domingo, 3 de julio de 2011

¡Yo sobreviví a San Valentín en China!


El efecto del jet lag sobre mi compañero de viaje ha sido el contrario: consiguió dormirse a las dos, la hora en que yo me despertaba irremediablemente. Qué bonita compenetración. Afortunadamente, el desayuno del hotel puede ser occidental, por lo que acabamos con las existencias de mermeladas, cereales y yogures, con la decidida colaboración del resto de europeos y yanquis que llenan el local. Oh, sí, también podían desayunarse cosas como sushi (pero yo lo del arroz para empezar el día como que no lo veo), congé, pastelitos de gelatina, y otras lindezas que al vapor de las cazuelas del buffet llenaban de característicos aromas la sala hasta convertirla en un lugar de visita pituitariamente diverso.

Hoy el día de trabajo tiene dos características: tenemos que poner a punto la máquina que siguiendo nuestros diseños los ingenieros chinos han construido, y llegan a un hotel de la ciudad dos de los queridos jefes de la empresa, con los cuales hay que cenar esta noche para dar parte del state-of-the-art.

El trabajo en la planta hace de este día el más constructivo de todos, dada la forma entusiasta cuando no suicida del trabajo que realizan un conjunto de personas desbocadas con ganas de darlo todo a la mínima indicación. Desde luego que venían adoctrinados por el gran jefe de la empresa, pero eso de tener a ocho ociosos trabajadores alrededor de ti para que te traigan de todo (agua cada tres horas; una mesa; sillas; calculadoras; whatever…) o hagan de todo es una experiencia nueva. El catálogo de atentados a la prevención de riesgos laborales y al cuidado del medio ambiente (que le convierten a uno en experto en estos temas a pesar de nunca haberse especializado en ellos), la aplicación nula del sentido común a los medios de que ya disponen, y su rápida manera de aprender convierten al día en estimulante, y me hace pensar en que sería altamente constructivo para mucha persona de nuestra empresa, convenientemente funcionarizada en su puesto de trabajo y que tan exigentes son hacia todo lo que no es lo suyo propio, el darse un garbeo por acá y ver otros mundos. ¿Cómo puede entenderse que suban un bidón de 125 kilos por una escalera hacia una plataforma entre tres personas en un área en que disponen de un polipasto? Bueno, pues lo hicieron por primera vez ante nuestros ojos abiertísimos y alucinados.

-          Has visto, Luis, están cachas, eh?
-          Pero si tienen una grúa de 3 toneladas aquí al lado
-          Yo creo que quieren decirnos que aunque no sean de Bilbao centro…


Las reparaciones pequeñas que necesitaba la máquina se hacían al momento con los tíos colgados de cualquier lado, sin arnés alguno, y en posiciones inverosímiles. Cuando no nos hicieron caso respecto a la descarga de los materiales y cayeron los plásticos de recubrimiento de bidones en la misma tolva, un chino tamaño XS y que pesaría unos 40 kilos fue introducido por un compañero agarrado de un brazo dentro de una tolva llena de aluminio fino (sin máscara, claro, yo rezaba porque a nadie le diera por encenderse un pitillo en ese momento) para coger el polietileno en cuestión y dejarlo fuera. A las cinco de la tarde resultó evidente que la reparación grande que necesitaba la máquina era eso, grande. Dudamos que pueda hacerse y de hecho empezamos a ver el viaje como inútil. Decidieron todos ellos quedarse a trabajar a la noche, así por las buenas, a eso de las seis y media de la tarde y sin tenerlo previsto. Claro que ellos viven en unos apartamentos en el mismo recinto de la factoría (que de momento está en medio de la nada; sin duda parece una vida dedicada al trabajo…). Nosotros nos fuimos al hotel. Nos acicalamos para quitarnos las dos toneladas de polvo de encima del cuerpo (el único EPI que nos dieron fue un casco, ni botas ni batas ni gafas), recibimos al yanqui de la empresa colega (ya quisiéramos nosotros que fuera colega siendo yanqui, ejem) que se mete en este negocio con nosotros y a eso de las ocho menos cuarto nuestro alegre chófer nos recoge a los dos y al traductor (que vive en la ciudad y conoce el camino) para llevarnos a cenar en la bonita noche de San Valentín con nuestros nunca lo suficientemente adorados jefes.

Que conoce el camino he dicho, ¿verdad? ¡Un voto de confianza para el señor Yip! No he hablado aún del tráfico en Shenzhen, esperando este momento de gloria. Aunque en la zona hay autopistas de pago por las que no transita absolutamente nadie, de vez en cuando hay que cruzar un distrito, y eso ya es el caos. Avenidas de cinco carriles en cada dirección, en Shenzhen tenemos la modernidad de tener semáforos en los cruces. Aunque eso al peatón autóctono le importa poco. Él, cuando llega al final de la acera, simplemente cruza. No mira a los lados, no. Avanza, y ya pararán o le esquivarán. Como en efecto sucede la mayoría de las veces. De noche es más jodido dada la escasa iluminación, pero también es así. Por las calles circulan motocicletas con tres o cuatro personas subidas al sillín, sin casco evidentemente. Es además destacable la profusión de carros caseros, en los que han acoplado un motor a un eje de ruedas, y a eso le ponen un remolque pequeñín y ya pueden llevar la carga que sea. Peatones, motocicletas y estos carros parecen estar dispensados de la obligatoriedad de ir por su carril y de conducir por la izquierda, ya que aparecen por todos lados, haciendo que el viaje se convierta en un videojuego hecho carne que me río yo de la realidad virtual. Y no nos quejamos: en Changsha, ciudad del interior, además de esto yo recuerdo haber visto agricultores cargados de hortalizas en cuencos y vestidos con gorros chinos que a pie y con esa carga actúan exactamente igual que los peatones; es decir, sin parar, pero además ¡sin ver nunca nada de lo que pasa alrededor! Y en esa ciudad no hay semáforos… Curiosamente, no hay casi bicicletas en Shenzhen, a pesar del renombre chino en ese punto, y de encontrarnos en una ciudad realmente llana. ¿Tal vez el modelo jonkonés se sigue tanto que no hay ni bicis? En Hong Kong puede estar justificado, hay más cuestas que en Arabella. Nuestros queridos guías van avanzando valientemente entre todo este puré de vehículos, por carriles llenos de coches bocineros, totalmente rodeados en ocasiones de hasta seis autobuses y camiones, acelerando a lo bestia en cuanto aparecen tres metros de carretera para que no te cambien de carril o te hagan la habitual incorporación suicida. En una de estas, la incorporación es ejecutada por uno de esos camiones de dimensiones homéricas, que deja la chapa encima de su rueda, de más de un metro de alta, apenas a cinco centímetros de nuestro vehículo, que frena en seco con profusión de movimientos humanos y objetuales dentro de nuestro habitáculo. ¿Acaso una gota de sudor cae por la frente del conductor? Nah. Ni la Sandra Bullock de Speed. Bueno, tampoco transporta a Keanu Reeves, es cierto.


Los guías se pierden. Creo, no estoy seguro porque nunca admiten el haberse perdido, que un total de tres veces. Incluso preguntan en una gasolinera, porque tienen que parar porque se acaba el combustible. Hacemos treinta y cinco kilómetros en dos horas. Pero Alex Yip nunca ha aumentado el tiempo que tardaríamos en llegar al centro de Shenzhen, ciudad en la que, insisto, él vive. No parece entender mis inocentes comentarios tipo… y, claro, por este barrio exactamente no vives, ¿verdad? ó ¿sueles conducir tú mismo por aquí? Mira que yo no podría. Al principio íbamos a tardar 40 minutos. Al cabo de treinta y cinco minutos íbamos a tardar sólo treinta más. Y al cabo de una hora nos faltaban apenas veinte minutos. Cuando dijo que estábamos a cinco minutos me entró la risa, claro. A todo esto mi amado jefe, que pertenece a la categoría de seres que se encolerizan sin sutileza alguna cuando pasan quince minutos de su periodo de salivación y deglución alimentaria, llamaba cada poco para ver (cito) ¿dónde cojones estáis?. Así que combinando que se puso más tranquilo cuando le confirmaron que por ser San Valentín servían cenas hasta tarde (entiéndase, hasta las once) y que se calmó un tanto cuando asustado le dije que a poco más nos dejábamos la vida arrollados por un trailer asesino por cenar con él en noche tan absurda, dejó de llamar…

¿Con qué comparar el centro de esta ciudad nueva?. Dicen que el modelo es Hong Kong, pero lo niego, en Hong Kong todo es infinitamente más apretado y con mucho contraste entre edificio tecnologizado y puta mierda de vivienda tipo pensión de Wong Kar-Wai. Eso sí, a los anuncios fluorescentes de grandes compañías y del propio gobierno chino no parecen acompañar las hordas de peatones consumidores, sino que sólo se ven cochazos yendo y viniendo. Algunos cines, algunos restaurantes, los grandes hoteles de las grandes cadenas haciendo día de la noche, y más que ajetreados compradores de última hora, uno no deja de ver la sempiterna estampa de chinos parados esperando que pase algo o que alguien les diga qué hacer.

La cena de San Valentín transcurre en el restaurante del observatorio del hotel Sunshine, Shenzhenn Downtown. Somos cinco hombres, y tres filipinos cantan boleros con acento de Nat King Cole. Siboney, Quizás quizás quizás… todo es taaan In the mood for love… Los filipinos plastas pasan por cada mesa de parejitas (la mayoría son de occidental con china, cosa que creo desagrada mucho a los chinos, que piensan que los occidentales van a su país a quitarles sus (escasas) mujeres), y cantan un bolero. A nosotros no nos lo hacen, y el jefe se pone celoso. Me dice que me saca a bailar La cucaracha mientras esperamos al segundo plato (la cena es occidental, cojonuda por cierto, salvo la mierda habitual del carísimo vino francés). Le digo que saque a Luis, que yo no bailo con hombres más altos que yo. Hace como que le echa los tejos. Luis le dice al traductor casi a pleno grito que no les haga caso, que todo es cachondeo, que yo no pierdo aceite. Los filipinos fallan un acorde, y el chino le mira con los ojos abiertísimos, evidentemente no entiende ni papa y debe pensar que somos pervertidos como todos los occidentales. A mí me vuelve a entrar la risa y entonces descubro que me he amariconado de manera definitiva, que después de cuatro meses viviendo entre maricas malas mientras organizábamos un festival de cine, viéndolas a diario, ya estoy perdido para la convivencia fuertemente heterosexual y de la Otán. Porque me sale un pero txurri, ay qué cosas le dices, imagino que acompañado de alzamiento del meñique de la mano izquierda, que por la cara de mi interlocutor parece que ha sobrepasado la línea de aceptación habitual de las nunca lo suficientemente ingeniosas bromas homo entre hombres straight con casa, hijos y perro. Afortunadamente, un virulento ya no puede caminar por parte de la singular orquesta nos atrona a todos antes de terminar tan bello tema musical, y se cambia de tema.


Tras la cena, el jefe nos obsequia con una copa en el pub del hotel. Donde cantan tres negras de rasgos achinados. ¿Y qué cantan? Coño, pues boleros con acento de Nat King Cole, ¡¡¡qué va a ser!!! Después se desatan y cantan By the Rivers of Babylon y otras joyas del disco de los setenta, rodeadas de una cascada artificial y algo de decoración china gigakitsch. Se completa el pastiche con sus horrendos bodies de terciopelo rojo y medias de mallas. Bueno, no de mallas, más bien parecen las redes pelágicas que usan al norte de Hendaya. Bailan que hace daño a la vista, afirmo. Yo me siento algo bebido. Pero afortunadamente no hay que cumplir más. Sólo hay que volver a nuestro hotel con nuestro chófer, que parece tan fresco como cuando nos ha recogido a las ocho de la mañana. Para salir del centro, por supuesto se vuelven a equivocar dos veces. Pero como ahora hay menos tráfico, pues sólo tardamos hora y veinte minutos en completar los treinta y cinco kilómetros sin prácticamente un coche alrededor. Abundan los baches en este nuevo camino. No puedo evitar poner algunos sms hasta la piel de toro pidiendo socorro. Y encima me replican que no me meta con las (cito de nuevo) rameras maoístas. ¡Hábrase visto insensibles! Decididamente no hay solución. Al llegar al hotel y meterme a la cama cojo el China Daily que me han dejado en la habitación. Pero me duermo antes. Sólo tenía seis horas para ello, pero son continuadas. Uno tiene la sensación de que la pesadilla ha sido antes de dormir…

Viaje realizado en febrero de 2006 (etapa ii de iv)

lunes, 27 de junio de 2011

Días de jetlag sin rosas


Alguna inteligencia preclara ha debido decidir que es lógico que los vuelos de Europa a la costa este de China salgan del mediodía de las diferentes ciudades europeas para después de once a trece horas de viaje aterrizar a primera hora de la mañana en su destino. Alguna mente insomne debe pensar que el horario es adecuadísimo para empezar a trabajar después de que llegues allí siendo para ti las dos de la mañana y en general sin haber podido dormir una mierda en el vuelo, por mucho que te imiten una noche a la hora de la siesta, bajando ventanillas, apagando luces, con las frágiles azafatas de Cathay Pacific hablándote bajito como si estuviera todo el mundo durmiendo en vez de ver la peli de turno… Y digo yo… puestos a imitar la noche, ¿¿no sería mejor volar precisamente de noche?? ¿Saliendo a medianoche para que después de una de esas cenas en que deben echar somníferos hasta en los tomates cherry presentes en todo catering que se precie sea verdaderamente efectiva? Pues no. Que hay que llenar doce horas de vuelo. Cuando a uno se le acaban los libros, los periódicos, la conversación con el compañero de viaje (a la sazón, un hombre que sólo habla castellano pero que conseguía comunicarse con todo el mundo mediante el universal lenguaje conocido como ‘onomatopeyas ilimitadas’ acompañado de un sistema para mí indescifrable de signos absolutamente personal e intransferible… de hecho, una parte importante de mi labor en este viaje era servirle de cobertura, no vaya a ser que acabara detenido en alguna aduana por cualquier malentendido inocente, o que su maleta terminara en Timbuktú en lugar de en Hong Kong), cuando uno se cansa de escuchar a Madonna, Franz Ferdinand, Coldplay (joder, cómo es posible que cuanto más los oiga más vulgares me parezcan? Empiezo a odiarles), Bee Gees, Abba, Bach, Mozart y hasta baladas del suicida Leslie Cheung, incluso cuando uno decide en contra de sus criterios ver películas adaptadas a la pantalla del avión interrumpidas cada dos por tres por los avisos de turbulencias sobre los cielos de Irkutsk, entonces se desespera, sabiendo que nada le proporcionará el sueño artificial que necesita para aterrizar, llegar al hotel, comer, y salir pitando a una primera reunión de trabajo… No, no tomo pastillas para dormir, sorry, me niego. Si sacaran unos porritos... Pero claro, according to international regulations smoking is not permitted in this flight…


Superada la madre de todos los coñazos que supuso el vuelo, aterrizados en Hong Kong, pasado el control de inmigración del peculiar pero entrañable enclave del pacífico, tenemos nuestra primera hora gloriosa en el viaje. No está la china que ha venido a buscarnos, que trabaja con nuestros agentes en Hong Kong. Fantástico. Llamo a la oficina: no hay nadie porque son las siete y media, no han empezado. En Mungia son las doce y media de la noche de un domingo, no parece que sea posible que puedan ayudarnos. Llamo al móvil del jefe de dicha compañía. No responde. Todo parece estupendo, le indico a mi colega. Tú no te aterres, aunque no superemos este obstáculo y tengamos que coger esta noche un vuelo de vuelta, yo no dejo que acabes durmiendo en el aeropuerto como si esto fuera una película tonta de Spielberg’. Me pone cara de ajo sin saber que a esas horas mi locuacidad indómita se desborda. Hasta que cuarenta minutos después se me acerca una china y me pregunta si somos españoles. Pues sí, es ella, oyes, mírala que maja. Lleva cuarenta minutos viendo salir gente y resulta que a mí no me ha reconocido de una foto que tenían. Claro, debe ser que todos los occidentales somos iguales, o que he decidido venir hasta acá con cara y cabeza casi totalmente rapados. En vez de traer un papel con el nombre de la compañía o de los viajeros… la semana prometía, sin duda…

22ºC en Hong Kong. Habíamos salido de Amsterdam a 2ºC. Y empezábamos con el arrastre de maletas.

La frontera entre Shenzhen y Hong Kong es curiosa de veras. El gobierno chino y las autoridades de Hong Kong han decidido hacer el trasiego de personas más fácil entre ambas fronteras, pero en lugar de suceder lo habitual, que al llegar a la frontera de un país, un agente de ese país controle tu entrada, primero hay que salir de Hong Kong. Esto se puede hacer mediante control de pasaportes por tren (según me han dicho, que es una práctica que nunca he sufrido pero que me recuerda tanto al cine clásico que deseo sufrirlo), o bien entregando los pasaportes y que te controlen el careto sin salir de tu coche o minicaravan, o bien en autobús. Existe entre las dos fronteras un espacio neutro de unos tres kilómetros, impracticable si no es en algún vehículo o medio de transporte, me imagino que para controlar a las masas pobres chinas que pudieran intentar llegar a Hong Kong ilegalmente, y después hay que pasar la frontera china, un país donde ya no es posible comunicarse con el agente aduanero, y donde hay que rellenar el típico formulario estúpido sobre la gripe aviar que viene a preguntar desde si has comido excrementos de gallinas enfermas a si entras en el país tosiendo. Esto lo recogen unos señores muy graciosos con mascarilla y bata que deben ser unos médicos profesionales de probada experiencia, capaces de diseñar un modo de control tan efectivo como éste para evitar que enfermos de gripe aviar viajen sin control por el mundo. Curiosamente, he visto menos paranoia por la gripe aviar ahora que por el SARS hace dos años, última vez que estuve en el país. En aquel entonces los aeropuertos tenían unas pantallas de infrarrojos muy graciosas en las puertas de salida de los aeropuertos, dispuestas a detectar aumentos corporales de temperatura mediante tonos rojos que se distinguían del verde del mortal sano. Todo esto mientras el personal salía a tropel de la terminal.


 
Recuperado el pasaporte con los sopotocientos sellos y visas entre chinas y jonkonesas, superadas las extrañas pasarelas de la estación terminal de Shenzhen, conseguido contactar el personal que nos esperaba en la frontera china, sudadas ya las camisetas, los jerseys, y los calzoncillos para superar el frío de la mañana holandesa, dormido el ánimo de puritito jetlag, conocemos al muy simpático, guapo y moderno chino que nos va a hacer de chófer estos días. Y lo de moderno –en el vestir- es destacable, puesto que tengo mi teoría sobre la apariencia y atractivo de los chinos, tan diferentes a cada lado de la frontera. En su caravanita nos perderemos en varias ocasiones y viviremos momentos de horror, pérdida y espanto. De momento, con buen tino, nos deposita en el hotel, donde pedimos que nos dejen descansar tres horitas antes de comer –occidental- e ir a trabajar. Mi habitación es enorme, con salón aparte con ordenador conectado a internet a cargo del hotel, y un baño mortecino pero amplio (a mi colega de viaje le pusieron en una en la que la taza del váter estaba dentro de la cortina de la ducha y no había bañera ni ducha como tal; en general estos baños se corresponden con habitaciones para minusválidos, pero no era el caso). El Baolilai Hotel huele como todo hotel chino a paso reciente de la bayeta de amoníaco u otro desinfectante por el suelo. Dispone de personal con escaso inglés pero evidentemente amabilísimo, si bien casi todo son chicas finísimas a punto de romperse por varias partes de su cuerpo si se te ocurre estornudar virilmente a menos de un metro. Ellos, poquitos, apenas llevan maletas a las habitaciones y poco más. Son delgadísimos y altos para ser chinos, pero llevan los gorros sacados del botones sacarino que tanta gracia me siguen haciendo. Los tiempos o la ciudad son distintos: aceptan propinas. Le doy diez yuanes (para conseguirlos me sablearon vilmente dos comisiones en el aeropuerto de Hong Kong, porque pasaron los dólares USA a dólares HK y después a yuanes RMB), que equivale a un euro, y de la sonrisa beatífica que me pone y las tres genuflexiones que me hace casi me da un ataque.

Me conecto a la web. Funciona. Qué bonito hotmail en caracteres chinos. Qué bonito el correo de la empresa en caracteres chinos. En mi estado de vigilia atontada me parece haber algo de justicia poética en que todas las ventanas del correo vengan en chino y tenga que adivinar lo que es ‘enviar’, ‘recibir’, o la ‘libreta de direcciones’.

Me doy una ducha. Me pongo mi pijama de satén, claro está. Me meto a la cama. Estoy agotado. Cojo La felicidad de los ogros, el libro se me cae, me despierto a la hora como si hubiera estado en los pozos del infierno. Son las dos de la tarde, dice el despertador. Tengo que bajar a comer.

También conocemos a nuestro traductor, el señor Yip (escrito así), al que llamamos Alex, que es lo que dice en su tarjeta –siguiendo la tradición de los chinos que trabajan para occidente, que se cambian dos de los nombres por uno occidental-, y que vivió cinco años en Perú. Pero es chino. Eso les ofrece confianza a los chinos, porque habla su idioma, mandarín en este caso. Y es curioso ver a un chino hablar castellano con acento peruano, pero al pobre le debía resultar peor intentar entender a mi querido compañero de viaje cuando le decía para su correspondiente traducción cosas como ‘anchar las espiras del final del sinfín para que el material…’ y acto seguido soltar una onomatopeya de material fluyendo acompasado de movimiento cadencioso del brazo, tipo surfer de Mundaka en pleno éxtasis correolas. El tío, claro está, combinando que se le suponía profesional y que un oriental jamás dice que no, ponía cara de ajo, y traduciría vete a saber lo qué durante el triple de tiempo que duraba la frase en castellano, para al final tener que repreguntar y recurrir a los dibujos, que es lenguaje internacional este de la ingeniería y las matemáticas. Y así sería gran parte de los días, cuando no el señor Alex Yip se dedicaba a sus propios negocios, usando la habitación del hotel o la recepción de la empresa que visitábamos (y que le había contratado como traductor) para recibir y enviar sospechosos paquetes por mensajería, o cuando no se dedicaba a dar indicaciones automovilísticas o temporales de acierto escaso para nuestros estándares.

El caso es que no consigo recordar mucho de la reunión de esa tarde. Sé que nos llevaron a ver la planta (toda una modernidad para lo que es China, en un parque tecnológico moderno dedicado a la ciencia, y con construcción en materiales ligeros y buen aislamiento; fábricas de finalidad similar había visto yo hace años construidas en madera, o en terraplenes para aprovechar la gravedad), y que durante la reunión en la mesa me caía de sueño de manera brutal, con violentos cabezazos sobre mí mismo que debieron dar una fantástica imagen de mi querida empresa. Afortunadamente, la presencia del traductor y el carácter de la reunión no hacían indispensable mi aportación, dotada de un movimiento cerebral de tipo indudablemente diferente al habitual. Creo que me desperté para esbozar una sonrisa porque el ingeniero mecánico se llamaba Ye (míster Ye) y el jefe de producción míster Yu. Y entre Yip, Ye y Yu todo era como de chiste. ¿Lo estaría soñando? Recuerdo que se nos hizo de noche, y que en el área subtropical donde estábamos, al salir, los mosquitos nos rodearon en alegre reunión depredadora y selectiva. El hecho contrastado de que sobre la cabeza de mi compañero y la mía propia se formaran nubes de tan simpáticos y zumbones insectos que sin embargo pasaban soberanamente de los chinos de nuestro alrededor nos hizo pensar. ¿Serían nuestras atractivas colonias occidentales las que atraían a esos sucios mosquitos comunistas y melenudos? ¿Estarían ya los chinos contaminados y al caer el sol se convertirían en inmundos vampiros amarillos dispuestos a quedarse con nuestros apolíneos cuerpos? ¿¿¿O acaso detectaban los muy cabrones las dotadas alopecias con que obsequiamos mi compañero de viaje y yo mismo a la humanidad???


La cena no fue mal, a pesar de un cangrejo picante que parecía haber vivido en un océano de jalapeño. Nos desenvolvemos bien con los chopsticks, los chinos no pueden reírse de nosotros. La comida es suave y recuerda vagamente a la comida cantonesa que normalmente sirven los restaurantes chinos en occidente. Aunque es infinitamente mejor. Pero sin entusiasmos. No hay actividades extraordinarias esta noche, estamos demasiado cansados. Apago la luz a las nueve y media, poniendo el despertador a las siete. A las dos de la mañana me despierto absolutamente despejado. En la HBO, única cadena decente en inglés entre las cincuenta cadenas de televisión que pueden verse, están dando una peli de Van Damme. Cojo mi libro de Pennac. Lo acabo sobre las seis y media de la mañana. Viva la vida, viva el amor.
 
Viaje realizado en febrero de 2006, etapa i de iv
Distancia Bahrein – Shenzhen: 6332 Kms.