martes, 5 de junio de 2012

Ah, les vignobles…(iii/iii): Ciudades del Mèdoc


La cita: ‘Moderator’s instincts told him to keep on driving, but he could not bring himself to ignore the young man’s great looks. Before he was aware of what he was doing, he had already stopped the car, had rolled down the window on the passenger side, and was leaning over to ask the goioborge if he would like to get into the car. That was how the goioborge stepped into Moderator’s travel to Bordeaux. For better or worse, that was how the whole business started, one fine morning at the end of the summer’ (Paul Auster, más o menos).



Durante la segunda noche, Moderator, sin duda agotado y saciado por los paseos longos por Mouton-Rothschild, ronca como descosido, sin mesura alguna. Al parecer, todos sobrevivimos, ya que el vizconde nos pregunta con amabilidad por nuestro día de ayer al servirnos el desayuno (de nuevo cruasán sobado), durante el cual conocemos a una pareja de canadienses residentes en Bélgica, con los que departimos en graciosa amistad repentina; ninguno de ellos nos dirige miradas llenas de odio por una noche en vela.



Partimos hacia Lynch-Bages, al sur de Pauillac, donde hacemos una visita completa a la bodega, uno de los landmarks preferidos de Moderator en su peregrinación, recuerdo de una botella degustada hace años. Nos guía nada menos que una guía china, de perfectos inglés y francés, que, al contrario de lo sucedido en Mouton-Rothschild, describe también el proceso moderno de fabricación, y todos los pasos para producir el vino. En este caso, la bodega mantiene las viejas cubas de maceración y los procedimientos de prensado en una instalación ya museo, mientras que la bodega moderna tiene sus cubas metálicas, sus controles automáticos de temperatura, su calentamiento del caldo mediante resistencias eléctricas. La explicación, como corresponde a becaria extranjera que se gana el pan, resulta mucho más completa y entendible. Descubrimos que usan el vino dulce (restos del prensado) para pagar los impuestos al gobierno –que no sabemos para qué demonios lo usará-. Quedo fascinado por el aspecto de sangrado que tienen las cubas tras el trasiego y limpieza, y degustamos dos botellas de vino. 




Nuestra becaria china ha estudiado en Shenzhen a pesar de ser de la otra parte del país (de origen kazajo, de hecho, pero de Xinjiang), así que aprovechamos para unas pocas risas por eso de las casualidades de la vida y por los intentos de hacer aprender al Moderator, sin éxito, un chino básico: hola, gracias, salud, la cuenta. La becaria no entiende bien de todos modos nuestro concepto sobre lo que mejoran los vinos si se acompañan de un buen queso o un jamón. De hecho, nos mira raro al respecto, claro que lo mismo sucede que es un efecto de su mirada oblicua. En cualquier caso, así resulta, por lo menos para mí: los vinos franceses me mejoran mucho si además estoy comiendo, mientras que los vinos españoles que conozco también mejoran pero soportan mejor la prueba de ser bebidos en ayunas. Reflexiones, pues, llenas de profundidad surgidas de una visita mucho más barata que Mouton-Rothschild (6 euros frente a 25), pero más gratificante para el conocimiento, aunque menos para el arte (de hecho, la exposición que tenían de un pintor ignoto era altamente hórrida). La bodega tiene además un pueblecito adjunto muy bien montado, con su panadería tradicional y su restaurante, todo muy cuco y afrancesado.

Tomasa nos dirige después hacia Burdeos por bonitos caminos vecinales cercanos a la Gironda. Entramos en la ciudad casi de tapadillo, entre zonas industriales y nos encontramos de repente junto al río, cerca ya del Pont de Pierre y la Place de la Bourse. Aparcamos en uno de los múltiples parkings espectacularmente grandes y modernos de la zona y comemos un menú excelente en la Place des Jeunes Fares, en un bistró pijín con pinta de modernidad cara, pero que en el menú del día resultó de estupenda relación calidad precio.




Paseamos por la ciudad, un tanto erráticamente, si bien aprovechando los conocimientos de visitas previas del goioborge. A fin de cuentas, Burdeos está a menos distancia de Bilbao que Madrid, si bien no cabe esperar que eso sea lo que le da su porte y elegancia. Entre los comercios bizarros que vemos destacan el centro comercial con su coche estampado en la fachada, una tienda de muebles modernos ultracaros y diseñados por famosos artistas en la que una jamelga con habituales rasgos de gran mujer francesa tuvo cinco minutos sin parpadear a Moderator (quien le pidió tarjeta y todo, interesándose por los muebles mientras analizaba sus piernas infinitas, y obviando totalmente mi presencia en la tienda, con una escandalosa falta de educación sólo comparable a la inconmensurable admiración fisiológica demostrada), o una carnicería kosher en plena Rue de Victor Hugo, hoy convertida en centro multiétnico de la ciudad. 




El recorrido comercial acaba en una tienda de vinos donde el Moderator se obnubila etanólicamente y hace acopio de caldos, pero donde, personalmente, lo más jugoso para los sentidos no deja de ser la propia tienda, una escalera circular de hasta seis pisos con las paredes rebozadas de botellas de vino exclusivamente de Burdeos, y en la que la compra se va haciendo subiendo poco a poco los peldaños.





En Burdeos, el paseo depara hermosas iglesias góticas, y una ciudad cuya arquitectura del centro está varada en el barroco, con fama de ser el mejor museo al aire libre de barroco civil europeo. España tiene su rinconcito con la sede del Instituto Cervantes en el mismo centro, aprovechando para ello la casa donde murió Goya.



El turismo nos agota, pues ya tenemos una edad, así que volamos al cható, Tomasa mediante, descansamos, y cenamos en Les Tallieuls, en Eysines, cerca de Burdeos y motivo por el cual repetimos camino varias veces en la misma noche. Compartimos los primeros, unos canelones de berenjena (sin pasta) con relleno de sardina y carpaccio de dorada marinada. Después ataqué un tournedó de magret de canard. Los platos resultan aceptables sin más. El souffle au grand manier de postre es sin embargo muy poca cosa. Moderator está a punto de reventar, así que pide una infusión y le sirven una cosa llamada verbena sin otra traducción. Le mola, pero pasa todo el viaje anticipando una digestión pesada y una noche toledana. Volvemos al castillo por el camino de zombies habituales, y, a la noche, Moderator deja la ventana abierta y le entra un trolebús volante con una capacidad ruidosa inaudita. Allá en su habitación dejo a ambos seres vivos.

Tras dos líneas de Luis Racionero caigo desfallecido. ¡Un crack!

La mañana conlleva los movimientos rutinarios del viaje que se inicia: desayunamos, empacamos, pagamos, llenamos el maletero, estrechamos manos con el vizconde en sincero reconocimiento de su buen saber, llenamos el depósito, y vamos a Margaux. No les exagero, mis lectores improbables, si les afirmo que en Chateau Margaux el Moderator queda fascinado si no emocionado por la contemplación de los hermosos viñedos, entre los que pasea con soltura mientras fotografía viñas, castañas y caracoles, sin duda atraído por la explosión de vida y color de la hermosa mañana de agosto. Después hace lo propio en Brane-Cantennac, en esta ocasión posando con una botella de reciente adquisición y futura degustación.






Tomamos rumbo a Arcachon, famosa por su bahía con infinitos criaderos de ostras, alimento de gran tradición en tierras de Francia. Las colas de entrada a la ciudad son importantes debido a unas molestas obras que perturban nuestro tranquilo conducir con ruidos, polvos y cruce de excavadoras desatadas. La ciudad es una tranquila población de costa, con su casino y sus hoteles de playa, incluyendo un coqueto paseo junto al tranquilo mar. Apenas nos queda tiempo para comer con una filosofía contraria a la llevada en el viaje (véase foto, observándose, eso sí, la jarra de rica sidra bretona que mojó esta modesta vitualla y con la que Moderator, valientemente, consiguió tragarse un ibuprofeno homérico), y para dar un breve paseo entre tamarindos mirando al mar. No obstante, las terrazas están llenas de franceses devorando bivalvos enormes con fruición: ¡qué cazuelas! ¡qué chorros de limón!





Se acerca pues el final del viaje, el momento de regresar al sur, de olvidar estas civilizadas tierras del norte, su inesperada sensualidad más allá de lo puramente enólico. Estas líneas no han incluido debates sobre lo que el vino nos relaciona con la vida (y con la verdad, que diría uno de los latinajos más acertados), ni profundas discusiones sobre lo industrializado de un negocio algo pomposo y a la vez tintado de una tradición que ya existe sólo para el turismo. No procedía al tratarse de una crónica de simples recuerdos para un futuro; para unos nietos que no lo lean, para una posteridad efímera que, al dejar los papeles al aire, avinagre con su oxígeno acre el color y el sabor de estas letras, pero no de esos días. A bien tôt!!









Viaje realizado en agosto de 2008 (etapa iii de iii)













martes, 15 de mayo de 2012

Ah, les vignobles…(ii/iii): ¡La baronesa!

La cita: ‘With the coming of Moderator began the part of my life you could call my life on the vineyards. Before that I had often dreamed of going North to see the grapes, always vaguely planning and never taking off. Moderator is the perfect guy for the vineyards, because he actually was born between grapes, when his parents where passing through Cigales in 1963, in a 2CV, on their way to Alicante’ (J. Kerouac, adaptación libre).



Tras una noche completamente silenciosa, sin molestias aparentes del vizconde ni sus hospedados, y con el sueño profundo aunque algo entrecortado, y tras disfrutar del bañoducha a la francesa, el vizconde-même nos da de desayunar zumo de naranja, café con leche, y cruasanes con mantequilla y mermelada. Un desayuno simple y recio que merece nuestra aprobación y que sería incluso mejor si el vizconde no nos sirviera los cruasanes usando sus desnudas manos sino una modesta pinza de cocina. Bueno, aunque fuera de plata no pasaría nada. No obstante, acto seguido el vizconde ejerce de enlace turístico y consigue reservarnos una visita al Chateau Mouton Rothschild a las 1030h y en inglés (la visita incluye cata y el precio es 25 € pax). El moderator siente fuertes deseos de besarle con lengua, pero se reprime dada su educación y el respeto innato de la plebe por la sangre azul. Posteriormente, el moderator intenta que este comentario completamente ajustado a la realidad desaparezca del diario de viaje, con éxito nulo dado mi insobornable compromiso con el verismo en la literatura que él mismo gusta de inmortalizar.


Chateau Mouton Rothschild no se distingue precisamente por su sede arquitectónicamente espectacular, ni por anunciarse con grandes ornamentos. De hecho, resulta imposible distinguirlo a la salida de Pauillac si no fuera por un simple y modesto cartel de carretera que encontramos bien a pesar de que Tomasa, que localiza bien los pequeños villorrios de la región, no localiza, orgullosa tal vez, cható alguno.


La visita se inicia con un video de historia de la familia Rothschild, centrada sobre todo en el barón Philippe de Rothschild, gran hombre de vinos y amigo de la crème de la crème mundial, y su hija, la ex actriz (tan ex que no aparece en la internet) Philippine de Rothschild, a la sazón baronesa de Rothschild, quien, emocionada, nos cuenta que en el cható encontró su vida y su destino. El video es francamente horrible, pero el heterogéneo grupo –americanos, sudafricanos, británicos, rusos y españoles- atiende con multicultural respeto. Tenemos después un breve paseo por viñas de diseño y disposición turistas (obsérvense los horribles carteles de cada tipo de uva) y finalmente bajamos a las bodegas.



Nos muestran sólo el proceso digamos tradicional, con las grandes cubas para la fermentación, los barriles para el trasiego, y las bodegas personales de vino extranjero (todo aquel que no es de Burdeos, treinta mil botellas) y vino local (Burdeos, sesenta mil botellas) de la baronesa. La explicación es flojeras y la guía es una francesa estiradita con cara de reprimida que también habla castellano y que nos hace circular con rapidez. Nos dirige, eso sí, al lugar más sorprendente de la visita, el museo personal de objetos de arte relacionados con el vino de la baronesa (en palabras sin duda sinceras del vizconde de Baritault du Carpia: c’est unique, vous savez), donde hay desde piezas mesopotámicas hasta joyas modernas, pasando por tapices gobelinos aparentemente interesantísimos y varios Bacos indecentes dándole al tintorrillo con gusto. No sé yo si hoy en día se aceptaría mucho esto del niño regordete alcoholizándose, pero la baronesa se protege y no deja que las visitas se demoren más de diez minutos, no vaya a ser que la distinguida clientela se dé cuenta de los millones encerrados en esas salas.



El digamos compromiso de Chateau Mouton Rothschild con el arte ya me había sido avanzado por el moderator. Resulta que desde finales de la segunda guerra mundial esta mundialmente famosa bodega tiene por costumbre cambiar de etiqueta cada año, contratando para tal efecto a un gran pintor que les diseñe su imagen anual. Ninguna otra bodega del Médoc hace esto. La costumbre es más bien tener una etiqueta clásica e inmutable con la imagen del cható, inmutable también, con clara intención de permanencia… inmutable, seguramente. Y aunque en Mouton no hay una galería de cuadros originales que pudiera haber hecho las delicias del aficionado de gustos eclécticos al arte que todos encerramos, las reproducciones no dejan de ser sorprendentes. ¿Y todo esto por unas botellas de vino? Como indicación del valor añadido del producto no está mal, desde luego. Este documento incorpora las obras de Cocteau, Picasso, Balthus y Bacon. Una de las más sorprendentes es posiblemente la de John Huston, el director, cuyas aficiones por los pinceles desconocíamos. Pero, Borge, recuerda lo que bebía. Ah, sí, eso es cierto.






La visita se cierra con una degustación de tres vinos de las tres marcas que Mouton Rothschild maneja. Todos los vinos son de añada reciente, 2007, y se les supone alejados de su momento ideal. Están en crecimiento, en proceso de maduración. La pijoguía gabacha hace gorgoritos con el vino en la boca y nos habla de la complejidad de sabores y la paleta de olores, y otras zarandajas. Por supuesto, participamos con la seriedad debida del momento, nos miramos con sorprendente entendimiento y descubrimos vainillas y cerezas entre taninos mientras los yanquis dicen gilipolleces sobre barbaridades hechas al vino en España. Contengo al moderator, que se enerva, mientras demuestra su cariño por mí en el reportaje fotográfico adjunto.


Se me ocurrió decirle al moderator en mi tono habitual (elevando barbilla, vamos), lo siguiente: Chateau Mouton Rothschild resulta una visita más interesante por el mito y lo que le rodea que por lo que debería serlo: el vino. Demasiado exposición, demasiado galería, resulta algo decepcionante su insistencia en métodos tradicionales realizados en lugares que se mantienen impecables, y sin cuba moderna alguna, ni procesos añadidos. Él respondió: ¡escupe, cabrón!

Comimos de menú en Pauillac, y no mal. Pauillac no es que sea un pueblo de demasiado interés, a pesar de dar nombre a una de las denominaciones de origen más famosas del mundo. En el pueblo en sí hay una iglesia poco destacable, y apenas dos puntos de interés bizarro. 

La imagen de la salud en las farmacias de Francia

El pueblo llega a la ribera de la Gironda, donde hay puerto deportivo, terrazas, restaurantes. En el que comimos, y mientras echábamos el cigarrito y una insegura siesta en la terraza, la dueña se nos adjunta a fumar, y nos suelta un bonito speech sobre la crisis, la falta de turismo norteamericano, el cambio del dólar, y el mucho trabajo que tiene. Al menos nos dice donde está la casa del vino (y oficina de turismo) de Pauillac, cosa que le agradecemos en voz alta, guardándonos nuestros sentimientos sobre la puuuta siesta interrumpida. En ella nos damos los primeros coscorrones serios sobre el precio de las botellas (hasta más de 1000 euros por menos de 1 litro de según qué bodega), y el moderator compra unas galletas que producían una sed inminente, y que llegaron de vuelta al terruño, eso sí, masacradas. Acto seguido, comenzamos un tour completito por varios chatós, con paradas continuas para la foto de rigor de viñedos y palacios. Vemos Cos-Labory, Cos d’Estournel, Chateau Montrose, Chateau Lafite-Rothschild (el esfuerzo de encontrarlo se vio recompensado con una propiedad llena de jardines estupendos, árboles enormes, y un encanto continuado, a pesar de que la bodega estaba cerrada), Chateau Lionville-Barton, Chateau Pichon Longueville, Chateau Pichon Longueville Comtesse de Lalande –seguramente el nombre más absurdo de todos los imaginables-, Chateau Latour… Era mencionar uno de estos nombres, y el moderator sufría recuerdos en forma de efluvios etanólicos pasados…


Regresamos al cható del vizconde a descansar, mientras observamos con placidez y satisfacción las viñas al atardecer. El paisaje, con el sol, las suaves colinas llenas de viñedos inabarcables, resulta especialmente estimulante. No obstante, algunos elementos ornamentales resultan disuasorios de esta sensación. Por un lado, los cristos y cruceros que aparecen de vez en cuando en el camino, uno no sabe si para enseñar el camino a antiguos peregrinos de la parra, si están cuidando las viñas como petición eterna de buen clima a Dios o de al menos buenos augurios para la cosecha, o si bien (mi idea preferida) son simples y eficaces espantapájaros. Por otro, las torres de agua, estructuras espantosas de entre diez y veinte metros que jalonan el paisaje, con distintos diseños, y muchas veces coronadas por antenas de telefonía móvil. De hecho, durante dos días creímos que este era su uso, y nos sumergíamos en dudas homéricas sobre la estupidez de tales instalaciones, hasta que un revelador cartel que decía depot d’eau nos sacó de dudas. Suponemos que deben estar ahí para garantizar el regadío en años de pocas lluvias y maldecimos a los franceses por su mal gusto para destrozar el paisaje.



La cena de este día sucede en Le Savoie, en Margaux. Carpaccio de vieiras marinadas (fabulosas) y rape en salsa de uvas y un vino tinto de Chateau La Tour de Bessan completan mi cena, mientras que moderator se decanta por ostras y bacalao. Todo está estupendo aunque ambos platos principales vienen acompañados por exactamente la misma sinfonía de verduras, lo cual creemos que desluce la elegancia de la situación. El restaurante está penosamente vacío salvo por tres trabajadores de lo audiovisual (cámaras en el suelo) que hablan en inglés con acentos europeos. Deducimos que estamos en lo más cool del pueblecito. Resultó finalmente ser la mejor cena del viaje.

La vuelta a Castelnau se ve acompañada del deseo de tomarse una copa. Pero son las once de la noche y el pueblo parece un villorrio zombi. Nos volvemos directamente al cható porque somos decentes y no queremos hacer que el vizconde sufra por nuestra ausencia.

El moderator quiere dormir con la ventana abierta pero las mantas puestas. Manifiesto que semejante deseo me parece absurdo, pero le abandono en su habitación mientras termino la lectura de Ubik y comienzo con la de Filosofías del underground.

Viaje realizado en agosto de 2008 (etapa ii de iii)







lunes, 30 de abril de 2012

Ah, les vignobles… (i/iii): nos enamoramos de un vizconde.


La cita: ‘My moderator had taken his shirt off and was pouring mussels on his chest, to facilitate the tanning process’ (H.S. Thompson, adaptación libre)


Viajar con un moderator siempre tiene ventajas. Conoce los mejores restaurantes, cómo escoger el vino, viene dotado de eficaz GPS, cuenta las historias más increíbles sobre jamelgas, mantiene eficaces relaciones con la nobleza y a raya a los zombis, etcétera, etcétera… Así, hace semanas, en un momento de lucidez enológica, el moderator propuso a este su seguro servidor hollar el mèdoc, recorrer sus viñedos, captar su tanínica esencia de bodega en bodega, y alimentarnos con la dignidad requerida por los caldos de la región. Sucumbí a la elegancia de la propuesta (que nos hagamos un entrecopas, coño), y metido en un coche me vi un martes de agosto…

El moderator me aseguró que además dormiría en casa de un vizconde por un precio ciertamente nimio. Bueno, no exactamente en su casa, no: ¡en el chateau de su proprieté! Siempre tuve la duda de que precio tan irrisorio no se debiera a anteriores relaciones de carácter desconocido entre el vizconde y el moderator, pero ante la posibilidad de que sugerir procacidad tal fuera contraproducente para la armonía del viaje, opté por el silencio. El caso es que el tranquilo viaje desde tierras vascas hasta las cercanías de Burdeos se vio amenizado por los recuerdos del moderator (hostias, Borge. Me he dejado el cargador del móvil) y la aparición de la bienamada TOMASA. Tomasa en realidad es una pastilla crackeada de las carreteras y caminos de Francia, que introducida por el culete del tomtom del moderator nos acompañó en el viaje con dulce voz femenina, acercándonos a los chatós varios, y orientándonos en el tráfico vil de las poblaciones francesas. Tomasa no fallaba casi nunca, aunque fuera algo pesada en ocasiones. Yo llegué a cogerle cariño.

Antes de llegar a Burdeos, paramos en Dax a comer. Dax tiene aguas termales que ya debieron aprovechar los romanos, pero sólo nos dio tiempo a ver una calle comercial con carteles de toros y tiendas con banderillas y banderas españolas (puritita Francia, ya ven) y a comernos un cazuelón de 600 gramos de mejillones al vapor, demasiado pequeños y mal administrados como puede verse en los documentos gráficos (esas cáscaras olvidadas de mala manera, vaya). 



Pero moderator se siente fascinado ante el tamaño del cazuelón y mentalmente apunto que hay que recomendarle ir a Bélgica. Para hacer amistad viril, no obstante, afirmo que soy capaz de disfrutar con un bivalvo en la boca. Pero él censura el comentario con española elegancia mientras prefiere preguntar –con cierta coquetería- la receta de los mejillones enanos esos a la camarera, que además hablaba buen castellano.

De Dax a Burdeos, moderator y servidor demuestran una asombrosa compatibilidad de siestas. Mientras él necesita dormir siesta de unos treinta minutos justo después de comer, aquí al conductor le basta con unos quince minutos de sueño ligero treinta minutos después de comer. ¿No es maravilloso? ¿No empiezan las parejas mejor avenidas con descubrimientos de este estilo? Esta inaudita alternancia de somnolencias cuarentonas permitió optimizar los tiempos de conducción durante el viaje y con la ayuda de tomasa (una señora, una reina), sobrevivir a la rocade de Burdeos, y llegar rapidito a Castelnau de Médoc. Nos acercamos pues a nuestra residencia, el impresionante Chateau de Foulon. A él se accede por un bonito camino rodeado de una frondosa foresta. Se llega a un cuidado claro y a la residencia en sí, un coqueto edificio de algo más de doscientos años (imagino), con torreón para las escaleras interiores, rodeado de césped primorosamente cortado, grandes árboles y una pandilla de pavos reales. Y todo eso desde el coche y en apenas diez segundos de fascinada vista y expresiones indicativas de nuestra plebeyez (oh, le chateau, le vicompte, ou est-il, le vicompte?)





El cható y el vizconde cumplen nuestras expectativas. Aunque el hombre está mayor y lleva bastón (tal vez venga de un tremendo paseo senderista, quién sabe) sube las escaleras con premura y nos conduce a nuestra habitación tras un breve intercambio de palabras en francés. El noble en cuestión se llama Jean de Baritault du Carpia, y ante eso sólo cabe derrumbarse de placer sonoro. La habitación, por su lado, consta de dos chambres cada una con dos camas y un baño con puerta a una de ellas. La decoración es rústica: chimenea, espejo antiguo, escritorio y armario. No hay televisión, no hay teléfono, no hay televisión, evidentemente no hay wifi. 



El cható está lógicamente en Francia, y, como francés, da una de cal y una de arena en el baño. Mientras que la bañera no tiene cortina ni mampara y apenas trae dos minúsculas muestras de jabón como cortesía de nuestro hospedero, cumpliendo así los adorables tópicos del país sobre la higiene personal, la taza del water resulta ultramoderna, con un casi inencontrable botón que pulsar para tirar de la cadena (que hace un ruido infernal, telúrico, que parece surgir de las mismas entrañas del cható y limpiar todas las cañerías del pueblo al usarlo), y, sobre todo, está en la misma estancia que el resto de sanitarios del baño, en contra de lo esperado. El bidet por su lado es enorme y ocupa el puesto central del baño. Constatada toda esta felicidad hospedera, y teniendo intenciones de visitar peripatéticamente los dominios del vizconde, los recuerdos de la intensa vida del moderator reaparecen: hostias, Borge. Me he dejado el necéser en tu casa.

-¿El necéser y todo lo que lleva dentro?
-Pues sí
-Pero, melón, si yo he mirado en tu dormitorio y el lavabo antes de irnos
-Creo que me lo he dejado en el bidet
-O sea, no tienes ni cepillo de dientes
-Estoooo… pues no….
-¡Moderator! ¿Qué es esto? ¿Así se viene a instrucción?

Tal vez fuera una táctica sutil de mi moderator para conocer el mercado francés al por menor. O para conocer de primera mano Castelnau de Médoc, que se distingue sólo por sus pandillas adolescentes (chicos moritos y chicas rubias a las que sus madres visten de… francesas) y, que nosotros sepamos, por sus supermercados, dotados de todo tipo de productos que el moderator tuvo que adquirir. Yo es que en vacaciones no uso espuma de afeitar. Ni champú, ejem…

Las amables indicaciones del vizconde con los horarios e iluminación del cható y sus promesas de llamar a Mouton Rothschild (moderator salivando) por la mañana, un largo y placentero paseo por la proprieté del mismo, con sus 50 hectáreas de césped, bosque, estanque con cisnes, y el establecimiento de relaciones con los pavos reales (quieto, coño), dieron lugar a la primera cena del viaje, en Arcins –pueblo desierto como buen pueblo francés a las ocho de la noche-. Le lion d’or es el restaurante. Tras moderados patés de gallina, el moderator se decide por cordero, y yo por confit de canard. Regamos con vino de la región, no registrado en el cuaderno de viaje; quesos variados de postre. La comida es tradicional y los platos principales son excelentes: la piel del pato cruje con satisfacción bajo el peso del tenedor. En el restaurante una animada cena de más de veinte comensales echa abajo el mito de que en Francia no se hace ruido al comer. Eso sí, el urbanismo fumador es grande: todo el mundo sale fuera del local a echar el pitillo. Y son legión, vive dios, llega a haber más gente fuera que dentro. El maître sale a saludar y, enterado de nuestro origen, da rienda suelta a su ‘español’, que por razones desconocidas suena dos octavas por encima de su tono habitual en francés, causando con ello la vergüenza de la mesa de nuestro lado, una pareja de jóvenes discretos catalanes, que no nos dirigen ni la mirada, posiblemente enfadados al observar dos ejemplares hispanos en la mesa de al lado comer como bestias. El moderator moja su postre con un cognac de precio que no olvidará (culín de alcohol por siete euros, oigan, mejoren la oferta si pueden)

Regresamos al cható, cuyo camino de acceso es ahora un oscuro túnel de árboles con piso de gravilla en que bien pudiera temerse el ataque de un carnicero de Texas desesperado. Afortunadamente, el camino entre el parking y el cható en sí está dotado de modernos sensores de movimiento que activan la luz al detectar nuestro andar elegante –con los brazos por delante, vaya-, porque no se ve literalmente nada.

No podemos comprobar nuestro correo electrónico ni mirar las noticias en el teletexto. Son las 2245h y estamos en la cama.

Viaje realizado en agosto de 2008 (etapa i de iii)
Distancia Londres – Burdeos: 723 kms.






sábado, 24 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (y iii)


 - la cena de gala de la semana se celebraba en el Grosvenor House Hotel, como decía en la primera entrega. La cena era de etiqueta, y el protocolo decía que se debía vestir chaqué negro y pajarita. Pero al parecer se daba una opción a segundones, y para adaptarme a ello tuve que comprarme una corbata negra, para lo cual había visitado Zara la semana anterior (¿se les ocurre un sitio con más modelos de corbatas negras? Yo creo que no lo hay). El chaqué lo sustituí por un elegante traje negro entallado de raya diplomática, y con una camisa blanca de gemelos ya iba tan preparado para que me dieran de cenar como para servir las mesas cual funcional camarero pingüino. En el salón en que estábamos habría unas cincuenta mesas de doce a catorce comensales, pero, por lo que me dijeron, la cena en sí suponía más salones con más celebraciones, hasta un total de unas cinco a seis mil personas cenando a la vez en el dichoso hotel, cuyas infraestructuras para esa noche no pretendo imaginar. Estas cenas tan multitudinarias, estos banquetes que van más allá de la más enorme boda que imaginar pudiéramos, no suelen tener unos menús que destacaríamos, pero no recuerdo que fuera nada mal. Estuvimos en una mesa toda (a excepción de una señorita china) hispanoparlante, con españoles, dos de ellos residentes en Londres, otros viajados allí para la ocasión, y sudamericanos (que mantuvieron a M en permanente conversación). Lo más absurdo de la cena tiene lugar al final. Resulta que el acto termina con unos estupendos discursos de un invitado y un mandamás del LME, que durante unos minutos glosan los logros del año, comentan la situación, hacen chistes de hablar en público tan del gusto de los anglosajones, da lo mismo que reciban un Óscar o sean padrinos de boda. Los discursos se proyectan en varias pantallas enormes en cada salón. Bueno, pues la tradición indica que cada comensal de cada mesa debe apostar 20 libras para tratar de adivinar la duración exacta de los discursitos de marras. Suelen ser dos discursos, la apuesta se resuelve por mesa, y el dinero se divide en dos, la mitad del dinero para cada ganador de la duración de cada discurso. Tal vez fuera una vieja táctica para conseguir que la gente estuviera callada durante los discursos, claro. El personal no atendería, pero estaría pendiente del reloj por aquello de llevarse la nada despreciable cantidad de hasta 240 libras en caso de acertar (o acercarse lo más posible) la duración de los dos discursos. Pero ahora resulta un tanto estúpida, sobre todo porque lo importante de la noche, aquello de lo que habla todo el mundo, lo que llena los minutos, es simple y llanamente intentar adivinar quién va a hablar este año, cuánto duraron los discursos el año pasado, si va a tocar que hablen en tu salón o en otro. Un tanto patético, sobre todo cuando hacen cosas como este año, en que hubo… ¡tres discursos! Coño, la china ganó en nuestra mesa, pero que yo sepa todos escribimos dos duraciones de discurso, y no sé yo cómo decidieron repartir la pasta. Ah, como me toque el año que viene (que no vendré) me hago banca y ya veremos quién decide. ¿Los discursos en sí? Pues una sosez, claro. Uno se puso especialmente gracioso, empezó a decir que había problemas con la cotización de los aros de cebolla, luego dijo que los Estados Unidos eran maravillosos y que mentes tan preclaras y democráticas como las de Clinton, Obama y McCain lo demostraban (mientras que en Rusia tienen a… Putin, y en China ni eso), y que el capitalismo no estaba muerto, ni hablar. La gente se reía porque hacía chistes y tal, pero meterse en ferias del metal con chinos y rusos no parece la mejor manera de hacer ni mundo ni negocios. Aunque claro, en nuestro caso, el muy cabrón con lo que se enrolló le dio el triunfo a la china de la mesa, que sonreía feliz con sus sterling pounds frescas en la mano y demostró que con paciencia china sí que se saca dinero de Occidente.

 
- el momento más bizarro de la semana sin duda tuvo lugar en The Sanctuary, nombre de una de las calles cercanas a la abadía de Westminster. Se trata de un patio superviviente del gótico inglés (dense cuenta que el Londres histórico que casi todo el mundo conoce es un Londres del siglo diecinueve, ya que casi todo el resto excepto la Torre y algunos edificios de Westminster ha sido objeto de incendios a tutiplén), con una entrada general, y con entradas particulares a cada casa. Nuestro edificio, lógicamente renovado, tenía cinco plantas pero era bastante angosto. Se trataba de la sede del trader que nos había cursado la amable invitación a la semana. La recepción se desarrollaba en al menos tres de las plantas, y en la primera es donde se iniciaba… con la entrega en mano de un bloody mary por parte de una señorita británica en bikini… La señorita en cuestión formaba parte de un grupo de cinco jovencitas de apenas veinte años y muy pocos kilos (excepto una, del tipo jamona), cada una con un bikini de diferente color, decorado con colgantes de pequeñas orlas y que sobre su muy blanca piel llevaban un collar de inspiración oriental. Era interesante ver cómo las chicas preparaban los bloody mary en cocteleras que meneaban coreografiando sus movimientos mientras las orlas de sus vestimentas escasas hacían frufrú, servían las copas, y posteriormente, introducían un tallo de apio verde, fuerte, consistente y grueso en el cóctel. El apio sirve para rebajar el picante. Debería morderse tras cada sorbo. Ñam. Ñaca. Los prebostes de la empresa, en su gran parte viejos caballeros ingleses que debieron conocer el imperio y hacer la guerra (del catorce), sonreían con cierta delectación, comentaban sutilmente procaces que la crisis también había llegado a las chicas dada la excelente calidad del año pasado, y pretendían ser convincentes cuando con un pequeño gesto de la comisura de los labios insistían susurrantes en que las chicas son las oficinistas habituales. JA JA JA. Muy gracioso todo, oigan, nada salido de lugar, ¿éste es el país de Benny Hill, no?


Luego nos comentaron que las chicas iban vestidas así por ‘culpa’ de la mujer del gerente. Me explico: dicha buena señora debió escandalizarse un año al asistir a tan magno acto y descubrir que las chicas iban tan poco vestidas como ahora, pero en vez de telas usaban pieles. Es decir, cuero. Algo que, como pueden imaginar, es tan del gusto de los anglosajones… Bueno. Hay que pararse un poco a hablar de este gerente, un elegante gentleman que añade al tópico el tener cara de libidinoso (pelo plateado, sonrisa torcida, voz meliflua, piel rosada de cerdo). Este hombre fundó la empresa hace cincuenta años, estuvo a punto de venderla hace tres o cuatro, pero fue afortunado al no encontrar comprador, ya que en los dos últimos años la revalorización extrema del precio del titanio lo hizo de oro. Antes el coche de empresa ya era un Rolls Royce. Ahora simplemente debe ser el mejor modelo. Esta jornada de recepción es para él un bonito baño personal, ya que permite a sus invitados disfrutar del placer de comer en el jardín sus salchichas a la plancha. Perdón por decirlo tan brutamente, pero es literal. Una barata barbacoa instalada bajo una pequeña carpa (llovía) sirve a su propósito: se pone un delantal, corta salchichas por la mitad, deja que se tuesten e incluso que se torrefacten, y acto seguido los invitados cogen un pedazo de ese cerdo, lo amostazan bien, y aseguran degustar la mejor salchicha de su vida. No le vas a quitar la ilusión al abuelo, ¿no? Sería cruel con lo feliz que está ahí con su cerveza caliente mientras gira mecánicamente las salchichas hasta que se ennegrecen en todo su perímetro y longitud: ¡¡bastante fue prohibir el cuero en su fiesta, hijos de puta!! Y mientras, Mary Tudor, madre de los bloody mary, esposa de Felipe II, católica, recatada y fiera, está enterrada unos metros más allá, en la abadía que conseguimos ver por los pequeños ventanales de las oficinas, supongo que retorciéndose cada año un poquito más ante tanta lujuria anglicana culpa de su padre fornicador… El lunch terminaba con un buffet en el quinto piso, donde a pesar de la lluvia casi nos cocemos todos y nos sirven como protagonistas del plato en el cóctel de gambas. Todo transcurre sin más misterio. Las chicas ya no están, nos saluda el hijo del gerente –que, por supuesto, tiene cara de bobo-, M habla con los varios admiradores que tiene en la empresa…

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Ay, qué bonita farsa está del dinero y el poder, y hasta qué fácil es embriagarse con ella, quedar seducido y no salir nunca de la red. No viven mal en este mundo irreal en que sin embargo se vuelven muy lúcidos a la hora de conservarlo. Capitalism is not dead, amigos. Otra cosa es cuánto de vivos estamos quiénes lo sustentamos.

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa iii de iii)

lunes, 19 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (ii de iii)

(decíamos que destacaban los siguientes actos...):

 
- una elegante cena en el restaurante del Hotel Ritz, en Piccadilly, invitados por un suministrador. A eso había que acudir con corbata y traje, y, según dijeron con grata inocencia, confiaban en mí para amenizarles posteriormente la noche. Bajo esos techos pintados con aparentes frescos y la decoración que toda Europa supone a los salones franceses (rococó et rien d’autre), luego se arrepintieron de tal idea. Dicen las lenguas que mientras degustaba mi sopa de alcachofas de Jerusalén (flipenun rato con el origen del nombre, será la última vez que diga que los españoles fueron paletos llamando Brujas a Brugge sin reconocer que chorradas así eran algo generalizado…), y mi barracuda a la plancha –ambos bastante buenos, la verdad-, dichos hombres del metal vieron que M me trataba con demasiada confianza en público, de un modo que seguramente no trataría a otros hombres (a ellos, vamos). Sumado eso a mi soltería y sin más datos ya que una conoce las reglas y en público se comporta, llegaron a una pasmosa conclusión: ‘este es rarito’. Nunca me habían reconocido por la actitud de las mujeres hacia mí, pero para todo hay una primera vez. Cena distendida, por otro lado, con amplias posibilidades de negocio y discusión de nuevos materiales, además de planes para sobrellevar los días siguientes, ya que ellos tenían experiencia en la semana dichosa. Las copas se tomaron en Pigalle, ya en Piccadilly Circus, un local que a pesar de su nombre afrancesado y de tener toda su entrada decorada en paneles y neones rosa no es un hogar de mujeres putas sino un sitio de cenas con música supuestamente tranquila de fondo. Una gorda cantando, vamos. Bueno, tampoco me fijé tanto, gritaba mucho eso sí. Los precios desorbitados, claro está. Completamos la noche en un pub de Leicester Square al ladito de los cines donde se pasean las estrellas cuando estrenan película en Londres. La verdad es que el Soho estaba cerca, pero no me atreví a tanto, demonio.

 
- un lunch informal de Sempra, celebrado con ese estilo tan del gusto de los anglosajones y que siempre me hace pensar que quien los prepara cree que los humanos nacen con más de dos brazos para poder llevar con ellos
(1) la bolsa o cartera de documentos que traigan,
(2) un plato para comer,
(3) un tenedor con el que comer,
(4) una copa que beber,
(5) una servilleta con la que limpiarse, y
(6) una chaqueta que acaba molestando por el calor humano que se desprende en el salón.
La comida además no era gran cosa, con sus canapés de salmón, la ensalada de apio, y el rosbif frío, si bien M y yo nos decidimos por un sushi ligero y varios tipos de queso (excelente) con uvas y galletas de postre. Corría bien todo tipo de licor y champagne. Yo no dejaba de pensar en lo ‘carne de prensa’ que era todo. Sempra pertenecía a un banco a punto de quiebra que había sido intervenido por el gobierno británico el día anterior, que había anunciado la previsible inversión de una pasta inconcebible. Y ahí estábamos varios cientos de personas celebrando con ellos al día siguiente un año de negocios supuestamente prósperos. Un acto preparado hace meses y pagado con anterioridad y blablablá, pero… toda una celebración en un salón neogótico, de elegantes vidrieras, claustro con patio y fuente, cuadros y bustos de señores sabios e importantes, un aire a lugar en que se ha decidido el destino de gentes muy alejadas del imperio. A la salida del salón estaba St. Paul, y algo más allá un triángulo de iglesias con su torre de Hawksmoor anticipando la Torre junto al río y Whitechapel al interior. Por alguna callejuela asomaba el pepino de la City. Había una llovizna y bruma ligeras, de la que rara vez se ve en Londres. Íbamos elegantes. El momento moló.

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa ii de iii)

lunes, 12 de marzo de 2012

Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (i/iii)


El London Metal Exchange, LME, es decir, la Bolsa del Metal de Londres organiza anualmente una semana de celebraciones. El organismo en sí acoge una jornada matinal de conferencias variadas, y después, las diferentes empresas con grandes intereses en el negocio de los metales celebran sus propios actos, recepciones, cenas, etc... A esto se suma una cena de gala que las compañías ofrecen conjuntamente el martes de dicha semana. En 2008 la semana coincidió con los días en que el gobierno británico nacionalizó la banca de su país; es decir, Gordon Brown anunció un viernes la nacionalización de, por ejemplo, el Royal Bank of Scotland (RBS), ejecutó esa acción un lunes, y el martes, el RBS a través de su división de commodities, Sempra, organizó y pagó uno de los salones en la cena de gala que antes mencionaba para 700 invitados.


Las llamadas commodities podrían traducirse por mercancías, sin más, y hacen referencia a las grandes cantidades de cobre, aluminio, acero, u otros, que se intercambian bursátilmente, que se suponen tienen un reflejo en la presencia física de los metales en los almacenes del LME, y que se compran o venden sin más consideración. Cuando un cliente te dice que el producto (para él materia prima) que le estás vendiendo es una commodity, en general está despreciando (y puede que sin saberlo ni quererlo) el valor añadido o el componente técnico del mismo. Es decir, subraya que le da lo mismo vender un aluminio de unas características de composición u otras. La forma suele ser más importante: mientras que el lingote cotiza directamente en el LME, el polvo, por ejemplo, tiene un premium, una cantidad por encima de ese valor de cotización, que puede ser de 200 € a 1000 € más por tonelada, dependiendo de que, por ejemplo, contenga una fracción menos o más fina.

Este negocio arrastra por ello a mucha gente que en principio no tiene por qué saber nada de qué coño o para qué demonios sirve el cobre. Sin ir más lejos, en una cena tuve junto a mí a un responsable de commodities del Santander, alguien que nunca habla con cliente final, y que se dedica a… bueno, me lo explicó dos veces y en ninguna de ellas dos le entendí, tal vez porque el chico era críptico, tal vez porque me perdía en sus bonitos ojos oscuros de ejecutivo de treinta años afincado en Boadilla y con aspecto de saberse rey del mundo. A nosotros, no obstante, nos invitó un trader, un comerciante que en el mundo del metal generalmente compra en mercados difíciles (actualmente son de gran valor añadido en China, Rusia, Ucrania, los otros países del antiguo ámbito soviético) y vende en Occidente llevándose una comisión. Normalmente tienen almacenes con materiales en stock (un peligro en estos tiempos de volubilidad bursátil) en los puertos europeos (Rotterdam, claro) que pueden vender con un gran beneficio en situaciones de gran necesidad para el cliente. Uno de nuestros traders de toda la vida, una empresa inglesa con la que apenas trabajamos desde que tenemos contacto directo con proveedores chinos y rusos, nos invitaba continuamente y siempre rechazábamos ir, pero este año fueron muy insistentes; también es cierto que nos visitaron en julio y quedaron encantados del programa sociogastronómico que les montamos a pesar de no haberles comprado sino un único container de veinte toneladas este año. A Londres pues fuimos, coincidiendo todo ello con mi cuadragésimo cumpleaños, sí.


El caso es que el LME celebraba un año de negocios en pleno varapalo financiero, en el que, según nos dijeron, la alegría era menor que otros años, pero no por ello debía dejarse de celebrar un año de trabajo por, para y en la riqueza. Y nuestra pequeña empresa allí que fue, dos personas dos: su humilde narrador, técnico perdido en terrenos financieros, y la directora de compras, a la que llamaremos M (ni es vampiro ni trabaja con Bond, sorry). Nuestra primera sorpresa vino con el modesto alojamiento solicitado en el humilde barrio de Mayfair, junto a Marble Arch y Hyde Park, y cercano del Grosvenor House Hotel, donde se celebraba la cena principal de la semana. El Grosvenor House Hotel resulta ser un lugar prohibitivo (a 320 libras la noche), por lo que recurrimos a un hotel ‘barato’ del mismo barrio, aunque no en primera línea del parque, que ofrecía sus servicios de habitación single por 190 libras la noche. Al llegar no obstante bastante pronto, nos cambiaron las dos habitaciones por un apartamento de lujo por el mismo precio total; se trataba de un sótano en que había dos habitaciones cada uno con su baño y elegante cocina a la que se accede por escaleras descendentes que procedían de un salón de cuarenta metros cuadrados localizado en el basement. Sofás elegantes, muebles clásicos, y sitio para que pudieran bailar, caso de ser necesario, unas diez parejas. Dejaban publicidad de inmobiliarias sobre las mesitas del salón (el millón de libras por apartamento era un precio estándar). El apartamento se encontraba en entrada aparte del hotel, en una elegante casa de las que hacen estilo en Londres. ¿Y por qué hicieron este cambio? ¿Porque llegamos pronto, porque desprendíamos glamour con nuestra mirada, porque quieren en Londres a los españoles más que a los yanquis? Pues ni idea, pero sólo tuvimos tiempo de lamentar el poco tiempo que íbamos a pasar en tamaños aposentos, ya que tras desempacar comenzamos el trajín de taxis y recepciones. Más allá de salones con sus tristes stands de feria, y de alguna que otra recepción sosa en que sólo recogíamos catálogos y bebíamos una copa de champagne, destacan entre tales actos…

(…continuará)

Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa i de iii)
Distancia Laguna negra – Londres: 1.516 km


jueves, 16 de febrero de 2012

Agua impasible que guarda en su seno las estrellas



Hasta diecisiete metros de profundidad en un pequeño lago entre enormes rocas de piedra bien pueden atesorar leyendas de pasión familiar sobre el agua de su espejo oscuro. Las piedras son hijas de las morrenas, rotas por un glaciar hoy sólo imaginado; son audiencia de águilas y buitres, del eco fantasmagórico de voces y gritos de vivos y muertos. Los árboles crecen sin restricción. Arriba, por encima de las rocas más altas de este circo inesperado, ligeras cascadas anuncian que no le falta agua a la Laguna. Que tampoco le falta a su hermano el Duero.



La Laguna Negra está lejos, aunque nos la han acercado a treinta metros de camino escaso gracias al asfalto que viene con el progreso. Impone el respeto de una soledad majestuosa al turista de zapato y deportiva, que goza de una linda pasarela de madera con promontorios fotográficos. Hay carteles, que todo lo quieren explicar. Que, por ejemplo, la laguna es origen de rutas para montañistas y geólogos, estudiosos de Urbión, amantes del Duero. Que Castilla no es siempre plana, que hay en su periferia picos de altura, que también los han hecho suyos los literatos. Siendo lugar tan hollado, arrebata aún su calma y tranquilidad, su apariencia virgen, su aspecto de invierno continuado del alma. Una lluvia fina que acompañe un paseo melancólico nos hace pensar en los hombres que la pudieran descubrir, cuyo esfuerzo debió ser mayor, sin conocer que tal placer estético les esperaba.



Al bajar se impone, siempre, un silencio. Esta vergüenza al saber que se ha mancillado un paraje sólo para los poetas, los tranquilos, los muertos. Que simplemente hemos satisfecho una curiosidad innecesaria, que un coche nos bajará cómodamente a una civilización de calefacción y luz artificial. Que ya no somos ni viajeros ni poetas. Tal vez esa vergüenza es la misma que ya no abandonaría nunca a los hijos de Alvargonzález al descender y ver el rastro de sangre de su padre muerto por una querencia de campos, y al que “en la laguna sin fondo, que guarda bien los secretos, con una piedra amarrada a los pies, tumba le dieron”.



Crónica publicada en Aux Magazine #38
Viaje realizado en junio de 2009
Distancia Cádiz - Laguna Negra: 935 km.