sábado, 24 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (y iii)


 - la cena de gala de la semana se celebraba en el Grosvenor House Hotel, como decía en la primera entrega. La cena era de etiqueta, y el protocolo decía que se debía vestir chaqué negro y pajarita. Pero al parecer se daba una opción a segundones, y para adaptarme a ello tuve que comprarme una corbata negra, para lo cual había visitado Zara la semana anterior (¿se les ocurre un sitio con más modelos de corbatas negras? Yo creo que no lo hay). El chaqué lo sustituí por un elegante traje negro entallado de raya diplomática, y con una camisa blanca de gemelos ya iba tan preparado para que me dieran de cenar como para servir las mesas cual funcional camarero pingüino. En el salón en que estábamos habría unas cincuenta mesas de doce a catorce comensales, pero, por lo que me dijeron, la cena en sí suponía más salones con más celebraciones, hasta un total de unas cinco a seis mil personas cenando a la vez en el dichoso hotel, cuyas infraestructuras para esa noche no pretendo imaginar. Estas cenas tan multitudinarias, estos banquetes que van más allá de la más enorme boda que imaginar pudiéramos, no suelen tener unos menús que destacaríamos, pero no recuerdo que fuera nada mal. Estuvimos en una mesa toda (a excepción de una señorita china) hispanoparlante, con españoles, dos de ellos residentes en Londres, otros viajados allí para la ocasión, y sudamericanos (que mantuvieron a M en permanente conversación). Lo más absurdo de la cena tiene lugar al final. Resulta que el acto termina con unos estupendos discursos de un invitado y un mandamás del LME, que durante unos minutos glosan los logros del año, comentan la situación, hacen chistes de hablar en público tan del gusto de los anglosajones, da lo mismo que reciban un Óscar o sean padrinos de boda. Los discursos se proyectan en varias pantallas enormes en cada salón. Bueno, pues la tradición indica que cada comensal de cada mesa debe apostar 20 libras para tratar de adivinar la duración exacta de los discursitos de marras. Suelen ser dos discursos, la apuesta se resuelve por mesa, y el dinero se divide en dos, la mitad del dinero para cada ganador de la duración de cada discurso. Tal vez fuera una vieja táctica para conseguir que la gente estuviera callada durante los discursos, claro. El personal no atendería, pero estaría pendiente del reloj por aquello de llevarse la nada despreciable cantidad de hasta 240 libras en caso de acertar (o acercarse lo más posible) la duración de los dos discursos. Pero ahora resulta un tanto estúpida, sobre todo porque lo importante de la noche, aquello de lo que habla todo el mundo, lo que llena los minutos, es simple y llanamente intentar adivinar quién va a hablar este año, cuánto duraron los discursos el año pasado, si va a tocar que hablen en tu salón o en otro. Un tanto patético, sobre todo cuando hacen cosas como este año, en que hubo… ¡tres discursos! Coño, la china ganó en nuestra mesa, pero que yo sepa todos escribimos dos duraciones de discurso, y no sé yo cómo decidieron repartir la pasta. Ah, como me toque el año que viene (que no vendré) me hago banca y ya veremos quién decide. ¿Los discursos en sí? Pues una sosez, claro. Uno se puso especialmente gracioso, empezó a decir que había problemas con la cotización de los aros de cebolla, luego dijo que los Estados Unidos eran maravillosos y que mentes tan preclaras y democráticas como las de Clinton, Obama y McCain lo demostraban (mientras que en Rusia tienen a… Putin, y en China ni eso), y que el capitalismo no estaba muerto, ni hablar. La gente se reía porque hacía chistes y tal, pero meterse en ferias del metal con chinos y rusos no parece la mejor manera de hacer ni mundo ni negocios. Aunque claro, en nuestro caso, el muy cabrón con lo que se enrolló le dio el triunfo a la china de la mesa, que sonreía feliz con sus sterling pounds frescas en la mano y demostró que con paciencia china sí que se saca dinero de Occidente.

 
- el momento más bizarro de la semana sin duda tuvo lugar en The Sanctuary, nombre de una de las calles cercanas a la abadía de Westminster. Se trata de un patio superviviente del gótico inglés (dense cuenta que el Londres histórico que casi todo el mundo conoce es un Londres del siglo diecinueve, ya que casi todo el resto excepto la Torre y algunos edificios de Westminster ha sido objeto de incendios a tutiplén), con una entrada general, y con entradas particulares a cada casa. Nuestro edificio, lógicamente renovado, tenía cinco plantas pero era bastante angosto. Se trataba de la sede del trader que nos había cursado la amable invitación a la semana. La recepción se desarrollaba en al menos tres de las plantas, y en la primera es donde se iniciaba… con la entrega en mano de un bloody mary por parte de una señorita británica en bikini… La señorita en cuestión formaba parte de un grupo de cinco jovencitas de apenas veinte años y muy pocos kilos (excepto una, del tipo jamona), cada una con un bikini de diferente color, decorado con colgantes de pequeñas orlas y que sobre su muy blanca piel llevaban un collar de inspiración oriental. Era interesante ver cómo las chicas preparaban los bloody mary en cocteleras que meneaban coreografiando sus movimientos mientras las orlas de sus vestimentas escasas hacían frufrú, servían las copas, y posteriormente, introducían un tallo de apio verde, fuerte, consistente y grueso en el cóctel. El apio sirve para rebajar el picante. Debería morderse tras cada sorbo. Ñam. Ñaca. Los prebostes de la empresa, en su gran parte viejos caballeros ingleses que debieron conocer el imperio y hacer la guerra (del catorce), sonreían con cierta delectación, comentaban sutilmente procaces que la crisis también había llegado a las chicas dada la excelente calidad del año pasado, y pretendían ser convincentes cuando con un pequeño gesto de la comisura de los labios insistían susurrantes en que las chicas son las oficinistas habituales. JA JA JA. Muy gracioso todo, oigan, nada salido de lugar, ¿éste es el país de Benny Hill, no?


Luego nos comentaron que las chicas iban vestidas así por ‘culpa’ de la mujer del gerente. Me explico: dicha buena señora debió escandalizarse un año al asistir a tan magno acto y descubrir que las chicas iban tan poco vestidas como ahora, pero en vez de telas usaban pieles. Es decir, cuero. Algo que, como pueden imaginar, es tan del gusto de los anglosajones… Bueno. Hay que pararse un poco a hablar de este gerente, un elegante gentleman que añade al tópico el tener cara de libidinoso (pelo plateado, sonrisa torcida, voz meliflua, piel rosada de cerdo). Este hombre fundó la empresa hace cincuenta años, estuvo a punto de venderla hace tres o cuatro, pero fue afortunado al no encontrar comprador, ya que en los dos últimos años la revalorización extrema del precio del titanio lo hizo de oro. Antes el coche de empresa ya era un Rolls Royce. Ahora simplemente debe ser el mejor modelo. Esta jornada de recepción es para él un bonito baño personal, ya que permite a sus invitados disfrutar del placer de comer en el jardín sus salchichas a la plancha. Perdón por decirlo tan brutamente, pero es literal. Una barata barbacoa instalada bajo una pequeña carpa (llovía) sirve a su propósito: se pone un delantal, corta salchichas por la mitad, deja que se tuesten e incluso que se torrefacten, y acto seguido los invitados cogen un pedazo de ese cerdo, lo amostazan bien, y aseguran degustar la mejor salchicha de su vida. No le vas a quitar la ilusión al abuelo, ¿no? Sería cruel con lo feliz que está ahí con su cerveza caliente mientras gira mecánicamente las salchichas hasta que se ennegrecen en todo su perímetro y longitud: ¡¡bastante fue prohibir el cuero en su fiesta, hijos de puta!! Y mientras, Mary Tudor, madre de los bloody mary, esposa de Felipe II, católica, recatada y fiera, está enterrada unos metros más allá, en la abadía que conseguimos ver por los pequeños ventanales de las oficinas, supongo que retorciéndose cada año un poquito más ante tanta lujuria anglicana culpa de su padre fornicador… El lunch terminaba con un buffet en el quinto piso, donde a pesar de la lluvia casi nos cocemos todos y nos sirven como protagonistas del plato en el cóctel de gambas. Todo transcurre sin más misterio. Las chicas ya no están, nos saluda el hijo del gerente –que, por supuesto, tiene cara de bobo-, M habla con los varios admiradores que tiene en la empresa…

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Ay, qué bonita farsa está del dinero y el poder, y hasta qué fácil es embriagarse con ella, quedar seducido y no salir nunca de la red. No viven mal en este mundo irreal en que sin embargo se vuelven muy lúcidos a la hora de conservarlo. Capitalism is not dead, amigos. Otra cosa es cuánto de vivos estamos quiénes lo sustentamos.

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa iii de iii)

lunes, 19 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (ii de iii)

(decíamos que destacaban los siguientes actos...):

 
- una elegante cena en el restaurante del Hotel Ritz, en Piccadilly, invitados por un suministrador. A eso había que acudir con corbata y traje, y, según dijeron con grata inocencia, confiaban en mí para amenizarles posteriormente la noche. Bajo esos techos pintados con aparentes frescos y la decoración que toda Europa supone a los salones franceses (rococó et rien d’autre), luego se arrepintieron de tal idea. Dicen las lenguas que mientras degustaba mi sopa de alcachofas de Jerusalén (flipenun rato con el origen del nombre, será la última vez que diga que los españoles fueron paletos llamando Brujas a Brugge sin reconocer que chorradas así eran algo generalizado…), y mi barracuda a la plancha –ambos bastante buenos, la verdad-, dichos hombres del metal vieron que M me trataba con demasiada confianza en público, de un modo que seguramente no trataría a otros hombres (a ellos, vamos). Sumado eso a mi soltería y sin más datos ya que una conoce las reglas y en público se comporta, llegaron a una pasmosa conclusión: ‘este es rarito’. Nunca me habían reconocido por la actitud de las mujeres hacia mí, pero para todo hay una primera vez. Cena distendida, por otro lado, con amplias posibilidades de negocio y discusión de nuevos materiales, además de planes para sobrellevar los días siguientes, ya que ellos tenían experiencia en la semana dichosa. Las copas se tomaron en Pigalle, ya en Piccadilly Circus, un local que a pesar de su nombre afrancesado y de tener toda su entrada decorada en paneles y neones rosa no es un hogar de mujeres putas sino un sitio de cenas con música supuestamente tranquila de fondo. Una gorda cantando, vamos. Bueno, tampoco me fijé tanto, gritaba mucho eso sí. Los precios desorbitados, claro está. Completamos la noche en un pub de Leicester Square al ladito de los cines donde se pasean las estrellas cuando estrenan película en Londres. La verdad es que el Soho estaba cerca, pero no me atreví a tanto, demonio.

 
- un lunch informal de Sempra, celebrado con ese estilo tan del gusto de los anglosajones y que siempre me hace pensar que quien los prepara cree que los humanos nacen con más de dos brazos para poder llevar con ellos
(1) la bolsa o cartera de documentos que traigan,
(2) un plato para comer,
(3) un tenedor con el que comer,
(4) una copa que beber,
(5) una servilleta con la que limpiarse, y
(6) una chaqueta que acaba molestando por el calor humano que se desprende en el salón.
La comida además no era gran cosa, con sus canapés de salmón, la ensalada de apio, y el rosbif frío, si bien M y yo nos decidimos por un sushi ligero y varios tipos de queso (excelente) con uvas y galletas de postre. Corría bien todo tipo de licor y champagne. Yo no dejaba de pensar en lo ‘carne de prensa’ que era todo. Sempra pertenecía a un banco a punto de quiebra que había sido intervenido por el gobierno británico el día anterior, que había anunciado la previsible inversión de una pasta inconcebible. Y ahí estábamos varios cientos de personas celebrando con ellos al día siguiente un año de negocios supuestamente prósperos. Un acto preparado hace meses y pagado con anterioridad y blablablá, pero… toda una celebración en un salón neogótico, de elegantes vidrieras, claustro con patio y fuente, cuadros y bustos de señores sabios e importantes, un aire a lugar en que se ha decidido el destino de gentes muy alejadas del imperio. A la salida del salón estaba St. Paul, y algo más allá un triángulo de iglesias con su torre de Hawksmoor anticipando la Torre junto al río y Whitechapel al interior. Por alguna callejuela asomaba el pepino de la City. Había una llovizna y bruma ligeras, de la que rara vez se ve en Londres. Íbamos elegantes. El momento moló.

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa ii de iii)

lunes, 12 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (i/iii)


El London Metal Exchange, LME, es decir, la Bolsa del Metal de Londres organiza anualmente una semana de celebraciones. El organismo en sí acoge una jornada matinal de conferencias variadas, y después, las diferentes empresas con grandes intereses en el negocio de los metales celebran sus propios actos, recepciones, cenas, etc... A esto se suma una cena de gala que las compañías ofrecen conjuntamente el martes de dicha semana. En 2008 la semana coincidió con los días en que el gobierno británico nacionalizó la banca de su país; es decir, Gordon Brown anunció un viernes la nacionalización de, por ejemplo, el Royal Bank of Scotland (RBS), ejecutó esa acción un lunes, y el martes, el RBS a través de su división de commodities, Sempra, organizó y pagó uno de los salones en la cena de gala que antes mencionaba para 700 invitados.


Las llamadas commodities podrían traducirse por mercancías, sin más, y hacen referencia a las grandes cantidades de cobre, aluminio, acero, u otros, que se intercambian bursátilmente, que se suponen tienen un reflejo en la presencia física de los metales en los almacenes del LME, y que se compran o venden sin más consideración. Cuando un cliente te dice que el producto (para él materia prima) que le estás vendiendo es una commodity, en general está despreciando (y puede que sin saberlo ni quererlo) el valor añadido o el componente técnico del mismo. Es decir, subraya que le da lo mismo vender un aluminio de unas características de composición u otras. La forma suele ser más importante: mientras que el lingote cotiza directamente en el LME, el polvo, por ejemplo, tiene un premium, una cantidad por encima de ese valor de cotización, que puede ser de 200 € a 1000 € más por tonelada, dependiendo de que, por ejemplo, contenga una fracción menos o más fina.

Este negocio arrastra por ello a mucha gente que en principio no tiene por qué saber nada de qué coño o para qué demonios sirve el cobre. Sin ir más lejos, en una cena tuve junto a mí a un responsable de commodities del Santander, alguien que nunca habla con cliente final, y que se dedica a… bueno, me lo explicó dos veces y en ninguna de ellas dos le entendí, tal vez porque el chico era críptico, tal vez porque me perdía en sus bonitos ojos oscuros de ejecutivo de treinta años afincado en Boadilla y con aspecto de saberse rey del mundo. A nosotros, no obstante, nos invitó un trader, un comerciante que en el mundo del metal generalmente compra en mercados difíciles (actualmente son de gran valor añadido en China, Rusia, Ucrania, los otros países del antiguo ámbito soviético) y vende en Occidente llevándose una comisión. Normalmente tienen almacenes con materiales en stock (un peligro en estos tiempos de volubilidad bursátil) en los puertos europeos (Rotterdam, claro) que pueden vender con un gran beneficio en situaciones de gran necesidad para el cliente. Uno de nuestros traders de toda la vida, una empresa inglesa con la que apenas trabajamos desde que tenemos contacto directo con proveedores chinos y rusos, nos invitaba continuamente y siempre rechazábamos ir, pero este año fueron muy insistentes; también es cierto que nos visitaron en julio y quedaron encantados del programa sociogastronómico que les montamos a pesar de no haberles comprado sino un único container de veinte toneladas este año. A Londres pues fuimos, coincidiendo todo ello con mi cuadragésimo cumpleaños, sí.


El caso es que el LME celebraba un año de negocios en pleno varapalo financiero, en el que, según nos dijeron, la alegría era menor que otros años, pero no por ello debía dejarse de celebrar un año de trabajo por, para y en la riqueza. Y nuestra pequeña empresa allí que fue, dos personas dos: su humilde narrador, técnico perdido en terrenos financieros, y la directora de compras, a la que llamaremos M (ni es vampiro ni trabaja con Bond, sorry). Nuestra primera sorpresa vino con el modesto alojamiento solicitado en el humilde barrio de Mayfair, junto a Marble Arch y Hyde Park, y cercano del Grosvenor House Hotel, donde se celebraba la cena principal de la semana. El Grosvenor House Hotel resulta ser un lugar prohibitivo (a 320 libras la noche), por lo que recurrimos a un hotel ‘barato’ del mismo barrio, aunque no en primera línea del parque, que ofrecía sus servicios de habitación single por 190 libras la noche. Al llegar no obstante bastante pronto, nos cambiaron las dos habitaciones por un apartamento de lujo por el mismo precio total; se trataba de un sótano en que había dos habitaciones cada uno con su baño y elegante cocina a la que se accede por escaleras descendentes que procedían de un salón de cuarenta metros cuadrados localizado en el basement. Sofás elegantes, muebles clásicos, y sitio para que pudieran bailar, caso de ser necesario, unas diez parejas. Dejaban publicidad de inmobiliarias sobre las mesitas del salón (el millón de libras por apartamento era un precio estándar). El apartamento se encontraba en entrada aparte del hotel, en una elegante casa de las que hacen estilo en Londres. ¿Y por qué hicieron este cambio? ¿Porque llegamos pronto, porque desprendíamos glamour con nuestra mirada, porque quieren en Londres a los españoles más que a los yanquis? Pues ni idea, pero sólo tuvimos tiempo de lamentar el poco tiempo que íbamos a pasar en tamaños aposentos, ya que tras desempacar comenzamos el trajín de taxis y recepciones. Más allá de salones con sus tristes stands de feria, y de alguna que otra recepción sosa en que sólo recogíamos catálogos y bebíamos una copa de champagne, destacan entre tales actos…

(…continuará)

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa i de iii)
Distancia Laguna negra – Londres: 1.516 km


jueves, 16 de febrero de 2012

Agua impasible que guarda en su seno las estrellas



Hasta diecisiete metros de profundidad en un pequeño lago entre enormes rocas de piedra bien pueden atesorar leyendas de pasión familiar sobre el agua de su espejo oscuro. Las piedras son hijas de las morrenas, rotas por un glaciar hoy sólo imaginado; son audiencia de águilas y buitres, del eco fantasmagórico de voces y gritos de vivos y muertos. Los árboles crecen sin restricción. Arriba, por encima de las rocas más altas de este circo inesperado, ligeras cascadas anuncian que no le falta agua a la Laguna. Que tampoco le falta a su hermano el Duero.



La Laguna Negra está lejos, aunque nos la han acercado a treinta metros de camino escaso gracias al asfalto que viene con el progreso. Impone el respeto de una soledad majestuosa al turista de zapato y deportiva, que goza de una linda pasarela de madera con promontorios fotográficos. Hay carteles, que todo lo quieren explicar. Que, por ejemplo, la laguna es origen de rutas para montañistas y geólogos, estudiosos de Urbión, amantes del Duero. Que Castilla no es siempre plana, que hay en su periferia picos de altura, que también los han hecho suyos los literatos. Siendo lugar tan hollado, arrebata aún su calma y tranquilidad, su apariencia virgen, su aspecto de invierno continuado del alma. Una lluvia fina que acompañe un paseo melancólico nos hace pensar en los hombres que la pudieran descubrir, cuyo esfuerzo debió ser mayor, sin conocer que tal placer estético les esperaba.



Al bajar se impone, siempre, un silencio. Esta vergüenza al saber que se ha mancillado un paraje sólo para los poetas, los tranquilos, los muertos. Que simplemente hemos satisfecho una curiosidad innecesaria, que un coche nos bajará cómodamente a una civilización de calefacción y luz artificial. Que ya no somos ni viajeros ni poetas. Tal vez esa vergüenza es la misma que ya no abandonaría nunca a los hijos de Alvargonzález al descender y ver el rastro de sangre de su padre muerto por una querencia de campos, y al que “en la laguna sin fondo, que guarda bien los secretos, con una piedra amarrada a los pies, tumba le dieron”.



Crónica publicada en Aux Magazine #38
Viaje realizado en junio de 2009
Distancia Cádiz - Laguna Negra: 935 km.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Tacita a tacita…


El viajero no ha lugar a la sorpresa en Cádiz, que cumple con todos los parabienes que sus muchos visitantes siempre proclaman. Humor, clima, historia, luz, tapas, sensualidad, flamenco, Habana y Lisboa, España y América.



Esta isla que sedujo a tanto pueblo antiguo y moderno que aquí se asentó, comerció, saqueó y guerreó, es ahora una península, con un horizonte industrial a un lado, y otro turístico al otro. Aquí los barrios entierran siglos y la brisa eterna permite la vida, una vida recogida y alejada del país. Un istmo denso de vehículos y semáforos la une al continente. Un terreno escaso y una historia que la obligan a la arqueología continuada la vararon en un barroquismo romántico de callejuelas, balcones y torres vigilantes. Las infraestructuras del sur, obligadas a responder a las necesidades del turismo omnipresente, quedan en hoteles modernos y playas blancas y largas que no penetran en la antigua Gadir/Qadis, que reconoce orgullosa –sea en placas oficiales, sea en chirigotas irreverentes- su singularidad lingüística, geográfica, histórica y liberal.

(Una placa que me hizo pensar en los Kaiser Chiefs)

En Cádiz, a las noches y en la misma ciudad, los hombres aprovechan la marea baja para pescar camarones y pescaítos con cedazos mínimos y bolsas de supermercado; vestidos de blanco, sus camisetas brillan fantasmagóricamente en la distancia, desde el paseo marítimo y los chiringuitos gigantescos de la arena.

(hermosa placa firmada por 'el ayuntamiento de 1926'. Una ciudad de nombre curioso, sin duda.)

En Cádiz, al caer la tarde y cuando ya los muros reflejan la luz roja del sol, los bares de tapas (bien clásicas, bien ultramodernas) se llenan, y las placas conmemorativas y las imágenes religiosas presiden el inicio de la noche en las pequeñas plazas que vieron Pepas y libertades.


En Cádiz, de día, los museos y monumentos vacíos se consuelan en la belleza extraída de toda la provincia, en las muñecas títeres hijas de la tradición teatral y carnavalera, o en los oratorios integrados en inmuebles, que bien sirvieron para un recogimiento religioso o una proclama política.

(en el poco visitado museo de la ciudad de Cádiz casi nadie visita los títeres conocidos como las muñecas de la Tía Nórica, muy populares en el Cádiz del siglo veinte hasta los años setenta. Son de gran expresividad y ternura, y están bien expuestos a pesar de su aire apartado -que, por otro lado, se asemeja a un desván de recuerdos olvidados, uno no puede dejar se subrayarle cierta poética al hecho- Un Don Juan títere, con su capa y todo, me gustó mucho, por aquello de que nos lo vendían como espíritu libre y todo eso, pero bien puede decirse que fuera un instrumento de sus pasiones. De su polla, vaya.)

Aunque en Cádiz, siempre, se imponen las callecitas de imposibles rincones perdidos, los balcones de hierro de diseño barroco y engalanados por flores que también decoran los azulejos religiosos de las paredes. Y una presencia, la del mar, lejano tras mil vueltas de esquina y, a la vez, cercano al ser arrastrado por el viento inacabable.



Crónica publicada en Aux Magazine #36, de mayo de 2009
Viaje realizado en agosto de 2008
Distancia Evansville – Cádiz: 6954 km.

lunes, 16 de enero de 2012

San Francisco and even more!


Japantown. Sí, hombre, yo me había propuesto pasar por los centros comerciales japoneses y comer allí si era posible y visitar sus tiendas y demás. Japantown es pequeñito, apenas dos manzanas alrededor de dos centros comerciales conocidos como Japancenter, junto a la catedral de St. Mary y arriba de una colina bastante jodida ella. A pesar de lo enano, está ciertamente lleno de orientales de ojos rasgados hacia arriba. Una colección de restaurantes desmenuzan los tipos de comida japonesa que prepara cada uno. En ninguno de ellos se observa una tranquilizadora presencia mayoritaria de occidentales. La comida en sí resulta harto dificultosa, sobre todo porque mis compañeros de viaje nunca habían usado ni intentado usar chopsticks, y, claro, no iban a pedir tenedores siendo de Bilbao... Como era de esperar, nos gustó la tempura pero no el sushi (recordemos que la tempura es fácilmente atrapable con las manos). El sashimi sin embargo estaba estupendo. Y en cuanto a la breve visita por Japancenter, lo que más me impresionó -junto a la tentación de comprarme un kimono- es una gigantesca librería llena en un 90% de libros en japonés. Vamos, que me pareció enorme para una ciudad occidental con todito en raro... Y no eran pocos los occidentales que estaban en ello, no crean. Al salir de allí nos dedicamos a pasear hacia Pacific Heights (recuerden, recuerden a Michael Keaton haciendo la vida imposible a su vecino Matthew Modine), viendo mansiones victorianas y no tan victorianas varias, antes de decidir divertirnos un rato con el tranvía de California Street, sube que te baja cuesta que te cuesta. Bueno, lo de siempre, que los tranvías de SF no son tranvías sino cable cars que funcionan por una tracción a través de un cable que va por el medio de las vías. Los tranvías sólo cubren tres líneas, son antiguos y para turismo (muy caros, 3 dólares), y han sido sustituidos en el resto de la ciudad por nada menos que trolebuses. Me dio nostalgia mucha recordar los trolebuses que había en Bilbao cuando era enano, con los fogonazos eléctricos y el conductor saliendo fuera del vehículo a colocar el trole cuando este se salía. Ahora son zero emision vehicles, no te jode. Eso sí, llenan la ciudad de cables voladizos.


SFMOMA. Oséase, San Francisco Museum Of Modern Art. Bueno, sí, un museo de arte moderno normalito, pero la diferencia está en que las colecciones que normalmente se ven en estos museos americanos son muy diferentes de las que estamos acostumbrados en Europa. Cualquier museo americano de arte moderno que se precie tiene sus ejemplares de Picasso, Miró, Juan Gris, Matisse, etc... Para nosotros es más raro ver cuadros de Georgia O'Keefe, Jackson Pollock, Andy Warhol o Robert Rauschenberg. Bueno, ahora ya no tanto, al menos quien le dé por acudir al Guggenheim a reírse un rato. Vamos, que lo de Pollock sigue siendo un espanto, ejem, dios y su pincel me perdonen. Lo mejor del SFMOMA fueron las dos retrospectivas dedicadas a Roy Lichtenstein y Robert Bechtle. Al primero le conocemos todos, y ahí estaban todos sus cuadros de comics con todos sus puntos gordos hechos a mano que incluso decoran el pasillo de amigos y varios. Todo tan colorista, todo con ese aire tan pop. Por lo visto Lichtenstein siempre fue tratado como una mierda por parte de la crítica, y, claro, estas retrospectivas han tardado su tiempo en realizarse. Robert Bechtle por su parte pinta cuadros con coches enormes en medio de calles desiertas, en plan iconos culturales y en plan bestias que se comen el mundo. Tiende a fotografiar lo que quiere pintar, lo proyecta sobre el lienzo, dibuja las líneas principales, y luego pinta. Toda la provocación hiperrealista debida al pintor, supongo. Pero sus cuadros tienen la extrañeza de composición y simbología de Edward Hopper y por otro lado el aire luminoso de las ambientaciones de David Hockney. Y es pintor de los barrios de San Francisco, con sus coches inclinados en las colinas de Potrero Hill.


Soma. Y ya que estamos en el SFMOMA hablaremos del Soma. Uno de estos barrios yanquis cuyo nombre viene dado por una calle del lugar, South of Market en este caso. Market Street, calle para desfiles varios, viene a recordar un tanto a la Diagonal. Es una calle que cruza por completo y redefine a la vez la cuadrícula imposible de San Francisco (imposible por obligar a construir en línea recta en pendientes impresionantes) y que por lo visto siempre dividió diferentes ambientes y barrios. El Soma en sentido amplio coge desde el sur del embarcadero, hasta el ya bastante interior Castro, incluyendo Mission, y es a muchas de sus calles a las que se debe mucha de la animación variada de la ciudad y gran parte de su historia canalla. Esta animación incluye todo tipo de bares y discotecas. Aunque, je, también fue casualidad que a pesar del ambiente mixto de locales como Lit o Endup, allá en la Calle Sexta, acabara en los mismos en su straight night, je. Por cierto, que cobran una buena entrada (15 ó 20 dólares), sin derecho a consumición... Los restaurantes de la zona son de alto standing. Y es que San Francisco, además de su lado Ashbury y North Beach y Chinatown, tiene una zona de alto standing de no menearse. La he podido catar gracias a que el congreso suponía comidas y cenas con clientes en lugares de eso, standing. Creo que es la primera vez que debo reconocer que una ciudad americana reúne una buena cantidad de locales de gusto decorativo impresionante. La comida es otra cosa, claro. Pero no entremos en temas fussion, ejem.


The Citylights Bookshop. Bueeeeeeno, pues al menos pude escaparme a pasar un par de horas a la librería de los beatnicks en cuestión, donde llegué aterido y medio empapado porque al paraguas (de aluminio) no le daba para parar el chaparrón inmenso que estaba cayendo sobre Sodoma Reloaded. Un encanto de librería, oigan. Tiene tres plantas, todas ellas empapeladas de fotografías históricas del lugar (fotos cuyas copias están a la venta, framed or unframed), incluyendo visitas y charlas de gente como Allen Ginsberg o Bob Dylan, de invitaciones (escritas) a coger libros y sentarse a leer... La librería tiene 52 años, debemos recordar que San Francisco sólo tiene 150 años. Está situada en el inicio de North Beach, único lugar de San Francisco donde vi stripbars y peepshows, en general de mujeres y mixtos, pero también dos de sólo hombres. Ya saben: paneles blancos, fotos hórridas en el exterior, bombillas rojas, mucha luz. Al parecer, es negocio también en recesión en San Francisco, donde a pesar de todo no lo asocian con la inseguridad frente a los 7000 homeless que dice la prensa que tiene actualmente la ciudad. En fin, a lo que iba. En la librería, la tercera planta es una especie de cuarto apartado dedicado exclusivamente a la poesía, con especial referencia a los poetas del movimiento, claro está, pero con una sección importante de poesía general y muchas ediciones bilingües de autores españoles, y no sólo los esperables Lorca o Machado (que también). El lugar es silencioso, invita a la lectura cual finis africae, y eso que la madera del suelo cruje que se mata. La planta media tiene la parte de ficción y narración, aunque también las publicaciones propias de la librería. Nada reseñable acá, salvo una colección de revistas para mí todas desconocidas, incluyendo Bitch (pop culture for feminists, decía el subtítulo de la misma). No muy lejos había otra que era Witch, pero creo que esta era de decoración alternativa. La planta sótano incluye las mejores sorpresas, porque juro no haber visto tamaño colección de libros revolucionarios nunca en los EE.UU. ¡Pero bueno! ¡Si había hasta hagiografías de Fidel y de su revolución! Donde vamos a parar. Toda una sección dedicada al anarquismo. ¡Libros de Bakunin! Por supuesto, la consabida parte de gay and lesbian studies, donde me fijé sólo en un libro titulado Why I hate Abercrombie & Fitch?, para encontrarme con un artículo de un homo negro que despotrica contra dicha marca no por indecency sino por whiteness. Huys, qué complicado es lo de la militancia en este país, me da por pensar. Me imagino que a los chinos americanos gays les fastidiará Abercrombie por su unchinaness o similar. La parte de estudios sexuales también está interesante. Aparte del muchacho que había leyendo en esa sección y que al entrar yo se tapó la cabeza con la capucha de la sudadera (seguro que eso significa que le gusta el fist fucking o el dirty sánchez en el bar de la esquina de tres a tres y media de la tarde, claro que yo no lo entendí), encontré cosas como una historia del onanismo (masculino y femenino), de 800 páginas de grosor, que afirmaba que la historia de la masturbación as we know it empieza en mil setecientos algo debido a la primera publicación médica al respecto, cuando antes todo era gozo y despreocupación, fíjense. Y todo tipo de tratados varios junto a la sección de esotería (¿cuál mejor?) En fin, un lugar para disfrutarlo de veras. Cuando lo abandoné, llevando bajo el brazo una unofficial story de la muy sórdida ciudad, seguía cayendo toda la furia del Pacífico sobre la misma. Aproveché para despedirme del downtown, que ya sería lo último que viera de la tierra de promisión.


Pennsylvania. Dios mío, qué triste es Pennsylvania. A mí no me extraña que allí los muertos vaguen por las ciudades en busca de niños videntes, que haya superhéroes o que los hippies se encierren en comunas fuera del mundanal ruido. No es más que una sucesión de bosques cerradísimos, con colinas olvidadas, autopistas sin fin, y que no cambia de aspecto así sea febrero o septiembre.

Tristate. En los EE.UU. imagino que debe haber más de una zona a la que llamen Tristate, lugares fronterizos entre varios estados. Estuve (tuve que estar) esta vez en la que une Kentucky, Indiana, e Illinois. Pero Kentucky era el principal lugar de referencia. ¿Y qué conocemos reseñable de Kentucky, queridos? El Kentucky Fried Chicken, ¿no? En efecto, todo se fríe en Kentucky. TODO. Hasta hay lugares donde rebozan pasteles en una inmensa capa de huevo y pan rallado y en un aceite animal hórrido. Bueno, eso me cuentan, porque un día me llevan a cenar a un abrevadero de rednecks, y al día siguiente al World Famous' Ralph's Hickory Pit, que, en fin, no le iba a la zaga... Con aspecto de cabaña desvencijada (todo pintado sobre la madera, pero dando el pego desde lejos), en este lugar sufrimos un buen repaso de miradas al entrar, de arriba abajo. La clientela era gorda, gorda de la que no conoce la palabra ‘cuello', vestida con camisas a cuadros, los carrillos bien rojos, la gorra de beisbol calada, del tipo de locales en que uno se pregunta cuántos llevarán armas. Allí el idioma se mastica, e imagino que a los maricones ni te cuento... El agente se descojona de mí. Dice que debo pedir un auténtico desayuno de Kentucky o las camareras me recriminarán cuando no se convertirán en vampiras cual empleadas del Titty Twister. No vean ustedes los platos que ofrecía la carta, que con una envidiable ironía hablaba del hearty breakfast como algo compuesto de royal pancakes, two eggs any style, your choice of sausage or bacon, hashbrowns, butter, syrup and wahtever else. Mi querido agente (un hombre de sorna sin fin) se da de bruces y le pide perdón a la camarera porque pido ¡french toasts! Empiezo a tener miedo. Las paredes están llenas de carteles machistas de esos para reírse de la propia esposa, alguno de los cuales podrían incitar a la violencia. Pero... no, no pasa nada. Las french toasts están estupendas. Los mugs del café son cojonudos, y me sirven dos veces, ganándose así el consabido dólar de propina. Salgo de allí con la colita entre las piernas, para llegar a casa, empezando por el caminito del aeropuerto de Evansville, Indiana, único del mundo que tiene sillas mecedoras junto a los ventanales para que los jubilados del lugar pasen relajadamente la tarde mientras ven aterrizar y despegar aviones. Lo que da una idea de cómo anda la animación por acá...

Fin de trayecto.

Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa iii de iii)
Distancia San Francisco – Evansville: 3.274 km.

sábado, 7 de enero de 2012

Frisco, tierra y mar


The Niebaum-Coppola Cafe. En Columbus Avenue, el pequeño edificio verde en chaflán que se recorta contra la pirámide de la Transamerica (cuyo observatory deck está cerrado desde el 11S) es la sede de la Zoetrope. En el wine taste bar de la planta baja pueden degustarse a unos 8$ la copa los vinos de la reserva personal de Francis Ford entre fotos de rodaje de películas varias y grandes posters antiguos de películas varias, incluyendo por supuesto muchas de la casa. El dueño del bar amablemente te enseñará sus fotos con Philip Kaufman o Andy García y te explicará las experiencias de su mujer con los bailaores flamencos de Sevilla (a su entender, todos los gipsy dancers del sur de España son marricones)



Golden Gate Park. Desgraciadamente en obras, impidiendo la buena movilidad interior y el que haya la vida debida habitual al parque en un sábado de glorioso tiempo primaveral. El invernadero sigue siendo una estampa estupenda (esa combinación de verde y blanco brillantes con un azul cortesía de la meteorología sólo la recuerdo en el Sacre Coeur parisino de un octubre ya lejano). El jardín japonés está visitable, tan tranquilo y estupendo, a pesar de la aglomeración de personal en la cafetería que impide que te hagan el ritual del té como es debido.



Fisherman's Wharf & Pier 39. El mercado del pescado de SF no es gran cosa si se compara con otros, creo yo. Como el de Seattle, por ejemplo, o el de Bergen. O eso o los inconvenientes del fin de semana, que todo puede ser. SF no tiene un parque de atracciones junto a su zona portuaria, aunque sustituye eso por un centro comercial de diseño altamente atractivo como el Pier 39, de inspiración marinera. Pero ni Pier 39 ni el mismo Fisherman's Wharf ni Ghirardelli Square, aquí cerca, merecerían en realidad más atención sino por algunos detalles verdaderamente inhabituales. En el Pier 39, las diez plataformas donde los leones marinos y las focas se dedican a pasar el día dormitando y mugiendo a volumen desaforado, retorciendo sus cuellos, peleándose amorosamente, o tirándose al agua, disfrutando de una vida que huye del mundanal ruido. Es un espectáculo fascinante observarlos, puede uno quedarse pegado durante quince minutos sin saber muy bien a cuál de ellas atender. La cercanía, la espectacularidad de los animales, la sensación de libertad que da que estén a mar abierto y sin embargo prefieran vegetar ahí mismo... En Fisherman's Wharf entramos en una de las cosas más curiosas que haya visto en los USA: un museo mecánico. Está lleno de máquinas y atracciones de feria de las tres primeras décadas del siglo veinte. La entrada es gratuita, pero para hacer funcionar las máquinas necesitas echar uno o dos quarters. Todos hemos visto el tipo de máquinas que son: adivinadores o cumplidores de deseos como el que salía en Big. Rollos de películas antiguas a pasar con una manivela. Pequeños juegos de feria. Pianolas que funcionan solas con el mecanismo al aire. Mecanos de granjas, parques de atracciones, trenecitos o serrerías que se iluminan y funcionan musicalmente durante unos minutos, moviendo sus pequeñas piezas con un encanto nostálgico ya perdido. Fabuloso lugar que ahora me entra la duda de saber si es permanente ahí o si sería algo temporal.



Alcatraz. Visita ineludible, interesante por aquello de que siempre hay que conocer todas las partes del comportamiento humano... Sin embargo, me resulta desagradable, porque me suena a que me venden una gran mentira. Tal vez pueda discutirse que Alcatraz deba haber sido convertida en una Disneylandia, porque se trata de una Disneylandia del horror, del carácter vengativo que incluso por ley tiene la política judicial y penitenciaria norteamericana. Entiéndase, son los mismos creadores del sistema los que montan un museo (con una entrada al módico precio de 16$ incluyendo barco y audioguía) en que explican la vida de quienes se salían del sistema con especial dedicación. Encuentro una cierta perversión en esto, en que los niños americanos se formen (bajo la idea que tenemos todos de que en los museos se cuenta la verdad) en estos valores, en que sepan qué le ocurre a quien se sale del redil... Son los valores de una guía que dedica quince minutos a explicar cómo marines y ejército sofocaron con gloria el motín del 46, pero que explica en tres minutos cómo se escapó Clint Eastwood de allí, casi parece que eso fuera una vergüenza para el sistema. Eso sí, las vistas desde la isla son acojonantes. Y los recuerdos de la peli de Don Siegel verdaderamente vívidos.


Chinatown. Coño, pues no hay nada de celebración por el año nuevo... El Chinatown de SF tiene más encanto que el de otros lugares. Pienso mainly en NYC, tan enorme, tan acelerado como toda la ciudad... Chinatown, SF, arrasado por el incendio de 1906 y reconstruido después, es más pequeño, pero a la vez es más recogido y más intensamente chino, con algunas callejuelas oscuras, con sus restaurantes de las diferentes escuelas de cocina de la comida china, y sus bazares comerciales, muchos de ellos muy turísticos, por lo que hay que buscar locales (que los hay, y en abundancia) donde la iluminación sea más baja, donde no existan cachivaches de souvenirs, y donde perderse entre scarves y wooden boxes y rollos de papel caligrafiado como si estuviera uno en Hong Kong. En un área hay cuatro almacenes de música y DVDs, todos ellos en glorioso chino, rodeados de posters de pelis ignotas del mejor estilo jonkonés. Intento comprar un póster de 2046 con los créditos en chino, pero fracaso en mi entendimiento con el dependiente, que no me entiende que no quiero la película (duda tremenda que me entra de pensar en qué coño de zona la tendrán). Sólo algunos edificios de Chinatown mantienen el encanto de las viejas construcciones del lejano oriente. Hay templos varios, alrededor curiosamente de una iglesia cristiana.

(vía) 

Los taxistas de SF. Son una especie de historia reciente de la ciudad. Todos amabilísimos y todos llegados acá de otras partes. Ha habido varios, y todos ellos han preguntado de dónde somos con amabilidad suprema. A destacar.

Un ucraniano que lleva 4 años en SF:
'You like America?'
'Well, you know, everything is so different here... but San Francisco, you know, it's always spring in San Francisco...'
Claro que viniendo de Ucrania no me extraña....

Un argentino que vino llamado por el movimiento hippy hace treinta años
 'sshevo acá todo este tiempo, pero ssho no soy gay'
(no me atrevo a decirle si al afirmar eso la gente no piensa precisamente lo contrario, ejem; el tío nos detalló cada tienda de Haight Ashbury que le dio tiempo). Y al cual se le notaba el acento argentino al hablar en español, pero no en inglés.

Un neoyorquino que llegó en el 74, cuyo hijo vivió en Argentina (claro, como nosotros venimos de España, lo lógico es que eso nos resulte de interés, ¿verdad?) y del cual nos enseña una foto... ¡porque se parece a Pierce Brosnan! Y en efecto, así era, como una versión del irlandés en plan jovencito de buen apetecer.

Otro que nos lleva de paseo por Pacific Heights aunque no pillaba exactamente de camino mientras nos enseña casas como la original de Levy Strauss y nos explica sus experiencias en Barcelona durante 1956...

Y otro que se nos pone a explicar que nuestro español no suena como el de los mexicanos (so loudy), sino como si fuera 'francés'. Porque hablamos bajito, dice. Lo consideramos una afrenta a nuestro honor y decidimos hacer que lo pase mal:
'Well, in America you know, not only Spanish is spoken very loud', y
'Our Spanish sounds like French to you? Excuse me, but, what do you exactly mean?'
Uno nunca le diría esto a un taxista de NYC o de Madrid, por supuesto. No vemos si enrojece, porque es indio, pero balbucea la respuesta. Pobre. Porque es innegable que la ciudad sigue siendo un lujo de amabilidad y que este conjunto de taxi drivers da una idea de su cosmopolitismo. No es que como en todas partes vengan todos de muy lejos (que también), es que parece que les gusta aprender, escuchar a la gente que viene a visitar el lugar, y acoger a cualquier nueva persona que se acerque a la ciudad, como si nunca se supiera quién se va a quedar a formar parte del vecindario.

Camiseta del día:



Viaje realizado en febrero de 2005 (etapa ii de iii)