros de Georgia O'Keefe, Jackson Pollock, Andy Warhol o Robert Rauschenberg. Bueno, ahora ya no tanto, al menos quien le dé por acudir al Guggenheim a reírse un rato. Vamos, que lo de Pollock sigue siendo un espanto, ejem, dios y su pincel me perdonen. Lo mejor del SFMOMA fueron las dos retrospectivas dedicadas a Roy Lichtenstein y Robert Bechtle. Al primero le conocemos todos, y ahí estaban todos sus cuadros de comics con todos sus puntos gordos hechos a mano que incluso decoran el pasillo de amigos y varios. Todo tan colorista, todo con ese aire tan pop. Por lo visto Lichtenstein siempre fue tratado como una mierda por parte de la crítica, y, claro, estas retrospectivas han tardado su tiempo en realizarse. Robert Bechtle por su parte pinta cuadros con coches enormes en medio de calles desiertas, en plan iconos culturales y en plan bestias que se comen el mundo. Tiende a fotografiar lo que quiere pintar, lo proyecta sobre el lienzo, dibuja las líneas principales, y luego pinta. Toda la provocación hiperrealista debida al pintor, supongo. Pero sus cuadros tienen la extrañeza de composición y simbología de Edward Hopper y por otro lado el aire luminoso de las ambientaciones de David Hockney. Y es pintor de los barrios de San Francisco, con sus coches inclinados en las colinas de Potrero Hill.


Soma. Y ya que estamos en el SFMOMA hablaremos del Soma. Uno de estos barrios yanquis cuyo nombre viene dado por una calle del lugar, South of Market en este caso. Market Street, calle para desfiles varios, viene a recordar un tanto a la Diagonal. Es una calle que cruza por completo y redefine a la vez la cuadrícula imposible de San Francisco (imposible por obligar a construir en línea recta en pendientes impresionantes) y que por lo visto siempre dividió diferentes ambientes y barrios. El Soma en sentido amplio coge desde el sur del embarcadero, hasta el ya bastante interior Castro, incluyendo Mission, y es a muchas de sus calles a las que se debe mucha de la animación variada de la ciudad y gran parte de su historia canalla. Esta animación incluye todo tipo de bares y discotecas. Aunque, je, también fue casualidad que a pesar del ambiente mixto de locales como Lit o Endup, allá en la Calle Sexta, acabara en los mismos en su straight night, je. Por cierto, que cobran una buena entrada (15 ó 20 dólares), sin derecho a consumición... Los restaurantes de la zona son de alto standing. Y es que San Francisco, además de su lado Ashbury y North Beach y Chinatown, tiene una zona de alto standing de no menearse. La he podido catar gracias a que el congreso suponía comidas y cenas con clientes en lugares de eso, standing. Creo que es la primera vez que debo reconocer que una ciudad americana reúne una buena cantidad de locales de gusto decorativo impresionante. La comida es otra cosa, claro. Pero no entremos en temas fussion, ejem.


The Citylights Bookshop. Bueeeeeeno, pues al menos pude escaparme a pasar un par de horas a la librería de los beatnicks en cuestión, donde llegué aterido y medio empapado porque al paraguas (de aluminio) no le daba para parar el chaparrón inmenso que estaba cayendo sobre Sodoma Reloaded. Un encanto de librería, oigan. Tiene tres plantas, todas ellas empapeladas de fotografías históricas del lugar (fotos cuyas copias están a la venta, framed or unframed), incluyendo visitas y charlas de gente como Allen Ginsberg o Bob Dylan, de invitaciones (escritas) a coger libros y sentarse a leer... La librería tiene 52 años, debemos recordar que San Francisco sólo tiene 150 años. Está situada en el inicio de North Beach, único lugar de San Francisco donde vi stripbars y peepshows, en general de mujeres y mixtos, pero también dos de sólo hombres. Ya saben: paneles blancos, fotos hórridas en el exterior, bombillas rojas, mucha luz. Al parecer, es negocio también en recesión en San Francisco, donde a pesar de todo no lo asocian con la inseguridad frente a los 7000 homeless que dice la prensa que tiene actualmente la ciudad. En fin, a lo que iba. En la librería, la tercera planta es una especie de cuarto apartado dedicado exclusivamente a la poesía, con especial referencia a los poetas del movimiento, claro está, pero con una sección importante de poesía general y muchas ediciones bilingües de autores españoles, y no sólo los esperables Lorca o Machado (que también). El lugar es silencioso, invita a la lectura cual finis africae, y eso que la madera del suelo cruje que se mata. La planta media tiene la parte de ficción y narración, aunque también las publicaciones propias de la librería. Nada reseñable acá, salvo una colección de revistas para mí todas desconocidas, incluyendo Bitch (pop culture for feminists, decía el subtítulo de la misma). No muy lejos había otra que era Witch, pero creo que esta era de decoración alternativa. La planta sótano incluye las mejores sorpresas, porque juro no haber visto tamaño colección de libros revolucionarios nunca en los EE.UU. ¡Pero bueno! ¡Si había hasta hagiografías de Fidel y de su revolución! Donde vamos a parar. Toda una sección dedicada al anarquismo. ¡Libros de Bakunin! Por supuesto, la consabida parte de gay and lesbian studies, donde me fijé sólo en un libro titulado Why I hate Abercrombie & Fitch?, para encontrarme con un artículo de un homo negro que despotrica contra dicha marca no por indecency sino por whiteness. Huys, qué complicado es lo de la militancia en este país, me da por pensar. Me imagino que a los chinos americanos gays les fastidiará Abercrombie por su unchinaness o similar. La parte de estudios sexuales también está interesante. Aparte del muchacho que había leyendo en esa sección y que al entrar yo se tapó la cabeza con la capucha de la sudadera (seguro que eso significa que le gusta el fist fucking o el dirty sánchez en el bar de la esquina de tres a tres y media de la tarde, claro que yo no lo entendí), encontré cosas como una historia del onanismo (masculino y femenino), de 800 páginas de grosor, que afirmaba que la historia de la masturbación as we know it empieza en mil setecientos algo debido a la primera publicación médica al respecto, cuando antes todo era gozo y despreocupación, fíjense. Y todo tipo de tratados varios junto a la sección de esotería (¿cuál mejor?) En fin, un lugar para disfrutarlo de veras. Cuando lo abandoné, llevando bajo el brazo una unofficial story de la muy sórdida ciudad, seguía cayendo toda la furia del Pacífico sobre la misma. Aproveché para despedirme del downtown, que ya sería lo último que viera de la tierra de promisión.


Pennsylvania. Dios mío, qué triste es Pennsylvania. A mí no me extraña que allí los muertos vaguen por las ciudades en busca de niños videntes, que haya superhéroes o que los hippies se encierren en comunas fuera del mundanal ruido. No es más que una sucesión de bosques cerradísimos, con colinas olvidadas, autopistas sin fin, y que no cambia de aspecto así sea febrero o septiembre.

Tristate. En los EE.UU. imagino que debe haber más de una zona a la que llamen Tristate, lugares fronterizos entre varios estados. Estuve (tuve que estar) esta vez en la que une Kentucky, Indiana, e Illinois. Pero Kentucky era el principal lugar de referencia. ¿Y qué conocemos reseñable de Kentucky, queridos? El Kentucky Fried Chicken, ¿no? En efecto, todo se fríe en Kentucky. TODO. Hasta hay lugares donde rebozan pasteles en una inmensa capa de huevo y pan rallado y en un aceite animal hórrido. Bueno, eso me cuentan, porque un día me llevan a cenar a un abrevadero de rednecks, y al día siguiente al World Famous' Ralph's Hickory Pit, que, en fin, no le iba a la zaga... Con aspecto de cabaña desvencijada (todo pintado sobre la madera, pero dando el pego desde lejos), en este lugar sufrimos un buen repaso de miradas al entrar, de arriba abajo. La clientela era gorda, gorda de la que no conoce la palabra ‘cuello', vestida con camisas a cuadros, los carrillos bien rojos, la gorra de beisbol calada, del tipo de locales en que uno se pregunta cuántos llevarán armas. Allí el idioma se mastica, e imagino que a los maricones ni te cuento... El agente se descojona de mí. Dice que debo pedir un auténtico desayuno de Kentucky o las camareras me recriminarán cuando no se convertirán en vampiras cual empleadas del Titty Twister. No vean ustedes los platos que ofrecía la carta, que con una envidiable ironía hablaba del hearty breakfast como algo compuesto de royal pancakes, two eggs any style, your choice of sausage or bacon, hashbrowns, butter, syrup and wahtever else. Mi querido agente (un hombre de sorna sin fin) se da de bruces y le pide perdón a la camarera porque pido ¡french toasts! Empiezo a tener miedo. Las paredes están llenas de carteles machistas de esos para reírse de la propia esposa, alguno de los cuales podrían incitar a la violencia. Pero... no, no pasa nada. Las french toasts están estupendas. Los mugs del café son cojonudos, y me sirven dos veces, ganándose así el consabido dólar de propina. Salgo de allí con la colita entre las piernas, para llegar a casa, empezando por el caminito del aeropuerto de Evansville, Indiana, único del mundo que tiene sillas mecedoras junto a los ventanales para que los jubilados del lugar pasen relajadamente la tarde mientras ven aterrizar y despegar aviones. Lo que da una idea de cómo anda la animación por acá...

Fin de trayecto.

Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa iii de iii)
Distancia San Francisco – Evansville: 3.274 km.

sábado, 7 de enero de 2012

Frisco, tierra y mar


The Niebaum-Coppola Cafe. En Columbus Avenue, el pequeño edificio verde en chaflán que se recorta contra la pirámide de la Transamerica (cuyo observatory deck está cerrado desde el 11S) es la sede de la Zoetrope. En el wine taste bar de la planta baja pueden degustarse a unos 8$ la copa los vinos de la reserva personal de Francis Ford entre fotos de rodaje de películas varias y grandes posters antiguos de películas varias, incluyendo por supuesto muchas de la casa. El dueño del bar amablemente te enseñará sus fotos con Philip Kaufman o Andy García y te explicará las experiencias de su mujer con los bailaores flamencos de Sevilla (a su entender, todos los gipsy dancers del sur de España son marricones)



Golden Gate Park. Desgraciadamente en obras, impidiendo la buena movilidad interior y el que haya la vida debida habitual al parque en un sábado de glorioso tiempo primaveral. El invernadero sigue siendo una estampa estupenda (esa combinación de verde y blanco brillantes con un azul cortesía de la meteorología sólo la recuerdo en el Sacre Coeur parisino de un octubre ya lejano). El jardín japonés está visitable, tan tranquilo y estupendo, a pesar de la aglomeración de personal en la cafetería que impide que te hagan el ritual del té como es debido.



Fisherman's Wharf & Pier 39. El mercado del pescado de SF no es gran cosa si se compara con otros, creo yo. Como el de Seattle, por ejemplo, o el de Bergen. O eso o los inconvenientes del fin de semana, que todo puede ser. SF no tiene un parque de atracciones junto a su zona portuaria, aunque sustituye eso por un centro comercial de diseño altamente atractivo como el Pier 39, de inspiración marinera. Pero ni Pier 39 ni el mismo Fisherman's Wharf ni Ghirardelli Square, aquí cerca, merecerían en realidad más atención sino por algunos detalles verdaderamente inhabituales. En el Pier 39, las diez plataformas donde los leones marinos y las focas se dedican a pasar el día dormitando y mugiendo a volumen desaforado, retorciendo sus cuellos, peleándose amorosamente, o tirándose al agua, disfrutando de una vida que huye del mundanal ruido. Es un espectáculo fascinante observarlos, puede uno quedarse pegado durante quince minutos sin saber muy bien a cuál de ellas atender. La cercanía, la espectacularidad de los animales, la sensación de libertad que da que estén a mar abierto y sin embargo prefieran vegetar ahí mismo... En Fisherman's Wharf entramos en una de las cosas más curiosas que haya visto en los USA: un museo mecánico. Está lleno de máquinas y atracciones de feria de las tres primeras décadas del siglo veinte. La entrada es gratuita, pero para hacer funcionar las máquinas necesitas echar uno o dos quarters. Todos hemos visto el tipo de máquinas que son: adivinadores o cumplidores de deseos como el que salía en Big. Rollos de películas antiguas a pasar con una manivela. Pequeños juegos de feria. Pianolas que funcionan solas con el mecanismo al aire. Mecanos de granjas, parques de atracciones, trenecitos o serrerías que se iluminan y funcionan musicalmente durante unos minutos, moviendo sus pequeñas piezas con un encanto nostálgico ya perdido. Fabuloso lugar que ahora me entra la duda de saber si es permanente ahí o si sería algo temporal.



Alcatraz. Visita ineludible, interesante por aquello de que siempre hay que conocer todas las partes del comportamiento humano... Sin embargo, me resulta desagradable, porque me suena a que me venden una gran mentira. Tal vez pueda discutirse que Alcatraz deba haber sido convertida en una Disneylandia, porque se trata de una Disneylandia del horror, del carácter vengativo que incluso por ley tiene la política judicial y penitenciaria norteamericana. Entiéndase, son los mismos creadores del sistema los que montan un museo (con una entrada al módico precio de 16$ incluyendo barco y audioguía) en que explican la vida de quienes se salían del sistema con especial dedicación. Encuentro una cierta perversión en esto, en que los niños americanos se formen (bajo la idea que tenemos todos de que en los museos se cuenta la verdad) en estos valores, en que sepan qué le ocurre a quien se sale del redil... Son los valores de una guía que dedica quince minutos a explicar cómo marines y ejército sofocaron con gloria el motín del 46, pero que explica en tres minutos cómo se escapó Clint Eastwood de allí, casi parece que eso fuera una vergüenza para el sistema. Eso sí, las vistas desde la isla son acojonantes. Y los recuerdos de la peli de Don Siegel verdaderamente vívidos.


Chinatown. Coño, pues no hay nada de celebración por el año nuevo... El Chinatown de SF tiene más encanto que el de otros lugares. Pienso mainly en NYC, tan enorme, tan acelerado como toda la ciudad... Chinatown, SF, arrasado por el incendio de 1906 y reconstruido después, es más pequeño, pero a la vez es más recogido y más intensamente chino, con algunas callejuelas oscuras, con sus restaurantes de las diferentes escuelas de cocina de la comida china, y sus bazares comerciales, muchos de ellos muy turísticos, por lo que hay que buscar locales (que los hay, y en abundancia) donde la iluminación sea más baja, donde no existan cachivaches de souvenirs, y donde perderse entre scarves y wooden boxes y rollos de papel caligrafiado como si estuviera uno en Hong Kong. En un área hay cuatro almacenes de música y DVDs, todos ellos en glorioso chino, rodeados de posters de pelis ignotas del mejor estilo jonkonés. Intento comprar un póster de 2046 con los créditos en chino, pero fracaso en mi entendimiento con el dependiente, que no me entiende que no quiero la película (duda tremenda que me entra de pensar en qué coño de zona la tendrán). Sólo algunos edificios de Chinatown mantienen el encanto de las viejas construcciones del lejano oriente. Hay templos varios, alrededor curiosamente de una iglesia cristiana.

(vía) 

Los taxistas de SF. Son una especie de historia reciente de la ciudad. Todos amabilísimos y todos llegados acá de otras partes. Ha habido varios, y todos ellos han preguntado de dónde somos con amabilidad suprema. A destacar.

Un ucraniano que lleva 4 años en SF:
'You like America?'
'Well, you know, everything is so different here... but San Francisco, you know, it's always spring in San Francisco...'
Claro que viniendo de Ucrania no me extraña....

Un argentino que vino llamado por el movimiento hippy hace treinta años
 'sshevo acá todo este tiempo, pero ssho no soy gay'
(no me atrevo a decirle si al afirmar eso la gente no piensa precisamente lo contrario, ejem; el tío nos detalló cada tienda de Haight Ashbury que le dio tiempo). Y al cual se le notaba el acento argentino al hablar en español, pero no en inglés.

Un neoyorquino que llegó en el 74, cuyo hijo vivió en Argentina (claro, como nosotros venimos de España, lo lógico es que eso nos resulte de interés, ¿verdad?) y del cual nos enseña una foto... ¡porque se parece a Pierce Brosnan! Y en efecto, así era, como una versión del irlandés en plan jovencito de buen apetecer.

Otro que nos lleva de paseo por Pacific Heights aunque no pillaba exactamente de camino mientras nos enseña casas como la original de Levy Strauss y nos explica sus experiencias en Barcelona durante 1956...

Y otro que se nos pone a explicar que nuestro español no suena como el de los mexicanos (so loudy), sino como si fuera 'francés'. Porque hablamos bajito, dice. Lo consideramos una afrenta a nuestro honor y decidimos hacer que lo pase mal:
'Well, in America you know, not only Spanish is spoken very loud', y
'Our Spanish sounds like French to you? Excuse me, but, what do you exactly mean?'
Uno nunca le diría esto a un taxista de NYC o de Madrid, por supuesto. No vemos si enrojece, porque es indio, pero balbucea la respuesta. Pobre. Porque es innegable que la ciudad sigue siendo un lujo de amabilidad y que este conjunto de taxi drivers da una idea de su cosmopolitismo. No es que como en todas partes vengan todos de muy lejos (que también), es que parece que les gusta aprender, escuchar a la gente que viene a visitar el lugar, y acoger a cualquier nueva persona que se acerque a la ciudad, como si nunca se supiera quién se va a quedar a formar parte del vecindario.

Camiseta del día:



Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa ii de iii)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Un día en San Francisco

(vía Wikipedia)


St. Mary's Cathedral es una de las iglesias que conozco más espectaculares del mundo. De los años setenta, de planta cuadrada, un gran cono de cemento partido por estrechas vidrieras verticales se soporta en cuatro columnas inmensas que dan paso a cristaleras desde las que se ven diferentes partes de la ciudad, que así se puede observar mientras atiendes el servicio de misa. O sea, luz interior y luz exterior. Está en una colina y no es destino turístico habitual. Fantástica, aunque llegar andando a ella es un suplicio. El que tiene SF si uno quiere verla andando: las cuestas indómitas. Y así tengo los pies, que parecen maple syrup.


Mission Dolores. El edifico más antiguo de SF es la iglesia fundada por los franciscanos en honor de su santo y patrón que también da nombre a la ciudad. Tiene una basílica horrenda junto a la vieja iglesia de adobe. Un precioso cementerio con lápidas del siglo XIX (recuerden Vertigo) escritas en castellano -en honor de españoles y mexicanos pioneros de la ciudad- e inglés -por los hijos de Irlanda que la poblaron- se supone que alberga en el subsuelo los cadáveres de 5000 indios que murieron durante la construcción de la misión.


Castro. No es especialmente grande el barrio gay más famoso del mundo. Se organiza en torno una calle (Castro Street), y en ese sentido queda escasa si se compara con la de Sydney (Oxford Street), por poner un ejemplo parecido. Magníficas tiendas de camisetas (caigo en dos ocasiones, pero es que el rosa nos sienta tan bien a los rubios...) y de ropa alternativa -por ejemplo, sábanas de Tom de Finlandia-. Librerías. Tiendas de películas, con una con enormes galerías especializadas en subgéneros que jamás describiríais a vuestras madres. Artículos de cuero. Dildos obtenidos de moldes de las pollas de tus actores porno preferidos (las cajas son de diferentes tamaños, claro; no la hay de John Holmes, pero sí de Jeff Stryker). No hay peepshows, ni saunas, ni similares, cosa que me parece curiosa. Mucha pareja de la mano, casi siempre muy maduras. En las tiendas atienden casi siempre rubios estilizados, no necesariamente jóvenes. Premio para el nombre de una: 'Does your father know?'. Almuerzo en un restaurante italiano, me encuentro mesa con mesa con una pareja de catalanes de luna de miel. Se van mañana a Chicago. Van a pasar de 20 grados a 5 bajo cero. Al final de Castro empiezan a subir casas victorianas hacia las colinas. En el teatro del barrio, Castro Theater, proyectan Last Tango in Paris.

(vía Royalmaze)

Haight Ashbury. Estupendas casas victorianas circundan este barrio alto, junto al parque Golden Gate y el (frondosísimo) parque Buena Vista. Hay que subir cuestas como si fuera un viacrucis para llegar. Acá se asentaron muchas de las comunidades hippies de los setenta, y aunque ya sólo queden tiendas, se respira un aire algo fumeta: los homelesses son más adictos que veteranos de Vietnam. Amoeba: gigantesca tienda de cedés y vinilos, de actividad impresionante. Puedes escoger un cedé y poner su código de barras bajo un lector acoplado a unos cascos, y te lo reproduce al momento sin sacarlo de la caja precintada. Veo una tienda enorme de guitarras. Una pequeña tienda de discos de géneros varios especializada en vender ¡a disc jockeys! Estupendas tiendas de zapatos (vuelvo a caer, no sé con qué coño me voy a poner estas zapatillas verdinegras a manchas). En el teatro del barrio, 'Red Vic', proyectan The Raspberry Reich.

(vía Soyturista)

Las calles de San Francisco. Y su subir y bajar de continuo. Encuentro en Columbus Avenue la librería de Jack Kerouac, está cerrada. Divisadero, la calle que se lleva el primer plano de Entrevista con el vampiro. Alamo Square y su vista de casas victorianas. Union Square, centro de la ciudad, con sus grandes almacenes varios. En Borders me agencio tres tochos. En EE.UU. los libros son más bien baratos, pero con el cambio del dólar el querido Easy Riders Raging Bulls se queda en nada. Me agencio uno de Colm Toibin (que hasta ahora nunca lo he probado) y el último de Michael Cunningham (A Home at the End of the World). Compro los tres tipos de colonia de Abercrombie & Fitch (que es la mejor colonia para hombre del mundo, ¿qué pasa? Además se venden en tamaño para viaje…). Las tiendas de Abercrombie son altamente estimulantes, pero sólo hay en EE.UU. Compro filtros de fotografía de no sé qué ostias para un amigo que me los ha pedido, pero no tienen en la tienda, y tengo que ir a otra cruzando Tenderloin por Turk Street hasta el cruce con Van Ness Street. Soy objeto de las miradas del mayor conjunto de espectros con que me he cruzado. Homeless sin piernas (¿arrasadas de napalm?) y sin nariz (¿arrasada de nieve?). Esta ciudad está llena de monstruos (para relajarme entro en una poor lit second hand bookshop (sic) decorada con portadas de una publicación tipo Noticias del Mundo que son un despiporre, como una que afirma que hay pruebas de que Bin Laden ha conseguido clonar ¡a Hitler!). A los monstruos de la ciudad no se les puede ni mirar, o te seguirá uno de ellos por toda la manzana pidiéndote un quarter y te acabará llamando somabiche por no darle un mísero níquel.


La gente de San Francisco. Muy maja, oyes. No sólo en las tiendas te acogen con la tradicional amabilidad californiana, en la que eso de que el cliente es el rey se llega a sentir. En la tienda de fotos incluso llaman a la competencia para ver si tienen el artículo, y me lo reservan. En Castro los dependientes se deshacen en sonrisas y hasta sospechosos guiños de complicidad cuando compras. En Haight Street son todo buenas maneras aunque mi madre criticaría profundamente que se les ven los calzoncillos fosforescentes al atenderte. Los activistas ecologistas se enrollan preguntando de dónde eres (y así conozco a una alemana que vivió un año en Madrid y que por supuesto habla mejor castellano que yo). Hasta dos personas (cincuentonas de buen aspecto que pasean a sus perros) se ofrecen amablemente a ayudarme cuando estoy con el mapa en ristre decidiendo donde molturarme los tobillos a continuación. Y, coño, todo el mundo ha estado en España, hay que joderse. Aunque sea en el setenta y tres, señor.

But, as they say... am sure that San Francisco has not changed in the ten years since your last visit as dramatically as Spain in the last thirty years... claro que SF no necesitaba cambiar, supongo.





Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa i de iii)
Distancia Estocolmo - San Francisco: 8615 Kms



miércoles, 17 de agosto de 2011

Como en un teatro (y iv)


Ya sabíamos que los nórdicos, sobre todo los noruegos, son los reyes del negocio de los cruceros. Algo que seguramente parte de la ventaja de sus costas escarpadas, de fiordos e islas perdidas, pero con un buen fondo navegable. En Estocolmo hay multitud de muelles de salida de barcos, y entre ellos están estos gigantes que pueden incluso llegar a formar una línea de espera en la salida como en una autopista o una pista de aeropuerto. Yo vi el show a la tarde, supongo que porque hacen noche en mar camino de puertos cercanos del Báltico como Turku, Tallin, San Petersburgo o Copenhague. Recordé dos libros recientes, magníficos ambos, sobre o con cruceros: Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, de David Foster Wallace (cuyo título lo dice todo, que es divertidísimo, y encima es cortito y cuesta medio real), y Las correcciones, de Jonathan Franzen (que es un tochón que va de mil cosas más, pero que tiene un estupendérrimo episodio en un crucero de lujo)





El suntuoso interior de la sinagoga de Estocolmo es el mejor sitio para que los judíos suecos hablen de la neutralidad sueca durante la Segunda Guerra Mundial, y las luces y sombras de su actitud ante el holocausto. Almacenan algún Schindler en su historia, y fueron refugio de muchos que huyeron de la solución final, pero les costó tiempo darse cuenta y no fueron demasiado comprensivos con algunos vecinos judíos... Hoy en día sus problemas en Suecia parecen en principio banales: el gobierno no les deja practicar la circuncisión sin presencia de un médico sueco, el gobierno les prohíbe la matanza de animales vivos y degollados para conseguir la carne según sus ritos... Pero lo que más les preocupa es el neonazismo y el racismo ante la inmigración, que en Suecia es fundamentalmente eslava, pero que como es costumbre, ya de paso afecta también a los judíos.


Semejante manera de promocionar los productos de merchandising del museo de la Universidad de Uppsala indica que sí, en efecto, los suecos tienen sentido del humor.

En el Museo Gustaviana, parte de ese entramado universitario de la ciudad de Linneo o Bergman, hay una no fotografiable sala de disecciones, uno de los primeros lugares donde se realizaron prácticas de este tipo sobre humanos con fines científicos/educativos. Pero no podía diseccionarse a cualquiera. No era honroso diseccionar mujeres (todos eran hombres entre los asistentes). Tampoco hombres que hubieran muerto en gloria de Dios, ya que éstos tenían derecho a pasar la eternidad íntegros. Tenían que ser ajusticiados o suicidados, gente no preparada para dormir en tierra bendita por los siglos de los siglos. Completado el experimento, una vez enseñadas sus vísceras, se consideraba que los dueños de dichos cadáveres habían cumplido con la sociedad, y entonces sí podían enterrarse en cristiano el cementerio.


Como supongo que no es normal que en siete días en Suecia vea hasta tres exposiciones y/o reuniones y/o exhibiciones de coches americanos de los cincuenta, perfectamente cuidados, y mostrados por seres de la raza humana dotados de muchos kilos, ropas de cuero, y bigotes de vikingo o bien voluptuosos labios rojos, tengo que pensar que la afición es grande por allá a estos aparatejos. La afición sin que falte la pasta que conlleva mantenerlos así. Verlos circular repentinamente y sin aviso, sin estar en manada, por las calles de Estocolmo, es una de esas sorpresas mágicas que a veces depara eso de mirar y ver lo que no ven los que están demasiado cerca.

Y no hacen las cosas en cualquier sitio, no. En la foto, el parlamento sueco está a la derecha, y a la izquierda se ve el palacio real y la torre de la catedral.




El Kungliga Dramatiska Teatern, más conocido como Dramaten, está en el centro de Estocolmo, como en las viejas y señeras capitales europeas: cerca de la Ópera, a un paseíto del palacio real, no muy lejos de ministerios, sedes del gobierno, parlamentos, otros edificios oficiales. No es que interese por eso, ni que sus dorados del exterior lo hagan especialmente atractivo. Es que es la casa en que mandó Ingmar Bergman durante 40 años. Que fue director de cine y televisión y guionista y ganó tres Oscar y eso le dio fama y tal, pero lo que le ponía era el teatro, tradición muy amada en Suecia (como dato absurdo, ahí está Henning Mankell, el muy sueco escritor de las aventuras del inspector Wallander, que es a la vez director del teatro nacional de Mozambique y yerno de Ingmar). El Dramaten se supone decorado con cierta gradilocuencia neoclásica y mucho atrezzo de viejas obras, pero no pude visitarlo: lo intenté un 20 de agosto y ya regía el horario de invierno. Sólo se podía visitar bajo guía los sábados a las tres...

El Dramaten, como medio Estocolmo, se ha quemado alguna que otra vez. Algunas de las esculturas usadas como atrezzo se salvaron y acabaron decorando una estación cercana de metro, que es absurdamente pop gracias a ello.

El funeral de Ingmar Bergman tuvo lugar dos días antes de intentar visitar el Dramaten.




Viaje realizado en agosto de 2007

jueves, 11 de agosto de 2011

Tumbas y susurros (iii)


La memoria visual que tenemos de los barcos de la antigüedad, la que proviene de las películas, suele ser la de barcos de madera sin más. Por lo que vi en el museo Vasa, parece que sin embargo era muy común que los barcos se pintasen de brillantes colores y que vistiesen con ellos la multitud de relieves y esculturas que podían llegar a adornar goletas, carabelas y otros futuros pecios. En el casco recuperado del Vasa han llegado a pintar sobre el mismo barco una zona, con sus tritones y nereidas. Las figuras mitológicas, las figuras históricas y diferentes símbolos podían pintarse de colores agresivos (los de la foto se supone que siguen los modelos usados en 1628, pero no hay seguridad total de ello) para intimidar a los posibles enemigos. El barco entero pintado de esta guisa debía ser algo de lo más fashion, desde luego. ¿Intimidatorio? Bueno, no sé, eran otros tiempos..






Aunque Linneo no quiso ser ministro de Dios, seguir la profesión del padre era la costumbre casi obligatoria de la época. Al parecer, el padre se disgustó mazo, pero curiosamente Linneo no aplicó la misma libertad con su hijo. Linneo hijo heredó finalmente la cátedra de su padre en la universidad de Uppsala, y parece que aunque sus conocimientos no eran pocos después de años de vivir bajo el paraguas del famoso médico y botánico, el chico no debió de heredar su cerebro ni brillantez. Y en la cátedra no duró mucho: Linneo hijo murió sólo 5 años más tarde que su padre. Dicen las hagiografías que Linneo vivió preocupado toda su vida por que a su muerte a su familia no le faltara nada. Su casa en Uppsala era propiedad de la universidad y al heredar el hijo la cátedra también pudieron seguir viviendo allí. Pero no duró mucho la alegría. Así, la mujer y madre, autorizada en el testamento a hacer lo que debiera con los fondos y almacenes de Linneo, que contenían plantas, minerales y restos animales de todo el mundo, los subastó al mejor postor. Los compró un museo de Londres, que los cuida y expone maravillosamente hoy en día. Pero para los suecos fue una traición en toda regla.

La tumba de Linneo, su hijo y su mujer, rodeada de flores, es lo primero que se ve al entrar en la catedral de Uppsala. Su lugar es más destacado que el de ningún monarca ni ningún héroe patrio en ninguna de las iglesias de Estocolmo o Uppsala.







No se encuentran en suecia demasiadas referencias a la Reina Cristina de Suecia. Hija de uno de los reyes más poderosos de la historia de su país, y heredera del trono siendo niña, la leyenda dice que Cristina fue educada como un chico -ropas incluidas- puesto que tendría algún día que asumir la corona como un hombre. Pero a Cristina, que mientras duró en la corona firmó tratados de paz y fomentó la cultura y todas esas cosas tan propias de una reina mujer, el cargo se le debió indigestar. Bueno, la obligación de tenerse que casar con un santo varón, preferentemente su primo, se le debió indigestar especialmente. Abdicó joven y en pocos meses se convirtió al catolicismo en una época en que Suecia era un país defensor a ultranza de la reforma. Acogida con honores por el rey de España o por el Vaticano, es una de las tres mujeres que están enterradas en la basílica de San Pedro.

La leyenda también nos lleva a la imagen de la Garbo llevando adelante su barco en la peli en que interpretó a Cristina. Una de esas imágenes que la hacen diva gay modo 'classic', aunque parece ser que Cristina era fea y contrahecha, ya ven qué decepción. A saber cómo era el primo, claro.... La tumba de Cristina, sin embargo, sí debe estar a la altura de la de su intérprete, que ya ven en la foto que, modestamente, se pidió para ella sola un cerro de un cementerio patrimonio de la Unesco. Sí, lo del centro es la lápida de Greta. No basta con ser estrella en vida..







Y ya que estamos con cine, la promoción a todo lo grande de los films de Hollywood en pleno centro de Estocolmo tiene su gracia. Al monstruo y su burro de Shrek 3 me los ponen en un cineplex en la misma plaza en la que se encuentra el auditorio donde se entregan los premios Nobel, y que no se ve en la foto. Uno tiene tentaciones intelectuales de mostrar la contradicción de los tiempos, el contraste entre la cultura y las ciencias por un lado y la mercadotecnia salvaje que nos domina por el otro. Hasta que se da cuenta de que en realidad, los premios Nobel son mucho más pOp que Shrek. ¿Hay algo más pOp que ver a la realeza sobre un escenario? ¿Qué moldes repite Shrek en sus historias más que los de la sangre azul mirada de forma aparantemente irreverente? ¿Ah, que es pOp el hecho de que Shrek 3 es producto de consumo y desaparecerá enseguida, mientras que lo otro no? Txá, ¿qué es la monarquía sueca, o incluso la ciencia humana, en la vida de las estrellas? Naderías... naderías poppies...






Viaje realizado en agosto de 2007

sábado, 6 de agosto de 2011

Un verano con Greta (ii)


El museo más atípico y espectacular de Estocolmo es el de la foto: Vasamuseet, o Museo del Vasa. El Vasa es un barco -impresionante- construido en el siglo diecisiete, botado en 1628, y que, al ser botado en la mismísima bahía de Estocolmo se escoró cuando le dio un pelín de viento y se hundió, con sus colores, sus cañones, y sus estandartes. Echó agua por las cañoneras como una ballena gigante, algunos tripulantes saltaron por la borda, otros quedaron atrapados, y la gloria del primer barco sueco con dos filas de cañones se hundió miserablemente. Un Titanic vikingo, vaya. Sólo que además estaba presente toda la realeza nacional que vio el desastre en primera fila, claro.

Tras el susto y la investigación, y recuperar sus cañones cincuenta años más tarde usando unos batiscafos originalísimos, se olvidaron del barco totalmente. En 1961 se sondeó la zona en su búsqueda y fue encontrado, muy bien conservado, y recuperado. Está ahora en un museo ejemplo del orden sueco a la hora de estudiar un asunto sistemáticamente.


Esto son más flores hermosas de los jardines de Linneo en Uppsala. Linneo fue un hombre devoto de su profesión de médico y botánico, especialidades que se estudiaban conjuntamente en aquellos tiempos ya que muchos médicos basaban sus recetas en sus conocimientos de las propiedades médicas de las plantas. De su objetivo por el conocimiento sólo pudo apartarle durante un tiempo el enamorarse hasta las cartolas de su mujer, una señora que casi llegó a los cien años y le dio varios hijos. Linneo era pobre, hijo de un ministro de la iglesia que quería que su hijo siguiera sus pasos y no aprobaba que estudiara cosas tan mundanas. El chico tuvo que ponerse a currar pero bien para tener guita para su matrimonio, y no le salió mal: consiguió su fama como médico en Estocolmo, solucionando algún problemilla de la corte real y adquiriendo así renombre. 


'La divina', que así la llamaban, descansa en su tumba de Skogskyrkogarden, cementerio al sur de Estocolmo. Coqueta o huraña aunque esté en los huesos, la Garbo ni muerta dice su edad. Aunque tenga un fan que adorne su lápida con un sencillo collar, o algún otro que humanizando demasiado su lápida sube una flor así como a medio cuerpo (yo no sé si es un detalle guarro o si Lubitsch hace todavía guiños desde el más allá). Ahora que los gusanos han hecho su festín con la carne que una vez fue la más perfecta en pantalla, su rostro ríe para siempre, ja. Pero los devotos, al llegar a un lugar así, nos persignamos con la religiosidad de los incondicionales. Al momento, ponemos diez sms a nuestras amigas más divinas para que enrojezcan de la envidia.

Vale, eché media lagrimita y todo. Chicos, ¡que estaba delante de Margarita Gautier! ¡¡De Anna Karenina!! ¡¡¡De Ninotchka!!! 


Desde el ascensor de Catalina (véase foto de la anterior entrada), Estocolmo ofrece esta visión curiosa. De fondo se observan las cinco torres más características de la ciudad, y el barrio que queda de frente es el Gamla Stan, el casco viejo todavía muy medieval y muy chulo y muy turístico y eso. Pero lo que llama la atención es este pegote de cemento que tenemos en primer plano, el llamado 'Slussen', que ni le ponen nombre de plaza ni nada. Su estructura de diferentes pisos y rotondas parece que tiene una explicación histórica: cuando Suecia cambió el sentido de la circulación (que antes era por la izquierda cual británicos y ahora es por la derecha cual seres civilizados), Estocolmo reformó esta plaza para ayudar a que el tráfico no fuera un caos. Yo no sé muy bien cómo se aclararían, que casi dan ganas de poner coches de juguete ahí para verlo, pero lo cierto es que actualmente el lugar es una clara barrera arquitectónica para andar entre el barrio viejo y el modernopetardoagradableycongaleríasdearte desde donde está tomada la foto. Cruzar de una isla a otra a pie en invierno y con los vientos siberianos que circulan por ese mar endemoniado tiene que ser una experiencia mística...


Hoy, en la serie 'pequeñas casitas del Báltico', destacamos las preocupaciones medioambientales de los suecos. Porque en el viajecito turístico por las islas de los alrededores de Estocolmo nos abrumaron con datos de salinidad y contenido químico de aguas, suelos, hígados de fauna marina diversa, etc. De los esfuerzos hechos para rebajarlo y demás. Como si en realidad diera más bien mal rollo el tener que vivir ahí, alejado del mundo y acosado por un mal peor que el del lago de Springfield. Así, la imagen de las barquitas casi idílicas de Como en un espejo, el pensamiento ese de que Ingmar Bergman envejecía sabio en su isla de Färo mientras veía por la ventana de su estudio cómo las olas asfixiaban la costa... se ve rebajado pensando en que se trata de un mar lleno de mierda...






martes, 2 de agosto de 2011

Sonrisas de unos días de verano (i)


En la isla de la ciudad de Estocolmo dedicada al ocio y esparcimiento está el Junibacken, museo dedicado a los personajes de Astrid Lindgren, que es la señora de la foto. Así, mayorcita (murió viejecita la señora) y rodeada de flores nos presentan a la señora que escribió Pippi Calzaslargas, para deleite de su hija y de los que la pudimos ver la serie de televisión de semejante personaje memorable en nuestra infancia. Un schanapps por la señorita Lindgren, ¡ar!

¿El museo? Un lujo de kitsch y color. Los niños lo adoran.











Linneo, el señor que se inventó los latinajos esos con los que los científicos denominan a las plantas y animales para entenderse entre ellos, nació hace 300 años, y, claro, los suecos lo celebran por todo lo alto. Porque resulta que el hombre era sueco: Carl Von Linne venía a llamarse, el 'von' se lo puso porque me lo condecoraron de famoso que llegó a ser (al menos no se lo puso él como si fuera director de cine). Fue profesor en Uppsala, donde se conservan y cuidan sus bellos jardines con más bellas flores. El hombre tuvo que pegarse con la ciencia de su época para demostrar que las plantas se reproducen sexualmente. Así que me puse tibio de sacar fotos de órganos sexuales, obsérvese. Las flores de la foto son generosas en este sentido. Y el abejorro ese viene a ser un... no sé, zoófilo no aplica, ¡no sé cómo llamarle!










El cementerio de Skogskyrkogarden, por extraño que pueda parecer, está declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Es un auténtico parque situado al sur de Estocolmo, donde tumbas y árboles se confunden, donde pasar un día agradable, donde hacer fotografías tan El tercer hombre como la que veis. Al parecer, en el día de Halloween lo iluminan con velas y la experiencia estética se convierte en estratosférica.










Muchas viejas ciudades europeas arrastran una historia de incendios y reconstrucciones. Estocolmo también, pero además ha contado con innumerables gobernantes deseosos de dar una nueva imagen a la ciudad pasando por destruir lo que ya existía. No es cosa reciente, no, incluso un rey del siglo XVI (un Gustav de los sopotocientos que tienen) decidió tirar todas las iglesias y construir nuevas a mayor esplendor de su reinado. En los años sesenta del siglo pasado tuvo lugar una de estas últimas reconstrucciones. Algunos viejos barrios con doscientos años de antigüedad fueron borrados del mapa y sustituidos por superestructuras del desarrollismo que, con los años, y como se dice en inglés, 'have their appeal'. Un ejemplo es el Katarinahiss, o sea, el ascensor de la Catalina, que podéis ver en la foto.

No funcionaba, estaba decadente, sucio, y con zonas para que los homelesses suecos (que existen, siempre borrachos) pasaran las noches del sorprendentemente cálido agosto sueco. Pero por la noche tenía anuncios luminosos, y se le supone puente hacia el barrio de moderrrrrrrrrnas de la ciudad, claro.

Me gustan las ciudades con ascensores públicos. Sorprende tanto a muchos visitantes que existan...















Los señores ricachones de Estocolmo sueñan con tener una casita en las afueras, como en tantas y tantas ciudades de esta nuestra europa adinerada. En Estocolmo eso significa sobre todo hacerse con una propiedad en el 'archipelago', el conjunto de miles de pequeñas islas que prolongan la zona donde está situada la ciudad, la rodean y separan del mar báltico abierto. Así además cumplen su sueño de una casa de madera, que les recuerda a sus ancestros. Porque parece que en siglo XIX una normativa de Estocolmo prohibió terminantemente volver a construir en madera ninguna vivienda. Para evitar incendios, parece ser.


Viaje realizado en agosto de 2007
Distancia Hong Kong - Estocolmo: 8.226 km.